Por el Dr. Juan de Dios Vial
Correa
(Chile)
Es curioso que la polémica
que se ha levantado a propósito de la llamada
“contracepción de emergencia”,
haya terminado centrándose sobre el “status”
del embrión humano. Ha quedado una vez más
de manifiesto el vínculo profundo que liga
a la contracepción con el aborto. La promoción
de un sistema muy eficaz para prevenir el embarazo,
induce primero a negar que él interfiera con
la vida del embrión y luego a reiterar que
esta vida merece ningún respeto real.
Es sintomático que se use el
artificio verbal de decir que no se puede inducir
un aborto donde no hay embarazo, y que el embarazo
sólo se da a partir de la anidación
del huevo en la mucosa uterina. De esta manera se
deja desprotegido al embrión durante los primeros
días de su vida y se evita la acusación
de que se está cometiendo un aborto, ya que
esta palabra resulta malsonante.
En el fondo se está intentando
proceder como si el nombre, la denominación
fuera lo que hace la cosa. En vez de darle relieve
a la naturaleza misma de los hechos, tal como ellos
se presenta a la inteligencia y a los sentidos, se
recurre a denominaciones arbitrarias que pueden ser
defendidas retóricamente, pero que no reflejan
otra cosa que la voluntad de quien las inventa.
Todo el mundo ha entendido siempre por “embarazo”
el período de tiempo en el cual el fruto de
la concepción vive en el interior del cuerpo
de la madre. ¿Qué sentido tiene decir
que el embarazo empieza solo con la anidación
del embrión? Cada uno de los seres humanos
que hoy día viven, incluidos por supuesto los
autores de estas redefiniciones, pasaron individualmente
un período decisivo de sus propias vidas desarrollándose
y emigrando desde el pabellón de la trompa
hasta el útero. Ese lapso es tan parte de cada
vida individual como cualquier otro de la historia
personal que se quiera escoger. Y por eso, en buen
sentido, él es parte del embarazo, y nadie
tenía por qué haberlo dudado. Da la
impresión de que lo que en verdad ocurre es
que se quiere definir el embarazo desde el punto de
vista del aborto. Habría embarazo en el lapso
en que no se puede destruir el embrión sin
actuar dañando aunque sea en mínima
medida, el cuerpo de la madre. Es la definición
más negativa que se puede discurrir. Pero además
de negativa ella es engañosa porque atiende
sólo a la madre: ignora o desvaloriza hasta
el extremo al fruto de la concepción. Sin embargo
todos sabemos que lo que ocurre luego de la fecundación
es que hay un ser humano en desarrollo. Y decir un
ser humano es decir alguien que necesita respeto y
protección. Debería ser esta afirmación
la que gobernara las decisiones en toda esta cuestión.
Es aleccionador que la querella por
la anticoncepción desemboque en una querella
por el embrión humano. Y esta no es cuestión
de consensos ni de disquisiciones legales. Me parece
que si no se clarifica esta cuestión de la
naturaleza del embrión humano, lo que estará
mañana en peligro son los mismos derechos del
hombre bajo el doble aspecto de cuáles sean
ellos y de quiénes serán sus titulares.
Son muy pocas las personas que han
visto un embrión humano precoz, y seguramente
no son muchas las que han visto un embrión
de cualquier mamífero, por más que ahora
se los suele encontrar fotografiados en los medios
de comunicación. Por lo mismo, la caracterización
o definición de un embrión humano precoz
adolece a menudo de vaguedad, y se formula, no sobre
la base de experiencia, sino que en un contexto filosófico
determinado que no es siempre explícito y que
deja lugar a malentendidos.
Así por ejemplo, se encuentra uno a menudo
que se habla de un “ser”, una “vida”,
un “individuo”, incluso una “persona”.
Pero para que nos pudiéramos todos entender,
tendría que quedar claro cuál es el
contexto en que se emplean estos términos.
“Persona”, “individuo”, “ser”,
“vida”, no significan lo mismo para todos,
y tienen resonancias muy variadas según el
contexto en el que se los emplee.
Yo prefiero usar un contexto científico.
Creo que es el más fácil de entender
para la gente de nuestro tiempo, que se presta a pocas
ambigüedades, y que permite avanzar bastante
en la cuestión. Aún cuando uno llega
al punto en que la ciencia natural lo abandona, la
imagen científico natural bien depurada me
parece la más correcta aproximación
al núcleo del problema.
Lo que quiero proponer parece bastante obvio, pero
es una afirmación preñada de consecuencias.
El embrión humano es un organismo perteneciente
a la especie humana. He expuesto esta idea con algún
detalle en otro sitio[1], por lo que me contento aquí
con esbozarla.
Un organismo es desde luego un reactor
bioquímico que intercambia con el medio materia
y energía. Es propio de un organismo tener
un límite, borde o frontera que lo separa de
su medio y lo relaciona con él. En un individuo
adulto, ese borde lo forman la piel y las mucosas.
En un embrión, la membrana celular y la zona
pelúcida.
A continuación, es un hecho
conocido que cada organismo sigue una trayectoria
de desarrollo que es propia de la especie a la que
pertenece, en tal forma que para cada momento del
tiempo se puede predecir cuál va a ser el estado
en el que se va a encontrar, salvo por supuesto que
ocurran accidentes que terminen con su vida. La trayectoria
de desarrollo es: a) robusta, o sea tiende a mantenerse
a pesar de las perturbaciones del ambiente, y, b)
es predictible, o sea en cada momento de la vida se
puede anticipar cuál será el estado
del organismo en un tiempo más, y se puede
también determinar bien exactamente en que
estado o punto de desarrollo se hallaba el organismo
en las fechas pasadas que se quieran escoger.
La trayectoria de desarrollo dentro de una unidad
espacial discreta o limitada es una característica
central de un organismo que dura hasta su muerte y
que se inicia en la fecundación.
Un embrión muy precoz, incluso
unicelular, es básicamente distinto de una
célula cualquiera, precisamente porque él
es un punto en una trayectoria de desarrollo. A no
ser que muera o que se interfiera con él, si
se lo mantiene en el medio que le es adecuado, él
va a desarrollarse hasta formar un individuo adulto
en una secuencia de estados perfectamente definida.
No hay por supuesto ninguna otra célula que
sea capaz de esto, y, por lo mismo, la afirmación
que se escucha por ahí de que el embrión
“no es más que una célula”
revela una notable superficialidad.
La trayectoria empieza cuando se fusionan
las membranas del óvulo y del espermatozoide
y nos encontramos con un espacio bien delimitado en
cuyo interior interactúan en una sola trayectoria
los componentes bioquímicos de ambas células.
Podemos tomar dos ejemplos, que son la formación
del llamado pronúcleo masculino, y la primera
división celular del embrión.
Recién entrado el espermatozoide, su envoltura
nuclear se disuelve casi por completo, y el aspecto
compacto de su cromatina se va perdiendo en el proceso
que se llama la descondensación. Este corresponde
al hecho de que las protaminas, proteínas propias
del espermio son reemplazadas por histonas, otras
proteínas proporcionadas por el huevo. Posteriormente
la cromatina vuelve a condensarse, se forma una nueva
membrana nuclear, y se produce la síntesis
de ADN espermático, gracias a la presencia
dentro del pronúcleo de enzimas proporcionadas
por el óvulo. Este pronúcleo “masculino”
es pues el resultado de una acción coordinada
de elementos provenientes del óvulo y de otros
provenientes del espermio. Su constitución
es parte de una trayectoria de desarrollo del nuevo
organismo que se produjo en la fecundación
y no tiene lugar sin ésta.
En cuanto a la primera división
celular, en ella toman parte por supuesto los cromosomas
paternos y maternos. No hay que olvidar sin embargo
que la mitad del ADN “paterno” se ha sintetizado
después de la fecundación, y que en
este proceso han intervenido enzimos esenciales que
son proporcionados por el óvulo. Pero hay más
y probablemente más importante. La primera
división no se podría realizar sin un
órgano celular, el llamado centriolo que sirve
para organizar las “fibras” del huso mitótico.
Este centriolo proviene del espermatozoide por cuanto
el óvulo carece de él. Así pues,
la primera división celular es una parte muy
complicada de una trayectoria de desarrollo en la
que se entrelazan productos y procesos de las dos
células que se fusionaron en la fecundación.
Desde su primer momento el organismo
muestra pues una trayectoria de desarrollo. Se suele
hacer caudal del momento en el que los genomas correspondientes
empezarían a expresarse. Lo único que
puede decirse es que en el primer momento de la trayectoria
de desarrollo los genomas están silenciosos.
Lo que hay en el interior del zigoto es la mezcla
de ambos “proteomas”[2], los conjuntos
de proteínas del óvulo y del espermatozoide
que son suficientes para desarrollar un segmento fundamental
de la trayectoria, sin necesidad (o casi) de intervención
del genoma. La unidad en la que se coordinan los proteomas
es una trayectoria única de desarrollo que
lleva sin interrupciones ni discontinuidades al momento
en el que empezarán a expresarse los genes
– pero no por supuesto cualquier conjunto de
genes, sino precisamente aquellos que forman la dotación
única de ese organismo.
Parece entonces claro que, siendo
yo un organismo de la especie humana, mi desarrollo
individual (y el del lector) se inició en el
momento de la fecundación, en forma de una
trayectoria continua. Si eso es así, yo empecé
entonces a ser un organismo, y no podría haber
pertenecido a otra especie que a la especie humana.
Eso es otra manera de decir que un embrión
tiene vida humana, y que es una parte mínima,
pero real, de la humanidad. Eso es lo que lo hace
acreedor a una actitud especial que se merece el ser
humano, que es el respeto, y por cierto que el mínimo
respeto es la obligación de todos de no atentar
contra su vida, ni siquiera poniéndola en riesgo
con una especie de tiro a la bandada.
Si no se acepta este criterio propuesto,
hay que buscar otros, que son puramente descriptivos,
y que fijan puntos en la evolución del embrión
en su conjunto o de algunos de sus órganos,
especialmente el sistema nervioso. Cualquiera de ellos
es adaptable a la necesidad práctica que se
tenga de disponer del embrión. Pero es además
necesariamente incompleto. Así el desarrollo
inicial del sistema nervioso humano, sólo tiene
mayor significación que el de un chimpancé
porque ese pequeño órgano embrionario
está inscrito en la trayectoria de desarrollo
del cerebro humano y su valoración como signo
de respetabilidad claramente prospectiva, se hace
en función de lo que va a ser, no de lo que
es, o más bien se hace en función de
la trayectoria de desarrollo en la que está
inscrito. Nadie ha podido proponer un criterio objetivo
para fijar el momento en que un embrión, feto
o recién nacido empezaron a ser “seres
humanos”, y dejaron de ser algún ente
biológico indefinido. En cambio es claro que
segundos antes de la fecundación no existía
el organismo, y que un momento después de ella
ya se encuentra funcionando en su trayectoria de desarrollo.
Pensamos que el organismo de la especie
humana existe desde el momento de la fecundación,
y pensamos además que él es digno de
respeto desde su constitución. En esta última
afirmación nos encontramos con las enseñanzas
católicas sobre la vida humana. Nosotros no
creemos que tengamos una “vida animal”
y que a ella se le sobreponga un “alma humana”.
Creemos que el “alma” es la vida del hombre,
del organismo humano, y que esa vida es inmortal así
como ese organismo está destinado a la resurrección.
El respeto instintivo que protege al hombre es el
oscuro reconocimiento de esa realidad.
Desde el punto de vista conceptual,
la discusión sobre anticoncepción parece
claramente distinta de la discusión sobre aborto
y destrucción del embrión. Desde el
punto de vista social la cosa es distinta, y allí
donde se ha difundido el rechazo a la aceptación
de nueva vida, se está cayendo en forma inatajable
en la supresión de vidas humanas ya existentes.
La contracepción no ha resultado ser una enemiga
o un antídoto del aborto.