Por
Enrique Monasterio
La familia es un ecosistema natural para defensa de
la vida humana y de la libertad. Una afirmación
tan redonda merece un breve comentario:
Desde
que el mundo es mundo, el Poder (adjetívese
como mejor parezca: (político, económico,
etc.) siente la perversa tentación de influir
en el modo de pensar del personal y, si le es posible,
de manipularlo. Los medios de que dispone son cada
día más eficaces: el Poder, como su
propio nombre indica, puede una barbaridad: ¿será
preciso insistir en las catástrofes encefálicas
que se producen en un cerebro tipo estándar
cuando se le aplica una dieta de 700 horas anuales
de televisión?
El adoctrinamiento
a que nos someten los poderosos -jamás renuncian
a tan abnegada tarea- no se debe al amor que nos profesan.
En el mejor de los casos buscan sólo nuestro
voto, y para hacerse con él, nada mejor que
formar ciudadanos dóciles a la ideología
dominante, enchufados a los electrodomisticadores
que el Poder controla, para que nunca caigan en la
tentación de pensar por cuenta propia.
Gracias
a Dios, el Poder encuentra algunos obstáculos
en su empeño domesticador. Y el primero es,
precisamente, la familia.
Y es que Dios, Nuestro Señor, ha previsto que
los individuos vengan al mundo en un medio natural,
llamado "familia": un ecosistema fundado
en el amor del hombre y de la mujer, que crea entorno
a sí un ámbito de intimidad, necesario
para el nacimiento y para la formación de los
hijos.
En esa
intimidad familiar es, hoy más que nunca, un
reducto de libertad frente al totalitarismo. Es la
capa de ozono que protege de los rayos del Poder,
mucho más peligrosos que los ultravioleta.
Cuando una familia cumple con su misión, transmite
convicciones y valores; educa en las virtudes; enseña
a pensar, a luchar, a amar, a hablar con Dios, y defenderse
de las influencias y agresiones externas. En resumen:
vacuna a los espíritus contra los eslóganes
y los tópicos, y proporciona a los hijos las
armas imprescindibles para actuar libre y responsablemente.
A un
Estado con tentaciones totalitarias, la familia le
molesta. Prefiere entenderse directamente con individuos
emancipados, "liberados" (las comillas que
sean gordas, por favor) de cualquier influencia que
no la del propio Poder.
El problema es que la familia existe, y su prestigio
no decrece a pesar de los años más o
menos internacionales que se organizan en su contra.
¿ Qué puede hacer entonces el Poder
para entrar en saco en las mentes de los ciudadanos?
Su estrategia
ha sido la de ir debilitando esa capa de ozono a que
me refería antes, hasta conseguir que la familia
quede reducida casi a una pura fachada, a una especie
de residencia de individuos autónomos unidos
por vagos sentimientos de afecto y por una nevera
bien repleta.
Así nació la familia light: una institución
propia de los países ricos, ya que los pobres
no están en condiciones de permitirse tales
lujos.
Describir
en serio sus características nos llevaría
demasiado espacio. Contémoslas, por tanto,
en broma. Y, aunque no os sintáis aludidos
por el retrato pensad que tal vez, alguno de estos
rasgos formen parte de vuestra caricatura... o de
la mía.
* La familia light suele ser pequeña. Desde
luego, hay muchos matrimonios estupendos con pocos
hijos; pero nada como una familia numerosa para vacunarse
definitivamente contra esa enfermedad.
* La familia light gira en torno a tres electrodomésticos
fundamentales: la nevera, la televisión (con
vídeo) y el equipo de sonido.
* la nevera sirve
para comer a la carta en cualquier momento del día
o de la noche, sin someterse a horarios ni a dietas
maternas. Es útil también para convivir
lo menos posible con los demás y para tomarse
una cerveza con alguna cosa delante de
* la
televisión. Se enciende al amanecer y, gracias
a la función de timer, se apaga sola cuando
ya todos duermen. Hay tantas en la casa como habitaciones:
la tele de la cocina sirve para ver a Arguiñano.
La del comedor, para no correr el riesgo de hablar
si, por casualidad, un día se reúne
la familia entera. La del salón es la del padre,
que viene superestresado del trabajo y necesita relajarse
en su sillón con una película del canal
plus. La de la salita es para la madre, que también
tiene derecho a su culebrón cotidiano; y las
de los dormitorios, como su propio nombre indica,
sirven para dormir sin tener malos ni buenos pensamientos.
* Los
equipos de sonido (también llamados comecocos),
o, en su defecto el walkman, produce un delicioso
efecto aislante: corta toda relación con los
demás y, es perfectamente compatible con la
consola de videojuegos, que es el hipnótico
de los más jóvenes.
* En
la familia light existe una férrea autoridad
para todo lo accesorio (la elección del coche,
el lugar del veraneo) y una total anarquía
para lo fundamental (asistencia a Misa, etc.).
* Los miembros de una familia light nunca rezan juntos,
tal vez porque se verían obligados a apagar
la televisión. En realidad, la vida espiritual
de cada uno es una cuestión tan íntima
y profunda, que, para encontrarla, habría que
hacer excavaciones.
* En la familia light se habla mucho de sexo: el pudor
está superado por completo, y todos tienen
una exhaustiva información sexual (un buen
manual de instrucciones, quiero decir). En cambio
jamás se habla en serio de amor, de fecundidad,
de fidelidad, de entrega... (¡Niño esas
porquerías ni se nombran!) A la familia light
sólo le interesa el sexo light.
* También estas familias tienen sus tragedias,
sus amarguras y disgustos. He aquí cuatro significativos
ejemplos:
1. El "fracaso
escolar" del niño. La culpa, por supuesto,
es siempre del colegio, que se complace en producir
traumas, probablemente irreversibles, en la autovaloración
de la criatura.
2. La niña ha engordado y no tiene nada que
ponerse para la fiesta de cumpleaños de Vanessa.
3. A Manolito se le ha ocurrido decir que quiere ser
misionero en Uganda. ("Nos acechan las sectas",
comenta apesadumbrado el padre). Hay que tener presente
que, en una familia light, la entrega a Dios se considera
como una neurosis, tolerable en las familias de los
demás.
4. Al "Audi" de papá le han hecho
un rascón en la popa y no se habla de otra
cosa en tres días.
* ¿Y si el niño llega a casa al amanecer
rezumando ginebra por las orejas? Entonces, sí;
el padre de familia light tomará una decisión
firme: se esconderá debajo de la mesa camilla
para no enterarse. "Cualquiera día de
estos -se dirá preocupado- tengo que hablar
seriamente con el chico".
* En la familia light existe una discreta biblioteca
y una nutridísima videoteca. El padre se ocupa
de comprar los dos o tres libros más vendidos
del mes, y siempre se encuentran también otros
títulos tan sugerentes y profundos como "Cómo
aprobar sin dar golpe"; "Como ligar con
la hija del jefe"; "Jesulín de Ubrique
visto por su novia"; "Breve tratado de papiroflexia"
o "Guía de Restaurantes y de Hoteles".
* En la familia light todo es trivial salvo lo trivial.
Todo es opinable, salvo el principio de la opinabilidad
universal. Nadie tiene convicciones ni creencias,
sino opiniones. En resumen: padecen un síndrome
de inmunodeficiencia moral de difícil tratramiento
y mal pronóstico, ya que se ven expuestos a
todas las infecciones ideológicas de moda.
A ellos no les preocupa. Lo único que les importa
es la buena salud y conservar por los siglos de los
siglos ese lustre sonrosado de los adolescentes de
telefilme.
Postdata:
El artículo
que publiqué en Mundo Cristiano acababa así:
en punta y hacia abajo. Mi madre, que es mi conciencia
crítica más severa, me dijo que no le
gustaba el final.
-No puedes terminar de esa forma... Habrá que
dar soluciones. No querrás desahuciar a las
familias light.
Tenía
razón, pero no era fácil rematar el
artículo en cuatro líneas. Una enfermedad
tan grave no se cura con pomadas. Del aburguesamiento,
de la tibieza no se sale poco a poco, como sin querer;
es precisa una conversión, un cambio radical
de actitud. Y de eso estamos hablando: de una mediocridad
que igual puede afectar a las personas singulares
que a las familias, a los matrimonios, a los hogares,
cristianos o no.
-¿Entonces...?
Entonces
hay que pedir al Señor que, cuanto antes, nos
haga entender la seriedad del problema.
Que
nadie se acostumbre a la tristeza del amor light y
del egoísmo.
Que
los padres quieran reaccionar, y reaccionen.
Que
se reconstruya la capa de ozono, de la que hablaba
antes, para que ni la voracidad del Poder ni el peso
de las ideologías alteren este ecosistema de
amor y libertad.
Y, sobre
todo, que los más jóvenes vayan al matrimonio
con ganas de aventura, dispuestos a entregarse, a
formar una familia y a llenar su vida con esta empresa
colosal que Dios les encomienda.
Tomado de: "Pensar
por Libre". Ediciones Palabra 1996. Madrid