El
Cristo Reconciliador
Cardenal Alfonso López Trujillo
El concepto de reconciliación
supone la ruptura, la discordia, la lejanía que,
en nuestra visión de fe, implica la realidad
del pecado.
El hombre, "caña pensante",
viva interrogante, no ha dejado de formularse esta cuestión
fundamental: ¿De dónde procede el misterio
del mal? ¿Cuál es la causa profunda de
los conflictos que separan a la humanidad y que constantemente
desgarran el tejido de la convivencia y de la comunión
entre los hombres?
Esto ha llevado naturalmente a
profundizar en el pecado y en la naturaleza del hombre.
Una de las reflexiones más
maduras, en un momento avanzado de la reflexión
teológica, nos es presentada en el libro del
Génesis. Creado amorosamente el hombre por Dios,
éste pretende reemplazar su condición
de criatura en una especie de suplantación de
Dios. No reconoce su dependencia. No obedece. Es la
seducción del "Seréis como dioses..."
(Gen. 3,5) Mientras que en la relación de fidelidad
a Dios se abre el camino de la vida, con su negación
se abre el de la muerte, de la división.
El orgullo del hombre que quiere
hacerse centro y medida de la creación conduce
a la insensatez de empresas que se imagina puede llevar
a cabo lejos de Dios. Es lo simbolizado en la Torre
de Babel (templo-torre de varios pisos, llamados zigurats)
con la división de lenguas, de tal forma que
no podían entenderse (Gen. 11, 7). Es la ruptura
de la comunión que sólo será restaurada
en la unidad del Espíritu, en Pentecostés.
El pecado del hombre no lo lleva
a una humillación sin salida. Ante su postración
brilla en las tinieblas la promesa. El triunfo de los
poderes del mal no es definitivo. La humanidad puede
caminar hacia su salvación. Habrá hostilidad
entre la serpiente y la mujer y entre sus descendencias
(Gen. 3,15). El linaje de la serpiente será golpeado
en la cabeza por el Mesías, según la lectura
del texto como "protoevangelio", importante
en la tradición católica. De ahí
la traducción de la Vulgata, referida a la Madre
del Mesías "Ipso conteret..."
Hay en todo esto un dato fundamental
de la antropología cristiana. El hombre por el
pecado ha recibido una profunda herida en su propio
ser. la cual es raíz de las divisiones entre
los hombres. Por el rechazo del don y de la amistad
de Dios, el hombre se destruye a si mismo. Queda escindido
en su interior. Surge entonces la ruptura con los demás
y una desorientación que, de alguna manera, afecta
al mismo cosmos.
La Exhortación Apostólica
Reconciliatio et Paenitentia sigue de cerca esta forma
de reflexión de fe: pasa revista al drama de
un mundo en pedazos, por las divisiones entre personas,
grupos, colectividades. Indaga en la desigualdad creciente
entre grupos, clases sociales y países y en los
antagonismos ideológicos. Observa la conculcación
de los derechos fundamentales de la persona humana,
las presiones y asechanzas contra la libertad de individuos
y colectividades, la violencia y el terrorismo, la tortura,
el armamentismo la distribución inicua de las
riquezas. Y busca la raíz de tanto mal en la
herida del pecado en lo más íntimo del
hombre (Cfr. R.P. No. 2). Observa: "El misterio
del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador
abre en su propio costado y en relación con el
prójimo " (R P No. 15).
Tiene conciencia la humanidad
de que por sus solas fuerzas no puede superar tal situación.
Por eso su mirada va en la dirección de la promesa,
en una revelación progresiva, que se condensará
en la esperanza del Salvador.
A la luz de esta antropología
que Juan Pablo II asume en su Magisterio como fundamental
se establece la relación entre pecado y perdón,
entre esclavitud y liberación, lo cual se integra
en el amplio concepto de Reconciliación. Hay
en efecto, la más estrecha vinculación
entre los conceptos de salvación, liberación,
redención y reconciliación.
Anuncio del Reconciliador: esperanza
de salvación
La vida de Israel es entendida dentro de la relación
de fidelidad o no a la amistad con Dios en la Alianza.
El libro del Éxodo, epopeya
de un pueblo en marcha, muestra la intervención
salvífica de Dios y nutre la esperanza de una
liberación más profunda y acabada que
la que allí se nos describe. Por eso, se ha expresado
con razón que el Éxodo no es un libro
acabado. Los autores del N.T. miran la salvación
en Jesucristo como la actualización y el perfeccionamiento
del Éxodo, en la novedad pascual.
La manifestación del Dios
Salvador se hace en la curiosa epifanía de la
zarza que arde sin consumirse, que impresiona a Moisés
mientras pastorea el rebaño de Jetró,
su suegro. Es el Dios que se revela en la historia:
"Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abrahán,
Dios de Isaac, Dios de Jacob" (Ex. 3, 4). Le anuncia
la voluntad de liberar a su pueblo de la servidumbre
porque ha llegado su clamor a sus oídos. Es Yahveh
quien toma la iniciativa. Para cumplir su misión,
Moisés indaga por el nombre de quien lo envía.
El Señor le responde: "Yo soy el que soy
me envía a vosotros" (Ex. 3, 14). No es
el caso de concentrarnos en las diferentes interpretaciones
y posibles traducciones de este texto. Suele traducirse
también como "YO SOY EL QUE SERE",
en el sentido de que será quien liberará
a su pueblo. Palpita la promesa de la liberación
de su esclavitud, por la acción de Dios. Un exégeta
judío del medioevo interpretaba así el
texto: "Yo estaré con ellos en esta desgracia
y estaré con ellos cuando sean esclavizados por
otros reinos" (Rashi). Martin Buber, en su libro
Moisés, lo entiende como Aquel que será
presente, de tal manera que el nombre asegura la presencia
de protección del Señor. Y Noth indica
que "ciertamente se trata de un ser operante, que
aporece en el mundo de los hombres y en primera línea
en la historia de Israel".
Dios es un Dios vivo que actúa
al lado de su pueblo como el Salvador. Será plena
realidad en Jesús, cuyo nombre significa "Yahveh
salva", en la cercanía del Emmanuel, Dios-con
nosotros, según el texto de Isaías (Is.
7, 14).
Estos textos están relacionados
con la promesa mesiánica, relacionada con el
nombre de Jesús, en la explicación de
Mateo: "Él, en efecto salvará a su
pueblo de los pecados" (Mt. 1, 21). Y Simeón,
él profeta, en el canto vespertino de su vida,
simbolizando toda la espera del A.T., bendecirá
a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según
tu promesa puedes dejar irse en paz a tu siervo porque
vieron mis ojos tu salvación..." (Lc. 2,
29-30).
Bien se sabe cómo la salvación,
la liberación la redención son presentados
con términos muy cercanos: "padah"
es redimir a alguien. San Pablo empleará el término
"Iytroo" (rescatar al alguien pagando precio),
que es el utilizado en la traducción de los LXX.
"Padah" es aplicado a la liberación
de Egipto. Otro término es "GA'AL",
referido a la acción de Dios con Israel, en el
sentido de recuperar, volver a comprar algo. Y se da
también a Yahveh el nombre de "GO'EL",
en el sentido de que Yahveh se hace rescate de su pueblo.
Yahveh es "GO'EL" de los pobres, de los huérfanos
y de las viudas. Libera de la opresión (Cfr.
Theolog. Dict. of the Old Testam. Vol. I l, pp. 352-353).
Buena porte de estos conceptos
serán referidos a Jesús.
La reconciliación en el
Mesías
Hay un momento solemne, relatado por San Lucas, en el
cual se sintetiza la realidad de la liberación
mesiánica y en el cual el mismo Cristo se aplica
el texto de Isaías Cap. 61.
"El Espíritu del Señor
está sobre mi, porque me ha enviado a anunciar
la buena nueva a los pobres, me envió a proclamar
la libertad a los cautivos y la recuperación
de la vista a los ciegos; a poner en libertad a los
oprimidos. A proclamar un año de gracia del Señor...
Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura escuchado
por vosotros" (Lc. 4, 18.19.21).
En relación con el texto
que lee Jesús del profeta Isaías,
sólo se opera un cambio:
En lugar de "para sanar a los que tienen
quebrantado el corazón"
se lee "a poner en libertad a los oprimidos"
(Is. 58, 6).
Es la solemne proclamación
de su dignidad mesiánica: el Mesías el
Cristo, es el ungido por excelencia, en quien reposa
definitivamente el Espíritu, quien, según
la observación de Jeremías, había
estado pasando de profeta en profeta y había
estado incluso ausente por largo tiempo. Sería
esta la intención del evangelista (Lc. 3, 22)
en el episodio del Bautismo de Jesús. La unción
por el Espíritu, bajo ia forma de una paloma,
sugiere como una nueva creación, que coincide
con el inicio de la era mesiánica. El Espíritu
de Dios se cernía sobre las aguas en la mañana
de la creación.
San Lucas indica la variedad de
los signos de la presencia del Mesías. Son el
triunfo del bien sobre el poder de las tinieblas, sobre
las consecuencias del pecado. La misión del Mesías
es liberadora de todo lo que oprime y esclaviza al hombre.
Estos signos aporecerán en diferentes pasajes
de la vida de Jesús: en El sale al paso del hombre
en su miseria la misericordia de Dios. los ciegos, los
sordos, los leprosos, incluso los muertos, recibirán
ese torrente vivificador cuya fuente es Jesús.
Son esos los signos que presentará el Señor
ante los discípulos de Juan Bautista, prisionero,
quienes interrogarán a Jesús sobre su
identidad mesiánica.
Jesús también aquí
se hace "GO'EL", no sólo al anunciar
la libertad sino al darla en profundidad. Es el alegre
anuncio del Evangelio a los pobres, en las variadas
formas de pobreza humana, en las múltiples modalidades
de impotencia. El hombre sabe que pretender salvarse
a si mismo, con sus propias fuerzas, es imposible. Sería
como pretender salir de la arena movediza jalándose
a si mismo de los cabellos. En ese HOY mesiánico,
el Señor salva al hombre de su pecado y de sus
consecuencias. Es como un año de gracia, jubilar,
en tiempo privilegiado de liberación y de reconciliación:
"Santificaréis el año cincuenta,
y pregonaréis la libertad por toda la tierra
para todos los habitantes de ella. Será para
vosotros jubileo, y cada uno de vosotros recobrará
su propiedad, que volverá a su familia"
(Lev. 25, 10).
EL AÑO DE GRACIA del Señor
tiene su cumplimiento. La salvación llega en
la acción reconciliadora de Cristo. El Reino
de Dios que en El irrumpe es Reino de perdón,
de indulgencia. Las divisiones y rupturas del mundo
son sanadas en una nueva unidad, cuyo centro es el mismo
Cristo.
La presencia de Cristo instaura
una nueva comunión entre los hombres. La reconciliación
actúa en el doble sentido de la conversión:
hacia Dios, en el regreso del pecador arrepentido a
la casa del Padre, y en el ir auténticamente
hacia nuestros hermanos. Por eso la Ley Nueva que Jesús
proclama en lo alto de la montaña, como un nuevo
Moisés (tema clave en la catequesis de Mateo),
es llamada al reconocimiento total del señorío
de Dios, a quien es preciso amar con todas las fuerzas
de nuestro ser. Allí está la fuente de
reencuentro con nuestros hermanos. El pecado es separación.
La ley del amor es unificadora.
Cristo es viva convocación
de unidad. Si por el pecado los hombres se separaron
e Israel experimenta el dolor de la división
en tribus dispersas, Jesús congrega a las ovejas
dispersas y rehace la unidad, en el nuevo Israel que
es la Iglesia. Los "DOCE", fórmula
llena de rica simbolismo, son el "kahal",
la "sinagoga", la convocación del Pueblo
de Dios reunido en torno de Cristo. La Iglesia es comunidad
de reconciliados. Ella misma reconciliada se vuelve,
como sacramento de Cristo, comunidad reconciliadora,
fermento firmísimo de unidad.
La acción mesiánica
es de restauración universal. Las profundas heridas
de la humanidad son restañadas. Cristo es respuesta
definitiva del Padre a la esperanza que anida en el
corazón de Israel a través de los tiempos
y que anhela con gran fervor precisamente en los tiempos
en que es mayor su postración, su dolor. Por
contraste, en el tiempo de la humillación y del
cautiverio, cuando sus valores son conculcados el pueblo
es capaz de respirar con la conciencia de que no todo
está perdido. Si Las fuerzas y los cálculos
humanos han llegado a su Iímite la realización
de la promesa es esperada como una revivificación.
Por la promesa reina sobre la muerte la vida. Todo es
fruto del perdón de Dios.
Uno de los signos mesiánicos
es la evangelización de los pobres. Es señal
de la misericordia salvífica de Dios.
El anuncio de la Buena Nueva a
los pobres
Pobres son todos los oprimidos, los incapaces de defenderse,
marginados, ignorantes, errantes, etc. En el contexto
bíblico observa Marcello Bordoni, en su libro
"Jesús de Nazaret" son los excluidos
y repudiados, frente a los cuales Jesús asume
una actitud escandalosa para el contexto de Israel.
Objeto
de escándalo es el ofrecimiento,
con amor de predilección, de la salvación
a esos pobres, beneficiados por la llegada del Reino
(ciegos, cojos, leprosos, sordos, mudos). Son llamados
a tomar porte en la mesa del Rey (Lc. 14,21). Son los
fatigados, afligidos, llenos de cargos (Mt. 11,28),
los indigentes, los menesterosos. Precisamente a quienes
la sociedad cataloga como despreciables, no dignos de
ser tenidos en considoración, llega primero el
anuncio de la salvación.
Precisamente en su estado de impotencia
e indefensión aporece con más fuerza la
misericordia de Dios. Con razón comenta Bordoni:
"el fundamento de su privilegio no está
en ellos mismos, sino en Dios, en la manifestación
misericordiosa de su amor hacia los débiles y
los desventurados".
El anuncio de Jesús de
Nazaret está relacionado con el mensaje de las
bienaventuranzas: "Bienaventurados los pobres de
espíritu" (Mt. 5,3), no en una visión
terrenal, sino en relación con el Reino, con
la salvación mesiánica (Cfr. Is 61, 3).
Las bienaventuranzas constituyen como la condición
de los discípulos del Reino. Exige una especial
disposición del ánimo, como Cristo "pobre
y humilde de corazón" (Mt. 11, 29). La solo
carencia de bienes, en la intención de Mateo,
no constituye al pobre, a los "anawim" del
Evangelio. Es la línea de los "anawim"
del espíritu (Cfr. Is. 29, 19; Prov. 14,21).
Tampoco es un llamado a una falsa espiritualización
de la pobreza, cual cómodo disfraz del tener.
Se considora que el texto de Lucas
es el original, por más breve y directo, en el
anuncio de las bienaventuranzas. "Bienaventurados
vosotros, pobres, porque vuestro es el Reino de los
cielos" (Lc. 6,20).
La referencia en Lucas es hecha
a sus discípulos. No es una categoría
en sentido sociológico, sino bíblico en
relación con Isaías 61, y Lc. 4, 14; 7,
22, como destinatarios del año de gracia del
Señor. En un ambiente caracterizado por las divisiones,
viene la HORA de la reconciliación, el DIA de
la gracia.
Comenta Bordoni: "Con su
conducta, Jesús se contrapone al código
de comportamiento de las clases dirigentes judaicas
que practicaban una neta separación... pero sería
una instrumentalización del texto evangélico
ver en este comportamiento de Jesús un ejemplo
de elección de clase... El verdadero significado
del comportamiento preferencial de Jesús hacia
los pobres de la sociedad de su tiempo puede ser sólo
captado teniendo presente el mensaje central anunciado
en el ministerio de Galilea: la venida escatológica
del Reino de Dios a través del don de la reconciliación
y del perdón" (O.C. pp. 218-219). Implica
una invitación a, en vez de acaparar, comportir
lo que se tiene; en vez del dominio, la solidaridad,
y el servicio humilde y voluntario; en vez de la rivalidad,
del odio y la violencia, el amor y la vida. Comentan
J. Mateos y Alonso Schökel. "Este radicalismo
de Jesús explica por qué en el Evangelio
no resuena el grito por la injusticia, grito tan común
a los profetas del Antiguo Testamento. Los profetas
eran reformistas, sí y pedían justicia
porque creían en la validez de las instituciones.
Jesús no viene a pedir justicia sino a ofrecer
la solución definitiva a la injusticia del mundo"
(Nuevo Testamento, Madrid, 1975, 10).
El anuncio de la Buena Nueva a
los pobres, en la realidad de la reconciliación,
se opera por medio de Jesús pobre y humilde de
corazón, con una pobreza de anonadamiento, de
humildad de despojo. Comenta Bordoni: "en su pobreza
se hace signo de reconciliación que testimonia
la gracia del perdón de Dios y su paz mesiánica"
(O.C. p. 222).
En tal sentido San Gregorio de
Nisa decía: "En el hecho de que la naturaleza
omnipotente estaba en grado de descender hasta la bajeza
de la creatura, hay una demostración de su poder,
mucho más evidente que la grandeza de sus milagros"
(Or. Cat. 24. PG 45, 64).
La evangelización de los
pobres pone también los principios para una reconciliación
en la sociedad y para la opción por los pueblos
como fue ratificada por la Conferencia de Puebla. Es
una reconciliación que tiene que buscar la superación
de tantas injusticias que mantienen abierta y en proceso
de ampliarse, la brecha entre ricos y pobres. En América
Latina cerca de cien millones se hallan en una situación
de miseria no merecida. El Señor es "GO'EL"
para los pobres e invita a una solidaridad que se concrete
en las variadas modalidades del compartir fraterno.
El primer servicio a los pobres,
lo ha recordado la Conferencia de Puebla, es precisamente
evangelizarlos. Aquí aparece con toda claridad
el sentido integral de una evangelización reconciliadora,
que crea comunión entre los hermanos. Se lee
en Puebla que el mejor servicio al hermano pobre "es
la evangelización que lo dispone a realizarse
como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo
promueve integralmente" (1145).
Se incurriría en grave
confusión si se pensara que la reconciliación
reduce las responsabilidades sociales o que deja de
lado las exigencias de la justicia. Quizás por
una concepción de este estilo, cuando se elude
a la necesidad de la reconciliación suele haber
reacciones, como si debiéramos contentarnos con
una reconciliación abstracta, intimista, que
no tiene incidencia ni repercusión en el tejido
social. No es ésta la mente de la Iglesia. La
falta de preocupación por una real solidaridad
sería síntoma de que la reconciliación
no ha sido profunda.
Los pobres están, ellos
mismos, llamados a la reconciliación. Puede haber
una imagen algo romántica, poco objetiva, que
concibe a los pobres como sujeto de todas las virtudes.
Son numerosas y hermosas muchas virtudes del mundo de
los pobres, cuando éste ha sido evangelizado.
Pero cuando no lo ha sido, hay que ayudar a encauzar
evangélicamente su vida en un proceso de verdadera
conversión. Los pobres están en capacidad
de evangelizar, una vez hayan sido a su turno evangelizados.
Los pobres, como los pastores, son anunciadores de que
ha nacido el Salvador y de que ellos son liberados de
las opresiones.
¿De qué opresiones
se trata? No hay que excluir ninguna forma de opresión.
Opresión es lo que impide ser hijo de Dios. Opresivo
es el odio. Opresiva es la violencia, el egoísmo.
La liberación, por el camino de la reconciliación,
hace brillar la luz en las mazmorras y es capaz de romper
todas las cadenas. Se tiene la conciencia de que la
fuente es la opresión del pecado.
Sería inconsecuente permitir
que se evaporara el sentido religioso que en el texto
sagrado tiene la expresión "pobres".
Está desde luego relacionado con el "bienaventurados
los pobres de espíritu (Mt. 5,3), y con un "macarismo"
(MAKARIOS: beato), no en visión terrenal, sino
en relación con el Reino y la salvación
mesiánica (Cfr. Is. 61, 13). Las bienaventuranzas
son como Carta de los Discípulos del Reino. Es
disposición de ánimo, como la de Cristo,
"pobre y humilde de corazón" (Mt. 11,29).
Liberación del pecado y
reconciliación
La reconciliación que Cristo ofrece va a lo profundo
de nuestra realidad de pecadores. Libera de lo que esclaviza
más hondamente al hombre.
Hay en el diálogo de Jesús
con los judíos, en la presentación de
San Juan, una clara catequesis: "Si permanecéis
en mi palabra, seréis mis discípulos,
conoceréis la verdad y la verdad os hará
libres" (Jn. 8, 22). ¿Cuál es esa
verdad que libera? Es la misma realidad de Dios, en
cuanto plenitud de la vida verdadera, Verdad comunicada
a Jesús (Él es la Verdad). La libertad
aquí es la capacidad de vivir en plenitud en
la comunión con el Hijo. Es verdaderamente libre
quien reproduce la imagen del Hijo, Imagen perfecta
del Padre, es decir, el hombre que crece en su dignidad
de imagen de Dios.
Los interlocutores de Jesús
no descifran el significado de esta libertad y alegan
que como descendientes que son de Abraham son libres
y no esclavos (en realidad, tampoco gozaban de libertad
política). Jesús les replica: "En
verdad os digo que el que comete el pecado es esclavo
del pecado" (Jn, 8, 34). Es una falsa cristología
aquella que olvida o deja en lugar secundario esta liberación
central. La cristología paulina muestra cómo
desde la Cruz se realiza esta fundamental liberación.
Para San Juan la Cruz es el centro y la fuente de esa
reconciliación. La Cruz es supremo anonadamiento
y el trono desde el cual Jesús reina, reconciliando,
como un imán potente: "Cuando fuere exaltado
desde la tierra, todo lo atraeré hacia m'".
Orientar la vida hacia el misterio de la Cruz es transitar
por el camino que lleva a la vida eterna. Por eso la
humanidad está llamada a mirar hacia Aquel a
quien traspasaron.
Es la RECONCILIACION DE CRISTO,
ofrecida a todos, en la relación más personal,
poderoso signo de su misericordia y del triunfo del
bien sobre el mal.
Cristo privilegia el polo de lo
personal
Es característico en la semblanza que nos dan
los evangelistas. Cristo se dirige a la persona, a su
conciencia en su peculiar realidad, en diálogo,
el más directo y personal. Es reconciliación
que se realiza al margen de otras variadas circunstancias
o de los problemas estructurales. Sabe bien que en cualquier
estructura es el corazón del hombre el que debe
ser sanado.
Es el Pastor que va en busca de
la oveja perdida movido por la misericordia. Incide
en la conciencia de la Samaritana. Lleva la alegría
de su encuentro con Zaqueo, el publicano. Perdona a
la adúltera a punto de ser lapidada. Invita a
no pecar más.
Sale al paso, sobre todo, de los
más despreciados, de quienes son marginados por
la sociedad. Va a lo hondo del corazón, pasando
por alto la carga del ritualismo judío. No son
las manchas exteriores, ni la preocupación por
las abluciones lo que cuenta; es el mal que hay en el
hombre, el mal que anida en su corazón lo que
hemos de mirar: "Del corazón, en efecto,
provienen intenciones males, asesinatos, adulterios...
es eso lo que hace al hombre impuro; pero, comer sin
lavarse las manos no hace al hombre impuro" (Mt.
15, 19).
Parte de una sólida responsabilidad
del hombre. No es su preocupación, no obstante
su corazón de patriota, luchar directamente contra
la dominación romana. Lo que prevalece, como
en la Carta de Pablo a Filemón, es el primado
de la caridad.
Es la caridad que está
en la base del perdón. Allí se inscribe
la exigencia de la corrección fraterna (Cfr.
Mt. 18, 25).
Sabe que somos ante Dios insolventes
ante nuestras deudas, nuestras culpas. Por eso su perdón
no conoce límites. En el lenguaje oriental, es
menester perdonar "hasta siete veces siete".
Es perdón sin barreras. En la lógica del
Sermón de la Montaña la indulgencia ha
de cubrir a los mismos enemigos. Hay que ofrecer la
otra mejilla y dar el manto a quien pide túnica.
Es el golpe certero del amor indulgente contra la tentación
del odio y contra todas las formas de violencia.
Acude, lleno de bondad y comprensión,
a sanar a los pecadores. Afronta el escándalo
que produce comer con los pecadores públicos;
así eran considerados los publicanos. Es ofrecimiento
de amistad, en el tiempo de la gracia, orientada a todas
las miserias humanas. La comunidad de mesa, recuerda
Kasper, es signo de reconciliación.
Hay todo un contexto eucarístico
en las catequesis de los evangelistas. Es la exigencia
del perdón antes de presentar las ofrendas sobre
el altar (Mt. 15, 25). La comunidad primitiva lee estas
prescripciones en un sentido eucarístico. La
Eucaristía será celebración pascual
de los reconciliados y la unidad allí expresada
nace del perdón, en el compartir un mismo Pan
y un mismo Cáliz.
En todo aparece el Pastor que
se compadece. Tentado en todo, menos en el pecado, según
el Mensaje de la Carta a los Hebreos, conoce nuestra
debilidad y nuestra indigencia.
Por eso Cristo no desahucia. Da
espacio a la conversión y al arrepentimiento.
Es paciente para abrir el corazón a la esperanza.
Reconciliación en la Cruz
En la Segunda Carta a los Corintios escribe S. Pablo:
"Todo es de Dios, el cual nos ha reconciliado consigo
mediante Cristo... Ha sido Dios, en efecto, quien reconcilió
al mundo consigo en Cristo... A Aquel que no conoció
el pecado, lo hizo pecado por nosotros.." (Il Cor.
5, 18-19.21) Hay una clara alusión a la figura
del Siervo de Yahveh, inocente, que muere por los pecados
del pueblo para liberarlo (Cfr. Is. 53, 21). Cristo
se hace pecado por nosotros al asumir el efecto del
pecado, que es la muerte. Se opera la liberación
en la justificación "para que pudiéramos
ser justicia de Dios en El" (V. 2 1 ).
Cristo realiza la reconciliación
en la Cruz cuando éramos sus enemigos: "...
cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados
con Dios en virtud de la muerte de su Hijo" (Rom.
5, 10).
La reconciliación como
pacificación y superación de la enemistad
es presentada también en la Carta a los Efesios:
"Ahora en Cristo Jesús, vosotros, en un
tiempo lejano os habéis tornado vecinos, gracias
a la sangre de Cristo. El, en efecto, es nuestra paz,
que ha hecho de los dos pueblos una solo unidad abatiendo
el muro divisorio, anulando en su carne la enemistad"
(Efe. 2, 13-14). Se elude a la imagen del muro divisorio
que en el Templo de Herodes dividía físicamente
el recinto de los paganos y de los judíos. Nace
una nueva unidad espiritual en el Cuerpo de Cristo que
es la Iglesia. Los dos grupos, antes separados, se convierten
en miembros del Cuerpo del Crucificado. Por eso la unidad
de la Iglesia toma vida en la confesión de fe
del Cristo reconciliador en el misterio de la Cruz.
Así como en la realidad de la Cruz tiene lugar
nuestra liberación, no por mediaciones abstractas,
así ha de ser real y concreta la unidad de la
Iglesia, hecha también de Cruz, en la comunidad
cristiana. La unidad de la Iglesia es signo de esta
reconciliación. Comenta H. Urs van Balthasar:
"Esta unidad es al mismo tiempo, en cuanto fundada
como don y sacrificio de Cristo, indestructible, y,
en cuanto formada por pecadores, extremamente precaria...
La singularidad-irrepetibilidad de la unidad de Cristo
se rompe si en su lugar penetran potencias unificantes
de humana invención que quitan a la Iglesia o
a sus partes la credibilidad" (TeoDrammatica, Vol.
3, pag. 394).
Cristo es centro de reconciliación
universal. Si por el pecado ha habido la ruptura de
la armonía y de la unidad del cosmos por la Cruz
se reencuentra la pacificación universal: "Pues
Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la plenitud,
y reconciliar con El y para El todas las cosas, pacificando
mediante la sangre de su cruz, lo que hay en el cielo,
en la tierra y en los cielos" (Col. 1, 19, 20).
Hay una inmensa y notable diferencia
entre esta realidad de la reconciliación y las
que proponen habitualmente las ideologías. Estas
arrancan de su peculiar visión antropológica.
La fe cristiana nos muestra, con una concepción
del hombre desde la revelación divina, cómo,
creado por Dios, perdida su dignidad de hijo por el
pecado, solamente Cristo puede restituirle tal dignidad,
pacificándolo en su propio ser por el perdón
de Dios y restableciendo la armonía truncada
con sus hermanos y con la misma naturaleza. Por eso
las palabras del Apóstol son eco vibrante de
la llamada de Cristo: "Os suplicamos en nombre
de Cristo: reconciliaos con Dios" (Il Cor. 5, 20).
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