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Lo
que deberíamos saber sobre Galileo
El caso Galileo suele ser utilizado para afirmar que la
Iglesia católica es enemiga del progreso científico.
Por tanto, me llama la atención que bastantes católicos,
incluidos sacerdotes, religiosos y otras personas que
tienen conocimientos teológicos, conozcan ese caso
de un modo bastante superficial y, en ocasiones, incluso
equivocado.
1. ¿Cómo
murió Galileo?
2. ¿Porqué
fue condenado?
3. Interrogantes
e interpretaciones
1. ¿CÓMO MURIÓ GALILEO?
El primer punto que debería
quedar claro es que a Galileo no lo mató la Inquisición,
ni nadie. Murió de muerte natural. Galileo nació
el martes 15 de febrero de 1564 en Pisa, y murió
el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una
villa en Arcetri, en las afueras de Florencia. Por tanto,
cuando murió tenía casi 78 años (es
posible encontrar una diferencia de un año incluso
en documentos oficiales, porque entonces, en Florencia,
los años se empezaban a contar el 25 de marzo,
fecha de la Encarnación del Señor). Cuenta
Vincenzo Viviani, un joven discípulo de Galileo
que permaneció continuamente junto a él
en los últimos treinta meses, que su salud estaba
muy agotada: tenía una grave artritis desde los
30 años, y a esto se unía una irritación
constante y casi insoportable en los párpados
y otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada,
sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio
y vigilia. Añade que, a pesar de todo, seguía
lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin le
asaltó una fiebre que le fue consumiendo lentamente
y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo
de dos meses se fue extenuando cada vez más, y,
por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de
1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con
firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y
siete años de edad, diez meses y veinte días.
Por tanto, no existió la hoguera, ni nada parecido.
Tampoco fue condenado a
muerte. El único proceso en que fue condenado tuvo
lugar en 1633, y allí fue condenado a prisión
que, en vista de sus buenas disposiciones, fue conmutada
inmediatamente por arresto domiciliario, de modo que nunca
llegó a ingresar en la cárcel. Según
las normas comunes, durante el proceso debería
haber estado en la cárcel de la Inquisición,
pero de hecho no estuvo nunca ahí: antes de empezar
el proceso se alojó en la embajada de Toscana en
Roma, situada en Palazzo Firenze, donde vivía el
embajador; durante el proceso se le exigió en algunos
momentos alojarse en el edificio de la Inquisición,
pero entonces se le habilitaron unas estancias que estaban
reservadas para los eclesiásticos que trabajaban
allí, permitiendo que le llevaran la comida desde
la embajada de Toscana; y al acabar el proceso se le permitió
estar alojado en Villa Medici, una de las mejores villas
de Roma, con espléndidos jardines, que era propiedad
del Gran Duque de Toscana. Todo esto se explica porque
Galileo era oficialmente el primer matemático y
filósofo del Gran Duque de Toscana, territorio
importante (incluye Florencia, Pisa, Livorno, Siena, etc.)
y tradicionalmente bien relacionado con la Santa Sede,
y las autoridades de Toscana ejercieron sus buenos oficios
para que en Roma se tratara a Galileo lo mejor posible,
como de hecho sucedió. El embajador de Toscana,
Francesco Niccolini, apreciaba muchísimo a Galileo,
y puso todos los medios para que sufriera lo menos posible
con el proceso, y para que no ingresara en prisión.
Niccolini consiguió que, al acabar el proceso,
la pena de prisión que se le impuso fuera conmutada
por confinamiento en Villa Medici. Después de pocos
días se le permitió trasladarse a Siena,
donde se alojó en el palacio del arzobispo, monseñor
Ascanio Piccolomini; éste era un gran admirador
y amigo de Galileo, y le trató espléndidamente
durante los varios meses que estuvo en su casa, de modo
que allí se recuperó del trauma que, sin
duda, supuso para él el proceso (en 1633, cuando
tuvo lugar el proceso, Galileo tenía 69 años).
Después, se le permitió trasladarse a la
casa que tenía en las afueras de Florencia, y allí
permaneció hasta que murió, ya viejo, de
muerte natural. Acabó su obra más importante,
y la publicó, en 1638, después del proceso.
En definitiva, Galileo
no fue condenado a muerte, sino a una prisión que
no se llegó a ejecutar porque fue conmutada: primero,
por una estancia de varios días en Villa Medici,
en Roma; después, por una estancia de varios meses
en el palacio de su amigo el arzobispo de Siena; y a continuación
(finales de 1633), se le permitió residir, en una
especie de arresto domiciliario, en su propia casa, la
Villa del Gioiello, en Arcetri, en las afueras de Florencia,
donde vivió y trabajó hasta su muerte.
Galileo tampoco fue nunca
sometido a tortura o a malos tratos físicos. Sin
duda, hacerle ir a Roma desde Florencia para ser juzgado,
teniendo 69 años, supone mal trato, y lo mismo
puede decirse de la tensión psicológica
que tuvo que soportar durante el proceso y en la condena
final, seguida de una abjuración forzada. Es cierto.
Desde el punto de vista psicológico, con la repercusión
que esto puede tener en la salud, Galileo tuvo que sufrir
por esos motivos y, de hecho, cuando llegó a Siena
después del proceso, se encontraba en malas condiciones.
Pero es igualmente cierto que no fue objeto de ninguno
de los malos tratos físicos típicos de la
época. Algún autor ha sostenido que, durante
el proceso, al final, en una ocasión fue sometido
a tortura; sin embargo, autores de todas las tendencias
están de acuerdo, con práctica unanimidad,
que esto realmente no sucedió. En la fase conclusiva
del proceso, en una ocasión, se encuentra una amenaza
de tortura por parte del tribunal, pero todos los datos
disponibles están a favor de que se trató
de una pura formalidad que, debido a los reglamentos de
la Inquisición, el tribunal debía mencionar,
pero sin intención de llevar a la práctica
la tortura y sin que, de hecho, se realizara (consta,
además, que en Roma no se llevaba a cabo tortura
con personas de la edad de Galileo). Después de
la condena, en Siena, Galileo se recuperó. Luego
sufrió diversas enfermedades, pero eran las mismas
que ya sufría habitualmente desde muchos años
antes, que se fueron agravando con la edad. Llegó
a quedarse completamente ciego, pero esto nada tuvo que
ver con el proceso.
2. ¿POR QUÉ FUE CONDENADO
GALILEO?
Lo que más llama
la atención no son los malos tratos físicos
que, como acabamos de ver, no existieron, sino el hecho
mismo de que Galileo fuera condenado, con las tensiones
y sufrimientos que esto implica. Desde luego, no era homicida,
ni ladrón, ni malhechor en ningún sentido
habitual de la palabra. Entonces, ¿por qué
fue condenado?, y ¿cuál fue la condena?
Se suele hablar de dos
procesos contra Galileo: el primero en 1616, y el segundo
en 1633. A veces sólo se habla del segundo. El
motivo es sencillo: el primer proceso realmente existió,
porque Galileo fue denunciado a la Inquisición
romana y el proceso fue adelante, pero no se llegó
a citar a Galileo delante del tribunal: el denunciado
se enteró de que existía la denuncia y el
proceso a través de comentarios de otras personas,
pero el tribunal nunca le dijo nada, ni le citó,
ni le condenó. Por eso, con frecuencia no se considera
que se tratara de un auténtico proceso, aunque
de hecho la causa se abrió y se desarrollaron algunas
diligencias procesuales durante meses. En cambio, el de
1633 fue un proceso en toda regla: Galileo fue citado
a comparecer ante el tribunal de la Inquisición
de Roma, tuvo que presentarse y declarar ante ese tribunal,
y finalmente fue condenado. Se trata de dos procesos muy
diferentes, separados por bastantes años; pero
están relacionados, porque lo que sucedió
en el de 1616 condicionó en gran parte lo que sucedió
en 1633.
2.1. El proceso de 1616
En 1616 se acusaba a Galileo
de sostener el sistema heliocéntrico propuesto
en la antigüedad por los pitagóricos y en
la época moderna por Copérnico: afirmaba
que la Tierra no está quieta en el centro del mundo,
como generalmente se creía, sino que gira sobre
sí misma y alrededor del Sol, lo mismo que otros
planetas del Sistema Solar. Esto parecía ir contra
textos de la Biblia donde se dice que la Tierra está
quiera y el Sol se mueve, de acuerdo con la experiencia;
además, la Tradición de la Iglesia así
había interpretado la Biblia durante siglos, y
el Concilio de Trento había insistido en que los
católicos no debían admitir interpretaciones
de la Biblia que se aparten de las interpretaciones unánimes
de los Santos Padres.
Los hechos de 1616 acabaron
con dos actos extra-judiciales. Por una parte, se publicó
un decreto de la Congregación del Índice,
fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se incluyeron
en el Índice de libros prohibidos tres libros:
Acerca de las revoluciones del canónigo polaco
Nicolás Copérnico, publicado en 1543, donde
se exponía la teoría heliocéntrica
de modo científico; un comentario del agustino
español Diego de Zúñiga, publicado
en Toledo en 1584 y en Roma en 1591, donde se interpretaba
algún pasaje de la Biblia de acuerdo con el copernicanismo;
y un opúsculo del carmelita italiano Paolo Foscarini,
publicado en 1615, donde se defendía que el sistema
de Copérnico no está en contra de la Sagrada
Escritura. Quedaba afectado por las mismas censuras cualquier
otro libro que enseñara las mismas doctrinas. El
motivo que se daba en el decreto para esas censuras era
que la doctrina que defiende que la Tierra se mueve y
el Sol está en reposo es falsa y completamente
contraria a la Sagrada Escritura. Por otra parte, se amonestó
personalmente a Galileo, para que abandonara la teoría
heliocéntrica y se abstuviera de defenderla.
El opúsculo de Foscarini
fue prohibido absolutamente. En cambio, los libros de
Copérnico y de Zúñiga solamente fueron
suspendidos hasta que se corrigieran algunos pasajes.
En el caso de Zúñiga, lo que debería
modificarse era muy breve. En el caso de Copérnico
se trataba de diversos pasajes donde había que
explicar que el heliocentrismo no era una teoría
verdadera, sino sólo un artificio útil para
los cálculos astronómicos. De hecho, esas
correcciones se prepararon y se aprobaron al cabo de cuatro
años, en 1620.
Nos podemos preguntar por
qué se daba tanta importancia a algo que, hoy día,
parece sencillo: cuando la Biblia habla de cuestiones
científicas, con frecuencia adopta el modo de hablar
propio de la cultura, de la época o simplemente
de la experiencia ordinaria. De hecho, éste fue
uno de los argumentos que utilizó Galileo en su
Carta a Benedetto Castelli, que circuló en copias
a mano (Castelli era un benedictino, amigo y discípulo
de Galileo, profesor de matemáticas en la Universidad
de Pisa), y con mayor extensión en su Carta a la
Gran Duquesa de Toscana, Cristina de Lorena (madre de
quien en aquellos momentos era Gran Duque de Toscana,
Cosme II), a quien habían llegado ecos de las acusaciones
bíblicas contra Galileo.
Para comprender el trasfondo
del asunto hay que mencionar tres problemas. En primer
lugar, Galileo se había hecho célebre con
sus descubrimientos astronómicos de 1609-1610.
Utilizando el telescopio que él mismo contribuyó
de modo decisivo a perfeccionar, descubrió que
la Luna posee irregularidades como la Tierra, que alrededor
de Júpiter giran cuatro satélites, que Venus
presenta fases como la Luna, que en la superficie del
Sol existen manchas que cambian de lugar, y que existen
muchas más estrellas de las que se ven a simple
vista. Galileo se basó en estos descubrimientos
para criticar la física aristotélica y apoyar
el heliocentrismo copernicano. Las profesores aristotélicos,
que eran muchos y poderosos, sentían que los argumentos
de Galileo contradecían su ciencia, y a veces quedaban
en ridículo. Estos profesores atacaron seriamente
a Galileo y, cuando se les acababan las respuestas, algunos
recurrieron a los argumentos teológicos (la pretendida
contradicción entre Copérnico y la Biblia).
En segundo lugar, la Iglesia
católica era en aquellos momentos especialmente
sensible ante quienes interpretaban por su cuenta la Biblia,
apartándose de la Tradición, porque el enfrentamiento
con el protestantismo era muy fuerte. Galileo se defendió
de quienes decían que el heliocentrismo era contrario
a la Biblia explicando por qué no lo era, pero
al hacer esto se ponía a hacer de teólogo,
lo cual era considerado entonces como algo peligroso,
sobre todo cuando, como en este caso, uno se apartaba
de las interpretaciones tradicionales. Galileo argumentó
bastante bien como teólogo, subrayando que la Biblia
no pretende enseñarnos ciencia y se acomoda a los
conocimientos de cada momento, e incluso mostró
que en la Tradición de la Iglesia se encontraban
precedentes que permitían utilizar argumentos como
los que él proponía. Pero, en una época
de fuertes polémicas teológicas entre católicos
y protestantes, estaba muy mal visto que un profano pretendiera
dar lecciones a los teólogos, proponiendo además
novedades un tanto extrañas.
En tercer lugar, la cosmovisión
tradicional, que colocaba a la Tierra en el centro del
mundo, parecía estar de acuerdo con la experiencia
ordinaria: vemos que se mueven el Sol, la Luna, los planetas
y las estrellas; en cambio, si la Tierra se moviera, deberían
suceder cosas que no suceden: proyectiles tirados hacia
arriba caerían atrás, no se sabe cómo
estarían las nubes unidas a la Tierra sin quedarse
también atrás, se debería notar un
movimiento tan rápido. Además, esa cosmovisión
tradicional parecía mucho más coherente
con la perspectiva cristiana de un mundo creado en vistas
al hombre, y también con la Encarnación
y la Redención de la humanidad a través
de Jesucristo; de hecho, entre quienes habían aceptado
las ideas de Copérnico se contaba Giordano Bruno,
quien defendió que existen muchos mundos habitados
y acabó sosteniendo doctrinas más o menos
heréticas (Bruno fue quemado, como consecuencia
de su condena por la Inquisición romana, en 1600,
aunque debe señalarse, no como disculpa sino para
mayor claridad, que no era propiamente un científico,
aunque utilizara el copernicanismo como punto de partida).
Los sucesos de 1616 culminaron
en un decreto de la Congregación del Índice,
fechado el 5 de marzo de 1616, por el que se prohibieron
los libros mencionados, con los matices ya señalados.
El decreto se publicó en nombre de la Congregación,
y está firmado por el cardenal prefecto y por el
secretario de la Congregación, no por el Papa.
Desde luego, un acto de ese tipo se hacía con el
mandato o aprobación del Papa y, de algún
modo, comprometía la autoridad del Papa, pero de
ninguna manera puede ser considerado como un acto en el
que se pone en juego la infalibilidad del Papa: por una
parte, porque ni está firmado por el Papa y ni
siquiera se le menciona; por otra, porque se trata de
un acto de gobierno de una Congregación, no de
un acto de magisterio; y además, porque no pretende
definir una doctrina de modo definitivo. Eso se sabía
perfectamente entonces, igual que ahora; como prueba de
ella se puede mencionar una carta de Benedetto Castelli
a Galileo, escrita el 2 de octubre de 1632, cuando ya
se había ordenado a Galileo que compareciera ante
la Inquisición de Roma. Castelli ha hablado con
el Padre Comisario del Santo Oficio, Vincenzo Maculano,
y ha defendido la ortodoxia de la posición de Copérnico
y de Galileo, añadiendo que varias veces ha hablado
de todo ello con teólogos piadosos y muy inteligentes,
y no han visto ninguna dificultad; añade que el
mismo Maculano le ha dicho que está de acuerdo
y que, en su opinión, la cuestión no debería
zanjarse recurriendo a la Sagrada Escritura. Es fácil
advertir que estas opiniones, tratadas en el mismo Comisario
del Santo Oficio, no tendrían sentido si el decreto
del Índice de 1616 pudiera ser interpretado como
teniendo un alcance de magisterio infalible o definitivo.
En las deliberaciones de
la Santa Sede, previas al decreto, se pidió la
opinión a once consultores del Santo Oficio, quienes
dictaminaron, el 24 de febrero de 1616, que decir que
el Sol está inmóvil en el centro del mundo
es absurdo en filosofía y además formalmente
herético, porque contradice muchos lugares de la
Escritura tal como los exponen los Santos Padres y los
teólogos, y decir que la Tierra se mueve es también
absurdo en filosofía y al menos erróneo
en la fe. Con frecuencia se toma esta opinión de
los teólogos consultores como si fuera el dictamen
de la autoridad de la Iglesia, pero no lo es: fue sólo
la opinión de esas personas. El único acto
público de la autoridad de la Iglesia fue el decreto
de la Congregación del Índice, y en ese
decreto no se dice que la doctrina heliocentrista sea
herética: se dice que es falsa y que se opone a
la Sagrada Escritura. El matiz es importante, y cualquier
entendido en teología lo sabía entonces
y lo sabe ahora. Nadie consideró entonces, ni debería
considerar ahora, que se condenó el heliocentrismo
como herejía, porque no es cierto. Esto explica
que Galileo y otras personas igualmente católicas
continuaran aceptando el heliocentrismo; Galileo sabía
(y era cierto) que él había mostrado, en
sus cartas a Castelli y a Cristina de Lorena, que el heliocentrismo
se podía compaginar con la Sagrada Escritura, utilizando
además principios que no eran nuevos, sino que
tenían apoyo en la Tradición de la Iglesia.
La decisión de la
autoridad de la Iglesia en 1616 fue equivocada, aunque
no calificó al heliocentrismo como herejía.
Galileo y sus amigos eclesiásticos se propusieron
conseguir que ese decreto fuera revocado. Podían
haberlo conseguido: se trataba de un decreto disciplinar
que, aunque iba acompañado por una valoración
doctrinal, no condenaba el heliocentrismo como herejía,
ni era un acto de magisterio infalible.
Otro aspecto importante
a tener en cuenta es que, aunque las críticas de
Galileo a la posición tradicional estaban fundadas,
ni él ni nadie poseían en aquellos momentos
argumentos para demostrar que la Tierra se mueve alrededor
del Sol. Esta afirmación parecía, más
bien, absurda, tal como la calificaron los teólogos
del Santo Oficio. En una famosa carta, el cardenal Roberto
Belarmino, uno de los teólogos más influyentes
entonces, pedía tanto a Foscarini como a Galileo
que utilizaran el heliocentrismo sólo como una
hipótesis astronómica, sin pretender que
fuera verdadera ni meterse en argumentos teológicos,
en cuyo caso no habría ningún problema.
Pero Galileo, para defenderse de acusaciones personales
y para intentar que la Iglesia no interviniera en el asunto,
se lanzó a una defensa fuerte del copernicanismo,
trasladándose a Roma e intentando influir en las
personalidades eclesiásticas; esto quizá
tuvo el efecto contrario, provocando que la autoridad
de la Iglesia interviniera para frenar la propaganda de
Galileo que, al menos en sus críticas, era bastante
convincente.
Además del decreto
de la Congregación del Índice, las autoridades
eclesiásticas tomaron otra decisión que
afectaba personalmente a Galileo y que influyó
decisivamente en su proceso, 17 años más
tarde. En concreto, por orden del Papa (Pablo V), el cardenal
Belarmino citó a Galileo (que se encontraba entonces
en Roma, dedicado a la propaganda del copernicanismo)
y, en la residencia del cardenal, el 26 de febrero de
1616, le amonestó a abandonar la teoría
copernicana. El Papa había mandado que Belarmino
hiciera esta amonestación, añadiendo que,
si Galileo no quería abandonar la teoría,
el Comisario del Santo Oficio, delante de notario y testigos,
le ordenara que no enseñara, defendiera ni tratara
esa doctrina, y que si se negase a esto, se le encarcelase.
Consta que Belarmino hizo la amonestación. Pero
entre los documentos que se han conservado existe uno
que ha dado lugar a discusiones sobre la fuerza y el alcance
de ese precepto: dice que, a continuación de la
amonestación de Belarmino, el Padre Comisario del
Santo Oficio (el dominico Michelangelo Seghizzi) le transmitió
el precepto mencionado; pero ese documento está
sin firmar. Se han dado interpretaciones de todo tipo;
la más extrema es que se trata de un documento
falseado deliberadamente en 1616 o en 1633 para acabar
con Galileo; pero esto parece muy poco probable. Con los
documentos que poseemos, es muy difícil saber exactamente
cómo se desarrolló el encuentro entre Belarmino
y Galileo. Pero está claro que Galileo entendió
perfectamente que, en lo sucesivo, no podía argumentar
a favor del copernicanismo, y en efecto así lo
hizo durante años. Precisamente, el proceso a que
fue sometido 17 años después, en 1633, fue
motivado porque, aparentemente, Galileo desobedeció
a ese precepto.
2.2. El proceso de 1633
Si el decreto de la Congregación
del Índice en 1616 fue una equivocación,
también lo fue prohibir a Galileo tratar o defender
el copernicanismo. Galileo lo sabía. Sin embargo,
obedeció. Siempre fue y quiso ser buen católico.
Pero sabía que la prohibición de 1616 se
basaba en una equivocación y quería solucionar
el equívoco. Incluso advertía el peligro
de escándalo que podría ocasionar esa prohibición
en el futuro, si se llegaba a demostrar con certeza que
la Tierra gira alrededor del Sol. Sus amigos estaban de
acuerdo con él.
En 1623 coincidieron unas
circunstancias que parecían favorecer una revisión
de las decisiones de 1616, o por lo menos hacer posible
que se expusieran, aunque fuese con cuidado, los argumentos
a favor del copernicanismo. El factor principal fue la
elección como Papa del cardenal Maffeo Barberini,
que tomó el nombre de Urbano VIII. Era, desde hacía
años, un admirador de Galileo, a quien incluso
había dedicado una poesía latina en la que
alababa sus descubrimientos astronómicos. Además,
desde el primer momento tuvo en puestos de mucha confianza
a varios amigos y partidarios de Galileo. En 1624 Galileo
fue a Roma y el Papa le recibió seis veces, con
gran cordialidad. Pero Galileo comprobó, al tantear
el asunto del copernicanismo, que, si bien Urbano VIII
no lo consideraba herético (ya hemos visto que
nunca fue declarado tal), lo consideraba como una posición
doctrinalmente temeraria y, además, estaba convencido
de que nunca se podría demostrar: decía
que los mismos efectos observables que se explican con
esa teoría, podrían deberse a otras causas
diferentes, pues en caso contrario estaríamos limitando
la omnipotencia de Dios. Se trataba de un argumento que,
aparentemente, tenía mucha fuerza, y parecía
que quien pretendiera haber demostrado el copernicanismo
estaba poniendo límites a la omnipotencia de Dios.
A pesar de todo, el talante
del nuevo Papa y la posición estratégica
de sus amigos llevaron a Galileo a embarcarse en un viejo
proyecto pendiente: escribir una gran obra discutiendo
el copernicanismo y, desde luego, argumentando en su favor.
Simplemente, la presentaría como un diálogo
entre un partidario del geocentrismo y otro del heliocentrismo,
sin dejar zanjada la cuestión. Y añadiría
el argumento del Papa. Pero el lector inteligente ya se
daría cuenta de quién tenía razón.
Además, Galileo
pensaba que disponía de un argumento nuevo que
demostraba el movimiento de la Tierra: el argumento de
las mareas. Según Galileo, las mareas sólo
se podrían explicar suponiendo el movimiento de
la Tierra (y no aceptaba, como si sonara a astrología,
que se debieran a la influencia de la Luna). Incluso quería
titular su obra de ese modo, como un tratado sobre las
mareas, pero el Papa supo que pretendía utilizar
ese título y, como sonaba a demasiado realista
(como en efecto lo era), aconsejó poner otro título
que no sonara a una prueba del movimiento de la Tierra
(desde luego, como sabemos, el argumento de las mareas
estaba equivocado). Galileo cambió el título
del libro, que se vino a llamar Dialogo en torno a los
dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano.
Un título muy acertado debido, en parte, a la ingerencia
de un Papa que no quería que se tratara el movimiento
de la Tierra como algo real: pero, sin duda, ésa
era la intención principal de Galileo en su obra.
Galileo estaba dispuesto a conceder todo lo que fuera
necesario, con tal de publicar una obra donde se recogieran
los argumentos en contra de la posición tradicional
y en favor del copernicanismo.
Galileo acabó de
redactar el Diálogo en 1630, y lo llevó
a Roma para obtener el permiso eclesiástico para
imprimirlo. El permiso debía ser concedido por
el Maestro del Sagrado Palacio, el dominico Niccolò
Riccardi, que no sabía astronomía pero era
admirador de Galileo y siempre se había mostrado
deseoso de ayudarle. Ahora Riccardi se encontró
en un compromiso. Dio a entender que no habría
problemas, aunque habría que ajustar una serie
de detalles. Galileo volvió a Florencia, la peste
estableció serias limitaciones al tráfico
y correo entre Florencia y Roma, y ahí comenzó
una cadena de equívocos que alargaron la concesión
del permiso y pusieron nervioso a Galileo. Al cabo de
un año, Galileo solicitó y obtuvo la intervención
del Gran Duque de Toscana y de su embajador en Roma para
obtener el permiso. Riccardi, que también era toscano
y era pariente de la esposa del embajador, fue sometido
a una presión muy fuerte. Finalmente concedió
el permiso para que se imprimiera el libro en Florencia,
pero con una serie de condiciones que hacía saber
a Galileo y al Inquisidor de Florencia. Riccardi sabía
lo que el Papa pensaba: que sólo se podía
tratar el copernicanismo como una hipótesis matemática,
no como una representación de la realidad; las
condiciones y advertencias que dio se encaminaban a garantizar
esto, que no estaba nada claro en la obra de Galileo.
Galileo introdujo cambios
pero, seguramente, no todos los que hubiera introducido
Riccardi y hubiera deseado el Papa. En el libro, Simplicio,
el personaje que defiende la posición tradicional
de Aristóteles y Tolomeo, siempre sale perdiendo.
Simplicio fue uno de los más famosos comentadores
antiguos de Aristóteles, pero en la obra de Galileo
daba la impresión de que sus argumentos y su actitud
correspondían demasiado bien a su nombre. Por otra
parte, el argumento favorito del Papa aparecía
al final de la obra: después de haber expuesto
todos los argumentos físicos y filosóficos,
Simplicio, precisamente Simplicio, utilizaba ese argumento,
y aunque Salviati, el defensor de Copérnico (y
Galileo) lo aprueba, el final es muy breve y forzado.
Para mayor confusión, una Introducción aprobada
por Riccardi, en la que se explicaba que esa obra no pretendía
establecer el copernicanismo como teoría verdadera,
apareció impresa en un tipo diferente al del resto
de la obra, dando la impresión de un añadido
postizo.
El Diálogo se acabó
de imprimir en Florencia el 21 de febrero de 1632. Galileo
envió enseguida ejemplares por todas partes, también
a sus amigos de otros países de Europa. Todavía
había problemas de comunicación con Roma
por la peste, de modo que los primeros ejemplares no llegaron
a Roma hasta mitad de mayo. Uno de ellos fue entregado
al cardenal Francesco Barberini, sobrino y mano derecha
del Papa, a quien Galileo había ayudado, hacía
años, a conseguir el doctorado, y a quien consideraba,
al igual que a su tío el Papa, como un gran amigo
personal.
En 1632 la mayor preocupación
del Papa no era precisamente el movimiento del Sol y de
la Tierra. Estaba en pleno desarrollo la Guerra de los
Treinta Años, que comenzó en 1618 y no terminó
hasta 1648, que enfrentaba a toda Europa en dos mitades,
los católicos y los protestantes. En aquel momento
había problemas muy complejos, porque la católica
Francia se encontraba más bien al lado de los protestantes
de Suecia y Alemania, enfrentada con las otras potencias
católicas, España y el Imperio. Urbano VIII
había sido cardenal legado en París y tendía
a alinearse con los franceses, temiendo, además,
una excesiva prepotencia de los españoles, e intentando
no perder a Francia. Se trataba de equilibrios muy difíciles.
Los problemas eran graves. El 8 de marzo de 1632, en una
reunión de cardenales con el Papa, el cardenal
Gaspar Borgia, protector de España y embajador
del Rey Católico, acusó abiertamente al
Papa de no defender como era preciso la causa católica.
Se creó una situación extraordinariamente
violenta. En esas condiciones, Urbano VIII se veía
especialmente obligado a evitar cualquier cosa que pudiera
interpretarse como no defender la fe católica de
modo suficientemente claro.
Precisamente en esas circunstancias,
a mitad de mayo, empezaron a llegar a Roma los primeros
ejemplares del Dialogo. En un primer momento no sucedió
nada. Pero al cabo de dos meses, a mitad de julio, se
supo que el Papa estaba muy enfadado con el libro, que
intentaba frenar su difusión, y que iba a crear
una comisión para estudiarlo y dictaminarlo.
La documentación
que poseemos no permite saber qué provocó
el enfado y la decisión del Papa. Galileo siempre
lo atribuyó a la actuación de sus enemigos
(que no eran pocos ni poco influyentes), que habrían
informado al Papa de modo tendencioso, predisponiéndole
en contra. Por ejemplo, además de denunciar que
el libro defendía el copernicanismo, en contra
del decreto de 1616, habrían puesto de relieve
que uno de los tres personajes que intervienen en el diálogo,
Simplicio, que siempre lleva las de perder, es quien expone
el argumento preferido del Papa acerca de la omnipotencia
de Dios y los límites de nuestras explicaciones.
Esto podía parecer una burla deliberada, y parece
que así fue interpretado: varios años después,
Galileo todavía enviaba un mensaje al Papa, desde
su villa de Arcetri, haciéndole saber que jamás
había pasado por su mente tal cosa. Además,
como se ha señalado, las circunstancias personales
de Urbano VIII en aquel momento eran difíciles,
y no podía tolerar que se publicara un libro, que
aparecía con los permisos eclesiásticos
de Roma y de Florencia, en el que se defendía una
teoría condenada por la Congregación del
Índice en 1616 como falsa y contraria a la Sagrada
Escritura.
El Papa estableció
una comisión para examinar las acusaciones contra
Galileo, y se dictaminó que el asunto debía
ser enviado al Santo Oficio (o Inquisición romana),
desde donde se ordenó a Galileo, que vivía
en Florencia, que se presentara en Roma ante ese tribunal
durante el mes de octubre de 1632. Después de intentos
dilatorios que duraron varios meses, el 30 de diciembre
de 1632, el Papa con la Inquisición hizo saber
que, si Galileo no se presentaba en Roma, se enviaría
quien se cerciorase de su salud y, si se veía que
podía ir a Roma, le llevarían encadenado.
El Papa aconsejó seriamente al Gran Duque que se
abstuviera de intervenir, porque el asunto era serio.
Las autoridades toscanas decidieron aconsejar a Galileo
que fuese a Roma. El embajador Niccolini, que conocía
bien al Papa y hablaba con él con frecuencia, advertía
que discutir con el Papa y llevarle la contraria era el
camino mejor para arruinar a Galileo. Cuando el Papa hablaba
con Niccolini del problema causado por Galileo, en varias
ocasiones montó en cólera. Todos advirtieron
a Galileo que lo mejor era que fuera a Roma y que se mostrara
en todo momento dispuesto a obedecer en lo que le dijeran,
porque si tomaba otra actitud las consecuencias serían
perjudiciales para él.
Galileo llegó a
Roma el domingo 13 de febrero de 1633, en una litera facilitada
por el Gran Duque, después de esperar en la frontera
de los Estados Pontificios a causa de la peste que seguía
en Florencia. El embajador de Toscana, Francesco Niccolini,
se portó maravillosamente con Galileo, interviniendo
continuamente en su favor ante las autoridades de Roma,
de acuerdo con las instrucciones del Gran Duque. Consiguieron
que Galileo no estuviera en la cárcel del Santo
Oficio, como exigían las normas. Desde su llegada
a Roma hasta el 12 de abril (dos meses), Galileo vivió
en el Palacio de Florencia, donde se encontraba la embajada
de Toscana y la casa del embajador. Las autoridades le
recomendaron que evitara la vida social, de modo que no
salía de casa, pero gozaba de un trato exquisito
por parte del embajador y de su esposa. Niccolini pedía
al Papa que el asunto fuese lo más breve posible,
pero se alargaba porque la Inquisición todavía
estaba deliberando sobre el modo de actuar. Como se había
descubierto en los archivos del Santo Oficio el escrito
de 1616 en el que se prohibía Galileo tratar de
cualquier modo el copernicanismo, el proceso se centró
completamente en una única acusación: la
de desobediencia a ese precepto de 1616.
Galileo fue llamado a deponer
al Santo Oficio el martes 12 de abril de 1633. Su defensa
nos puede parecer muy extraña: negó que,
en el Dialogo, defendiera el copernicanismo. Galileo no
sabía que el Santo Oficio había pedido la
opinión al respecto a tres teólogos y que,
el 17 de abril, los tres informes concluían sin
lugar a dudas (como de hecho así era) que Galileo,
en su libro, defendía el copernicanismo; en este
caso, los teólogos tenían razón.
Esto complicaba la situación, pues un acusado que
no reconocía un error comprobado debía ser
tratado muy severamente por el tribunal. Por otra parte,
Galileo se defendió mostrando una carta que, a
petición suya, le había escrito el cardenal
Belarmino después de los sucesos de 1616, para
que pudiera defenderse frente a quienes le calumniaban;
en ese escrito, Belarmino daba fe de que Galileo no había
tenido que abjurar de nada y que simplemente se le había
notificado la prohibición de la Congregación
del Índice. Pero eso podía interpretarse
también contra Galileo si se mostraba, como era
el caso, que en su libro argumentaba en favor de la doctrina
condenada en 1616. El tribunal se centró en matices
de la prohibición hecha a Galileo en 1616, que
Galileo decía no recordar, porque había
conservado el documento de Belarmino y ahí no se
incluían esos matices. Desgraciadamente, Belarmino
había muerto y no podía aclarar la situación.
Esos días Galileo
seguía en el Santo Oficio, aunque tampoco entonces
estuvo en la cárcel. Por deferencia con el Gran
Duque de Toscana y ante la insistencia del embajador,
Galileo fue instalado en unas habitaciones del fiscal
de la Inquisición, le traían las comidas
desde la embajada de Toscana, y podía pasear. Estuvo
allí desde el martes 12 de abril hasta el sábado
30 de abril: 17 días completos con sus colas.
Para desbloquear la situación,
el Padre Comisario propuso a los Cardenales del Santo
Oficio algo insólito: visitar a Galileo en sus
habitaciones e intentar convencerle para que reconociera
su error. Lo consiguió después de una larga
charla con Galileo el 27 de abril. Al día siguiente,
sin comunicarlo a nadie más, escribió lo
que había hecho y el resultado al cardenal sobrino
del Papa, que se encontraba esos días en Castelgandolfo
con el Papa; a través de esa carta se ve claro
que esa actuación estaba aprobada por el Papa:
de ese modo, el tribunal podría salvar su honor
condenando a Galileo, y luego se podría usar clemencia
con Galileo dejándole recluido en su casa, tal
como (dice el Padre Comisario) sugirió Vuestra
Excelencia (el cardenal Francesco Barberini).
En efecto, el sábado
30 de abril Galileo reconoció ante el tribunal
que, al volver a leer ahora su libro, que había
acabado hacía tiempo, se daba cuenta de que, debido
no a mala fe, sino a vanagloria y al deseo de mostrarse
más ingenioso que el resto de los mortales, había
expuesto los argumentos en favor del copernicanismo con
una fuerza que él mismo no creía que tuvieran.
A partir de ahí, las cosas se desarrollaron como
el Comisario había previsto. Ese mismo día
se permitió a Galileo volver al palacio de Florencia,
a la casa del embajador. El martes 10 de mayo se le llamó
al Santo Oficio para que presentara su defensa; presentó
el original de la carta del cardenal Belarmino, y reiteró
que había actuado con recta intención. Seguía
encerrado en el palazzo Firenze; el embajador consiguió
que le permitieran ir a pasear a Villa Medici, e incluso
a Castelgandolfo, porque le sentaba mal no hacer ningún
tipo de ejercicio. Mientras tanto, la peste seguía
azotando a Florencia, y en alguna carta le decían
que, en medio de su desgracia, era una suerte que no estuviera
entonces en Florencia.
El jueves 16 de junio,
la Congregación del Santo Oficio tenía,
como cada semana, su reunión con el Papa. En esta
ocasión se celebró en el palacio del Quirinal.
Estaban presentes 6 de los 10 Cardenales de la Inquisición,
además del Comisario y del Asesor (en los interrogatorios
y, en general, en todas las sesiones que se han mencionado
hasta ahora, no estaban presentes los Cardenales: estaban
los oficiales del Santo Oficio que transmitían
las actas a la Congregación de los Cardenales,
y éstos, con el Papa, tomaban las decisiones).
Ese día el Papa decidió que Galileo fuera
examinado acerca de su intención con amenaza de
tortura (en este caso se trataba de una amenaza puramente
formal, que ya se sabía de antemano que no se iba
a realizar). Después, Galileo debía abjurar
de la sospecha de herejía ante la Congregación
en pleno. Sería condenado a cárcel al arbitrio
de la Congregación, se le prohibiría que
en el futuro tratara de cualquier modo el tema del movimiento
de la Tierra, se prohibiría el Diálogo,
y se enviaría copia de la sentencia a los nuncios
e inquisidores, sobre todo al de Florencia, para que la
leyera públicamente en una reunión en la
que procuraría que se encontraran los profesores
de matemática y de filosofía. El Papa comunicó
esta decisión al embajador Niccolini el 19 de junio.
Niccolini pidió clemencia, y el Papa, manifestando
algo que, como se ha señalado, estaba ya decidido
de antemano, le respondió que, después de
la sentencia, volvería a ver al embajador para
ver cómo se podría arreglar que Galileo
no estuviera en la cárcel. De acuerdo con el Papa,
Niccolini comunicó a Galileo que la causa se acabaría
enseguida y el libro se prohibiría, sin decirle
nada acerca de lo que tocaba a su persona, para no causarle
más aflicción.
Desde el martes 21 de junio
hasta el viernes 24 de junio, Galileo estuvo de nuevo
en el Santo Oficio. El miércoles día 22
Galileo fue llevado al convento de Santa María
sopra Minerva; se le leyó la sentencia (firmada
por 7 de los 10 Cardenales del Santo Oficio) y abjuró
de su opinión acerca del movimiento de la Tierra
delante de la Congregación. Fue, para Galileo,
lo más desagradable de todo el proceso, porque
afectaba directamente a su persona y se desarrolló
en público de modo humillante. El jueves 23 el
Papa, con la Congregación del Santo oficio reunida
en el Quirinal, concedió a Galileo que la cárcel
fuera conmutada por arresto en Villa Medici, a donde se
trasladó el viernes día 24. El jueves día
30 se permitió a Galileo abandonar Roma y trasladarse
a Siena, en Toscana, al palacio del Arzobispo. Galileo
dejó Roma el miércoles 6 de julio y llegó
a Siena el sábado 9 de julio. Había acabado
la pesadilla romana.
La sentencia de la Inquisición
comienza con los nombres de los 10 cardenales de la Inquisición,
y acaba con las firmas de 7 de ellos. El Papa, junto con
la Congregación, decidió que se condenase
a Galileo y que abjurase de su opinión, pero en
el texto de la sentencia no aparece en ningún momento
citado el Papa; por tanto, ese documento no puede ser
considerado como un acto de magisterio pontificio, y menos
aún como un acto de magisterio infalible ni definitivo.
En el texto de la abjuración se lee maldigo
y detesto los mencionados errores y herejías,
pero no se trata de una doctrina definida como herejía
por el magisterio de la Iglesia: en el texto de la abjuración
se dice, como así es, que esa doctrina fue declarada
contraria a la Sagrada Escritura, y, como sabemos, esta
declaración se hizo mediante un decreto de la Congregación
del Índice, que no constituyó un acto de
magisterio infalible ni definitivo.
El Arzobispo de Siena,
Ascanio Piccolomini, era un antiguo discípulo,
admirador y gran amigo de Galileo. Se había ofrecido
varias veces para alojarle en su casa, teniendo en cuenta,
además, que estaba relativamente cerca de Florencia
y que en Florencia todavía existían ramalazos
de la peste. En Siena, Galileo fue tratado espléndidamente
y se recuperó de la tensión de los meses
precedentes. A petición del Gran Duque de Toscana,
el Papa, junto con el Santo Oficio, concedió el
1 de diciembre de 1633 a Galileo que pudiera volver a
su casa en las afueras de Florencia, la Villa del Gioiello,
con tal que permaneciera como en arresto domiciliario,
sin moverse de allí ni hacer vida social. Consta
que el 17 de diciembre Galileo ya estaba en su casa, y
allí siguió hasta su muerte en 1642.
En Arcetri Galileo siguió
trabajando. Allí acabó sus Discursos y demostraciones
en torno a dos nuevas ciencias, obra que se publicó
en 1638 en Holanda. Se trata de su obra más importante,
donde expone los fundamentos de la nueva ciencia de la
mecánica, que se desarrollará en ese siglo
hasta alcanzar 50 años más tarde, con los
Principios matemáticos de la filosofía natural
de Newton, obra publicada en 1687, la formulación
que marca el nacimiento definitivo de la ciencia experimental
moderna.
3. INTERROGANTES E INTERPRETACIONES
Hasta aquí he intentado
exponer los datos básicos del proceso a Galileo.
A partir de este momento me ocuparé de la valoración
de esos datos. Dada la perspectiva que he adoptado, solamente
aludiré brevemente a algunos aspectos que considero
especialmente interesantes.
En primer lugar, ¿podemos
decir que sabemos lo fundamental acerca del proceso a
Galileo?, ¿es posible que existan datos importantes
desconocidos? La respuesta es que los documentos que se
conservan permiten reconstruir casi todos los aspectos
del proceso con gran fiabilidad. Poseemos los interrogatorios
y declaraciones de Galileo en su totalidad, así
como las decisiones del Papa y de la Congregación
del Santo Oficio. En este terreno, no es plausible que
aparezcan nuevos documentos que afecten sustancialmente
a lo que ya sabemos. Seguramente existen huecos; uno de
ellos, bastante importante, se refiere a los acontecimientos
del verano de 1632, desde que el Diálogo llega
a Roma hasta que el Papa convoca la congregación
de teólogos para decidir qué se hace. ¿Quién
y cómo informó al Papa? Galileo siempre
consideró su proceso como consecuencia de las informaciones
tendenciosas de sus enemigos. Es posible que existan documentos
sobre esos acontecimientos, cuyo conocimiento permitiría
comprender mejor por qué se desarrollaron del modo
que lo hicieron. Podríamos saber, quizás,
hasta qué punto las cosas podían haber sucedido
de otra manera. De todos modos, eso no cambiaría
los hechos ya conocidos, entre los cuales se cuenta que
Galileo llevó adelante, durante años, su
programa copernicano, aunque exteriormente pareciera haber
renunciado a él, y que Urbano VIII quedó
muy afectado cuando advirtió que su admirado amigo
estaba, en realidad, haciendo un juego diferente del que
él pensaba.
Esto no significa que Galileo
mintiera deliberadamente. Pero no hay duda de que consideró
el copernicanismo como una teoría verdadera, también
después del proceso. En su Carta a Cristina de
Lorena había explicado ampliamente cómo
se podía solucionar la aparente contradicción
entre copernicanismo y Biblia; tenía razón
y lo sabía: por este motivo podía admitir,
con conciencia tranquila, el copernicanismo, incluso después
de las condenas de 1616 y 1633. Lo mismo sucedía
con sus amigos y con otras personas suficientemente informadas.
Lo cual nos lleva a preguntarnos por qué las autoridades
eclesiásticas condenaron una teoría que,
si bien no estaba completamente demostrada en aquel momento,
podía demostrarse y, de hecho, recibió nuevas
confirmaciones en los años siguientes.
Para responder a ese interrogante
hemos de advertir que la ciencia experimental moderna,
tal como la conocemos ahora, estaba naciendo y se encontraba
todavía en un estado embrionario. Precisamente
fue Galileo uno de sus padres fundadores. Pero el Galileo
que veían las autoridades era muy diferente del
que vemos ahora, a la luz del desarrollo de la física
durante casi cuatro siglos. Galileo había realizado
unos descubrimientos astronómicos importantes y
se le habían reconocido. Pero no podía probar
el movimiento de la Tierra. La ciencia moderna prácticamente
no existía: las contribuciones más importantes
de Galileo a esa ciencia fueron las publicadas, en los
Discursos, después del proceso. Los eclesiásticos
(Belarmino, Urbano VIII y muchos otros), al igual que
la mayoría de los profesores universitarios, pensaban
que el movimiento de la Tierra era absurdo, porque contradice
a muchas experiencias ciertas y, si existiera, debería
tener consecuencias que de hecho no se observan. No era
fácil tomarse en serio el copernicanismo. Los teólogos
que valoraron en 1616 la quietud del Sol y el movimiento
de la Tierra dijeron, en primer lugar, que ambos eran
absurdos en filosofía. Además parecían
contrarios a la Biblia. Belarmino, y otros eclesiásticos,
advirtieron que si se llegaba a demostrar el movimiento
de la Tierra, habría que interpretar una serie
de pasajes de la Biblia de modo no literal; sabían
que eso podría hacerse, pero pensaban que el movimiento
de la Tierra nunca se demostraría y que era absurdo.
Esto no justifica toda su actuación, pero permite
situarla en su contexto histórico real y hacerla
comprensible.
El proceso de Galileo no
debería entenderse como un enfrentamiento entre
ciencia y religión. Galileo siempre se consideró
católico e intento mostrar que el copernicanismo
no se oponía a la doctrina católica. Por
su parte, los eclesiásticos no se oponían
al progreso de la ciencia; durante su viaje a Roma en
1611, se tributó a Galileo un gran homenaje público
en un acto celebrado en el Colegio Romano de los jesuitas,
por sus descubrimientos astronómicos. El problema
es que no consideraban que el movimiento de la Tierra
fuera una verdad científica, e incluso algunos
(entre ellos, el Papa Urbano VIII) estaban convencidos
de que nunca se podría demostrar.
Los enemigos de Galileo
desempeñaron, probablemente, un papel importante
para desencadenar el proceso. El temperamento muy vivo
de Galileo no contribuía a apaciguar las numerosas
disputas que originó su trabajo desde 1610. Además,
él mismo se procuró enemistades de modo
innecesario, de tal modo que, cuando el Diálogo
se publicó en 1632, es fácil imaginar que
sus enemigos en Roma pudieran presentar al Papa las cosas
de tal manera que, teniendo en cuenta además las
difíciles circunstancias por las que atravesaba
Urbano VIII, éste se considerara ofendido por Galileo
y viera necesario intervenir con fuerza. El temperamento
de Urbano VIII también desempeñó
un papel: tenía un carácter fuerte y pensó
que Galileo había traicionado a su amistad sincera;
repitió varias veces al embajador Niccolini que
Galileo se había burlado de él. Consta que,
al hablar de este tema con Niccolini, Urbano VIII se encolerizaba.
Galileo seguramente no pretendió, en modo alguno,
burlarse del Papa, pero es probable que los enemigos de
Galileo, en el verano de 1632, convencieran al Papa de
lo contrario, y que esto influyera seriamente en el desarrollo
de los acontecimientos.
No hay que pensar sólo
en enemigos personales de Galileo. El movimiento de la
Tierra podía fácilmente ser visto como causa
de dificultades importantes para el cristianismo. Si la
Tierra se convertía en un planeta más, y
si existían muchas más estrellas de las
que se ven a simple vista, ¿no podría esto
interpretarse en la línea de Giordano Bruno, quien
afirmó que existen muchos mundos como el nuestro,
con sus estrellas y planetas habitados? En ese caso, ¿qué
significado tendría la Encarnación y la
Redención de Jesucristo?, ¿qué sucedería
con la salvación de posibles seres inteligentes
que podrían vivir en otros lugares del universo?
Son preguntas que, en la actualidad, se plantean todavía
con más fuerza que entonces, ante la posibilidad,
remota pero real, de que se llegue a saber que existe
vida en otros lugares del universo. En realidad, no es
difícil advertir que la revelación cristiana
se refiere directamente a lo que sucede con nosotros y,
por tanto, no hay dificultad en principio para integrar
dentro de ella a otros seres inteligentes. Además,
la Iglesia enseña que los frutos de la Redención
se aplican también a personas que han vivido antes
de la Encarnación, o que viven después de
ella y no conocen, sin culpa suya, la verdad del cristianismo.
Pero se comprende que estos problemas pudieran influir
en aquellos momentos. La asociación del copernicanismo
con Bruno no podía favorecer a Galileo. Se puede
recordar que dos personas clave en la condena del copernicanismo
en 1616 fueron el Papa Pablo V y el cardenal Belarmino;
ambos eran Cardenales de la Inquisición cuando,
en 1600, el proceso de Bruno llegó a su final,
y se puede suponer que, al pensar en el copernicanismo,
lo verían, por así decirlo, asociado a los
errores teológicos de Bruno.
El movimiento de la Tierra
parecía afectar al cristianismo desde otro punto
de vista. El Diálogo de Galileo contenía
críticas muy fuertes contra la filosofía
de Aristóteles, que se venía usando, al
menos desde el siglo XIII, como ayuda para la teología.
En esa filosofía se admitía, por ejemplo,
que en el mundo existe finalidad, y que las cualidades
sensibles existen objetivamente y forman la base del conocimiento
humano. Estas ideas parecían arruinarse con la
nueva filosofía matemática y mecanicista
de Galileo. La nueva ciencia nacía en polémica
con la filosofía natural antigua, y no parecía
poder llenar el hueco que ésta dejaba. Aunque las
críticas de Galileo al aristotelismo se redujeran
a aspectos concretos de la física que, ciertamente,
debían abandonarse, parecía que la nueva
ciencia pretendía arrojar fuera, como suele decirse,
al niño junto con la bañera. Este problema
sigue siendo actual. Incluso puede decirse que el progreso
científico de los últimos siglos lo ha hecho
cada vez más agudo. Son muchas las voces que piden
un serio esfuerzo para integrar el progreso científico
dentro de una visión más amplia que incluya
las dimensiones metafísicas y éticas de
la vida humana. En este sentido, los que veían
en la nueva ciencia una fuente de dificultades no estaban
completamente equivocados. Por supuesto, el problema no
es de la ciencia en sí misma, de cuya legitimidad
sería absurdo dudar. El progreso científico
es ambivalente y el hecho de que pueda utilizarse mal
no significa que deba castigarse a la ciencia. Simplemente
intento subrayar que, en el fondo del caso Galileo, se
encuentran algunos problemas que son reales, siguen siendo
actuales, y esperan todavía una solución.
Cuál sea el alcance del conocimiento científico
es uno de esos problemas.
Consta que hubo un intento
de denunciar a Galileo ante la Santa Sede por su filosofía
atomista, expuesta brevemente en su obra, de 1623, Il
Saggiatore, argumentando que Galileo negaba la objetividad
de las cualidades sensibles (colores, olores, sabores)
y que esto contradice la doctrina del Concilio de Trento
sobre la Eucaristía, según la cual, después
de la consagración, se encuentran las especies
sacramentales (accidentes del pan, como por ejemplo las
cualidades sensibles) sin su sujeto natural. Se ha llegado
a decir que el motivo más profundo de la acusación
contra Galileo en 1632 era éste, y que el Papa
consiguió que el proceso se centrara en torno al
movimiento de la Tierra, porque en el otro caso las consecuencias
hubieran sido mucho peores. La denuncia mencionada existió,
pero parece demasiado exagerado centrar ahí los
problemas de Galileo. Esta cuestión pone de manifiesto,
sin embargo, que la nueva física venía acompañada
por una filosofía mecanicista que, en parte, chocaba
con la filosofía y la teología generalmente
admitidas, y es cierto que este problema continuó
vivo durante mucho tiempo e incluso sigue vivo, en parte,
en la actualidad.
El caso Galileo no afectó
seriamente al progreso de la ciencia. La semilla que Galileo
plantó dio fruto inmediatamente, también
en Italia. Al cabo de pocas décadas, Newton llevó
la física moderna hasta su nacimiento definitivo,
y el trabajo de Galileo quedó bien asentado.
Por fin, es interesante
señalar que no ha existido ningún otro caso
semejante al de Galileo. El caso Galileo no es un caso
entre otros del mismo tipo. El caso más semejante
es el del evolucionismo, pero la teoría de la evolución,
dentro de su ámbito científico, nunca ha
sido condenada por ningún organismo de la Iglesia
universal. Si se intenta poner en el mismo nivel que el
caso Galileo asuntos como el aborto, la eutanasia, la
bioética, etc., debe advertirse que, si bien esos
problemas incluyen componentes relacionados con la ciencia,
no son problemas propiamente científicos, sino,
como máximo, de aplicación de los conocimientos
científicos. Pero esto exigiría una reflexión
específica que va más allá de los
objetivos que aquí me he propuesto.
REFERENCIAS: Los datos de este artículo
están tomados, en su mayoría, de la Edición
Nacional de las obras de Galileo, preparada por Antonio
Favaro: Le Opere di Galileo Galilei, 20 volúmenes,
reimpresión, G. Barbèra Editore, Firenze
1968. Los documentos del proceso se encuentran en el tomo
XIX, pp. 272-421, y también han sido editados por
Sergio Pagano: I documenti del processo di Galileo Galilei,
Pontificia Academia Scientiarum, Ciudad del Vaticano 1984.
Mariano Artigas
Tomado de www.arvo.net
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