Homilía
del Santo Padre
en la Vigilia Pascual
(Sábado, 30
de marzo de 2002)
1. “Y dijo Dios:
Que exista la luz. Y la luz existió”
(Gn 1, 3). Una explosión de luz, que la palabra
de Dios sacó de la nada, rompió la primera
noche, la noche de la creación.
Como dice el apóstol
Juan: “Dios es Luz, en él no hay tiniebla
alguna” (1 Jn 1, 5). Dios no ha creado la oscuridad,
sino la luz. Y el libro de la Sabiduría, revelando
claramente que la obra de Dios tiene siempre una finalidad
positiva, se expresa de la siguiente manera: “Él
todo lo creó para que subsistiera, las criaturas
del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de
muerte ni imperio del Hades sobre la tierra”
(Sab 1, 14).
En aquella primera
noche de la creación hunde sus raíces
el misterio pascual que, tras el drama del pecado,
representa la restauración y la culminación
de aquel comienzo primero. La Palabra divina ha llamado
a la existencia a todas las cosas y, en Jesús,
se ha hecho carne para salvarnos. Y, si el destino
del primer Adán fue volver a la tierra de la
que había sido hecho (cf. Gn 3, 19), el último
Adán ha bajado del cielo para volver a él
victorioso, primicia de la nueva humanidad (cf. Jn
3, 13; 1 Co 15, 47).
2. Hay otra noche como
acontecimiento fundamental de la historia de Israel:
la salida prodigiosa de Egipto, cuyo relato se lee
cada año en la solemne Vigilia pascual.
“El Señor
hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento
del este que secó el mar y se dividieron las
aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a
pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla
a derecha e izquierda”(Ex 14, 21-22). El pueblo
de Dios ha nacido de este “bautismo” en
el Mar Rojo, cuando experimentó la mano poderosa
del Señor que lo rescataba de la esclavitud
para conducirlo a la anhelada tierra de la libertad,
de la justicia y de la paz.
Esta es la segunda
noche, la noche del éxodo.
La profecía
del libro del Éxodo se cumple hoy también
en nosotros, que somos israelitas según el
espíritu, descendientes de Abraham por la fe
(cf. Rm 4, 16). Como el nuevo Moisés, Cristo
nos ha hecho pasar en su Pascua de la esclavitud del
pecado a la libertad de los hijos de Dios. Muertos
con Jesús, resucitamos con Él a un vida
nueva, por la fuerza del Espíritu Santo. Su
Bautismo se ha convertido en el nuestro.
3. También recibiréis
este Bautismo, que engendra el hombre a una vida nueva,
vosotros, queridos Hermanos y Hermanas catecúmenos
provenientes de diversos países: de Albania,
China, Japón, Italia, Polonia y República
Democrática del Congo. Dos de vosotros, una
mamá japonesa y otra china, llevan consigo
también a su hijo, de tal manera que, en la
misma celebración, las madres serán
bautizadas junto con sus hijos.
“En esta noche
de gracia”, en la que Cristo ha resucitado de
entre los muertos, se realiza en vosotros un “éxodo”
espiritual: dejáis atrás la vieja existencia
y entráis en la “tierra de los vivos”.
Esta es la tercera noche, la noche de la resurrección.
4. “¡Qué
noche tan dichosa! Sólo ella conoció
el momento en que Cristo resucitó de entre
los muertos”. Así se ha cantado en el
Pregón pascual, al comienzo de esta Vigilia
solemne, madre de todas las Vigilias.
Después de la
noche trágica del Viernes Santo, cuando el
“poder de las tinieblas” (cf. Lc 22, 53)
parecía prevalecer sobre Aquel que es “la
luz del mundo” (Jn 8, 12), después del
gran silencio del Sábado Santo, en el cual
Cristo, cumplida su misión en la tierra, encontró
reposo en el misterio del Padre y llevó su
mensaje de vida a los abismos de la muerte, ha llegado
finalmente la noche que precede el “tercer día”,
en el que, según las Escrituras, el Señor
habría de resucitar, como Él mismo había
preanunciado varias veces a sus discípulos.
“¡Qué
noche tan dichosa en que une el cielo con la tierra,
lo humano y lo divino!” (Pregón pascual).
5. Esta es la noche
por excelencia de la fe y de la esperanza. Mientras
todo está sumido en la oscuridad, Dios –
la Luz – vela. Con Él velan todos los
que confían y esperan en Él.
¡Oh María!,
esta es por excelencia tu noche. Mientras se apagan
las últimas luces del sábado y el fruto
de tu vientre reposa en la tierra, tu corazón
también vela. Tu fe y tu esperanza miran hacia
delante. Vislumbran ya detrás de la pesada
losa la tumba vacía; más allá
del velo denso de las tinieblas, atisban el alba de
la resurrección.
Madre, haz que también
velemos en el silencio de la noche, creyendo y esperando
en la palabra del Señor. Así encontraremos,
en la plenitud de la luz y de la vida, a Cristo, primicia
de los resucitados, que reina con el Padre y el Espíritu
Santo, por los siglos de los siglos. ¡Aleluya!