Diego
Ibañez Langlois
Se llega cansado a la
casa. El cansancio es legítimo. El malhumor,
no. Conviene recordar que el hombre cansado es propenso
al mal genio, ya que tiene las defensas bajas y los
nervios menos templados.
El cansancio
tiende al hermetismo. No es comunicativo.
Es preciso
dar al cansado un tiempo para decantar los afanes
y preocupaciones de un día de trabajo. Hay
que permitir al guerrero dejar sus armas, desensillar
y recomponerse.
Busca
deshacerse cuanto antes de su mercadería. Interrumpe
cuando no debe, tiene más prisa cuanto más
debe esperar. Es la hora heroica de los padres.
EL
CARIÑO DE LOS NIÑOS VALE MÁS
QUE EL AGOTAMIENTO
Al
llegar a casa, ningún padre puede abrir la
puerta y decirse: "Misión cumplida".
Si se
cree que la casa es el lugar de las compensaciones
egoístas, se ha perdido a un padre de familia.
La recompensa verdadera es la de verse rodeado por
afecto.
El cariño
de los hijos no es un cariño abstracto, Teórico.
Es tangible. Se percibe. Se toca.
Los ojos de los
niños están diciendo: "sé
mi padre. Tú eres fuerte, mas fuerte que el
cansancio".
Segregarse de los niños al llegar a casa es
decirles: "ustedes no me interesan".
Un padre
siempre cansado o que pide que se le trate como a
un hombre cansado, es un padre enfermo. La casa no
es una clínica de reposo, donde se cuida religiosamente
el silencio para no alterar a los pacientes.
El lugar donde descansa el papá no es "zona
de hospital", como tampoco el living debiera
llevar el letrero de "niños jugando".
Cuando
los hijos son pequeños son como juguetes del
padre. Si se está de buen humor, se les da
cuerda. Cuando el juego cansa o aburre, se les guarda
o se les archiva. En muchos casos, la televisión
sirve, lamentablemente, de archivo.
Si se
considera a los hijos un estorbo porque perturban
el descanso del padre, se exige a la madre que los
haga evaporarse para que no creen problemas.
El guerrero
considera que ya ha tenido suficientes en su trabajo,
oficio o negocio.
CULTIVAR
LA VIDA FAMILIAR
La vida
familiar debe cultivarse a riesgo de que se vuelva
un campo abandonado. Se abona con la conversación,
con las celebraciones; con ritos familiares, con tradiciones,
con un lenguaje que tiene puntos de referencia comunes.
Sin
vida de familia, se pasa del trabajo al trabajo como
por un túnel. Agradezcamos que la jornada se
interrumpa para estar con los que se ama.
El cansancio
de una jornada dura se recupera en la vida de familia.
La gracia del hijo pequeño hace cambiar la
vista cansada. Ahí no se nos acepta por nuestra
eficacia ni por nuestro rendimiento: se nos acoge
con cariño. Y la vida de familia es más
amable cuando se enfrenta con amabilidad, cuando no
impacienta la avidez de un hijo por contar sus cosas,
la del otro que asalta con peticiones, la de un tercero...
El hogar no es un monasterio donde se oye el silencio.
Los niños no son objetos inmóviles que
forman parte de la decoración. La casa no es
casa de reposo para enfermos de los nervios. El cariño
hace amables hasta las interrupciones.
(Tomado
de Cristo Hoy)