La
fiesta de Cristo Rey
Con el
objetivo de que los fieles vivan estos inapreciables
provechos, era necesario que se propague lo más
posible el conocimiento de la dignidad del Salvador,
para lo cual se instituyó la festividad propia
y peculiar de Cristo Rey.
Desde
fines del siglo XIX, la Iglesia realizaba los preparativos
necesarios para la institución de la fiesta,
la cual fue finalmente designada para el último
domingo del Año Litúrgico, antes de
empezar el Adviento.
Si Cristo
Rey era honrado por todos los católicos del
mundo, se prevería las necesidades de los tiempos
presentes, poniendo remedio eficaz a los males que
friccionan la sociedad humana, tales como la negación
del Reino de Cristo; la negación del derecho
de la Iglesia fundado en el derecho del mismo Cristo;
la imposibilidad de enseñar al género
humano, es decir, de dar leyes y de dirigir los pueblos
para conducirlos a la eterna felicidad.
En un
mundo donde prima la cultura de la muerte y la emergencia
de una sociedad hedonista, la festividad anual de
Cristo Rey anima una dulce esperanza en los corazones
humanos, ya que impulsa a la sociedad a volverse al
Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción
y con la obra sería ciertamente deber de los
católicos; pero muchos de ellos parece que
no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto
ni la autoridad que es indigno les falten a los que
llevan delante de sí la antorcha de la verdad.
Estas
desventajas quizá procedan de la apatía
y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar
o resisten débilmente; con lo cual es fuerza
que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad
y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que
deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera
de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el
fuego del apostolado, se dedicarán a llevar
a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán
animosos por mantener incólumes los derechos
del Señor.