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Carta encíclica Fulgens Corona
Se decreta la celebración del Año Mariano en todo
el mundo con motivo del I Centenario de la definición del
dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen María 8 septiembre 1953.
Venerables hermanos,
salud y bendición apostólica.
::
La definición de hace cien años
:: Las
apariciones de Lourdes como confirmación de la Virgen santísima
:: La
Carta Apostólica recoge la voz de los Santos Padres y de
toda la Iglesia
:: Fundamento
de la doctrina en las Sagradas Escrituras
:: La
Iglesia primitiva
:: Deducción
lógica: Ella fue siempre limpia de todo pecado
:: Razón
teológica: privilegio que Dios podía y quiso darle
:: Refútase
la objeción que se mengua la Redención de Cristo
:: La
devoción a la Santísima Virgen redunda en honor a
Jesús
:: El
testimonio de los siglos cristianos
:: Refírmase
el dogma
:: La
estrecha relación del dogma de la Inmaculada Concepción
con la Asunción a los cielos
:: Imitación
de María y devoción
:: Inocencia
e integridad de costumbres
:: María
repite: "haced lo que Él os diga". Cumplimiento
de la voluntad de Jesús vuelta al recto camino
:: Las
consecuencias del abandono que se hace de Jesús
:: No
bastan los remedios naturales; sólo la gracia y la ley cristiana
para las dolencias del mundo de hoy
:: La
proclamación
:: Expóngase
el dogma
:: Peregrinación
y preces
:: Particularmente
a Lourdes y Roma
:: Reforma
de costumbres
:: La
pureza e integridad de la juventud
:: La
bondad y fortaleza de la edad madura
:: La
paz interior para los ancianos
:: Alivio
para los que padecen
:: Libertad
para la Iglesia
:: Por
los perseguidos y silenciados
:: con
los que viven en el cisma
:: Añadanse
obras de penitencia
:: Por
la paz
:: Deseos
finales
:: Bendición
Apostólica
1.
La definición de hace cien años.
La refulgente corona
de gloria con que el Señor ciñó la frente purísima
de la Virgen Madre de Dios parécenos verla resplandecer con
mayor brillo al recordar el día en que, hace cien años,
nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío IX, rodeado de
imponente número de cardenales y obispos, con autoridad infalible
declaró, proclamó y definió solemnemente que
«ha sido revelada por Dios y, por lo tanto, debe ser creída
con fe firma y constante por todos los fieles la doctrina que sostiene
que la Santísima Virgen Maria, desde el primer instante de
su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso,
fue preservada inmune de cualquier mancha del pecado original, en
vista de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del
género humano»(1).
La Iglesia católica
entera recibió con alborozo la sentencia del Pontífice,
que desde hacía tiempo esperaba con ansia, y reavivada con
esto la devoción de los fieles hacia la Santísima
Virgen, que hace florecer en más alto grado las virtudes
cristianas, adquirió nuevo vigor y asimismo cobraron nuevo
impulso los estudios con los que la dignidad y santidad de la Madre
de Dios brillaron con más grande esplendor.
2.
Las apariciones de Lourdes como confirmación de la Virgen
santísima.
Y parece como si
la Virgen Santísima hubiera querido confirmar de una manera
prodigiosa el dictamen que el Vicario de su divino Hijo en la tierra,
con el aplauso de toda la Iglesia, había pronunciado. Pues
no habían pasado aún cuatro años cuando cerca
de un pueblo de Francia, en las estribaciones de los Pirineos, la
Santísima Virgen, vestida de blanco, cubierta con cándido
manto y ceñida su cintura de faja azul, se apareció
con aspecto juvenil y afable en la cueva de Massabielle a una niña
inocente y sencilla, a la que, como insistiera en saber el nombre
de quien se le había dignado aparecer, ella, con una suave
sonrisa y alzando los ojos al cielo, respondió: «Yo
soy la Inmaculada Concepción».
Bien entendieron
esto, como era natural, los fieles, que en muchedumbres casi innumerables,
acudiendo de todas las partes en piadosas peregrinaciones a la gruta
de Lourdes, reavivaron su fe, estimularon su piedad y se esforzaron
por ajustar su vida a los preceptos de Cristo, y allí también
no raras veces obtuvieron milagros que suscitaron la admiración
de todos y confirmaron la religión católica como la
única verdadera dada por Dios.
Y de un modo particular
lo comprendieron así también los Romanos Pontífices,
que enriquecieron con gracias espirituales y favorecieron con su
benevolencia aquel templo admirable que en pocos años había
levantado la piedad del clero y de los fieles.
3.
La Carta Apostólica recoge la voz de los Santos Padres y
de toda la Iglesia.
En la citada carta
apostólica, pues, en la que el mismo predecesor nuestro estableció
que este artículo de la doctrina cristiana debe ser mantenido
firme y fielmente por todos los creyentes, no hizo sino recoger
con diligencia y sancionar con su autoridad la voz de los Santos
Padres y de toda la Iglesia, que siempre se había dejado
oír desde los tiempos antiguos hasta nuestros días.
4.
Fundamento de la doctrina en las Sagradas Escrituras.
Y en primer lugar,
ya en las Sagradas Escrituras aparece el fundamento de esta doctrina,
cuando Dios, creador de todas las cosas, después de la lamentable
caída de Adán, habla a la tentadora y seductora serpiente
con estas palabras, que no pocos Santos Padres y doctores, lo mismo
que muchísimos y autorizados intérpretes, aplican
a la Santísima Virgen: «Pondré enemistades entre
ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya...» (Gn 3,
15).
Pero si la Santísima
Virgen María, por estar manchada en el instante de su concepción
con el pecado original, hubiera quedado privada de la divina gracia
en algún momento, en este mismo, aunque brevísimo
espacio de tiempo, no hubiera reinado entre ella y la serpiente
aquélla sempiterna enemistad de que se habla desde la tradición
primitiva hasta la definición solemne de la Inmaculada Concepción,
sino que más bien hubiera habido alguna servidumbre.
Además, al
saludar a la misma Virgen Santísima «llena de gracia»
(Lc 1, 18), o sea «kecharistomene» y «bendita
entre todas las mujeres» (ibíd. 42) con esas palabras,
tal como la tradición católica siempre las ha entendido,
se indica que «con este singular y solemne saludo, nunca jamás
oído, se demuestra que la Virgen fue la sede de todas las
gracias divinas, adornada con todos los dones del Espíritu
Santo, y más aún, tesoro casi infinito y abismo inagotable
de esos mismos dones, de tal modo que nunca ha sido sometida a la
maldición»(1).
5.
La Iglesia primitiva.
Los Santos Padres
en la Iglesia primitiva, sin que nadie lo contradijera, enseñaron
con claridad suficiente esta doctrina, afirmando que la Santísima
Virgen fue lirio entre espinas, tierra absolutamente virgen, inmaculada,
siempre bendita, libre de todo contagio del pecado, árbol
inmarcesible, fuente siempre pura, la única que es hija no
de la muerte, sino de la vida; germen no de ira, sino de gracia;
pura siempre y sin mancilla, santa y extraña a toda mancha
de pecado, más hermosa que la hermosura, más santa
que la santidad, la sola santa, que, si exceptuamos a solo Dios,
fue superior a todos los demás, por naturaleza más
bella, más hermosa y más santa que los mismos querubines
y serafines, más que todos los ejércitos de los ángeles(2).
6.
Deducción lógica: Ella fue siempre limpia de todo
pecado.
Después de
meditar diligentemente como conviene estas alabanzas que se tributan
a la bienaventurada Virgen María, ¿quién se
atreverá a dudar de que aquélla que es más
pura que los ángeles, y que fue siempre pura (cf. ibídem),
que estuvo en todo momento, sin excluir el más mínimo
espacio de tiempo, libre de cualquier clase de pecado? Con razón
San Efrén dirige estas palabras a su divino Hijo: «En
verdad que sólo tú y tu Madre sois hermosos bajo todos
los aspectos. Pues no hay en ti, Señor, ni en tu Madre mancha
alguna»(3). En cuyas palabras clarísimamente se ve
que, entre todos los santos y santas de esta sola mujer es posible
decir que no cabe ni plantearse la cuestión cuando se trata
del pecado, de cualquier clase que éste sea, y que, además,
este singular privilegio, a nadie concedido, lo obtuvo de Dios precisamente
por haber sido elevada a la dignidad de Madre suya. Pues esta excelsa
prerrogativa, declarada y sancionada solemnemente en el Concilio
de Éfeso contra la herejía de Nestorio(4), y mayor
que la cual ninguna parece que pueda existir, exige plenitud de
gracia divina e inmunidad de cualquier pecado en el alma, puesto
que lleva consigo la dignidad y santidad más grandes después
de la de Cristo. Además de este sublime oficio de la Virgen,
como de arcana y purísima fuente, parecen derivar todos los
privilegios y gracias que tan excelentemente adornaron su alma y
su vida. Bien dice Santo Tomás de Aquino: «Puesto que
la Santísima Virgen es Madre de Dios, del bien infinito,
que es Dios, recibe cierta dignidad infinita»(5). Y un ilustre
escritor desarrolla y explica el mismo pensamiento con las siguientes
palabras: «La Santísima Virgen... es Madre de Dios;
por esto es tan pura y ,tan santa que no puede concebirse pureza
mayor después de la de Dios»(6).
7.
Razón teológica: privilegio que Dios podía
y quiso darle.
Por lo demás,
si profundizamos la materia, y sobre todo, si consideramos el encendido
y suavísimo amor con que Dios ciertamente amó y ama
a la Madre de su unigénito Hijo, ¿cómo podremos
ni aun sospechar que ella haya estado, ni siquiera un brevísimo
instante, sujeta al pecado y privada de la divina gracia? Dios podía
ciertamente, en previsión de los méritos del Redentor,
adornarla de este singularísimo privilegio; no cabe, pues,
ni pensar que no lo haya hecho. Convenía, en efecto, que
la Madre del Redentor fuese lo más digna posible de Él;
mas no hubiera sido tal si, contaminándose con la mancha
de la culpa original, aunque sólo fuera en el primer instante
de su concepción, hubiera estado sujeta al triste dominio
de Satanás.
8.
Refútase la objeción que se mengua la Redención
de Cristo.
Y no se puede decir
que por esto se aminore la redención de Cristo, como si ya
no se extendiera a toda la descendencia de Adán, y que, por
lo mismo, se quite algo al oficio y dignidad del divino Redentor.
Pues si examinamos a fondo y con cuidado la cosa, es fácil
ver cómo Nuestro Señor Jesucristo ha redimido verdaderamente
a su divina Madre de una manera más perfecta al preservarla
Dios de toda mancha hereditaria de pecado en previsión de
los méritos de Él. Por esto, la dignidad infinita
de Cristo y la universalidad de su redención no se atenúan
ni disminuyen con esta doctrina, sino que se acrecientan de una
manera admirable.
9.
La devoción a la Santísima Virgen redunda en honor
a Jesús.
Es, por lo tanto,
injusta la crítica y la reprensión que también
por este motivo no pocos acatólicos y protestantes dirigen
contra nuestra devoción a la Santísima Virgen, como
si nosotros quitáramos algo al culto debido sólo a
Dios y a Jesucristo, cuando, por el contrario, el honor y veneración
que tributamos a nuestra Madre celeste, redundan enteramente y sin
duda alguna en honra de su divino Hijo, no sólo porque de
Él nacen, como de su primera fuente, todas las gracias y
dones, aun los más excelsos, sino también porque «los
padres son la gloria de los hijos» (Prov 17, 6).
10.
El testimonio de los siglos cristianos.
Por esto mismo, desde
los tiempos más remotos de la Iglesia esta doctrina fue esclareciéndose
cada día más y reafirmándose mayormente ya
en las enseñanzas de los sagrados pastores, ya en el alma
de los fieles. Lo atestiguan, como hemos dicho, los escritos de
los Santos Padres, los concilios y las actas de los Romanos Pontífices;
dan testimonio de ello las antiquísimas liturgias, en cuyos
libros, hasta en los más antiguos, se considera esta fiesta
como una herencia transmitida por los antepasados. Además,
aun entre las comunidades todas de los cristianos orientales, que,
mucho tiempo hace, se separaron de la unidad de la Iglesia católica,
no faltaron ni faltan quienes, a pesar de estar imbuidos de prejuicios
y opiniones contrarias, han acogido esta doctrina y cada año
celebran la fiesta de la Virgen Inmaculada. No sucedería,
ciertamente, así si no hubieran admitido semejante verdad
ya desde los tiempos antiguos, es decir, desde antes de separarse
del único redil.
11.
Refírmase el dogma.
Plácenos,
por lo tanto, al cumplirse los cien años desde que el Pontífice
Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente
este privilegio singular de la Virgen Madre de Dios, resumir y concluir
toda la cuestión con unas palabras del mismo Pontífice,
afirmando que esta doctrina ha sido, «a juicio de los Padres,
consignada en la Sagrada Escritura, transmitida por tantos y tan
serios testimonios de los mismos, expresada y celebrada en tantos
monumentos ilustres de la antigüedad veneranda y, en fin, propuesta
y confirmada por tan alto y autorizado juicio de la Iglesia»(1),
que no hay en verdad para los sagrados pastores y para los fieles
todos nada «más dulce ni más grato que honrar,
venerar, invocar y predicar con fervor y afecto en todas partes
a la Virgen Madre de Dios, concebida sin pecado original»(2).
12.
La estrecha relación del dogma de la Inmaculada Concepción
con la Asunción a los cielos.
Parécenos,
además, que esta preciosísima perla con que se enriqueció
la sagrada diadema de la bienaventurada Virgen María brilla
hoy con mayor fulgor, habiéndonos tocado, por designio de
la divina Providencia, en el Año Santo de 1950, la suerte
-está todavía vivo en nuestro corazón tan grato
recuerdo- de definir la Asunción de la Purísima Madre
de Dios en cuerpo y alma a los cielos, satisfaciendo con ello los
deseos del pueblo cristiano, que de manera particular habían
sido formulados cuando fue solemnemente definida su Concepción
Inmaculada. En aquélla ocasión, en efecto, como ya
escribimos en la carta apostólica Munificentissimus Deus,
«los corazones de los fieles fueron movidos por un más
vivo anhelo de que también el dogma de la Asunción
corporal de la Virgen a los cielos fuera definido cuanto antes por
el supremo magisterio de la Iglesia». Parece, pues, que con
esto todos los fieles pueden dirigir de una manera más elevada
y eficaz su mente y su corazón hacia el misterio mismo de
la Inmaculada Concepción de la Virgen.
Pues por la estrecha
relación que hay entre estos dos dogmas, al ser solemnemente
promulgada y puesta en su debida luz la Asunción de la Virgen
al cielo -que constituye como la corona y el complemento del otro
privilegio mariano-, se ha manifestado con mayor grandeza y esplendor
la sapientísima armonía de aquel plan divino, según
el cual Dios ha querido que la Virgen María estuviera inmune
de toda mancha original. Por ello, con estos dos insignes privilegios
concedidos a la Virgen, tanto el alba de su peregrinación
sobre la tierra como el ocaso de su vida se iluminaron con destellos
de refulgente luz; a la perfecta inocencia de su alma, limpia de
cualquier mancha, corresponde de manera conveniente y admirable
la más amplia glorificación de su cuerpo virginal;
y Ella, lo mismo que estuvo unida a su Hijo Unigénito en
la lucha contra la serpiente infernal, así también
junto con Él participó en el glorioso triunfo sobre
el pecado y sus tristes consecuencias. Digna y recta celebración
del centenario
13.
Imitación de María y devoción.
Es necesario que
la celebración de este centenario no solamente encienda de
nuevo en todas las almas la fe católica y la devoción
ferviente a la Virgen Madre de Dios, sino que haga también
que la vida de los cristianos se conforme lo más posible
a la imagen de la Virgen. De la misma manera que todas las madres
sienten suavísimo gozo cuando ven en el rostro de sus hijos
una peculiar semejanza de sus propias facciones, así también
nuestra dulcísima Madre María, cuando mira a los hijos
que junto a la cruz recibió en lugar del suyo, nada desea
más y nada le resulta más grato que el ver reproducidos
los rasgos y virtudes de su alma en sus pensamientos, en sus palabras
y en sus acciones.
Ahora bien, para
que la piedad no sea sólo palabra huera, o una forma falaz
de religión, o un sentimiento débil y pasajero de
un instante, sino que sea sincera y eficaz, debe impulsarnos a todos
y a cada uno, según la propia condición, a conseguir
la virtud.
14.
Inocencia e integridad de costumbres.
Y en primer lugar
debe incitarnos a todos a mantener una inocencia e integridad de
costumbres tal, que nos haga aborrecer y evitar cualquier mancha
de pecado, aun la más leve, ya que precisamente conmemoramos
el misterio de la Santísima Virgen, según el cual
su concepción fue inmaculada e inmune de toda mancha original.
15.
María repite: "haced lo que Él os diga".
Cumplimiento de la voluntad de Jesús vuelta al recto camino.
Parécenos
que la Beatísima Virgen María, que durante toda su
vida -lo mismo en sus gozos, que tan suavemente le afectaron, como
en sus angustias y atroces dolores, por los cuales fue constituida
Reina de los mártires- nunca se apartó lo más
mínimo de los preceptos y ejemplos de su divino Hijo, nos
parece, decimos, que a cada uno de nosotros repite aquellas palabras
que dijo a los que servían en las bodas de Cana, como señalando
con el dedo a Jesucristo: «Haced lo que Él os diga»
(In 2, 5). Esta misma exhortación, usándola, desde
luego, en un sentido más amplio, parece que nos repite hoy
a todos nosotros, cuando es bien claro que la raíz de todos
los males que tan dura y fuertemente afligen a los hombres y angustian
a los pueblos y a las naciones, está principalmente en que
no pocos «han abandonado al que es la Fuente de agua viva
y se han cavado cisternas, cisternas rotas que no pueden contener
las aguas» (Jer 2, 13); han abandonado al único que
es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Si,
pues, se ha errado, hay que volver a la vía recta; si las
tinieblas han envuelto los montes con el error, cuanto antes han
de ser eliminadas con la luz de la Verdad; si la muerte, la que
es verdadera muerte, se ha apoderado de las almas, con ansia y con
prisa, hay que acercarse de nuevo a la vida; hablamos de esa vida
celestial que no conoce el ocaso, ya que proviene de Jesucristo,
siguiendo al cual confiada y fielmente, en este destierro mortal
gozaremos con sempiterna beatitud, a una con Él, en la eterna.
Esto nos enseña, a esto nos exhorta la bienaventurada Virgen
María, dulcísima Madre nuestra, que ciertamente nos
ama con genuina caridad más que todas las madres de la tierra.
16.
Las consecuencias del abandono que se hace de Jesús.
De estas exhortaciones
e invitaciones, con las cuales se amonesta a todos para que vuelvan
a Cristo y se conformen con diligencia y eficacia a sus preceptos,
están, como muy bien sabéis, venerables hermanos,
muy necesitados los hombres de hoy, ya que son muchos los que se
esfuerzan por arrancar de raíz la fe cristiana de las almas,
sea con astutas y veladas insidias, sea también con tan abierta
y obstinada petulancia, cual si hubieran de considerarse como una
gloria de esta edad de progreso y esplendor. Pero resulta evidente
que, abandonada la santa religión, rechazada la voluntad
de Dios, que determina el bien y el mal, ya casi nada valen las
leyes, nada vale la autoridad pública; además, suprimida
con estas falaces doctrinas la esperanza y anhelo de los bienes
inmortales, es natural que los hombres espontáneamente apetezcan
inmoderadamente y con avidez las cosas terrenas, deseen con ansia
vehemente las cosas ajenas y, a veces, también se apoderen
por la fuerza de ellas siempre que se les presenta ocasión
o posibilidad de ello. Así nacen entre los ciudadanos los
odios, las envidias, las discordias y las rivalidades; así
se originan los desórdenes de la vida privada y pública;
así poco a poco se van socavando los cimientos mismos del
Estado, que mal podrían ser sostenidos y reforzados por la
autoridad de las leyes civiles y de los gobernantes; así,
finalmente, por todas partes se deforman las costumbres con los
malos espectáculos, con los libros, con los diarios y hasta
con los crímenes.
17.
No bastan los remedios naturales; sólo la gracia y la ley
cristiana para las dolencias del mundo de hoy.
No negamos, ciertamente,
que puedan hacer mucho en esto los que gobiernan los pueblos; sin
embargo, la curación de tantos males hay que buscarla en
remedios más profundos, hay que llamar en auxilio una fuerza
superior a la humana, que ilustre las mentes con una luz celestial
y que llegue hasta las almas mismas, las renueve con la gracia divina
y con su influencia las haga mejores.
Sólo entonces
podemos esperar que florezcan en todas partes las costumbres cristianas;
que se consoliden lo más posible los verdaderos principios
en los que se fundamentan las naciones; que reine entre las clases
sociales una mutua, justa y sincera estimación de las cosas,
unida a la justicia y caridad; que se apaguen los odios, cuyas semillas
son gérmenes de nuevas miserias y que frecuentemente impulsan
a los ánimos exacerbados hasta el derramamiento de sangre
humana, y que, finalmente, mitigadas y apaciguadas las controversias
que reinan entre las clases altas y bajas de la sociedad, con justa
medida se compongan los justos derechos de ambas partes y de común
acuerdo, y con el debido respeto, convivan armoniosamente para utilidad
de todos.
Es evidente que sólo
la ley cristiana, que la Virgen María Madre de Dios nos anima
a seguir pronta y diligentemente, puede lograr plena y firmemente
todas estas cosas, con tal de que sea puesta en práctica.
Proclamación del Año Mariano de 1954
18.
La proclamación.
Considerando todo
esto, como es razonable, a cada uno de vosotros, venerables hermanos,
os invitamos, por medio de esta carta encíclica, a que, según
el oficio que tenéis, exhortéis al pueblo y clero
a vosotros encomendado, a celebrar el Año Mariano, que decretamos
se celebre en todo el mundo, desde el próximo mes de diciembre
hasta el mismo mes del año siguiente, con motivo del primer
centenario de la fecha en que la Virgen María Madre de Dios,
con júbilo de todo el pueblo cristiano, brilló como
una nueva perla, cuando, como hemos dicho, nuestro antecesor de
inmortal memoria Pío IX, solemnemente la declaró y
proclamó totalmente limpia de la mancha original. Y confiamos
plenamente que esta celebración mariana pueda dar aquellos
deseadísimos y saludables frutos, que todos vehementemente
esperamos.
19.
Expóngase el dogma.
Para que fácilmente
y con más éxito se consiga esto, deseamos que en todas
las diócesis se tengan oportunamente sermones y conferencias
por medio de las cuales este artículo de la doctrina cristiana
sea conocido amplia y claramente por las almas, para que se aumente
la fe del pueblo, se excite más cada día el amor a
la Virgen Madre de Dios, y de ello tomen todos ocasión para
seguir gozosa y prontamente las huellas de nuestra Madre celestial.
20.
Peregrinación y preces.
Y puesto que en todas
las ciudades, pueblos y aldeas en que florece la religión
cristiana hay una capilla o al menos un altar en que se expone la
imagen de la Virgen a la veneración del pueblo, Nos deseamos,
venerables hermanos, que se reúnan allí sin cesar
multitudes de fieles y que no sólo en privado, sino también
en público, se eleven, a una voz y con una sola alma, preces
a nuestra dulcísima Madre.
Y dondequiera que
-como ocurre en casi todas las diócesis- haya un templo en
el cual la Virgen Madre de Dios es venerada con especial devoción,
allí acudan en determinados días del año piadosas
muchedumbres de peregrinos con públicas y edificantes manifestaciones
de la fe común y del común amor a la Virgen Santísima.
21.
Particularmente a Lourdes y Roma.
No dudamos de que
así sucederá de una manera particular en la gruta
de Lourdes, donde con tan ferviente piedad se venera la bienaventurada
Virgen María, concebida sin mancha de pecado. Preceda a todos
con el ejemplo esta Ciudad Santa, que desde los primeros tiempos
del cristianismo honra con peculiar veneración a su celeste
Madre y Patrona. Hay aquí, como todos saben, no pocas iglesias
en las cuales está ella expuesta a la piedad de los romanos,
pero la principal de todas es la basílica Liberiana, en la
cual todavía descuella el mosaico puesto por nuestro predecesor
de piadosa memoria Sixto III, insigne monumento de la maternidad
divina de María Virgen; y en ella, también benignamente,
sonríe la imagen de la «Salus populi romani».
Ahí, pues, principalmente, deben acudir los fieles a rezar
y ante esa sagrada imagen todos expongan sus piadosos votos, pidiendo
principalmente que esta ciudad, que es la capital del orbe católico,
sea también para todos maestra de fe, de piedad y de santidad.
A vosotros, romanos, os hablamos con las palabras de nuestro predecesor
de santa memoria León Magno: «Si toda la Iglesia esparcida
por el mundo entero debe florecer en todo género de virtudes,
vosotros debéis aventajar a los demás pueblos con
los frutos de vuestra piedad, ya que, fundados en la base misma
de la piedra apostólica, fuisteis redimidos con todos por
Nuestro Señor Jesucristo, y con preferencia a los demás
fuisteis instruidos por el bienaventurado apóstol Pedro»(1).
22.
Reforma de costumbres.
Muchas son las cosas
que en las actuales circunstancias es necesario que encomienden
todos a la tutela de la bienaventurada Virgen y a su patrocinio
y potencia suplicante. Pidan en primer lugar que cada uno ajuste
cada día más, como hemos dicho, sus costumbres a los
preceptos cristianos, con el auxilio de la divina gracia, ya que
la fe sin las obras es cosa muerta (cf. Sant 2, 20 y 26), y ya que
nadie puede hacer nada, como conviene, por el bien común,
si antes él mismo no es un ejemplo de virtud para los demás.
23.
La pureza e integridad de la juventud.
Pidan con insistencia
que la juventud generosa y gallarda crezca pura e íntegra
y no permita que la flor lozana de su edad se inficione con el aire
de este siglo corrompido ni se aje con los vicios; que sus desenfrenados
deseos y sus impetuosos ardores sean gobernados con justa moderación
y apartándose de toda insidia no se vuelvan hacia las cosas
dañosas y deshonestas, sino que se eleven a todo lo que es
bello, santo, amable y excelso.
24.
La bondad y fortaleza de la edad madura.
Pidan todos en sus
oraciones que la edad viril y madura se distinga particularmente
por su cristiana bondad y fortaleza; que el hogar doméstico
resplandezca por una fe incontaminada y florezca con una descendencia
santa y rectamente educada, que se fortalezca por la concordia y
la ayuda mutua.
25.
La paz interior para los ancianos.
Pidan, finalmente,
que los ancianos gocen los frutos de una vida honesta, de tal manera
que cuando lleguen por fin al término de su carrera mortal
nada tengan que temer y no se atormenten con ningún remordimiento
o angustia de conciencia ni tengan nada de que avergonzarse, sino
que se sientan seguros porque van a recibir en breve el premio de
su largo trabajo.
26.
Alivio para los que padecen.
Pidan además
en sus súplicas a la Madre de Dios pan para los hambrientos,
justicia para los oprimidos, la patria para los desterrados, cobijo
acogedor para los que carecen de casa, la libertad debida para aquellos
que han sido injustamente arrojados a la cárcel o a los campos
de concentración; el tan deseado regreso a la patria para
todos aquellos que, después de pasados tantos años
desde el final de la última guerra, todavía están
prisioneros y gimen y suspiran ocultamente; para aquellos que están
ciegos en el cuerpo y en el alma, la alegría de la refulgente
luz, y que a todos los que están divididos entre sí
por el odio, la envidia y la discordia, los obtengan por sus súplicas
la caridad fraterna, la concordia de los ánimos y aquella
fecunda tranquilidad que se apoya en la verdad, la justicia y la
mutua unión.
27.
Libertad para la Iglesia.
Deseamos de un modo
especial, venerables hermanos, que en las fervientes plegarias que
sean elevadas a Dios durante la celebración del próximo
Año Mariano, se pida humildemente que bajo el patrocinio
de la Madre del divino Redentor y dulcísima Madre nuestra
la Iglesia católica pueda por fin gozar en todas partes de
la libertad que le es debida y que siempre hizo servir, como magníficamente
enseña la historia, al bien de los pueblos y nunca a su perjuicio,
siempre al establecimiento de la concordia entre los ciudadanos,
las naciones y los pueblos y nunca a la división de los ánimos.
28.
Por los perseguidos y silenciados.
Todos conocen las
tribulaciones con que vive la Iglesia en algunas partes y las mentiras,
calumnias y usurpaciones con que es vejada; todos saben cómo
en algunas regiones los sagrados pastores están tristemente
dispersos o encerrados sin causa justa en las cárceles o
de tal manera impedidos, que les es imposible ejercer libremente,
como es necesario, sus ministerios; todos saben, finalmente, cómo
en tales lugares no se pueden tener escuelas propias, ni enseñar,
defender o propagar la doctrina cristiana por medio de la prensa,
ni educar convenientemente según sus enseñanzas a
la juventud. Todas las exhortaciones que sobre este asunto os hemos
dirigido más de una vez y siempre que ha habido ocasión,
de nuevo os las repetimos con sumo interés por medio de esta
carta encíclica. Confiamos plenamente que durante todo este
Año Mariano en todas partes se eleven súplicas a la
poderosísima Virgen Madre de Dios y suavísima Madre
nuestra, con las cuales se consiga de su actual y valioso patrocinio
que los sagrados derechos que competen a la Iglesia y que son exigidos
por el respeto que se debe a la civilización y a la libertad
humanas sean por todos reconocidos abierta y sinceramente, para
utilidad universal e incremento de la común concordia.
Esta palabra Nuestra,
que Nos la dicta un ardiente sentimiento de caridad, deseamos que
llegue en primer lugar a aquellos que, obligados al silencio y rodeados
de toda clase de asechanzas, contemplan con ánimo dolorido
su comunidad cristiana afligida, perturbada y privada de todo auxilio
humano. Que también estos queridísimos hermanos e
hijos nuestros, estrechamente unidos a Nos y a los demás
fieles, interpongan ante el Padre de las misericordias y Dios de
toda consolación (cf. 2 Cor 1, 3) el potentísimo patrocinio
de la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra y le pidan la ayuda del
cielo y la consolación de lo alto; y perseverando con ánimo
esforzado e inquebrantable en la fe de sus mayores, hagan suya en
esta grave situación, como distintivo de cristiana fortaleza,
la siguiente sentencia del Doctor Melifluo: «Estaremos en
pie, combatiremos hasta la muerte si fuese necesario por (la Iglesia)
nuestra Madre, con las armas de que podemos disponer: no con escudos
y espadas, sino con lágrimas y oraciones al Señor»(2).
29.
con los que viven en el cisma.
Y además,
también a aquellos que están separados de nosotros
por el viejo cisma, a los que, por otra parte, Nos amamos con ánimo
paterno, los invitamos a unirse concordemente a estas oraciones
y súplicas, ya que sabemos muy bien que ellos sienten grandísima
veneración hacia la Santa Madre de Jesucristo y celebran
su Concepción Inmaculada. Que vea la bienaventurada Virgen
María que todos los que se glorían de ser cristianos,
unidos al menos con los vínculos de la caridad, vuelven a
ella suplicantes sus ojos, sus ánimos y sus plegarias, pidiéndole
aquella luz que ilumina las mentes con la luz de lo alto y la unidad
con que finalmente se forme un solo rebaño y un solo Pastor
(cf. Jn 10, 16).
30.
Añadanse obras de penitencia.
A estas súplicas
comunes añádanse piadosas obras de penitencia, pues
el amor a la oración hace «que el alma tenga valor
y se pertreche para las cosas arduas y se eleve a las divinas, y
la penitencia hace que tengamos imperio sobre nosotros mismos, especialmente
sobre nuestro cuerpo, a consecuencia de la antigua culpa, gravísimo
enemigo de la razón y de la ley evangélica. Estas
virtudes, como claramente se ve, están estrechamente unidas
entre sí, se ayudan mutuamente y tienden al mismo fin de
apartar al hombre, nacido para el cielo, de las cosas caducas y
de llevarle casi a un trato celestial con Dios»(3).
31.
Por la paz.
Y ya que todavía
no ha brillado sobre las almas y sobre los pueblos una sólida,
sincera y tranquila paz, esfuércense todos por alcanzarla
plena y felizmente y consolidarla con sus piadosas súplicas,
de tal manera que así como la bienaventurada Virgen María
dio a luz al Príncipe de la Paz (cf. Ir 9, 6), Ella también,
con su patrocinio y con su tutela, una en amigable concordia los
hombres, que solamente pueden gozar de aquélla serena prosperidad
que es posible obtener en esta vida mortal cuando no están
separados entre sí por las envidias mutuas, desgarrados miserablemente
por las discordias e impelidos a luchar entre sí con amenazadores
y terribles designios, sino que, unidos fraternalmente, se dan entre
sí el ósculo de la paz, «que es tranquila libertad»(4),
y que bajo la guía de la justicia y con la ayuda de la caridad
forma, como conviene, de las diversas clases sociales y de las distintas
naciones y pueblos una sola y concorde familia.
32.
Deseos finales.
Quiera el divino
Redentor, con la ayuda y mediación de su benignísima
Madre, hacer que se realicen con la mayor largueza y perfección
posibles todos estos ardentísimos deseos nuestros, a los
que, como plenamente confiamos, no solamente corresponderán
gustosamente los deseos de nuestros hijos, sino también los
de todos aquellos que se interesan con empeño por la civilización
cristiana y el progreso de la Humanidad.
33.
Bendición Apostólica.
Mientras tanto, sea
prenda de los divinos favores y testimonio de nuestro paternal afecto
la bendición apostólica que a todos y cada uno de
vosotros, venerables hermanos, y también a vuestro clero
y pueblo, gustosísimamente impartimos en el Señor.
Dado en Roma, junto
a San Pedro, el día 8 de septiembre, fiesta de la Natividad
de la bienaventurada Virgen María, del año 1953, decimoquinto
de nuestro pontificado.
Papa Pío XII
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