Catequesis
de Juan Pablo II sobre la
Resurrección de Cristo
::
Resurrección: hecho histórico
::
Sepulcro vacío y encuentro con
Cristo Resucitado
::
Apariciones de Jesús Resucitado
::
La resurrección: culmen de la
Revelación
::
Valor salvífico de la Resurrección
::
La nueva catequesis sobre
Jesucristo (7.I.87)
::
Cristo, Hijo de Dios (13.V.87)
::
Jesucristo, el Mesías
ungido por el Espíritu Santo (5.VIII.87)
::
Verdadero Dios y verdadero
hombre (26.VIII.87)
::
El milagro, manifestación
del poder divino de Cristo (18.XI.87)
::
Jesucristo, verdadero hombre
(27.I.88)
La
Resurrección como hecho histórico que
afirma la fe
SS Juan Pablo II, 25 de enero, 1989
1. En esta catequesis
afrontamos la verdad culminante de nuestra fe en Cristo,
documentada por el Nuevo Testamento, creída
y vivida como verdad central por las primeras comunidades
cristianas, transmitida como fundamental por la tradición,
nunca olvidada por los cristianos verdaderos y hoy
profundizada, estudiada y predicada como parte esencial
del misterio pascual, junto con la cruz; es decir
la resurrección de Cristo. De El, en efecto,
dice el Símbolo de los Apóstoles que
'al tercer día resucitó de entre los
muertos'; y el Símbolo niceno-constantinopolitano
precisa: 'Resucitó al tercer día, según
las Escrituras'.
Es un dogma de la fe
cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado
históricamente. Trataremos de investigar 'con
las rodillas de lamente inclinadas' el misterio enunciado
por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando
con el examen de los textos bíblicos que lo
atestiguan.
2. El primero y más
antiguo testimonio escrito sobre la resurrección
de Cristo se encuentra en la primera Carta de San
Pablo a los Corintios. En ella el Apóstol recuerda
a los destinatarios de la Carta (hacia la Pascua del
año 57 d. De C.): 'Porque os transmití,
en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que
Cristo murió por nuestros pecados, según
las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó
al tercer día, según las Escrituras;
que se apareció a Cefas y luego a los Doce;
después se apareció a más de
quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía
la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció
a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles.
Y en último lugar a mi, como a un abortivo'
(1 Cor 15, 3-8).
Como se ve, el Apóstol
haba aquí de la tradición viva de la
resurrección, de la que él había
tenido conocimiento tras su conversión a las
puertas de Damasco (Cfr. Hech 9, 3)18). Durante su
viaje a Jerusalén se encontró con el
Apóstol Pedro, y también con Santiago,
como lo precisa la Carta a los Gálatas (1,18
ss.), que ahora ha citado como los dos principales
testigos de Cristo resucitado.
3. Debe también
notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla
sólo de la resurrección ocurrida el
tercer día 'según las Escrituras' (referencia
bíblica que toca ya la dimensión teológica
del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los
testigos a los que Cristo se apareció personalmente.
Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera
comunidad de creyentes, expresada por Pablo en la
Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de
hombres concretos, conocidos por los cristianos y
que en gran parte vivían todavía entre
ellos. Estos 'testigos de la resurrección de
Cristo' (Cfr. Hech 1, 22), sonante todo los Doce Apóstoles,
pero no sólo ellos: Pablo habla de a aparición
de Jesús incluso a más de quinientas
personas a la vez, además de las apariciones
a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.
4. Frente a este texto
paulino pierden toda admisibilidad las hipótesis
con las que se ha tratado, en manera diversa, de interpretar
la resurrección de Cristo abstrayéndola
del orden físico, de modo que no se reconocía
como un hecho histórico; por ejemplo, la hipótesis,
según la cual la resurrección no sería
otra cosa que una especie de interpretación
del estado en el que Cristo se encuentra tras la muerte
(estado de vida, y no de muerte), o la otra hipótesis
que reduce la resurrección al influjo que Cristo,
tras su muerte, no dejó de ejercer (y más
aún reanudó con nuevo e irresistible
vigor) sobre sus discípulos. Estas hipótesis
parecen implicar un prejuicio de rechazo a la realidad
de la resurrección, considerada solamente como
'el producto' del ambiente, o sea, de la comunidad
de Jerusalén. Ni la interpretación ni
el prejuicio hallan comprobación en los hechos.
San Pablo, por el contrario, en el texto citado recurre
a los testigos oculares del 'hecho': su convicción
sobre la resurrección de Cristo, tiene por
tanto una base experimental. Está vinculada
a ese argumento 'ex factis', que vemos escogido y
seguido por los Apóstoles precisamente en aquella
primera comunidad de Jerusalén. Efectivamente,
cuando se trata de la elección de Matías,
uno de los discípulos más asiduos de
Jesús, para completar el número de los
'Doce' que había quedado incompleto por la
traición y muerte de Judas Iscariote, los Apóstoles
requieren como condición que el que sea elegido
no sólo haya sido 'compañero' de ellos
en el período en que Jesús enseñaba
y actuaba, sino que sobre todo pueda ser 'testigo
de su resurrección' gracias a la experiencia
realizada en los días anteriores al momento
en el que Cristo (como dicen ellos) 'fue ascendido
al cielo entre nosotros' (Hech 1, 22).
5. Por tanto no se
puede presentar la resurrección, como hace
cierta crítica neostestamentaria poco respetuosa
de los datos históricos, como un 'producto'
de la primera comunidad cristiana, la de Jerusalén.
La verdad sobre la resurrección no es un producto
de la fe de los Apóstoles o de los demás
discípulos pre o post-pascuales. De los textos
resulta más bien que la fe 'prepascual' de
los seguidores de Cristo fue sometida a la prueba
radical de la pasión y de la muerte en cruz
de su Maestro. El mismo había anunciado esta
prueba, especialmente con las palabras dirigidas a
Simón Pedro cuando ya estaba a las puertas
de los sucesos trágicos de Jerusalén;
'¡Simón, Simón! Mira que Satanás
ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo
he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca' (Lc
22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión
y muerte de Cristo fue tan grande que los discípulos
(al menos algunos de ellos) inicialmente no creyeron
en la noticia de la resurrección. En todos
los Evangelios encontramos la prueba de esto. Lucas,
en particular, nos hace saber que cuando las mujeres,
'regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas
(o sea, el sepulcro vacío) a los Once y a todos
los demás..., todas estas palabras les parecieron
como desatinos y no les creían' (Lc 24, 9.
11).
6. Por lo demás,
la hipótesis que quiere ver en la resurrección
un 'producto' de la fe de los Apóstoles, se
confuta también por lo que es referido cuando
el Resucitado 'en persona se apareció en medio
de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!'. Ellos,
de hecho, 'creían ver un fantasma'. En esa
ocasión Jesús mismo debió vencer
sus dudas y temores y convencerles de que 'era El':
'Palpadme y ved, que un espíritu no tiene carne
y huesos como veis que yo tengo'. Y puesto que ellos
'no acababan de creerlo y estaban asombrados' Jesús
les dijo que le dieran algo de comer y 'lo comió
delante de ellos' (Cfr. Lc 24,36-43).
7. Además, es
muy conocido el episodio de Tomás, que no se
encontraba con los demás Apóstoles cuando
Jesús vino a ellos por primera vez, entrando
en el Cenáculo a pesar de que la puerta estaba
cerrada (Cfr. Jn 20, 19). Cuando, a su vuelta, los
demás discípulos le dijeron: 'Hemos
visto al Señor', Tomás manifestó
maravilla e incredulidad, y contestó: 'Si no
veo en sus manos la señal de los clavos y no
meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto
mi mano en su costado no creeré. Ocho días
después, Jesús vino de nuevo al Cenáculo,
para satisfacer la petición de Tomás
'el incrédulo' y le dijo: 'Acerca aquí
tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela
en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente'.
Y cuando Tomás profesó su fe con las
palabras 'Señor mío y Dios mío',
Jesús le dijo: 'Porque me has visto has creído.
Dichosos los que no han visto y han creído'
(Jn 20, 24-29).
La exhortación
a creer, sin pretender ver lo que se esconde Por el
misterio de Dios v de Cristo, permanece siempre válida;
pero la dificultad del Apóstol Tomás
para admitir la resurrección sin haber experimentado
personalmente la presencia de Jesús vivo, y
luego suceder ante las pruebas que le suministró
el mismo Jesús, confirman lo que resulta de
los Evangelios sobre la resistencia de los Apóstoles
y de los discípulos a admitir la resurrección.
Por esto no tiene consistencia
la hipótesis de que la resurrección
haya sido un 'producto' de la fe (o de la credulidad)
de los Apóstoles. Su fe en la resurrección
nació, por el contrario (bajo a acción
de la gracia divina), de la experiencia directa de
la realidad de Cristo resucitado.
8. Es el mismo Jesús
el que, tras la resurrección, se pone en contacto
con los discípulos con el fin de darles el
sentido de la realidad y disipar la opinión
(o el miedo) de que se tratara de un 'fantasma' y
por tanto de que fueran víctimas de una ilusión.
Efectivamente, establece con ellos relaciones directas,
precisamente mediante el tacto. Así es en el
caso de Tomás, que acabamos de recordar, pero
también en el encuentro descrito en el Evangelio
de Lucas, cuando Jesús dice a los discípulos
asustados: 'Palpadme y ved que un espíritu
no tiene carne y huesos como veis que yo tengo' (24,
39). Les invita a constatar que el cuerpo resucitado,
con el que se presenta a ellos, es el mismo que fue
martirizado y crucificado. Ese cuerpo posee sin embargo
al mismo tiempo propiedades nuevas: se ha 'hecho espiritual'
(y 'glorificado' y por lo tanto ya no está
sometido a las limitaciones habituales a los seres
materiales y por ello a un cuerpo humano. (En efecto,
Jesús entra en el Cenáculo a pesar de
que las puertas estuvieran cerradas, aparece y desaparece,
etc.) Pero al mismo tiempo ese cuerpo es auténtico
y real. En su identidad material está la demostración
de la resurrección de Cristo.
9. El encuentro en
el camino de Emaús, referido en el Evangelio
de Lucas, es un hecho que hace visible de forma particularmente
evidente cómo se ha madurado en la conciencia
de los discípulos la persuasión de la
resurrección precisamente mediante el contacto
con Cristo resucitado (Cfr. Lc 24, 15-21). Aquellos
dos discípulos de Jesús, que al inicio
del camino estaban 'tristes y abatidos' con el recuerdo
de todo lo que había sucedido al Maestro el
día de la crucifixión y no escondían
la desilusión experimentada al ver derrumbarse
la esperanza puesta en El como Mesías liberador
('Esperábamos que sería El el que iba
a librar a Israel') experimentan después una
transformación total, cuando se les hace claro
que el Desconocido, con el que han hablado, es precisamente
el mismo Cristo de antes, y se dan cuenta de que El,
por tanto, ha resucitado. De toda la narración
se deduce que la certeza de la resurrección
de Jesús había hecho de ellos casi hombres
nuevos. No sólo habían readquirido la
fe en Cristo, sino que estaban preparados para dar
testimonio de la verdad sobre su resurrección.
Todos estos elementos
del texto evangélico, convergentes entre sí,
prueban el hecho de la resurrección, que constituye
el fundamento de la fe de los Apóstoles y del
testimonio que, como veremos en las próximas
catequesis, está en el centro de su predicación.
El
sepulcro vacío y el encuentro con Cristo Resucitado
SS Juan Pablo II, el 1 de febrero, 1989
1. La profesión
de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que
Jesucristo 'al tercer día resucitó de
entre los muertos', se basa en los textos evangélicos
que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera
predicación de los Apóstoles. De estas
fuentes resulta que la fe en la resurrección
es, desde el comienzo, una convicción basada
en un hecho, en un acontecimiento real, y no un mito
o una 'concepción', una idea inventada por
los Apóstoles o producida por la comunidad
postpascual reunida en torno a los Apóstoles
en Jerusalén, para superar junto con ellos
el sentido de desilusión consiguiente a la
muerte de Cristo en cruz. De los textos resulta todo
lo contrario y por ello, como he dicho, tal hipótesis
es también crítica e históricamente
insostenible. Los Apóstoles y los discípulos
no inventaron la resurrección (y es fácil
comprender que eran totalmente incapaces de una acción
semejante). No hay rastros de una exaltación
personal suya o de grupo, que les haya llevado a conjeturar
un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo
en la opinión y en la creencia común
como real, casi por contraste y como compensación
de la desilusión padecida. No hay huella de
un proceso creativo de orden psicológico)sociológico)literario
ni siquiera en la comunidad primitiva o en los autores
de los primeros siglos. Los Apóstoles fueron
los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias,
que Cristo había resucitado simplemente porque
vivieron la resurrección como un acontecimiento
real del que pudieron convencerse personalmente al
encontrarse varias veces con Cristo nuevamente vivo,
a lo largo de cuarenta días. Las sucesivas
generaciones cristianas aceptaron aquel testimonio,
fiándose de los Apóstoles y de los demás
discípulos como testigos creíbles. La
fe cristiana en la resurrección de Cristo está
ligada, pues, a un hecho, que tiene una dimensión
histórica precisa.
2. Y sin embargo, la
resurrección es una verdad que, en su dimensión
más profunda, pertenece a la Revelación
divina: en efecto, fue anunciada gradualmente de antemano
por Cristo a lo largo de su actividad mesiánica
durante el período prepascual. Muchas veces
predijo Jesús explícitamente que, tras
haber sufrido mucho y ser ejecutado, resucitaría.
Así, en el Evangelio de Marcos, se dice que
tras la proclamación de Pedro en las cerca
de Cesarea de Filipo, Jesús 'comenzó
a enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los
sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar
a los tres días. Hablaba de esto abiertamente'
(Mc 8, 31-32). También según Marcos,
después de la transfiguración, 'cuando
bajaban del monte les ordenó que a nadie contaran
lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre
resucitara de entre los muertos' (Mc 9. 9). Los discípulos
quedaron perplejos sobre el significado de aquella
'resurrección' y pasaron a la cuestión,
y agitada en el mundo judío, del retorno de
Elías (Mc 9, 11): pero Jesús reafirmó
la idea de que el Hijo del hombre debería 'sufrir
mucho y ser despreciado' (Mc 9, 12). Después
de la curación del epiléptico endemoniado,
en el camino de Galilea recorrido casi clandestinamente,
Jesús toma de nuevo la palabra para instruirlos:
'El Hijo del hombre será entregado en manos
de los hombres; le matarán y a los tres días
de haber muerto resucitará'. 'Pero ellos no
entendían lo que les decía y temían
preguntarle' (Mc 9, 31-32). Es el segundo anuncio
de la pasión y resurrección, al que
sigue el tercero, cuando ya se encuentran en camino
hacia Jerusalén: 'Mirad que subimos a Jerusalén,
y el Hijo del hombre será entregado a los sumos
sacerdotes y los escribas; le condenarán a
muerte y le entregarán a los gentiles, y se
burlarán de él, le escupirán,
le azotarán y le matarán, y a los tres
días resucitará' (Mc 10, 33-34).
3. Estamos aquí
ante una previsión profética de los
acontecimientos, en la que Jesús ejercita su
función de revelador, poniendo en relación
la muerte y la resurrección unificadas en la
finalidad redentora, y refiriéndose al designio
divino según el cual todo lo que prevé
y predice 'debe' suceder. Jesús, por tanto,
hace conocer a los discípulos estupefactos
e incluso asustados algo del misterio teológico
que subyace en los próximos acontecimientos,
como por lo demás en toda su vida. Otros destellos
de este misterio se encuentran en la alusión
al 'signo de Jonás' (Cfr. Mt 12, 40) que Jesús
hace suyo y aplica a los días de su muerte
y resurrección, y en el desafío a los
judíos sobre 'la reconstrucción en tres
días del templo que será destruido'
(Cfr. Jn 2, 19). Juan anota que Jesús 'hablaba
del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó,
pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos
de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura
y en las palabras que había dicho Jesús'
(Jn 2 20-21). Una vez más nos encontramos ante
la relación entre la resurrección de
Cristo y su Palabra, ante sus anuncios ligados 'a
las Escrituras'.
4. Pero además
de las palabras de Jesús, también a
actividad mesiánica desarrollada por El en
el período prepascual muestra el poder de que
dispone sobre la vida y sobre la muerte, y la conciencia
de este poder, como la resurrección de la hija
de Jairo (Mc 5, 39-42), la resurrección del
joven de Naín (Lc 7, 12-15), y sobre todo la
resurrección de Lázaro (Jn 11, 42-44)
que se presenta en el cuarto Evangelio como un anuncio
y una prefiguración de la resurrección
de Jesús. En las palabras dirigidas a Marta
durante este último episodio se tiene la clara
manifestación de a autoconciencia de Jesús
respecto a su identidad de Señor de la vida
y de la muerte y de poseedor de las llaves del misterio
de la resurrección: 'Yo soy la resurrección.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá
jamás' (Jn 11, 25-26).
Todo son palabras y
hechos que contienen de formas diversas la revelación
de la verdad sobre la resurrección en el período
prepascual.
5. En el ámbito
de los acontecimientos pascuales, el primer elemento
ante el que nos encontramos es el 'sepulcro vacío'.
Sin duda no es por sí mismo una prueba directa.
A Ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro en
el que había sido depositado podría
explicarse de otra forma, como de hecho pensó
por un momento María Magdalena cuando, viendo
el sepulcro vacío, supuso que alguno habría
sustraído el cuerpo de Jesús (Cfr. Jn
20, 15). Más aún, el Sanedrín
trató de hacer correr la voz de que, mientras
dormían los soldados, el cuerpo había
sido robado por los discípulos. 'Y se corrió
esa versión entre los judíos, (anota
Mateo) hasta el día de hoy' (Mt 28, 12-15).
A pesar de esto el
'sepulcro vacío' ha constituido para todos,
amigos y enemigos, un signo impresionante. Para las
personas de buena voluntad su descubrimiento fue el
primer paso hacia el reconocimiento del 'hecho' de
la resurrección como una verdad que no podía
ser refutada.
6. Así fue ante
todo para las mujeres, que muy de mañana se
habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo
de Cristo. Fueron las primeras en acoger el anuncio:
'Ha resucitado, no está aquí... Pero
id a decir a sus discípulos y a Pedro...' (Mc
16, 6-7). 'Recordad cómo os habló cuando
estaba todavía en Galilea, diciendo: !Es necesario
que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los
pecadores y sea crucificado, y al tercer día
resucite!. Y ellas recordaron sus palabras' (Lc 24,
6-8).
Ciertamente las mujeres
estaban sorprendidas y asustadas (Cfr. Mc 24, 5).
Ni siquiera ellas estaban dispuestas a rendirse demasiado
fácilmente a un hecho que, aun predicho por
Jesús, estaba efectivamente por encima de toda
posibilidad de imaginación y de invención.
Pero en su sensibilidad y finura intuitiva ellas,
y especialmente María Magdalena, se aferraron
a la realidad y corrieron a donde estaban los Apóstoles
para darles la alegre noticia.
El Evangelio de Mateo
(28, 8-10) nos informa que a lo largo del camino Jesús
mismo les salió al encuentro les saludó
y les renovó el mandato de llevar el anuncio
a los hermanos (Mt 28, 10). De esta forma las mujeres
fueron las primeras mensajeras de la resurrección
de Cristo, y lo fueron para los mismos Apóstoles
(Lc 24, 10). ¡Hecho elocuente sobre la importancia
de la mujer ya en los días del acontecimiento
pascual!
7. Entre los que recibieron
el anuncio de María Magdalena estaban Pedro
y Juan (Cfr. Jn 20, 3-8). Ellos se acercaron al sepulcro
no sin titubeos, tanto más cuanto que María
les había hablado de una sustracción
del cuerpo de Jesús del sepulcro (Cfr. Jn 20,
2). Llegados al sepulcro, también lo encontraron
vacío. Terminaron creyendo, tras haber dudado
no poco, porque, como dice Juan, 'hasta entonces no
habían comprendido que según la Escritura
Jesús debía resucitar de entre los muertos'
(Jn 20, 9).
Digamos la verdad:
el hecho era asombroso para aquellos hombres que se
encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos.
La misma dificultad, que muestran las tradiciones
del acontecimiento, al dar una relación de
ello plenamente coherente, confirma su carácter
extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo
en el ánimo de los afortunados testigos. La
referencia 'a la Escritura' es la prueba de la oscura
percepción que tuvieron al encontrarse ante
un misterio sobre el que sólo la Revelación
podía dar luz.
8. Sin embargo, he
aquí otro dato que se debe considerar bien:
si el 'sepulcro vacío' dejaba estupefactos
a primera vista y podía incluso generar acierta
sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial,
como lo anotan los Evangelios, terminó llevando
al descubrimiento de la verdad de la resurrección.
En efecto, se nos dice
que las mujeres, y sucesivamente los Apóstoles,
se encontraron ante un 'signo' particular: el signo
de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro mismo
cerrado por una pesada losa, testimoniaba la muerte,
el sepulcro vacío y la piedra removida daban
el primer anuncio de que allí había
sido derrotada la muerte.
No puede dejar de impresionar
la consideración del estado de ánimo
de las tres mujeres, que dirigiéndose al sepulcro
al alba se decían entre si: '¿Quién
nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?'
(Mc 16, 3), y que después, cuando llegaron
al sepulcro, con gran maravilla constataron que 'la
piedra estaba corrida aunque era muy grande' (Mc 16,
4). Según el Evangelio de Marcos encontraron
en el sepulcro a alguno que les dio el anuncio de
la resurrección (Cfr. Mc 16, 5); pero ellas
tuvieron miedo y, a pesar de las afirmaciones del
joven vestido de blanco, 'salieron huyendo del sepulcro,
pues un gran temblor y espanto se había apoderado
de ellas' (Mc 16, 8). ¿Cómo no comprenderlas?
Y sin embargo la comparación con los textos
paralelos de los demás Evangelistas permite
afirmar que, aunque temerosas, las mujeres llevaron
el anuncio de la resurrección, de la que el
'sepulcro vacío' con la piedra corrida fue
el primer signo.
9. Para las mujeres
y para los Apóstoles el camino abierto por
'el signo' se concluye mediante el encuentro con el
Resucitado: entonces la percepción aun tímida
e incierta se convierte en convicción y, más
aún, en fe en Aquél que 'ha resucitado
verdaderamente'. Así sucedió a las mujeres
que al ver a Jesús en su camino y escuchar
su saludo, se arrojaron a sus pies y lo adoraron (Cfr.
Mt 28, 9). Así le pasó especialmente
a María Magdalena, que al escuchar que Jesús
le llamaba por su nombre, le dirigió antes
que nada el apelativo habitual: Rabbuni, ¡Maestro!
(Jn 20, 16) y cuando El la iluminó sobre el
misterio pascual corrió radiante a llevar el
anuncio a los discípulos: '!He visto al Señor!'
(Jn 20, 18). Lo mismo ocurrió a los discípulos
reunidos en el Cenáculo que la tarde de aquel
'primer día después del sábado',
cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús,
se sintieron felices por la nueva certeza que había
entrado en su corazón: 'Se alegraron al ver
al Señor' (Cfr. Jn 20,19-20).
¡El contacto
directo con Cristo desencadena la chispa que hace
saltar la fe!
Las
apariciones de Jesús resucitado
SS Juan Pablo II, 22 de Feb 89
1. Conocemos el pasaje
de la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo,
el primero cronológicamente, anota la verdad
sobre la resurrección de Cristo: 'Porque os
transmití... lo que a mis vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados, según
las Escrituras: que fue sepultado y que resucitó
al tercer día, según las Escrituras;
que se apareció a Cefas y luego a los Doce...
' (1 Cor 15,3-5). Se trata, como se ve, de una verdad
transmitida, recibida, y nuevamente transmitida. Una
verdad que pertenece al 'depósito de la Revelación'
que el mismo Jesús, mediante sus Apóstoles
y Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.
2. Jesús reveló
gradualmente esta verdad en su enseñanza pre-pascual.
Posteriormente ésta, encontró su realización
concreta en los acontecimientos de la pascua jerosolimitana
de Cristo, certificados históricamente, pero
llenos de misterio.
Los anuncios y los
hechos tuvieron su confirmación sobre todo
en los encuentros de Cristo resucitado, que los Evangelios
y Pablo relatan. Es necesario decir que el texto paulino
presenta estos encuentros (en los que se revela Cristo
resucitado) de manera global y sintética (añadiendo
al final el propio encuentro con el Resucitado a las
puertas de Damasco: Cfr. Hech 9, 3-6). En los Evangelios
se encuentran, al respecto, anotaciones más
bien fragmentarias.
No es difícil
tomar y comparar algunas líneas características
de cada una de estas apariciones y de su conjunto
para acercarnos todavía más al descubrimiento
del significado de esta verdad revelada.
3. Podemos observar
ante todo que, después de la resurrección,
Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos
con su cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe
de la gloria del alma: pero sin ninguna característica
triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran
sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que se
encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida
terrena. No ha querido enfrentarse a sus adversarios,
asumiendo a actitud de vencedor, ni se ha preocupado
por mostrarles su 'superioridad', y todavía
menos ha querido fulminarlos. Ni siquiera consta que
se haya presentado a alguno de ellos. Todo lo que
nos dice el Evangelio nos lleva a excluir que se haya
aparecido, por ejemplo, a Pilato, que lo había
entregado a los sumos sacerdotes para que fuese crucificado
(Cfr. Jn 19, 16), o a Caifás, que se había
rasgado las vestiduras por a afirmación de
su divinidad (Cfr. Mt 26, 63-66).
A los privilegiados
de sus apariciones, Jesús se deja conocer en
su identidad física: aquel rostro, aquellas
manos, aquellos rasgos que conocían muy bien,
aquel costado que habían traspasado; aquella
voz, que habían escuchado tantas veces. Sólo
en el encuentro con Pablo en las cercanías
de Damasco, la luz que rodea al Resucitado casi deja
ciego al ardiente perseguidor de los cristianos y
lo tira al suelo (Cfr. Hech 9, 3-8); pero es una manifestación
del poder de Aquél que, ya subido al cielo,
impresiona a un hombre al que quiere hacer un 'instrumento
de elección' (Hech 9, 15), un misionero del
Evangelio.
4. Es de destacar también
un hecho significativo: Jesucristo se aparece en primer
lugar a las mujeres, sus fieles seguidoras, y no a
los discípulos, y ni siquiera a los mismos
Apóstoles, a pesar de que los había
elegido como portadores de su Evangelio al mundo.
Es a las mujeres a quienes por primera vez confía
el misterio de su resurrección, haciéndolas
las primeras testigos de esta verdad. Quizá
quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su
mensaje, su fortaleza, que las había impulsado
hasta el Calvario. Quizá quiere manifestar
un delicado rasgo de su humanidad, que consiste en
a amabilidad y en la gentileza con que se acerca y
beneficia a las personas que menos cuentan en el gran
mundo de su tiempo. Es lo que parece que se puede
concluir de un texto de Mateo: 'En esto, Jesús
les salió al encuentro (a las mujeres que corrían
para comunicar el mensaje a los discípulos)
y les dijo: !¡Dios os guarde!!. Y ellas, acercándose,
se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les
dice Jesús: !No temáis. Id y avisad
a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán!' (28, 9-10).
También el episodio
de a aparición a María de Magdala (Jn
20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por
parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada
y comedida entrega al seguimiento de Jesús,
ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita
delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de
las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrán
que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos
ha podido contar enormemente con ellas para su vida
de fe, de oración y de apostolado.
5. Algunas características
de estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto
modo, paradigmáticos debido a las situaciones
espirituales, que tan a menudo se crean en la relación
del hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado
o 'visitado' por El.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer
a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al
encuentro, como se puede apreciar en el caso de la
misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos
de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento
de temor ante El. Se le ama, se le busca, pero, en
el momento en que se le encuentra, se experimenta
alguna vacilación...
Pero Jesús les
lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto
a María Magdalena (Jn 20,16), como a los discípulos
de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente,
a otros discípulos (Cfr. Lc 24, 25)48). Signo
de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse
al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo
al conocimiento de las riquezas de su corazón
y a la salvación.
6. Es interesante analizar
el proceso psicológico que los diversos encuentros
dejan entrever: los discípulos experimentan
una cierta dificultad en reconocer no sólo
la verdad de la resurrección, sino también
la identidad de Aquél que está ante
ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo
como otro: un Cristo 'transformado'. No es nada fácil
para ellos hacer la inmediata identificación.
Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo
tiempo sienten que El ya no se encuentra en la condición
anterior, y ante El están llenos de reverencia
y temor.
Cuando, luego, se dan
cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro,
sino de El mismo transformado, aparece repentinamente
en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de
inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar
de fe: '¿No estaba ardiendo nuestro corazón
dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino
y nos explicaba las Escrituras?' (Lc 24, 32). 'Señor
mío y Dios mío' (Jn 20, 28). 'He visto
al Señor' (Jn 20, 18). Entonces una luz absolutamente
nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento
de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del
misterio del dolor y de la muerte, que se concluye
en la gloria de la nueva vida! Este será uno
de los elementos principales del mensaje de salvación
que los Apóstoles han llevado desde el principio
al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.
7. Hay que subrayar
una última característica de las apariciones
de Cristo resucitado: en ellas, especialmente en las
últimas, Jesús realiza la definitiva
entrega a los Apóstoles (y a la Iglesia) de
la misión de evangelizar el mundo para llevarle
el mensaje de su Palabra y el don de su gracia.
Recuérdese a
aparición a los discípulos en el Cenáculo
la tarde de Pascua: 'Como el Padre me envió,
también yo os envío...' (Jn 20, 21);
¡y les da el poder de perdonar los pecados!
Y en la aparición
en el mar de Tiberíades, seguida de la pesca
milagrosa, que simboliza y anuncia la fructuosidad
de la misión, es evidente que Jesús
quiere orientar sus espíritus hacia la obra
que les espera (Cfr. Jn 21,1-23). Lo confirma la definitiva
asignación de la misión particular a
Pedro (Jn 21, 15)18): '¿Me amas?... Tú
sabes que te quiero... Apacienta mis corderos...Apacienta
mis ovejas...'.
Juan indica que 'ésta
fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó
a los discípulos después de resucitar
de entre los muertos' (Jn 21,14). Esta vez, ellos,
no sólo se habían dado cuenta de su
identidad: 'Es el Señor' (Jn 21, 7), sino que
habían comprendido que, todo cuanto había
sucedido y sucedía en aquellos días
pascuales, les comprometía a cada uno de ellos
(y de modo muy particular a Pedro) en la construcción
de la nueva era de la historia, que había tenido
su principio en aquella mañana de pascua.
La
resurrección culmen de la Revelación
SS Juan Pablo II, 8 de marzo, 1989
1. En la Carta de San
Pablo a los Corintios, recordada ya varias veces a
lo largo de estas catequesis sobre la resurrección
de Cristo, leemos estas palabras del Apóstol:
'Sino resucitó Cristo, vacía es nuestra
predicación, vacía es también
vuestra fe' (1 Cor 15, 14). Evidentemente, San Pablo
ve en la resurrección el fundamento de la fe
cristiana y casi la clave de bóveda de todo
el edificio de doctrina y de vida levantado sobre
la revelación, en cuanto confirmación
definitiva de todo el conjunto de la verdad que Cristo
ha traído. Por esto, toda la predicación
de la Iglesia, desde los tiempos apostólicos,
a través de los siglos y de todas las generaciones,
hasta hoy, se refiere a la resurrección y saca
de ella la fuerza impulsora y persuasiva, así
como su vigor. Es fácil comprender el porqué.
2. La resurrección
constituía en primer lugar la confirmación
de todo lo que Cristo mismo había ú
hecho y enseñado'. Era el sello divino puesto
sobre sus palabras y sobre su vida. El mismo había
indicado a los discípulos y adversarios este
signo definitivo de su verdad. El ángel del
sepulcro lo recordó a las mujeres la mañana
del 'primer día después del sábado':
'Ha resucitado, como lo había dicho' (Mt 28,
6). Si esta palabra y promesa suya se reveló
como verdad también todas sus demás
palabras y promesas poseen la potencia de la verdad
que no pasa, como El mismo había proclamado:
'El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras
no pasará' (Mt 24, 35; Mc 13, 31; Lc 21, 33).
Nadie habría podido imaginar ni pretender una
prueba más autorizada, más fuerte, más
decisiva que la resurrección de entre los muertos.
Todas las verdades, también las más
inaccesibles para la mente humana, encuentran, sin
embargo, su justificación, incluso en el ámbito
de la razón, si Cristo resucitado ha dado la
prueba definitiva, prometida por El, de su autoridad
divina.
3. Así, la resurrección
confirma la verdad de su misma divinidad. Jesús
había dicho: 'Cuando hayáis levantado
(sobre la cruz) al Hijo del hombre, entonces sabréis
que Yo soy' (Jn 8, 28). Los que escucharon estas palabras
querían lapidar a Jesús, puesto que
'YO SOY' era para los hebreos el equivalente del nombre
inefable de Dios. De hecho, al pedir a Pilato su condena
a muerte presentaron como acusación principal
la de haberse 'hecho Hijo de Dios' (Jn 19, 7). Por
esta misma razón lo habían condenado
en el Sanedrín como reo de blasfemia después
de haber declarado que era el Cristo, el Hijo de Dios,
tras el interrogatorio del sumo sacerdote (Mt 26,
63-65; Mc 14, 62; Lc 22, 70): es decir, no sólo
el Mesías terreno como era concebido y esperado
por la tradición judía, sino el Mesías
Señor anunciado por el Salmo 109/110 (Cfr.
Mt 22, 41 ss.), el personaje misterioso vislumbrado
por Daniel (7, 13-14). Esta era la gran blasfemia,
la imputación para la condena a muerte: ¡el
haberse proclamado Hijo de Dios! Y ahora su resurrección
confirmaba la veracidad de su identidad divina y legitimaba
la atribución hecha a Si mismo, antes de la
Pascua, del 'nombre' de Dios: 'En verdad, en verdad
os digo: antes de que Abrahán existiera, Yo
soy' (Jn 8, 58). Para los judíos ésa
era una pretensión que merecía la lapidación
(Cfr. Lv 24, 16), y, en efecto, 'tomaron piedras para
tirárselas; pero Jesús se ocultó
y salió del templo' (Jn 8, 59). Pero si entonces
no pudieron lapidarlo, posteriormente lograron 'levantarlo'
sobre la cruz: la resurrección del Crucificado
demostraba, sin embargo, que El era verdaderamente
Yo soy, el Hijo de Dios.
4. En realidad, Jesús
aun llamándose a Sí mismo Hijo del hombre,
no sólo había confirmado ser el verdadero
Hijo de Dios, sino que en el Cenáculo, antes
de la pasión, había pedido al Padre
que revelara que el Cristo Hijo del hombre era su
Hijo eterno: 'Padre, ha llegado la hora; glorifica
a tu Hijo para que el Hijo te glorifique' (Jn 17,
1). '... Glorifícame tú, junto a ti,
con la gloria que tenía a tu lado antes que
el mundo fuese' (Jn 17, 5). Y el misterio pascual
fue la escucha de esta petición, la confirmación
de la filiación divina de Cristo, y más
aún, su glorificación con esa gloria
que 'tenia junto al Padre antes de que el mundo existiera':
la gloria del Hijo de Dios.
5. En el periodo prepascual
Jesús, según el Evangelio de Juan, aludió
varias veces a esta gloria futura, que se manifestaría
en su muerte y resurrección. Los discípulos
comprendieron el significado de esas palabras suyas
sólo cuando sucedió el hecho.
Así, leemos
que durante la primera pascua pasada en Jerusalén,
tras haber arrojado del templo a los mercaderes y
cambistas, Jesús respondió a los judíos
que le pedían un 'signo' del poder por el que
obraba de esa forma: 'Destruid este Santuario y en
tres días lo levantaré... El hablaba
del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó,
pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos
de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura
y en las palabras que había dicho Jesús'
(Jn 2,19-22).
También la respuesta
dada por Jesús a los mensajeros de las hermanas
de Lázaro, que le pedían que fuera a
visitar al hermano enfermo, hacia referencia a los
acontecimientos pascuales: 'Esta enfermedad no es
de muerte, es para la gloria de Dios, para que el
Hijo de Dios sea glorificado por ella' (Jn 11 , 4).
No era sólo
la gloria que podía reportarle el milagro,
tanto menos cuanto que provocaría su muerte
(Cfr. Jn 11, 46)54); sino que su verdadera glorificación
vendría precisamente de su elevación
sobre la cruz (Cfr. Jn 12,32). Los discípulos
comprendieron bien todo esto después de la
resurrección.
6. Particularmente
interesante es la doctrina de San Pablo sobre el valor
de la resurrección como elemento determinante
de su concepción cristológica, vinculada
también a su experiencia personal del Resucitado.
Así, al comienzo de la Carta a los Romanos
se presenta: 'Pablo, siervo de Cristo Jesús,
apóstol por vocación, escogido para
el Evangelio de Dios, que había ya prometido
por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas,
acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según
la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según
el Espíritu de santidad, por su resurrección
de entre los muertos; Jesucristo, Señor nuestro'
(Rom 1, 1-4).
Esto significa que
desde el primer momento de su concepción humana
y de su nacimiento (de la estirpe de David), Jesús
era el Hijo eterno de Dios, que se hizo Hijo del hombre.
Pero, en la resurrección, esa filiación
divina se manifestó en toda su plenitud con
el poder de Dios que, por obra del Espíritu
Santo, devolvió la vida a Jesús (Cfr.
Rom 8, 11) y lo constituyó en el estado glorioso
de 'Kyrios' (Cfr. Flp 2, 9-11; Rom 14, 9; Hech 2,
36), de modo que Jesús merece por un nuevo
titulo mesiánico el reconocimiento, el culto,
la gloria del nombre eterno de Hijo de Dios (Cfr.
Hech 13, 33; Hb 1,1-5; 5, 5).
7. Pablo había
expuesto esta misma doctrina en la sinagoga de Antioquía
de Pisidia, en sábado, cuando, invitado por
los responsables de la misma, tomó la palabra
para anunciar que en el culmen de la economía
de la salvación realizada en la historia de
Israel entre luces y sombras, Dios había resucitado
de entre los muertos a Jesús, el cual se había
aparecido durante muchos días a los que habían
subido con El desde Galilea a Jerusalén, los
cuales eran ahora sus testigos ante el pueblo. 'También
nosotros (concluía el Apóstol) os anunciamos
la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres
Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar
a Jesús, como está escrito en los salmos:
Hijo mío eres tú; yo te he engendrado
hoy' (Hech 13, 32-33; Cfr. Sal 2, 7).
Para Pablo hay una
especie de ósmosis conceptual entre la gloria
de la resurrección de Cristo y la eterna filiación
divina de Cristo, que se revela plenamente en esta
conclusión victoriosa de su misión mesiánica.
8. En esta gloria del
'Kyrios' se manifiesta ese poder del Resucitado (Hombre-Dios),
que Pablo conoció por experiencia en el momento
de su conversión en el camino de Damasco al
sentirse llamado a ser Apóstol (aunque no uno
de los Doce), por ser testigo ocular del Cristo vivo,
y recibió de El la fuerza para afrontar todos
los trabajos y soportar todos los sufrimientos de
su misión. El espíritu de Pablo quedó
tan marcado por esa experiencia, que en su doctrina
y en su testimonio antepone la idea del poder del
Resucitado a la de participación en los sufrimientos
de Cristo, que también le era grata: Lo que
se había realizado en su experiencia personal
también lo proponía a los fieles como
una regla de pensamiento y una norma de vida: 'Juzgo
que todo es pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor...
para ganar a Cristo y ser hallado en él...
y conocerle a él el poder de su resurrección
y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte, tratando de llegar
a la resurrección de entre los muertos' (Flp
3, 8-11). Y entonces su pensamiento se dirige a la
experiencia del camino de Damasco: '... Habiendo sido
yo mismo alcanzado por Cristo Jesús' (Flp 3,
12).
9. Así pues,
los textos referidos dejan claro que la resurrección
de Cristo está estrechamente unida con el misterio
de la encarnación del Hijo de Dios: es su cumplimiento,
según el eterno designio de Dios. Más
aún, es la coronación suprema de todo
lo que Jesús manifestó y realizó
en toda su vida, desde el nacimiento a la pasión
y muerte, con sus obras, prodigios, magisterio, ejemplo
de una vida perfecta, y sobre todo con su transfiguración.
El nunca reveló de modo directo la gloria que
había recibido del Padre 'antes que el mundo
fuese' (Jn 17, 5), sino que ocultaba esta gloria con
su humanidad, hasta que se despojó definitivamente
(Cfr. Flp 2, 7-8) con la muerte en cruz.
En la resurrección
se reveló el hecho de que 'en Cristo reside
toda la plenitud de la Divinidad corporalmente' (Col
2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección
'completa' la manifestación del contenido de
la Encarnación. Por eso podemos decir que es
también la plenitud de la Revelación.
Por tanto, como hemos dicho, ella está en el
centro de la fe cristiana y de la predicación
de la Iglesia
El
valor salvífico de la resurrección
SS Juan Pablo II. 15 de marzo de 1989
l. Si, como hemos visto
en anteriores catequesis, la fe cristiana y la predicación
de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección
de Cristo, por ser ésta la confirmación
definitiva y la plenitud de la revelación,
también hay que añadir que es fuente
del poder salvífico del Evangelio y de la Iglesia
en cuanto integración del misterio pascual.
En efecto, según San Pablo, Jesucristo se ha
revelado como 'Hijo de Dios con poder, según
el espíritu de santidad, por su resurrección
de entre los muertos' (Rom 1, 4). Y El transmite a
los hombres esta santidad porque 'fue entregado por
nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación'
(Rom 4, 25). Hay como un doble aspecto en el misterio
pascual: la muerte para liberar del pecado y la resurrección
para abrir el acceso a la vida nueva.
Ciertamente el misterio
pascual, como toda la vida y la obra de Cristo, tiene
una profunda unidad interna en su función redentora
y en su eficacia, pero ello no impide que puedan distinguirse
sus distintos aspectos con relación a los efectos
que derivan de él en el hombre. De ahí
la atribución a la resurrección del
efecto específico de la 'vida nueva', como
afirma San Pablo.
2. Respecto a esta
doctrina hay que hacer algunas indicaciones que, en
continua referencia los textos del Nuevo Testamento,
nos permitan poner de relieve toda su verdad y belleza.
Ante todo, podemos
decir ciertamente que Cristo resucitado es principio
y fuente de una vida nueva para todos los hombres.
Y esto aparece también en la maravillosa plegaria
de Jesús, la víspera de su pasión,
que Juan nos refiere con estas palabra: 'Padre...
glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique
a ti. Y que según el poder que le has dado
sobre toda carne, dé también vida eterna
a todos los que tú le has dado' (Jn 17, 1-2).
En su plegaria Jesús mira y abraza sobre todo
a sus discípulos a quienes advirtió
de la próxima y dolorosa separación
que sé verificaría mediante su pasión
y muerte, pero a los cuales prometió asimismo:
'Yo vivo y también vosotros viviréis
(Jn 14, 19). Es decir: tendréis parte en mi
vida, la cual se revelará después de
la resurrección. Pero la mirada de Jesús
se extiende a un radio de amplitud universal. Les
dice: 'No ruego por éstos (mis discípulos),
sino también por aquellos, que por medio de
su palabra, creerán en mí... (Jn 17,
20): todos deben formar una sola cosa al participar
en la gloria de Dios en Cristo.
La nueva vida que se
concede a los creyentes en virtud de la resurrección
de Cristo, consiste en la victoria sobre la muerte
del pecado y en la nueva participación en la
gracia. Lo afirma San Pablo de forma lapidaria: 'Dios,
rico en misericordia..., estando muertos a causa de
nuestros delitos nos vivificó juntamente con
Cristo' (Ef 2, 4-5). Y de forma análoga San
Pedro: 'El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo...,
por su gran misericordia, mediante la resurrección
de Jesucristo de entre los muertos nos ha reengendrado
para una esperanza viva' (1 Pe 1, 3).
Esta verdad se refleja
en la enseñanza paulina sobre el bautismo:
'Fuimos, pues, con El (Cristo) sepultados por el bautismo
en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue
resucitado de entre los muertos por medio de la gloria
del Padre, así también nosotros vivamos
una vida nueva' (Rom 6, 4).
3. Esta vida nueva
(la vida según el Espíritu) manifiesta
la filiación adoptiva: otro concepto paulino
de fundamental importancia. A este respecto, es 'clásico'
el pasaje de la Carta a los Gálatas: 'Envió
Dios a su Hijo... para rescatar a los que se hallaban
bajo la ley y para que recibiéramos la filiación
adoptiva' (Gal 4, 4-5). Esta adopción divina
por obra del Espíritu Santo, hace al hombre
semejante al Hijo unigénito: '...Todos los
que son guiados por el Espíritu de Dios, son
hijos de Dios' 'm 8, 14). En la Carta a los Gálatas
San Pablo se apela a la experiencia que tienen los
creyentes de la nueva condición en que se encuentran:
'La prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha
enviado a nuestros corazones el Espíritu de
su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo
que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también
heredero por voluntad de Dios' (Gal 4, 6)7). Hay,
pues, en el hombre nuevo un primer efecto de la redención:
la liberación de la esclavitud; pero la adquisición
de la libertad llega al convertirse en hijo adoptivo,
y ello no tanto por el acceso legal a la herencia,
sino con el don real de la vida divina que infunden
en el hombre las tres Personas de la Trinidad (Cfr.
Gal 4, 6; 2 Cor 13, 13). La fuente de esta vida nueva
del hombre en Dios es la resurrección de Cristo.
La participación
en la vida nueva hace también que los hombres
sean 'hermanos' de Cristo, como el mismo Jesús
llama a sus discípulos después de la
resurrección: 'Id a anunciar a mis hermanos...'
(Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza
sino por don de gracia, pues esa filiación
adoptiva da una verdadera y real participación
en la vida del Hijo unigénito, tal como se
reveló plenamente en su resurrección.
4. La resurrección
de Cristo (y, más aún, el Cristo resucitado)
es finalmente principio y fuente de nuestra futura
resurrección. El mismo Jesús habló
de ello al anunciar la institución de la Eucaristía
como sacramento de la vida eterna, de la resurrección
futura: 'El que come mi carne y bebe mi sangre tiene
vida eterna, y yo lo resucitaré el último
día' (Jn 6, 54). Y al 'murmurar' los que lo
oían, Jesús les respondió: '¿Esto
os escandaliza? ¿Y cuándo veáis
al Hijo del hombre subir a donde estaba antes...?'
(Jn 6, 61-62).De ese modo indicaba indirectamente
que bajo las especies sacramentales de la Eucaristía
se da los que la reciben participación en el
Cuerpo y Sangre de Cristo glorificado.
También San
Pablo pone de relieve la vinculación entre
la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre
todo en su Primera Carta a los Corintios; pues escribe:
'Cristo resucitó de entre los muertos como
primicia de los que murieron... Pues del mismo modo
que en Adán mueren todos, así también
todos revivirán en Cristo' (1 Cor 15, 20-22).
'En efecto, es necesario que este ser corruptible
se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal
se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible
se revista de incorruptibilidad y este ser mortal
se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá
la palabra que está escrita: !La muerte ha
sido devorada en la victoria!' (1 Cor 15, 53-54).
'Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria
por nuestro Señor Jesucristo' (1 Cor 15, 57).
La victoria definitiva
sobre la muerte, que Cristo ya ha logrado, El la hace
partícipe a la humanidad en la medida en que
ésta recibe los frutos de la redención.
Es un proceso de admisión a la 'vida nueva',
a la 'vida eterna', que dura hasta el final de los
tiempos. Gracias a ese proceso se va formando a lo
largo de los siglos una nueva humanidad: el pueblo
de los creyentes reunidos en la Iglesia, verdadera
comunidad de la resurrección. A la hora final
de la historia, todos resurgirán, y los que
hayan sido de Cristo, tendrán la plenitud de
la vida en la gloria, en la definitiva realización
de la comunidad de los redimidos por Cristo 'para
que Dios sea todo en todos' (1 Cor 15, 28).
5. El Apóstol
enseña también que el proceso redentor,
que culmina con la resurrección de los muertos,
acaece en una esfera de espiritualidad inefable, que
supera todo lo que se puede concebir y realizar humanamente.
En efecto, si por una parte escribe que 'la carne
y la sangre no pueden heredar el reino de los cielos;
ni la corrupción hereda la incorrupción'
(1 Cor 15, 50) lo cual es la constatación de
nuestra incapacidad natural para la nueva vida), por
otra, en la Carta a los Romanos asegura a los que
creen lo siguiente: 'Si el Espíritu de Aquel
que resucitó a Jesús de entre los muertos
habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo
de entre los muertos dará también la
vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu
que habita en vosotros' (Rom 8, 11). Es un proceso
misterioso de espiritualización, que alcanzará
también a los cuerpos en el momento de la resurrección
por el poder de ese mismo Espíritu Santo que
obró la resurrección de Cristo.
Se trata, sin duda,
de realidades que escapan a nuestra capacidad de comprensión
y de demostración racional, y por eso son objeto
de nuestra fe fundada en la Palabra de Dios, la cual,
mediante San Pablo, nos hace penetrar en el misterio
que supera todos los límites del espacio y
del tiempo: 'Fue hecho el primer hombre, Adán,
alma viviente; el último Adán, espíritu
que da vida'(1 Cor 15, 45). 'Y del mismo modo que
hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos
también la imagen del celeste' (1 Cor 15, 49).
6. En espera de esa
transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive
en los corazones de sus discípulos y seguidores
como fuente de santificación en el Espíritu
Santo, fuente de la vida divina y de la filiación
divina, fuente de la futura resurrección.
Esa certeza le hace
decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas:
'Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino
que es Cristo quien vive en mí. La vida que
vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del
Hijo de Dios que me amó y se entregó
a sí mismo por mí' (Gal 2, 20). Como
el Apóstol, también cada cristiano,
aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7,
5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr.
2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado
se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones:
Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp
1, 21; Col 3, 3). Y es la vida en el Espíritu
Santo.
Esta certeza sostiene
al Apóstol, como puede y debe sostener a cada
cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta
vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo
Timoteo en el fragmento de una Carta suya con el que
queremos cerrar )para nuestro conocimiento y consuelo)
nuestra catequesis sobre la resurrección de
Cristo: 'Acuérdate de Jesucristo, resucitado
de entre los muertos, descendiente de David, según
mi Evangelio... Por eso todo lo soporto por los elegidos,
para que también ellos alcancen la salvación
que está en Cristo Jesús con la gloria
eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos
muerto con El, también viviremos con El; si
nos mantenemos firmes, también reinaremos con
El; si le negamos, también El nos negará;
si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede
negarse a sí mismo...' (2 Tim 2, 8-13).
'Acuérdate de
Jesucristo, resucitado de entre los muertos': esta
afirmación del Apóstol nos da la clave
de la esperanza en la verdadera vida en el tiempo
y en la eternidad.