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Pintura religiosa de Goya

La pintura religiosa es una importantes faceta de la obra de Goya.

Fue la primera que desarrolló y, después, sería frecuente a lo largo de su producción, si bien disminuyó de forma notoria a partir de 1790.

Goya pasó de plasmar una religiosidad convencional y popular a una religiosidad "ilustrada", más intimista y con imágenes de marcada emotividad, nada artificiosa y afectada.

De joven, hasta 1775, hizo Goya pequeños cuadros de devoción, destinados a una religiosidad popular, dentro de una estética tardobarroca y rococó, pero también decoró grandes conjuntos murales que revelan sus dotes artísticas y compositivas; así, el fresco de la "Adoración del Nombre de Dios" (1771-1772), en la bóveda del Coreto del Pilar, o las escenas de la Vida de la Virgen en la iglesia de la Cartuja de Aula Dei (1772-1774), todo ello en Zaragoza.

La decoración de la cúpula "Regina Matyrum" (1780-1781) de la basílica del Pilar consagró ya a Goya como gran pintor. La culminación de su producción religioso-decorativa fue la pintura (1798) de la cúpula de la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, que representa un milagro del santo franciscano, en el que las gentes, tipos populares, se presentan conformando una unidad escénica y expresiva.

Siguió el neoclasicismo, pero con gran personalidad, en lienzos como el "Cristo Crucificado" (1780), que le valió el nombramiento de académico de San Fernando, o en los tres que pintó (1787) para la iglesia del monasterio de Santa Ana (Valladolid). Pronto lo abandonó, por ser estética contraria a su temperamento y a su concepción de la pintura y el arte.

Tras la Guerra de la Independencia abordó de nuevo el tema religioso, con cuadros sobresalientes de gran formato, como el de las "Santas Justa y Rufina" (1817) de la catedral de Sevilla, o la emotiva y sobrecogedora "Última Comunión de San José de Calasanz"(1819), obra cumbre de la pintura religiosa de los siglos XIX y XX.


 

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