Extractado
de Revista NUEVA LECTURA (Nro. 4 pág. 40)
Algunos cambios sociales y las condiciones actuales
de vida han limitado la función de los abuelos
dentro de la familia. Bryce J. Christensen examina
esta nueva situación en un estudio publicado
en "The Family in America". A la vez, explica
el importante papel que los abuelos tienen en la vida
de los niños. Ofrecemos un resumen de este
trabajo.
Gracias
al aumento de la longevidad, actualmente hay más
personas que nunca con posibilidad de ser abuelos,
y de serlo por más tiempo. En Estados Unidos,
a principios de siglo había sólo 14
abuelos por cada 100 padres, mientras que hoy la proporción
es de 48 por 100. Sin embargo, diversos factores sociales
hacen que a menudo se desaproveche su valiosa contribución
a la vida familiar.
LA
MEMORIA FAMILIAR.
Los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de
los niños. Según el psiquiatra infantil
Kornhaber, "para un niño, sólo
los padres está por encima de los abuelos en
la jerarquía del afecto".
Los
abuelos son como "libros vivientes y archivos
de la familia", dice Kornhaber. Transmiten experiencia
a sus nietos y les inculcan valores. Esta función
es especialmente importante en la actualidad, ya que,
al pertenecer a una generación en que había
menos divorcios y más familias numerosas, los
abuelos están en condiciones de "ayudar
a los padres y a los nietos a comprender principios
hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo
esenciales para una buena vida familiar. En palabras
de un periodista "se aprende más de diez
abuelos que de diez expertos en temas familiares."
En
particular, los abuelos pueden ser excelentes transmisores
de la herencia religiosa. Para los niños, los
abuelos son símbolos vivientes de la tradición
y de las trascendencia.
ABUELOS
EN LOS TRIBUNALES.
Por desgracia, las nuevas tendencias sociales y familiares
privan a muchos niños de los abuelos. En primer
lugar, a causa de la brusca caída de la fertilidad,
un gran número de personas mayores tienen pocos
nietos o ninguno. Se prevé que en el año
2000 habrá en Estados Unidos más mayores
de 55 años que niños menores de 14,
lo que supondrá un desequilibrio demográfico
sin precedentes. Y se observa que los hijos únicos
-muy frecuentes ahora- suelen tener a su vez un solo
hijo. En opinión de algunos estudiosos, esta
escasez de nietos puede tener efectos educativos perjudiciales,
al provocar en los abuelos demasiada competencia por
el afecto y la atención de los niños.
El
problema se complica con el divorcio. Cuando los padres
se separan, los niños pierden dos abuelos,
generalmente paternos, ya que suele ser la madre la
que se queda con los hijos. Para la madre divorciada,
la ruptura con el marido lleva naturalmente a cortar
la relación con los suegros, como parte de
su deseo de enterrar los antiguos vínculos.
Así, es frecuente que la madre impida que los
padres del ex marido visiten a sus nietos. Lo que
resulta doloroso para los abuelos paternos y para
los niños, que siguen ligados con lazos de
sangre y por tanto no en las cosas del mismo modo.
Esto
ha provocado que en Estados Unidos algunos abuelos
acudan a los tribunales para que se les otorgue el
derecho de visitar a sus nietos. Es ilustrativo de
las situaciones paradójicas y los quebraderos
de cabeza a los que conduce el divorcio. Por un lado,
el mantenimiento de la relación abuelos-nietos
es natural. Por otro, la pura lógica legal
se opone a que persistan vínculos de derivados
de un matrimonio declarado disuelto.
De
modo que, mientras unos juristas están a favor
de reconocer el derecho a visita a los abuelos, pensado
en el bien de los niños, otros consideran que
eso significa una intrusión en asuntos familiares
y una dificultad adicional para que se cierre la herida
abierta por el divorcio.
En
cualquier caso, el recurso a los jueces acarrea consecuencias
desagradables. El proceso inevitablemente saca a la
luz disputas familiares: para los niños, ya
maltratados emocionalmente por la ruptura de sus padres,
es un golpe más. Y si el tribunal concede derecho
de visita a los abuelos, los pequeños no podrán
menos que percibir un conflicto entre el afecto por
aquellos y la postura de su madre; pero en caso contrario,
sufrirán igualmente, al verse separados de
sus abuelos.
EN
SUSTITUCIÓN DEL PADRE.
Los abuelos maternos están en otro caso. Muchas
veces han de llenar el vacío creado por la
desaparición del padre al producirse el divorcio.
Cuando unos abuelos ejercen las funciones que normalmente
corresponden al padre, se crea una situación
ambigua. Para el niño, los abuelos son objeto
de cariño particular y está investidos
de una autoridad distinta de la del padre. Si se mezclan
los papeles, el niño parece tener unos abuelos
demasiado enérgicos o un "padre"
excesivamente blando.
Si
la madre vuelve a casarse los niños no ganan
-contra lo que se podría pensar- dos nuevos
abuelos que reemplacen a los perdidos. Los "abuelastros"
no se sienten especialmente vinculados a los "nietastros",
ni estos a aquellos. A la vez, los verdaderos abuelos
paternos quedan aún más marginados.
Un
síntoma más de la actual patología
familiar son los nacimientos ilegítimos. En
Estados Unidos, no llegaban a 400.000 en 1970, pero
en 1988 fueron más de un millón. En
relación con el total de nacimientos, pasaron
del 11% al 25% en el mismo período. Este fenómeno
también crea situaciones difíciles desde
el punto de vista de los abuelos. Rara vez los abuelos
paternos de un niño nacido fuera del matrimonio
ayudan o ven siquiera al pequeño.
Por
su parte, los abuelos maternos suelen verse obligados
a sustituir al padre ausente. Pero es habitual que
estén disgustados por el nacimiento ilegítimo,
lo que puede influir negativamente en su afecto hacia
el nieto. De este modo, el aumento de nacimientos
ilegítimos también contribuye a que
haya niños privados de los valiosos beneficios
que les podrían dar unos buenos abuelos.
APARTHEID
GENERACIONAL.
Incluso
cuando no media divorcio ni unión ilegítima,
la labor de los abuelos resulta obstaculizada por
los recientes cambios del ambiente social.
En primer lugar, ahora es más difícil
que los abuelos vivan cerca de sus nietos. Las distancias
hacen que la familia nuclear lleve una vida separada
de los demás parientes. A menudo los abuelos
no están tan lejos que no puedan visitar a
los nietos en forma más o menos regular. Pero
las visitas periódicas no son suficientes para
que los abuelos lleguen a formar parte de la vida
diaria de la familia, por lo que se convierten en
algo parecido a los actos sociales, como las reuniones
con los amigos.
Otro
fenómeno reciente que aumenta la separación
física entre los abuelos y nietos es la proliferación
-especialmente marcada en Estados Unidos- de zonas
residenciales para jubilados, generalmente situadas
en lugares cálidos.
Christensen se refiere también a los efectos
de la cultura juvenil. La exaltación de la
juventud como valor en sí mismo ha llevado
a un cierto menosprecio de los mayores. El culto acrítico
a las novedades crea el prejuicio de que por boca
del abuelo habla un pasado caduco, más que
la experiencia y la sabiduría, por lo que sus
opiniones son menos tenidas en cuenta. Esto es, en
ocasiones, tan general y notorio, que muchos abuelos
renuncian a dar consejos a sus hijos y nietos. En
consecuencia, los abuelos de hoy tienen menos autoridad
e influyen menos en la formación de los nietos.
Los miman, pero no los educan como en otros tiempos,
ni tienen la misma facilidad para inculcarles verdades
espirituales y morales.
ABUELOS
ATENDIDOS EN CASA.
Otro
hecho que favorece la marginación del abuelo
es la creciente tendencia a transferir a instituciones
especiales la responsabilidad de cuidar de los ancianos,
que tradicionalmente ha corrido a cargo de la familia.
Esto es, en parte consecuencia de la baja fecundidad,
pues cada vez más ancianos tienen uno solo
o ningún hijo que pueda ocuparse de ellos.
También influye el aumento de familias en que
trabajan los dos cónyuges.
Christensen
señala un factor mas: la resistencia pensar
en la muerte. Citando al historiador francés
Philippe Ariés, "la muerte se ha convertido
en un tabú, en una cosa innombrable".
Se prefiere que el pariente anciano muera en el hospital,
donde "saben que hacer en estos casos",
en vez de en casa, rodeado de la familia, nietos incluidos.
La agonía y la muerte se han hecho casi invisibles,
salvo para los profesionales sanitaristas.
El
olvido de la muerte fomenta la búsqueda de
satisfacciones terrenas. "Cuando la moralidad
dominante -dice Christensen- se basa en la existencia
de un juicio después de la muerte, los que
está cerca de ella naturalmente son objeto
de un profundo respeto". Mientras que si sólo
se persigue el éxito y la recompensa en esta
vida, la reverencia a los ancianos se pierde en gran
medida.
Para
que los abuelos vuelvan a ocupar el lugar que merecen,
el autor cree que es preciso reformar los sistemas
de seguridad social, de modo que las familias contribuyan
más al cuidado de sus mayores en forma directa.
El mal estado financiero de la seguridad social en
muchos países puede hacer que, en el futuro,
esta opinión se convierta en un imperativo.
De todas formas, no es una cuestión meramente
económica. Si la familia numerosa sigue siendo
una rara avis, resultará difícil que
los ancianos pasen del asilo al hogar familiar.
UNA
ASIGNATURA QUE NADIE MAS ENSEÑA.
El
fondo del problema, señala el autor, esta en
los mismos factores sociales, espirituales y culturales
que perjudican a la familia en general. Christensen
propone algunas soluciones al alcance de las familias
mismas.
Los
abuelos, dice Christensen, deben renunciar a la extendida
aspiración de disfrutar de un cómodo
retiro lleno de diversiones y de viajes de placer.
Por el contrario, tienen la posibilidad de llenar
los últimos años de su vida con una
tarea más útil y satisfactoria: dedicarse
a sus hijos y nietos. A su vez, los padres deberían
tener en cuenta el factor de la proximidad de los
abuelos a la hora de fijar su residencia. Conviene
también "apagar mas a menudo la televisión
y el video para que los nietos puedan escuchar historias
narradas por los abuelos". Hay que hacer un sitio
a los abuelos en los planes familiares, para que compartan
con los nietos las vacaciones, los días de
fiesta, y la asistencia a actos de culto. Y, aunque
esto suponga un sacrificio, la familia misma debe
ocuparse directamente del cuidado de los abuelos ancianos,
sin recurrir a la residencia o al hospital salvo cuando
no quede otro remedio.
Desde
cierto punto de vista, hoy los abuelos son mas necesarios
que nunca. Su ayuda puede ser especialmente valiosa
para los matrimonios jóvenes que necesitan
dos sueldos. Pero los abuelos son mucho más
que una buena guardería: son un eficaz complemento
de la tarea educativa de los padres. Como dice el
citado psiquiatra Kornhaber, "La asignatura
que imparte el abuelo no se enseña en ningún
otro sitio".
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