Discurso
de Juan Pablo II en Pompeya
Queridos
hermanos y hermanas:
1. La Virgen Santa
me ha permitido volver a honrarla en este célebre
santuario que la Providencia inspiró al Beato
Bartolo Longo para que fuera centro de irradiación
del Santo Rosario.
La visita de hoy constituye,
en cierto sentido, la coronación del Año
del Rosario. Doy gracias al Señor por los frutos
de este Año, que ha producido un significativo
despertar de esta oración, sencilla y profunda
al mismo tiempo, que toca el corazón de la
fe cristiana y resulta sumamente actual ante los desafíos
del tercer milenio y del urgente compromiso por la
nueva evangelización.
2. En Pompeya, esta
actualidad queda subrayada de manera particular por
el contexto de la antigua ciudad romana, sepultada
bajos las cenizas del Vesuvio en el año 79
después de Cristo. Esas ruinas hablan. Plantean
la pregunta decisiva de cuál es el destino
del hombre. Son testimonio de una gran cultura, de
la que revelan, junto a respuestas luminosas, interrogantes
inquietantes. La ciudad mariana nace en el corazón
de estos interrogantes, presentando a Cristo resucitado
como respuesta, como «evangelio» que salva.
Hoy, como en los tiempos
de la antigua Pompeya, es necesario anunciar a Cristo
a una sociedad que se está alejando de los
valores cristianos y pierde incluso su recuerdo. Doy
las gracias a las autoridades italianas por haber
contribuido a la organización de mi peregrinación,
comenzada por la ciudad antigua. De este modo, he
recorrido una especie de puente que establece un diálogo
fecundo para el crecimiento cultural y espiritual.
Con la antigua Pompeya como telón de fondo,
la propuesta del Rosario adquiere el valor histórico
de un nuevo empuje en el anuncio cristiano en nuestro
tiempo.
¿Qué
es de hecho el Rosario? Un compendio del Evangelio.
Nos hace volver a las principales escenas de la vida
de Cristo, como si nos permitiera «respirar»
su misterio. El Rosario es camino privilegiado de
contemplación. Es, por así decir, el
camino de María. ¿Quién conoce
y ama a Cristo mejor que ella?
De ello estaba convencido
el beato Bartolo Longo, apóstol del Rosario,
quien prestó una atención particular
al carácter contemplativo y cristológico
del Rosario. Gracias al Beato, Pompeya se ha convertido
en un centro internacional de espiritualidad del Rosario.
3. He querido que mi
peregrinación tuviera el sentido de una súplica
por la paz. Hemos meditado los misterios de la luz,
como queriendo proyectar la luz de Cristo sobre los
conflictos, las tensiones, y los dramas de los cinco
continentes. En la carta apostólica «Rosarium
Virginis Mariae» he explicado que el Rosario
es una oración orientada por su propia naturaleza
a la paz. No sólo porque nos lleva a invocarla,
apoyados en la intercesión de María,
sino también porque nos hace asimilar, junto
a el misterio de Jesús, su proyecto de paz.
Al mismo tiempo, con
el ritmo tranquilo de la repetición del Avemaría,
el Rosario inunda de paz nuestro espíritu y
lo abre a la gracia que salva. El beato Bartolo Longo
tuvo una intuición profética, cuando,
quiso añadir al templo dedicado a la Virgen
del Rosario esta fachada como monumento a la paz.
La causa de la paz entraba de este modo en la propuesta
misma del Rosario. Es una intuición de gran
actualidad en este inicio de milenio, azotado por
vientos de guerra y regado por la sangre de muchas
regiones del mundo.
4. La invitación
a rezar el Rosario que se eleva desde Pompeya, cruce
de personas de toda cultura atraídas tanto
por el santuario como por el yacimiento arqueológico,
evoca también el compromiso de los cristianos,
en colaboración con todos los hombres de buena
voluntad, a ser constructores y testigos de paz. Que
la sociedad civil, aquí representada por las
autoridades y personalidades a las que saludo cordialmente,
acoja cada vez más este mensaje. Que la comunidad
eclesial de Pompeya, a la que saludo en sus diferentes
componentes --sacerdotes, diáconos, personas
consagradas, en particular las Hijas Dominicas del
Santo Rosario, fundadas precisamente para la misión
de este Santuario, los laicos-- esté cada vez
más a la altura de este desafío. Doy
las gracias a monseñor Domenico Sorrentino
por las palabras que me ha dirigido al inicio de este
encuentro. Con afecto os doy las gracias a todos vosotros,
devotos de la Reina del Rosario de Pompeya. Sed «agentes
de paz», siguiendo las huellas del beato Bartolo
Longo, quien supo unir la oración a la acción,
haciendo de esta ciudad mariana una ciudadela de la
caridad. Que el incipiente Centro para el Niño
y la Familia, que gentilmente se me ha dedicado, recoja
la herencia de esta gran obra.
Queridos hermanos y
hermanas. Que la Virgen del Santo Rosario nos bendiga,
mientras nos disponemos a invocarla con la Súplica.
En su corazón de Madre presentamos nuestras
preocupaciones y buenos propósitos.