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"LA EUTANASIA"
100 PREGUNTAS Y RESPUESTAS
SOBRE LA DEFENSA DE LA VIDA HUMANA Y
LA ACTITUD DE LOS CATÓLICOS
Comité para la Defensa
de la Vida
Conferencia Episcopal Española
PRESENTACIÓN
I. TERMINOLOGÍA
II. EL HOMBRE, ANTE
EL DOLOR Y LA MUERTE
III. LA MEDICINA
ANTE LA EUTANASIA
IV. LA SOCIEDAD ANTE
LA EUTANASIA
V. EL ESTADO ANTE
LA EUTANASIA
VI. LA IGLESIA ANTE
LA EUTANASIA
PRESENTACIÓN
Cuando, hace casi dos años,
el Comité Episcopal para la Defensa de la Vida, dependiente
de la Conferencia Episcopal Española, presentó a la
opinión pública el libro ”EI Aborto: 100 cuestiones
y respuestas sobre la defensa de la vida humana y la actitud de
los católicos”, ya anunció que aquel era efímero
de una serie de publicaciones que verían la luz en el futuro.
Una era la idea común: estudiar el valor y la dignidad de
la vida humana desde la peculiar óptica que implica el tratamiento
monográfico de un problema de actualidad. En aquella primera
ocasión se trató del aborto; hoy, de la eutanasia.
El amplio debate social generado
por aquellas” caen cuestiones sobre el aborto", la difusión
lograda por el texto en España, en Hispanoamérica
y en toda Europa, especialmente en los países recién
salidos de la experiencia comunista, no dejó de ser un acicate
importante para el Comité a la hora de dar cumplimiento a
su propósito inicial de continuar aquel trabajo sobre el
aborto con otros temas de similar actualidad. El millón de
ejemplares vendidos de las” 100 cuestiones sobre el aborto”
y las noticias de su permanente uso como instrumento de trabajo
y estudio en los más variados ambientes escolares, académicos
y religiosos de varios continentes, han incentivado el esfuerzo
intenso del Comité Episcopal para la Defensa de la Vida que
ha trabajado durante más de un año en múltiples
reuniones plenarias y de ponencia, para perfilar el texto que ahora
se hace público.
Médicos, filósofos,
farmacéuticos, enfermeras, teólogos, juristas, moralistas,
han escrito, reescrito, discutido y redactado finalmente este texto
sobre la eutanasia durante largos meses de trabajo, pretendiendo
lograr un producto final fiel al doble objetivo de esta colección
de trabajos: rigor técnico y científico en el tratamiento
y claridad y sencillez en la exposición.
Mientras preparábamos este
trabajo se han celebrado dos referendums en los EE.UU., sobre la
eutanasia, rechazando en ambos la mayoría de los ciudadanos
su legalización; se ha reabierto en Holanda el debate - una
vez más en aquel país - sobre la despenalización
de las prácticas eutanásicas; en distintos países
han saltado a los medios de comunicación social noticias
sobre "casos", sentencias, opiniones y propuestas referentes
a la eutanasia. Estos hechos no han alterado el plan de trabajo
del Comité, aunque hayan sido estudiados, valorados y considerados.
Cuando nuestro trabajo estaba casi
acabado, el Gobierno Español ha aprobado un Proyecto de Código
Penal - actualmente en trámite en el Congreso de los Diputados
- en el que se regula la eutanasia como un delito singular acreedor
a una pena sensiblemente más liviana que la del homicidio.
Se Inicia así en nuestro país la tendencia de "comprensión
jurídica" hacia las prácticas eutanásicas
que, nos tememos, puede acabar a corto plazo con su total impunidad
como ha sucedido con el aborto, despenalizado parcialmente para
atender a determinados "casos extremos” y legalizado
en la práctica hasta el punto de constituir ya un lucrativo
negocio amparado incluso por determinadas instituciones del Estado.
La iniciativa legislativa del Gobierno
hace de total actualidad el presente trabajo que pretende servir
como elemento de reflexión para todos los ciudadanos - también
para quienes emiten su voto como Diputados y Senadores - y como
factor de formación para la conciencia ilustrada de los católicos.
Este documento aborda la eutanasia
sin rehuir ni ocultar los argumentos de sus partidarios; sin omitir
los puntos de vista más conflictivos; sin silenciar los temas
más polémicos, pues creemos que la sociedad - los
católicos y quienes no lo son - puede y debe dedicar un tiempo
razonable a reflexionar y lo formarse antes de emitir un juicio
sobre cuestión de tal relevancia.
En nuestro tiempo crecen sentimientos
de ideas muy acordes con la idea de hombre, de justicia y de derechos
humanos que subyace en este trabajo, pero a la vez se imponen en
nuestras sociedades prácticas incompatibles con la dignidad
humana. El Comité Episcopal para la Defensa de la Vida está
convencido de que podemos impulsar los aspectos más positivos
de nuestra cultura si todos hacemos un esfuerzo para ser coherentes
con el humanismo que ha inspirado los aspectos más positivos
de la Modernidad. Por ello, ofrece a la consideración responsable
de todos los ciudadanos - también de los políticos,
los médicos, educadores, familias y demás personas
que han de decidir sobre la eutanasia -, un trabajo que se inspira
en un profundo respeto por cada hombre, por cada mujer, por cada
ser humano, que - para quienes creemos en Dios - es objeto de un
amor singular y personal desde antes de la creación y no
acabará jamás, proyectándose tras la muerte
por la eternidad.
Cardenal Narciso Jubany Arnau
Presidente del Comité Episcopal
para la Defensa de la Vida
I. TERMINOLOGÍA
1. ¿Qué es
la eutanasia?
La palabra “eutanasia”
a lo largo de los tiempos ha significado realidades muy diferentes.
Etimológicamente, eutanasia (del griego “eu”,
bien, “Thánatos”, muerte) no significa otra cosa
que buena muerte, bien morir, sin más.
Sin embargo, esta palabra ha adquirido
desde antiguo otro sentido, algo más específico: procurar
la muerte sin dolor a quienes sufren. Pero todavía este sentido
es muy ambiguo, puesto que la eutanasia, así entendida, puede
significar realidades no sólo diferentes, sino opuestas profundamente
entre sí, como el dar muerte al recién nacido deficiente
que se presume que habrá de llevar una vida disminuida, la
ayuda al suicida para que consume su propósito, la eliminación
del anciano que se presupone que no vive ya una vida digna, la abstención
de persistir en tratamientos dolorosos o inútiles para alargar
una agonía sin esperanza humana de curación del moribundo,
etc.
2. ¿Qué se
entiende hoy por eutanasia?
Hoy, más estrictamente, se
entiende por eutanasia el llamado homicidio por compasión,
es decir, el causar la muerte de otro por piedad ante su sufrimiento
o atendiendo a su deseo de morir por las razones que fuere.
Sin embargo, en el debate social
acerca de la eutanasia, no siempre se toma esta palabra en el mismo
sentido, e incluso a veces se prefiere, según el momento,
una u otra acepción para defender tal o cual posición
dialéctica. Esto produce con frecuencia la esterilidad del
debate y, sobre todo, grave confusión en el común
de las gentes.
3. ¿Es, pues, especialmente
importante el significado de las palabras en esta materia?
Es de extrema importancia, porque,
según la significación que se dé al término
eutanasia, su práctica puede aparecer ante las gente como
un crimen inhumano o como un acto de misericordiosa solidaridad.
Estas diferencias tan enormes obedecen con frecuencia a la distinta
manera de entender la significación de la palabra, es decir,
la realidad que se quiere designar.
No se puede ignorar, sin embargo,
que en el debate público también se da no pocas veces,
por parte de los patrocinadores de la eutanasia, una cierta manipulación
- querida o no - de las palabras, cuyo resultado es presentar ante
la opinión pública la realidad de la eutanasia como
algo más inocuo de lo que es (se dice "muerte dulce",
"muerte digna"), y propiciar así su aceptación
social; como si no existiera, o fuera secundario, el hecho central
de que en la eutanasia un ser humano da muerte a otro, consciente
y deliberadamente, por muy presuntamente nobles o altruistas que
aparezcan las motivaciones que lo animen a ejecutar tal acción
y por poco llamativos que sean los medios que utilice para realizarla.
Todo esto no quiere decir que el
debate sobre la eutanasia dejaría de existir si todos hablásemos
de lo mismo y otorgásemos al término idéntico
significado. El debate también se produciría aun cuando
por eutanasia todos entendiesen una sola cosa: el causar la muerte
de otro, con su consentimiento o no, para evitarle dolores físicos
o padecimientos de otro tipo, considerados insoportables.
Tomada la eutanasia de esta manera,
existen algunas personas y grupos partidarios de legalizarla y de
darle respetabilidad social, porque interpretan que la vida humana
no merece ser vivida más que en determinadas condiciones
de plenitud, frente a la convicción mayoritaria que considera,
por el contrario, que la vida humana es un bien superior y un derecho
inalienable e indisponible, es decir, que no puede estar al albur
de la decisión de otros, ni de la de uno mismo.
4. ¿Qué se
va a entender por eutanasia en esta obra?
Llamaremos eutanasia a la actuación
cuyo objeto es causar muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos,
bien a petición de éste, bien por considerar que su
vida carece de la calidad mínima para que merezca el calificativo
de digna.
Así considerada, la eutanasia
es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da
muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión
de la atención y cuidado.
5. ¿Por qué
se escoge esta definición?
Porque en ella están los elementos
esenciales que configuran un fenómeno complejo como es la
eutanasia:
• la muerte ha de ser el objetivo
buscado, ha de estar en la intención de quien practica la
eutanasia: no es eutanasia, por tanto, el aplicar un tratamiento
necesario para aliviar el dolor, aunque acorte la expectativa de
vida del paciente como efecto secundario no querido, ni puede llamarse
eutanasia al resultado de muerte por imprudencia o accidente;
• puede producirse por acción
(administrar sustancias tóxicas mortales) o por omisión
(negarle la asistencia médica debida); ha de buscarse la
muerte de otro, no la propia. No consideraremos el suicidio como
forma peculiar o autónoma de eutanasia,
Los motivos son un elemento sustancial
para hablar de eutanasia con propiedad.
• puede realizarse porque la
pide el que quiere morir. La ayuda o cooperación al suicidio
sí la consideramos una forma de eutanasia;
• puede realizarse para evitar
sufrimientos, que pueden ser presentes o futuros, pero previsibles;
o bien porque se considere que la calidad de vida de la víctima
no alcanzará o no mantendrá un mínimo aceptable
(deficiencias psíquicas o físicas graves, enfermedades
degradantes del organismo, ancianidad avanzada, etc.).
El sentimiento subjetivo de estar
eliminando el dolor o las deficiencias ajenas es elemento necesario
de la eutanasia; de lo contrario estaríamos ante otras formas
de homicidio.
6. ¿No es muy estricto
el significado de la eutanasia expuesto?
Más que estricto quiere ser
preciso, y eso por dos razones: primera, porque solo acotando con
precisión la realidad que se quiere designar será
posible saber a qué nos estamos refiriendo; segunda, porque
este significado coincide también con lo que los patrocinadores
de la legalización de la eutanasia quieren que prospere:
que se legitime el que un hombre dé muerte a otro dadas ciertas
circunstancias.
Como más adelante se verá,
por ejemplo, la renuncia a la obstinación terapéutica
sin esperanza - que se suele designar como encarnizamiento terapéutico
- merece una consideración aparte y, en sentido estricto,
no puede considerarse eutanasia, aunque desde el mero punto de vista
etimológico sea, desde luego, una forma de favorecer la "buena
muerte". Este es un ejemplo concreto de lo fácilmente
que se introduce la confusión en esta materia por los diversos
significados que pueden darse a una misma palabra.
7. ¿Cuántas
clases de eutanasia hay?
Según el criterio que se emplee,
hay diversas clasificaciones del fenómeno de la eutanasia
que dependen también del significado que se dé al
término.
Desde el punto de vista de la víctima
la eutanasia puede ser voluntaria o involuntaria, según ser
solicitada por quien quiere que le den muerte o no; perinatal, agónica,
psíquica o social, según se aplique a recién
nacidos deformes o deficientes, a enfermos terminales, a afectados
de lesiones cerebrales irreversibles o a ancianos u otras personas
tenidas por socialmente improductivas o gravosas, etc. Algunos hablan
de auto eutanasia refiriéndose al suicidio, pero eso no es,
propiamente, una forma de eutanasia, aunque muchos de sus patrocinadores
defienden también, con arreglo a su propia lógica,
el derecho al suicidio.
Desde el punto de vista de quien
la practica, se distingue entre eutanasia activa y pasiva, según
provoque la muerte a otro por acción o por omisión,
o entre eutanasia directa e indirecta: la primera sería la
que busca que sobrevenga la muerte, y la segunda la que busca mitigar
el dolor físico, aun a sabiendas de que ese tratamiento puede
acortar efectivamente la vida del paciente; pero esta última
no puede tampoco llamarse propiamente eutanasia.
Existen muchas más clasificaciones
posibles y una misma acción puede, a su vez, incluirse en
varias de las modalidades referidas aquí. Pero todo esto
es, en el fondo, secundario, y con frecuencia contribuye a aumentar
la confusión sobre la realidad del problema, en lugar de
ayudar a esclarecer la cuestión. De ahí que, para
poder referirnos a un concepto que admitan tanto los partidarios
de la eutanasia como los defensores de la vida, la hayamos definido
en los términos expuestos más arriba, sin detenernos
en ulteriores divisiones o clasificaciones.
8. ¿Qué se
entiende por distanasia?
La distanasia (del griego "dis",
mal, algo mal hecho, y "thánatos", muerte) es etimológicamente
lo contrario de la eutanasia, y consiste en retrasar el advenimiento
de la muerte todo lo posible, por todos los medios, proporcionados
o no, aunque no haya esperanza alguna de curación y aunque
eso signifique infligir al moribundo unos sufrimientos añadidos
a los que ya padece, y que, obviamente, no lograrán esquivar
la muerte inevitable, sino sólo aplazarla unas horas o unos
días en unas condiciones lamentables para el enfermo.
La distanasia también se llama
"ensañamiento" y, “encarnizamiento terapéutico",
aunque sería más preciso denominarla "obstinación
terapéutica".
9. ¿Qué es
la ortotanasia?
Con esta palabra (del griego "orthos",
recto, y "thánatos", muerte), se ha querido designar
la actuación correcta ante la muerte por parte de quienes
atienden al que sufre una enfermedad incurable en fase terminal.
La ortotanasia estaría tan lejos de la eutanasia, en el sentido
apuntado aquí, como de la distanasia u obstinación
terapéutica. Este término, reciente, no se ha consagrado
más que en ciertos ambientes académicos, sin hacer
fortuna en el léxico habitual de la calle; pero su sola acuñación
revela la necesidad de acudir a una palabra distinta de "eutanasia"
para designar precisamente la buena muerte, que es lo que se supone
que tendría que significar la eutanasia, y que sin embargo
ya no significa, porque designa la otra realidad mencionada: una
forma de homicidio.
10. ¿Estamos, pues,
ante el "secuestro" de la palabra "eutanasia"?
Más bien habría que
hablar de la desvirtuación de su significado, que se ha debido
tanto al deseo de algunos de hacer más aceptable socialmente
el "homicidio por compasión" (y desde este punto
de vista puede hablarse de "secuestro" de esta palabra),
como a la inexistencia de un término adecuado para designar
esta clase de homicidio. Esta es una de las razones por las que
el aspecto terminológico es de suma importancia en toda esta
cuestión.
11. ¿Cuáles
son los principales argumentos que se emplean para promover la legalización
de la eutanasia?
Se suele promover la legalización
de la eutanasia y su aceptación social con cinco clases de
argumentos:
• el derecho a la muerte digna,
expresamente querida por quien padece sufrimientos atroces;
• el derecho de cada cual a
disponer de su propia vida, en uso de su libertad y autonomía
individual;
• la necesidad de regular una
situación que existe de hecho. Ante el escándalo de
su persistencia en la clandestinidad;
• el progreso que representa
suprimir la vida de los deficientes psíquicos profundos o
de los enfermos en fase terminal, ya que se trataría de vidas
que no pueden llamarse propiamente humanas;
• la manifestación de
solidaridad social que significa la eliminación de vidas
sin sentido, que constituyen una dura carga para los familiares
y para la propia sociedad.
No todos los partidarios de la eutanasia
comparten todos estos argumentos; pero todos, en cambio, comparten
los dos primeros, y a menudo el tercero.
A lo largo de este texto iremos refiriéndonos
a cada uno de dichos argumentos para examinarlos en su propio contexto.
II. EL HOMBRE,
ANTE EL DOLOR Y LA MUERTE
12. El dolor y la muerte,
¿forman parte de la vida humana o, por el contrario, son
obstáculos para ella?
El dolor y la muerte forman parte
de la vida humana desde que nacemos en medio de los dolores de parto
de nuestra madre hasta que morimos causando dolor a los que nos
quieren y sufriendo por el propio proceso que lleva a la muerte.
A lo largo de toda la existencia, el dolor - físico o moral
- está presente de forma habitual en todas las biografías
humanas: absolutamente nadie es ajeno al dolor. El producido por
accidentes físicos - pequeños o grandes - es compañero
del hombre en toda su vida; el dolor moral (producto de la incomprensión
ajena, la frustración de nuestros deseos, la sensación
de impotencia, el trato injusto, etc.) nos acompaña desde
la más tierna infancia hasta los umbrales de la muerte.
El dolor - y su aspecto subjetivo,
el sufrimiento - forma parte de toda vida humana y de la historia
de la humanidad: así lo acreditan la experiencia personal
de cada uno de nosotros y la literatura universal, en la que la
experiencia del dolor es no sólo motivo de inspiración,
sino objeto de reflexión constante.
La muerte es el destino inevitable
de todo ser humano, una etapa en la vida de todos los seres vivos
que - quiérase o no, guste o no - constituye el horizonte
natural del proceso vital. La muerte es la culminación prevista
de la vida, aunque incierta en cuanto a cuándo y cómo
ha de producirse; y, por lo tanto, forma parte de nosotros porque
nos afecta la de quienes nos rodean y porque la actitud que adoptamos
ante el hecho de que hemos de morir determina en parte cómo
vivimos.
El dolor y la muerte no son obstáculos
para la vida, sino dimensiones o fases de ella. Obstáculo
para la vida es la actitud de quien se niega a admitir la naturalidad
de estos hechos constitutivos de toda vida sobre la tierra, intentando
huir de ellos como si fuesen totalmente evitables, hasta el punto
de convertir tal huida en valor supremo: esta negación de
la propia realidad sí que puede llegar a ser causa de deshumanización
y de frustración vital.
13. ¿Debería,
entonces, todo hombre renunciar a huir del dolor en general, y del
dolor de la agonía en particular?
Todo ser humano huye por instinto
del dolor y de cuanto cause sufrimiento, y esta actitud es adecuada
a la constitución natural del hombre, que está creado
para ser feliz y, por tanto, reacciona con aversión ante
lo que atente a su felicidad.
El rechazo de lo doloroso, de lo
que causa sufrimiento, es, en consecuencia, natural en el hombre.
Y, por ello, este rechazo es justo y no censurable. Sin embargo,
convertir la evitación de lo doloroso en el valor supremo
que haya de inspirar toda conducta, tratar de huir del dolor a toda
costa y a cualquier precio, es una actitud que acaba volviéndose
contra los que la mantienen, porque supone negar de raíz
una parte de la realidad del hombre, y este error puede llevar fácilmente
a cometer injusticias y actos censurables por antihumanos, aunque
pueda parecer superficialmente otra cosa.
Estas ideas son especialmente patentes
en el caso de la agonía, de los dolores que, eventualmente,
pueden preceder a la muerte. Convertir la ausencia del dolor en
el criterio preferente y aun exclusivo para reconocer un pretendido
carácter digno de la muerte puede llevar a legitimar homicidios
- bajo el nombre de eutanasia - y a privar a la persona moribunda
del efecto humanizador que el mismo dolor puede tener.
14. ¿Significa eso
que el dolor tiene algún valor positivo para una vida humana?
El dolor y el sufrimiento, como cualquier
otra dimensión natural de toda vida humana tienen también
un valor positivo si nos ayudan a comprender mejor nuestra naturaleza
y sus limitaciones, si sabemos integrarlos en nuestro proceso de
crecimiento y maduración. Todo hombre se hace a sí
mismo durante su vida realizando las posibilidades de plenitud que
están en su constitución natural, o rechazando tales
posibilidades.
Es experiencia universal que el dolor
no puede evitarse totalmente y que puede ser fuente de humanización
personal y de solidaridad social. La persona que sufre y acepta
su sufrimiento llega a ser más humana, pues comprende y hace
suya una dimensión básica de la vida que ayuda a hacer
más rica la personalidad. Quien a toda costa pretende huir
del dolor, probablemente destruya sus posibilidades de ser feliz,
pues es imposible tal fin.
La experiencia de la humanidad es
que el dolor, si se admite como una dimensión de la vida
contra la que se debe luchar, pero que es inevitable, es escuela
que puede ayudar a que existan vidas humanas más plenas.
15. Si la muerte es inevitable,
y el dolor es una “escuela de vida”, ¿qué
sentido tienen los esfuerzos de la investigación científica
para mitigar el dolor y para alejar lo más posible el momento
de la muerte?
El dolor es inevitable en toda vida
humana, pero todos tenemos la clara idea de que el hombre aspira
a la felicidad. Por ello, esforzarse en mitigar el dolor es positivo,
pero esta finalidad es absurda, por imposible, si erradicar el dolor
se convierte en bien absoluto ante el cual deben subordinarse el
resto de los fines nobles del actuar humano. En toda vida humana
se dan dimensiones o facetas que no siempre resultan congruentes
entre sí en caso de pretender darles valor absoluto a cada
una de ellas; todo ser humano tiene derecho a defender sus opiniones,
pero si convierte este derecho en valor absoluto, probablemente
acabará siendo un dictador para los demás; todo hombre
ansía su bienestar, pero si pone esta dimensión de
su naturaleza por encima de cualquier otra consideración,
será incapaz de cualquier manifestación de generosidad,
etc.
Con el dolor pasa lo mismo: luchar
por mitigarlo es positivo, y el esfuerzo de la ciencia moderna en
tal sentido es encomiable, pero convertir esta lucha y este esfuerzo
en valor absoluto es, además de quimérico, injusto,
pues obligaba a renunciar a otras dimensiones valiosas de la vida
humana.
Algunas ideologías en el último
siglo han considerado determinadas dimensiones parciales o relativas
del ser humano como valores absolutos y, al hacerlo, han generado
clamorosas injusticias: así ha sucedido con quienes han construido
su visión del mundo exclusivamente sobre la raza, el color,
la clase social, la nación o la ideología. Cualquier
filosofía o actitud vital que convierta en absoluta una de
las dimensiones o facetas de la pluriforme realidad humana, conduce
a planteamientos injustos y antihumanistas, pues el humanismo exige
equilibrio y una visión global, integral, del ser humano
sobre la tierra.
Esto, que es evidente en las ideologías
totalitarias, no aparece con tanta claridad en las actitudes actualmente
proclives a ver la salud como bien absoluto y la ausencia de dolor
como valor supremo del hombre, pero el fenómeno es el mismo:
de estas actitudes dimana la legitimación de acciones contra
quienes no responden a ese ideal absoluto de "calidad de vida":
los deficientes, los enfermos, los moribundos, los ancianos, etc.
16. ¿Es natural el
miedo a morir?
Es natural tener miedo a morir, pues
el hombre en la felicidad, y la muerte se presenta como una ruptura
traumática de destino incierto. La explicación bíblica
de la muerte como consecuencia del pecado y, por tanto, como elemento
ajeno a la naturaleza primigenia del hombre, encaja perfectamente
con la psicología personal y colectiva que acredita una resistencia
instintiva ante la muerte.
Sin embargo, puede llevar a resultados
inhumanos convertir en absoluto este rechazo a la muerte, innato
en el hombre: la muerte es un hecho, y un ser humano adulto ha de
aceptarla como tal, pues de lo contrario se situaría contra
su propia realidad.
17. ¿Es natural el
miedo al modo de morir?
Desde luego, es natural sentir miedo
a una muerte dolorosa, como es natural tener miedo a una vida sumida
en el dolor. Si esta aversión se lleva al extremo, se convierte
la huida del dolor en un valor absoluto, ante el cual todos los
demás han de ceder. El miedo a un modo de morir doloroso
y dramático puede llegar a ser tan intenso que, al anular
todos los demás valores, puede conducir a desear la muerte
misma como medio de evitar tan penosa situación. Este es,
de hecho, el principal estímulo para quienes preconizan la
aceptación legal y social de la eutanasia. Pero la experiencia
demuestra que cuando un enfermo que sufre pide que lo maten, en
realidad está pidiendo casi siempre que le alivien los padecimientos,
tanto los físicos como los morales, que a veces superan a
aquellos: la soledad, la incomprensión, la falta de afecto
y consuelo en el trance supremo. Cuando el enfermo recibe alivio
físico y consuelo psicológico y moral, deja de solicitar
que acaben con su vida, según la experiencia común.
18. ¿No hay, pues,
fronteras definidas que delimiten cuándo es bueno aceptar
el dolor y la muerte, y cuándo es bueno tratar de evitarlos?
Es bueno aceptar el hecho cierto
e inevitable del dolor, y también es bueno luchar por mitigarlo.
Es bueno luchar por vencer a la enfermedad, y no es bueno eliminar
seres humanos enfermos para que no sufran. Es bueno luchar en favor
de la vida contra la muerte, y no es bueno, porque no es realista,
rechazar la muerte como si se pudiera evitar. Pero no existe un
catálogo de soluciones que pueda resolver todas las dudas
y las perplejidades con que nos enfrentamos ante la realidad del
dolor y de la muerte. Lo mismo ocurre con muchas otras situaciones
de la vida, en las que no es posible establecer normas rígidas,
sino que hemos de actuar, basados en el conocimiento de los principios
generales, con un criterio recto y prudente.
19. ¿Y no podían
ser los motivos de nuestra actuación un criterio adecuado?
Es necesario saber que los motivos
por los que actuamos (compasión, deseo de que seres queridos
no sufran...) no pueden cambiar el fin intrínseco de nuestro
actuar, que en la eutanasia es privar de la vida a otro o cooperar
a que se suicide. Si los motivos prevalecieran sobre la naturaleza
de los actos hasta el punto de hacer a éstos social y jurídicamente
justificables, no sería posible la convivencia, pues cualquier
acto, fuera el que fuese, podría quedar legitimado en virtud
de los motivos íntimos de su autor. Se puede y se debe comprender
y ayudar a quien obra torcidamente; también se pueden y se
deben valorar las circunstancias que influyen en los actos humanos,
y modifican la responsabilidad. Pero la norma general no puede decir
nunca que está bien lo que está mal, por mucho que
el autor de la acción crea hacer algo bueno. El fin - el
motivo subjetivo - no justifica los medios - en este caso, matar
-.
Quienes proponen la admisibilidad
ética y jurídica de la eutanasia confunden a menudo
la disposición moral íntima de las personas con lo
que las leyes o la sociedad deben tener como aceptable; y confunden
también las circunstancias que pueden atenuar la responsabilidad,
e incluso anularla, con lo que la norma general debe disponer.
20. A pesar de todo, hay
quienes creen que una muerte dolorosa o un cuerpo muy degradado
serían más indignos que una muerte rápida y
"dulce", producida cuando cada uno dispusiera.
En su naturaleza última, el
dolor y la muerte humanos encierran un misterio, que no es otro
que el misterio del mismo ser humano puesto en esta tierra; es también
el misterio de la libertad y del amor, que son realidades vivas
e íntimas, aunque intangibles, y que no encuentran explicación
suficiente en la física o la química.
El dolor y la muerte no son criterios
aptos para medir la dignidad humana, pues ésta conviene a
todos los seres humanos por el hecho de serlo; el dolor y la muerte
serán dignos si son aceptados y vividos por la persona; pero
no lo serán si alguien los instrumentaliza para atentar contra
esa persona.
Una muerte digna no consiste sólo
en la ausencia de tribulaciones externas, sino que nace de la grandeza
de ánimo de quien se enfrenta a ella. Es claro que, llegado
el momento supremo de la muerte, el protagonista de este trance
ha de afrontarlo en las condiciones más llevaderas posibles,
tanto desde el punto de vista del dolor físico como también
del sufrimiento moral. Los analgésicos y la medicina paliativa
(de la que se hablará en otro lugar) por un lado, y el consuelo
moral, la compañía, el calor humano y el auxilio espiritual,
por otro, son los medios que enaltecen la dignidad de la muerte
de un ser humano que siempre, aun en el umbral de la muerte, conserva
la misma dignidad.
III. LA MEDICINA
ANTE LA EUTANASIA
21. La cuestión de
la eutanasia, ¿Es un problema médico?
La eutanasia, tal y como la plantean
los defensores de su legalización, afecta de lleno al mundo
de la Medicina, puesto que las propuestas de sus patrocinadores
siempre hacen intervenir al médico o al personal sanitario.
Pero la cuestión de la eutanasia no es, propiamente hablando,
un problema médico, o no tendría que serlo.
La eutanasia merece la misma calificación
ética si la practica un médico o una enfermera en
el técnico ambiente de un hospital que si la practica, por
otro medio cualquiera, un familiar o un amigo de la víctima.
En ambos casos se trata de un hombre que da muerte a otro.
La eutanasia no es una forma de Medicina,
sino una forma de homicidio; y si la practica un médico,
éste estará negando la Medicina.
22. ¿Por qué
la eutanasia es la negación de la Medicina?
Porque la razón de ser de
la Medicina es la curación del enfermo en cualquier fase
de su dolencia, la mitigación de sus dolores, y la ayuda
a sobrellevar el trance supremo de la muerte cuando la curación
no es posible. La eutanasia, por el contrario, no sólo es
la renuncia a esa razón de ser, sino que consiste en la deliberada
decisión de practicar justamente lo opuesto a la Medicina,
ya que es dar muerte a otro, aunque sea en virtud de una presunta
compasión. Cualquiera es perfectamente capaz de advertir
la diferencia sustancial que existe entre ayudar a un enfermo a
morir dignamente y provocarle la muerte.
La eutanasia no es una técnica,
un recurso de la Medicina: la eutanasia expulsa a la Medicina, la
sustituye. La eutanasia, además, precisamente por ser la
negación de la Medicina, se vuelve contra el médico
que la practique.
23. ¿Por qué
la eutanasia se vuelve contra el médico que la practique?
Por dos razones: por un lado es fácil
que el médico se deslice hacia una habitualidad en la práctica
de la eutanasia una vez admitido el primer caso; y, por otro lado,
la eutanasia acaba con la base del acto médico: la confianza
del paciente en el médico.
Cuando un médico ha dado muerte
a un paciente por piedad hacia él, ha dado ya un paso que
tiene muy difícil retorno. Los que padecen una misma enfermedad
se parecen mucho entre sí en los síntomas, las reacciones,
los sufrimientos. Cuando un médico se ha sentido "apiadado"
de un enfermo hasta el punto de decidir quitarle la vida para ahorrarle
padecimientos, será ya relativamente fácil que experimente
idéntico estado de ánimo ante otro que padezca el
mismo mal; y esta circunstancia puede sobrevenir con relativa frecuencia,
porque la especialización profesional impone a la práctica
totalidad de los médicos la necesidad de tratar a enfermos
muy semejantes unos de otros. En tal situación, las virtudes
propias del médico (la no discriminación en el tratamiento
a unos u otros enfermos, la previsión de dolencias o complicaciones
futuras) se convierten en factores potencialmente multiplicadores
de la actividad eutanásica, porque es muy difícil
determinar la frontera que separa la gravedad extrema de la situación
crítica, o los padecimientos enormes de los padecimientos
insoportables, sean físicos o anímicos.
Por otro lado, no es posible que
exista la Medicina si el paciente en vez de tener confianza en su
médico hasta poner su vida, salud e integridad física
en sus manos, llega a tenerle miedo porque no sabe si el profesional
de la Medicina o la enfermera que se ocupan de su salud van a decidir
que su caso es digno de curación o susceptible de eutanasia.
Si se atribuyese a los médicos
el poder de practicar la eutanasia, éstos no serían
ya una referencia amiga y benéfica sino, por el contrario,
temida y amenazadora, como sucede ya en algunos hospitales holandeses.
La humanidad ha progresado en humanitarismo
retirando a los gobernantes y los jueces el poder de decretar la
muerte (abolición de la pena de muerte). Los partidarios
de la eutanasia pretenden dar un paso atrás, otorgando tal
poder a los médicos. De conseguir tal propósito lograrían
dos retrocesos por el precio de uno: recrearían una variedad
de muerte legal y degradarían, tal vez irreversiblemente,
el ejercicio de la Medicina.
24. ¿No es muy sutil
la línea divisoria entre la eutanasia y la cesación
de unos cuidados ya inútiles?
Sólo en contadas situaciones
terminales sin esperanza humana, la apariencia de los gestos del
médico puede guardar semejanza en ambos casos; pero el médico
sabe, sin género de dudas, lo que hay en su intención:
sabe si lo que realiza tiene por objeto causar la muerte del enfermo
o si, por el contrario, está renunciando al encarnizamiento
terapéutico. Lo primero nunca será admisible; lo segundo
lo es.
25. ¿Qué es
el encarnizamiento terapéutico?
Con esta denominación, o la
de "ensañamiento terapéutico" - que acaso
sean menos acertadas que la de "obstinación terapéutica",
que refleja mejor la intención con que se practica -, se
quiere designar la actitud del médico que, ante la certeza
moral que le dan sus conocimientos de que las curas o los remedios
de cualquier naturaleza ya no proporcionan beneficio al enfermo
y sólo sirven para prolongar su agonía inútilmente,
se obstina en continuar el tratamiento y no deja que la naturaleza
siga su curso.
Esta actitud es consecuencia de un
exceso de celo mal fundamentado, derivado del deseo de los médicos
y los profesionales de la salud en general de tratar de evitar la
muerte a toda costa, sin renunciar a ningún medio, ordinario
o extraordinario, proporcionado o no aunque eso haga más
penosa la situación del moribundo.
En otras ocasiones cabe hablar más
propiamente de ensañamiento terapéutico, cuando se
utiliza a los enfermos terminales para la experimentación
de tratamientos o instrumentos nuevos. Aunque esto no sea normal
en nuestros días, la historia, por desgracia, nos aporta
algunos ejemplos.
En cualquier caso, la obstinación
terapéutica es gravemente inmoral, pues instrumentaliza a
la persona subordinando su dignidad a otros fines.
26. ¿No se plantea
aquí otra frontera imprecisa para distinguir la obstinación
terapéutica de unos cuidados solícitos y constantes?
Ciertamente, así es. No hay
una regla matemática para calibrar si existen o no esperanzas
fundadas de curación. La práctica médica cuenta
con abundantes experiencias de enfermos que parecían irrecuperables
y que, sin embargo, salieron adelante de trances muy comprometidos.
La solución de esos conflictos sólo puede venir del
criterio claro según el cual hay que hacer un uso proporcionado
de los medios terapéuticos. El médico ha de respetar
la dignidad de la persona humana y no dejarse vencer por un tecnicismo
médico abusivo.
27. ¿Y no es ésta
una forma de eutanasia?
No. Refiriéndonos siempre
al enfermo terminal y ante la inminencia de una muerte inevitable,
médicos y enfermos deben saber que es lícito conformarse
con los medios normales que la Medicina puede ofrecer, y que el
rechazo de los medios excepcionales o desproporcionados no equivale
al suicidio o a la omisión irresponsable de la ayuda debida
a otro, sino que significa sencillamente la aceptación de
la condición humana, una de cuyas características
es la muerte inevitable.
Pueden darse casos concretos en que
sea difícil adoptar una decisión ética y profesionalmente
correcta, como sucede en otros muchos aspectos de la vida: el juez
que debe decidir si alguien es culpable o inocente cuando las pruebas
no son claramente taxativas; el profesor que debe optar entre aprobar
o suspender a un alumno y tiene dudas razonables del acierto o desacierto
de cualquiera de las opciones; el padre de familia que duda entre
la severidad o la indulgencia ante un hijo con problemas, etc.
En estos casos, una norma moral adecuada
es prescindir de los posibles motivos egoístas de la propia
decisión y aconsejarse de otros expertos para decidir prudentemente.
Con estos requisitos, un médico - como un juez, un profesor
o un padre - puede equivocarse, pero no cometerá un crimen.
28. Pero, ¿cómo
distinguir los medios terapéuticos ordinarios de los extraordinarios?
Evidentemente, es inútil establecer
una casuística objetiva de los medios ordinarios y extraordinarios,
porque eso depende de factores tan cambiantes como la situación
del paciente, el estado de la investigación en un momento
dado, las condiciones técnicas de un determinado hospital,
el nivel medio de la asistencia sanitaria de uno u otro país,
etc. Lo que respecto a un paciente en unas circunstancias concretas
se estima como medio ordinario, puede tener que considerarse como
extraordinario respecto a otra persona, o pasado un tiempo, o en
otro lugar. De hecho, así ocurre constantemente en la realidad
cotidiana.
Ante estos problemas ciertos de interpretación,
algunos prefieren no hablar de medios ordinarios y extraordinarios,
sino más bien de medios proporcionados y desproporcionados
a la situación de cada enfermo, pues de este modo se puede
aquilatar mejor la decisión en cada caso.
De acuerdo con esto, cuando existe
en un enfermo en peligro próximo de muerte la posibilidad
cierta de recuperación (por ejemplo, un paciente joven en
coma por un traumatismo producido en un accidente), la Medicina
considera que son proporcionados todos los medios técnicos
posibles, porque existe una esperanza fundada de salvarle la vida.
El problema se manifiesta cuando no se confía ya en la recuperación
sino sólo en un alargamiento de la vida o, más exactamente,
de la agonía.
Entonces es cuando la prudencia del
médico debe aconsejarle rechazar la actitud de obstinarse
en prodigar unos medios que ya son inútiles y, en todo caso,
respetando la voluntad del propio enfermo moribundo, si está
en condiciones de manifestarla.
Por otra parte es legítimo
que un enfermo moribundo prefiera esperar la muerte sin poner en
marcha un dispositivo médico desproporcionado a los insignificantes
resultados que de él se puedan seguir; como es legítimo
también que tome esta decisión pensando en no imponer
a su familia o a la colectividad unos gastos desmesurados o excesivamente
gravosos. Esta actitud, por la ambigüedad del lenguaje, podría
confundirse, para los no avisados, con la actitud eutanásica
por razones socio - económicas, pero existe una diferencia
absolutamente esencial: la que va de la aceptación de la
muerte inevitable a su provocación intencionada.
29. ¿Existen, pues,
unos derechos del enfermo moribundo?
Ciertamente. El derecho a una auténtica
muerte digna incluye:
• el derecho a no sufrir inútilmente;
• el derecho a que se respete
la Libertad de su conciencia;
• el derecho a conocer la verdad
de su situación;
• el derecho a decidir sobre
sí mismo y sobre las intervenciones a que se le haya de someter;
• el derecho a mantener un
diálogo confiado con los médicos, familiares, amigos
y sucesores en el trabajo;
• el derecho a recibir asistencia
espiritual.
El derecho a no sufrir inútilmente
y el derecho a decidir sobre sí mismo amparan y legitiman
la decisión de renunciar a los remedios excepcionales en
la fase terminal, siempre que tras ellos no se oculte una voluntad
suicida.
30. Y estos derechos ¿no
pueden legitimar alguna forma de eutanasia "pasiva" (por
omisión)?
No. Cuando la muerte aparece como
inevitable porque ya no hay remedios eficaces, el enfermo puede
determinar, si está en condiciones de hacerlo, el curso de
sus últimos días u horas mediante alguna de estas
decisiones:
• aceptar que se ensayen en
él medicaciones y técnicas en fase experimental, que
no están libres de todo riesgo. Aceptándolas, el enfermo
podrá dar ejemplo de generosidad para el bien de la Humanidad;
• rechazar o interrumpir la
aplicación de esos remedios;
• contentarse con los medios
paliativos que la Medicina le pueda ofrecer para mitigar el dolor,
aunque no tengan ninguna virtud curativa; y rechazar medicaciones
u operaciones en fase experimental, porque sean peligrosas o resulten
excesivamente caras. Este rechazo no equivale al suicidio, sino
que es expresión de una ponderada aceptación de la
inevitabilidad de la muerte;
• en la inminencia de la muerte,
rechazar el tratamiento obstinado que únicamente vaya a producir
una prolongación precaria y penosa de su existencia, aunque
sin rehusar los medios normales o comunes que le permiten sobrevivir.
En estas situaciones está
ausente la eutanasia, que implica - repitámoslo - una deliberada
voluntad de acabar con la vida del enfermo. Es un atentado contra
la dignidad de la persona la búsqueda deliberada de su muerte,
pero es propio de esa dignidad el aceptar su llegada en las condiciones
menos penosas posibles. Y es en el fondo del corazón del
médico y del paciente donde se establece esta diferencia
entre provocar la muerte o esperarla en paz y del modo menos penoso
posible, mediante unos cuidados que se limiten a mitigar los sufrimientos
finales.
31. ¿Cómo se
puede paliar el dolor del enfermo terminal?
Uno de los derechos del enfermo es
el de no sufrir un dolor físico innecesario durante el proceso
de su enfermedad. Pero la experiencia nos muestra que el enfermo,
especialmente el enfermo en fase terminal, experimenta, además
del dolor físico, un sufrimiento psíquico o moral
intenso, provocado por la colisión entre la proximidad de
la muerte y la esperanza de seguir viviendo que aún alienta
en su interior. La obligación del médico es suprimir
la causa del dolor físico o, al menos, aliviar sus efectos;
pero el ser humano es una unidad, y al médico y demás
personal de enfermería compete, junto a los familiares, también
la responsabilidad de dar consuelo moral y psicológico al
enfermo que sufre.
Frente al dolor físico, el
profesional de la sanidad ofrece la analgesia; frente a la angustia
moral, ha de ofrecer consuelo y esperanza. La deontología
médica impone, pues, los deberes positivos de aliviar el
sufrimiento físico y moral del moribundo, de mantener en
lo posible la calidad de la vida que declina, de ser guardián
del respeto a la dignidad de todo ser humano.
32. ¿Qué significa
" Medicina paliativa” ?
La Medicina paliativa es una forma
civilizada de entender y atender a los pacientes terminales, opuesta
principalmente a los dos conceptos extremos ya aludidos: obstinación
terapéutica y eutanasia.
Esta es una nueva especialidad de
la atención médica al enfermo terminal y a su entorno,
que contempla el problema de la muerte del hombre desde una perspectiva
profundamente humana, reconociendo su dignidad como persona en el
marco del grave sufrimiento físico y psíquico que
el fin de la existencia humana lleva generalmente consigo.
En definitiva, la Medicina paliativa
es, ni más ni menos, un cambio de mentalidad ante el paciente
terminal. Es saber que, cuando ya no se puede curar, aún
podemos cuidar; es la consciencia de cuándo se debe iniciar
ese cambio: si no puedes curar, alivia; y si no puedes aliviar;
por lo menos consuela. En ese viejo aforismo se condensa toda la
filosofía de los cuidados paliativos.
33. ¿Cómo está
organizada la Medicina paliativa?
La Medicina paliativa, que parece
tener sus antecedentes en la Gran Bretaña, está aún
escasamente contemplada en la organización sanitaria española,
y sería deseable que los poderes públicos reconocieran
con mayor sensibilidad su existencia. Se asienta básicamente
en el reconocimiento de la triple realidad que configura el proceso
de la muerte inminente en la sociedad actual: un paciente terminal
con dolor físico y sufrimiento psíquico, una familia
angustiada que no acaba de aceptar la situación y sufre por
el ser querido, y un médico educado para luchar contra la
muerte. Todos ellos están inmersos en una sociedad que parece
no querer admitir el fracaso cuando la muerte se considera un fracaso.
En las Unidades de Cuidados Paliativos,
que son áreas asistenciales incluidas física y funcionalmente
en los hospitales, se proporciona una atención integral al
paciente terminal. Un equipo de profesionales asiste a estos enfermos
en la fase final de su enfermedad, con el único objetivo
de mejorar la calidad de su vida en este trance último, atendiendo
todas las necesidades físicas, psíquicas, sociales
y espirituales del paciente y de su familia. Todas las acciones
de la Medicina paliativa van encaminadas a mantener y, en lo posible,
aumentar, el sosiego del paciente y de su familia.
34. ¿Y cuáles
son las necesidades que estos pacientes terminales presentan?
Son necesidades físicas, psíquicas,
espirituales o religiosas, y sociales.
Las necesidades Físicas derivan
de las graves limitaciones corporales y, sobre todo, del dolor,
especialmente en las muertes por cáncer, donde éste
está presente en el 80 por ciento de los enfermos terminales.
Con tratamientos adecuados se pueden llegar a controlar un 95 por
ciento de los dolores.
Las necesidades psíquicas
son evidentes. El paciente necesita sentirse seguro, necesita confiar
en el equipo de profesionales que le trata, tener la seguridad de
una compañía que lo apoye y no lo abandone. Necesita
amar y ser amado, y tiene necesidad de ser considerado, lo que afianza
su autoestima.
Las necesidades espirituales son
indudables. El creyente necesita a Dios. Es una grave irresponsabilidad
civil y política que la atención religiosa de los
pacientes no esté claramente presente en todas las clínicas
e instituciones hospitalarias.
Las necesidades sociales del paciente
terminal no son menos importantes para dar sosiego al penoso trance.
La enfermedad terminal produce a quien la padece y a su familia
unos gastos y no pocos desajustes familiares. Toda la atención
de los componentes de la unidad familiar se concentra generalmente
en el miembro enfermo y, si la supervivencia se alarga, el desajuste
puede ser duradero. El paciente lo ve y también lo sufre.
35. ¿La Medicina paliativa
es la alternativa a la eutanasia?
En realidad, no. La Medicina paliativa
es más propiamente alternativa al llamado "encarnizamiento
terapéutico" u "obstinación terapéutica".
No es alternativa a la eutanasia, porque la eutanasia no es sino
un grave atentado a la vida humana y a su dignidad.
Se puede decir que la Medicina paliativa
ha existido siempre y ha sido ejercida tradicionalmente por los
médicos, aunque no se haya considerado técnicamente
como una especialidad. Sus principios están impresos en el
juramento hipocrático y en la concepción histórica
del ejercicio médico. Pero, ciertamente, como especialización
dentro de la organización sanitaria representa una novedad,
que es hacer frente a las peculiaridades del proceso de la muerte
en el campo sanitario. Este proceso se ha complicado de forma extraordinaria,
y exige la aparición de un nuevo médico, atento al
máximo a los adelantos científicos y conocedor profundo
de las necesidades del paciente terminal.
36. ¿No puede considerarse,
entonces, una forma de eutanasia el aplicar sustancias analgésicas,
a sabiendas de que eso puede acortar la vida del paciente?
No. Cuando el tratamiento del dolor
es ya prácticamente lo único que se puede hacer por
el enfermo terminal, el efecto secundario que ciertos analgésicos
tengan respecto del acortamiento de la vida no puede considerarse
como una forma de eutanasia, porque no se persigue el destruir esa
vida, sino aliviar el dolor; y este propósito paliativo puede,
ante la inminencia de la muerte, ser preferente para esperar la
llegada de la muerte en las condiciones menos angustiosas.
Es lo mismo que sucede con quien
- alpinistas, bombero... - asume un riesgo cierto, pero pretende
una cosa buena sin ánimo suicida alguno. Esto es legitimo
aunque eventualmente pueda ser causa de muerte.
Por otra parte, se puede en muy buena
medida dar por superada la vieja pugna entre tratar el dolor y acortar
la vida: los recientes avances en el tratamiento eficaz del dolor
y de la enfermedad terminal han reducido casi por completo el riesgo
de anticipar indebidamente la muerte de ciertos pacientes.
37. ¿En qué
consiste el argumento de la "muerte digna" a que se refieren
los partidarios de la eutanasia para intentar justificarla?
Este argumento es uno de los principales
que se utilizan hoy para promover la legalización de la eutanasia.
En síntesis puede formularse de esta manera: La técnica
médica moderna dispone de medios para prolongar la vida de
las personas, incluso en situación de grave deterioro físico.
Gracias a ella es posible salvar muchas vidas que hace unos años
estaban irremisiblemente perdidas; pero también se dan casos
en los que se producen agonías interminables y dramáticas,
que únicamente prolongan y aumentan la degradación
del moribundo. Para estos casos, la legislación debería
permitir que una persona decidiera, voluntaria y libremente, ser
ayudada a morir. Esta sería una muerte digna, porque sería
la expresión final de una vida digna.
38. ¿Es aceptable
este argumento?
No lo es, porque en él, junto
a consideraciones razonables acerca de la crueldad de la obstinación
terapéutica, se contiene una honda manipulación de
la noción de dignidad. En este argumento subyace la grave
confusión entre la dignidad de la vida y la dignidad de la
persona. En efecto, hay vidas dignas y vidas indignas, como puede
haber muertes dignas y muertes indignas.
Pero por indigna que sea la vida
o la muerte de una persona, en cuanto tal persona tiene siempre
la misma dignidad, desde la concepción hasta la muerte, porque
su dignidad no se fundamenta en ninguna circunstancia, sino en el
hecho esencial de pertenecer a la especie humana. Por eso los derechos
humanos, el primero de los cuales es el derecho a la vida, no hacen
acepción de personas, sino que, muy al contrario, están
establecidos para todos, con independencia de su condición,
su estado de salud, su raza o cualquier otra circunstancia.
Es digno, ciertamente, renunciar
a la obstinación terapéutica sin esperanza alguna
de curación o mejora y esperar la llegada de la muerte con
los menores dolores físicos posibles; como es digno también
el preferir esperar la muerte con plena conciencia y experiencia
del sufrimiento final. Nada de eso tiene que ver con la eutanasia;
la provocación de la muerte de un semejante, por muy compasivas
que sean las motivaciones, es siempre ajena a la noción de
dignidad de la persona humana.
39. ¿Estamos, pues,
ante un ejemplo concreto de manipulación del lenguaje?
Consciente o inconscientemente, sí.
So capaz de rechazar el empecinamiento terapéutico sin expectativa
ninguna de mejoría, lo que se patrocina en realidad es el
acto positivo (por acción u omisión, tanto da) de
dar muerte a otro, como si eso mereciese la misma consideración
que la de abstenerse de emplear medios irrazonables de prolongar
una existencia precaria y dejar que el moribundo pueda vivir lo
más dignamente posible su propia muerte cuando ésta
llegue.
Por otra parte, la expresión
"ayudar a morir" es otro ejemplo concreto de tergiversación
del sentido de las palabras, pues no es lo mismo ayudar a morir
a alguien que matarlo, aunque se le dé muerte por aparente
compasión y a petición suya. La expresión “ayudar
a morir" evoca una actitud filantrópico y desinteresada,
generosa y compasiva, que se desvanecería inmediatamente
si lo que se lleva a cabo mediante la eutanasia se expresara con
la palabra dura, desde luego, pero precisa, que es matar.
IV. LA SOCIEDAD
ANTE LA EUTANASIA
40. La cuestión de
la eutanasia ¿es un problema social?
La eutanasia fue un problema social
en aquellas sociedades primitivas en que se practicaba la eliminación
de vidas consideradas inútiles, costumbre que estuvo admitida
respecto a los recién nacidos con malformaciones o los ancianos
en distintos pueblos de la antigüedad, hasta que la influencia
del cristianismo acabó con tales prácticas inhumanas.
Desde la llegada del cristianismo, la eutanasia dejó de ser
un problema social hasta el siglo XX, en que algunos vuelven a convertirla
en problema al pretender su legalización.
Desde los años 30 de este
siglo se vienen constituyendo asociaciones en defensa de la eutanasia
y se han propuesto leyes permisivas, que habitualmente han sido
rechazadas, en distintos países. Sin embargo, la actitud
a favor de la eutanasia de estos pequeños grupos, y cierta
mentalidad de relativización del respeto debido al ser humano
(que se expresa, por ejemplo, en el aborto), van calando en la sociedad,
convirtiendo de nuevo a la eutanasia en un problema social que vuelve
a aparecer después de haber sido superado durante siglos.
41. La aceptación
de la eutanasia, ¿no es, pues, un signo de civilización?
No. Lo que es un signo de civilización
es justamente lo contrario, es decir, la fundamentación de
la dignidad de la persona humana en el hecho radical de ser humana,
con independencia de cualquier otra circunstancia como raza, sexo,
religión, salud, edad, habilidad manual, o capacidad mental
o económica. Esta visión esencial del hombre significa
un progreso cualitativo importantísimo, que distingue justamente
a las sociedades civilizadas de las primitivas, en las que la vida
del prisionero, el esclavo, el deficiente o el anciano, según
épocas y lugares, era despreciada.
Los progresos científicos
y técnicos en la lucha contra el dolor, tan propios de la
era moderna, pueden dar esta falsa apariencia de civilización
a la eutanasia, en la medida en que se la presenta como una forma
más de luchar contra el dolor y el sufrimiento. Pero ya sabemos
que eutanasia no es eso, sino eliminar al que sufre para que deje
de sufrir. Y eso es incompatible con la civilización, pues
revela un desprecio profundo hacia la dignidad radical del ser humano.
Un ser humano no pierde la dignidad por sufrir; lo indigno es basar
su dignidad en el hecho de que no sufra.
Es más, resulta especialmente
contradictorio defender la eutanasia precisamente en una época
como la actual, en la que la Medicina ofrece alternativas, como
nunca hasta ahora, para tratar a los enfermos terminales y aliviar
el dolor. Es probable que este resurgimiento de las actitudes eutanásicas
sea una consecuencia de la conjunción de dos factores: por
un lado, los avances de la ciencia en retrasar el momento de la
muerte; por otro, la mentalidad contemporánea dé escapar,
de huir del dolor a todo trance y de considerar el sufrimiento como
un fracaso. De esta negación de la realidad surge la contradicción.
42. ¿Se pueden prever
los efectos sociales de aceptar la eutanasia?
En épocas recientes la eutanasia
no ha sido legal en ningún país - salvo la experiencia
nazi -, pero podemos fácilmente prever lo que pasaría
si contrastamos los datos que nos aporta la legalización
del aborto en este siglo y el conocido como "caso holandés",
experiencia social de admisión práctica de la eutanasia
que recientemente ha recibido una cierta cobertura legal.
La experiencia del aborto acredita
que las leyes permisivas se aprueban presuntamente para dar solución
a determinados casos extremos especialmente dramáticos para
la sensibilidad común, pero acaban creando una mentalidad
que trivializa el aborto provocado hasta convertirlo en un hecho
socialmente admisible que se realiza por motivos cada vez más
nimios. Con la eutanasia no tiene por qué ocurrir algo distinto:
la legislación permisivo se nos presentaría como una
solución para "casos límite" de "vida
vegetativa", "encarnizamiento terapéutico",
etc. y acabaría siendo una opción normal ante casos
de enfermedad o declive biológico más o menos irreversible.
El proceso descrito responde a la
más elemental psicología humana: cuando algo prohibido
se permite y empieza a practicarse, se va considerando cada vez
más como normal, máxime si resulta un buen negocio
para algunos, ayuda a eliminar situaciones engorrosas para otros
y además es defendido por algunas corrientes ideológicas.
En Holanda se está viviendo
desde hace años una triste experiencia de admisibilidad práctica
de la eutanasia - caso único en el mundo -. Un testigo de
esta realidad, Richard Fenigsen, cardiólogo holandés,
la describe: "Los médicos de cabecera holandeses practican
la eutanasia activa voluntaria en unos 5.000 pacientes al año.
La cifra más elevada de 10.000 probablemente también
incluya a los pacientes de hospitales. Sin embargo, se han llegado
a mencionar cifras del orden de los 18.000 a 20.000 casos al año.
(...) El 81% de los médicos de cabecera holandeses ha realizado
la eutanasia en algún momento de su carrera profesional;
un 28% realiza la eutanasia a dos pacientes al año y un 14%
de tres a cinco pacientes al año. (...)
Un gran número de personas
en Holanda lleva consigo un testamento en el que pide que se le
realice la eutanasia "en caso de lesiones corporales o perturbaciones
mentales de las que no se pueda esperar una recuperación
suficiente para llevar una existencia digna y razonable". Recientemente
estos testamentos escritos han sido reemplazados por pequeñas
"tarjetas de crédito para una muerte fácil".
En 1981 el número de personas portadoras de estas tarjetas
era de 30.000, pero se calcula que este número es mucho más
alto ahora. (...)
La aceptación de la eutanasia
activa "voluntaria" crece entre los holandeses. Según
dos encuestas realizadas en años consecutivos, en 1985 un
70% de los holandeses aceptaba la eutanasia activa, mientras que
en 1986 lo hacía un 76% (...) Mucha gente acepta que se deba
negar el tratamiento a personas con minusvalías serias, a
personas mayores e incluso a individuos sin familia. Es más,
las encuestas demuestran que la mayoría de las personas que
defienden la eutanasia voluntaria, la libertad de elección
y el derecho a morir, también aceptan la eutanasia activa
involuntario, es decir, la negación de la libertad de elección
y del derecho a la vida" (...)
Los médicos holandeses dejan
morir al menos a 300 bebés minusválidos recién
nacidos; deniegan operaciones de enfermedades congénitas
de corazón a niños con síndrome de Down, negándose
a anestesiarlos; y se niegan a Implantar marcapasos a pacientes
mayores de 75 años o a tratar de edema pulmonar a pacientes
ancianos que carezcan de familiares cercanos. Algunos médicos
justifican estas acciones diciendo que es interés de los
pacientes el morir cuanto antes, pero frecuentemente la explicación
es que no se debe imponer a la sociedad la carga de mantener vivos
a estos pacientes. Estas decisiones se toman sin el conocimiento
de los pacientes y en contra de su voluntad".
Legalizada la eutanasia, se abrirían
las puertas a prácticas siniestras, pues la compasión
podría ser utilizada como disculpa para justificar la eliminación
de los débiles, los deficientes, los terminales. Se hablan
"comprensibles" presuntos intereses públicos en
la eliminación de los que representan una carga para la sociedad
sin aportar utilidad material alguna; hasta llegar a crear la presión
psicológica suficiente para que se sientan casi obligados
a pedir su eliminación quienes, por su edad o estado, se
sientan carga "insoportable" para los demás. No
se trata de un puro ejercicio de imaginación, y el testimonio
citado así lo indica.
43. ¿Cuáles
son, desde la óptica del paciente terminal, los principales
efectos de la aceptación de la eutanasia?
El principal efecto es el miedo.
Miedo a que los que le rodean puedan diagnosticar que es acreedor
a la eutanasia; miedo a los profesionales de la sanidad; miedo a
los familiares; miedo a las instituciones asistenciales.
En efecto, una sociedad en la que
la eutanasia es delito transmite el mensaje de que toda vida tiene
valor, que el enfermo terminal puede tener la tranquilidad de que
los médicos y sus familiares se empeñarán en
apoyar su vida y su muerte dignas y en las mejores condiciones.
Por el contrario, una sociedad en que la eutanasia no se persigue
ni se castiga por los poderes públicos, está diciendo
a sus miembros que no importa gran cosa que sean eliminados si ya
no se les ve futuro o utilidad. En una sociedad con la eutanasia
legalizada, el anciano o el enfermo grave tendían un muy
justificado miedo a que el profesional de la sanidad o cualquier
persona de la que dependieran por una u otra razón, no fueran
una ayuda para su vida, sino unos ejecutores de su muerte.
44. Pero todo eso afecta
a la eutanasia no deseada voluntariamente. Si lo que se admitiera
fuera sólo la eutanasia voluntaria, ¿no se producirían
efectos sociales positivos?
Este es un error bastante extendido,
que la experiencia misma se ha encargado de desmentir una y otra
vez. En efecto:
a) La experiencia de los casos de
eutanasia que se han visto ante los Tribunales de los países
de nuestro entorno en las últimas décadas acredita
que los partidarios de la eutanasia dan con suma facilidad el paso
que va de aceptar la petición voluntaria de un paciente para
ser” ayudado a morir”, " ayudar a morir”
quien, a su juicio, debería hacer tal petición dado
su estado, aunque de hecho no lo solicite. Así ha sucedido
en los conocidos casos de eutanasia de enfermos de SIDA en Holanda,
del Doctor Hackethal y la enfermera M. Roeder en Alemania o de las
enfermeras del Hospital austríaco de Lainz, entre otros.
Si a una persona en una situación dada es legítimo
matarla a su petición, nada tiene de extraño que a
quien está en la misma situación - pero sin posibilidad
de pedir la muerte - se le presuponga igualmente un deseo de morir.
b) La experiencia de la Alemania
de los años 30 y 40 de este siglo demuestra cómo se
puede pasar, fácil y rápidamente, de las teorías
científicas pro eutanasia a la práctica de una eutanasia
realizada por motivos cada vez más subjetivos, relativos
y baladíes. Ciertamente eso se vio favorecido por un entorno
dictatorial, pero un entorno distinto no asegura que el fenómeno
no pueda repetirse.
c) La experiencia de Holanda, donde
está ya creada una mentalidad permisivo de la eutanasia,
es que se crea paralelamente una lo coacción moral"
que lleva a los terminales o " inútiles” a sentirse
obligados a solicitar la eutanasia. Un grupo de adultos con minusvalías
importantes manifestaba recientemente ante el Parlamento holandés:
"Sentimos que nuestras vidas están amenazadas... Nos
damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad...
Mucha gente piensa que somos inútiles... Nos damos cuenta
a menudo de que se nos intenta convencer para que deseemos la muerte...
Nos resulta peligroso y aterrador pensar que la nueva legislación
médica pueda incluir la eutanasia".
La experiencia muestra que las campañas
a favor de la eutanasia siempre se han iniciado asegurando sus promotores
que, en todos los casos, debe ser voluntaria, es decir, querida
y solicitada expresamente por quien va a recibir la muerte por este
procedimiento. Pero también la experiencia acredita que el
paso siguiente - pedir la eutanasia para quien no está en
condiciones de expresar su voluntad: el deficiente, el recién
nacido, el agónico inconsciente - es sólo cuestión
de tiempo, porque ya ha quebrado el principio del respeto al derecho
fundamental a la vida. Es más: cuando se inician los debates
acerca de la legalización de la eutanasia siempre se produce
la misma contradicción: se insiste en legalizar sólo
la eutanasia voluntaria, pero para ilustrar los "casos límite"
se ponen, en cambio, ejemplos de enfermos terminales inconscientes
y, por lo tanto, incapaces de manifestar su voluntad.
La diferencia entre eutanasia voluntaria
e involuntario no existe en la práctica: una vez legalizada
la primera, fácilmente se cae en la segunda, puesto que los
casos prácticos surgen inmediatamente, y ya está relajada
la capacidad social de defender la vida de los inocentes.
45. ¿Cómo afecta
la eutanasia a la institución familiar?
Dado que todos los ordenamientos
jurídicos reconocen - en una u otra medida - el derecho de
los familiares más cercanos a decidir por el enfermo o incapaz
no posibilitado de expresar por sí mismo su voluntad, la
posibilidad teórica de que los familiares decidan que procede
la eutanasia introduce en las relaciones familiares un sentimiento
de inseguridad, confrontación y miedo, totalmente ajeno a
lo que la idea de familia sugiere: solidaridad, amor, generosidad.
Esto es así sobre todo si se tiene en cuenta la facilidad
con que se pueden introducir motivos egoístas al decidir
unos por otros en materia de eutanasia: herencias, supresión
de cargas e incomodidades, ahorro de gastos...
Desde otra perspectiva, en una familia
donde se decide aplicar la eutanasia a uno de sus miembros, la tensión
psicológica y afectiva que se genera al haber propiciado
un homicidio puede ser, y es de hecho, fuente de problemas e inestabilidades
emocionales, dadas las inevitables connotaciones éticas de
tal conducta.
46. Pero ¿no puede
responder cierta aceptación social de la eutanasia a un verdadero
sentimiento de compasión hacia el que sufre y no tiene remedio?
Desde el punto de vista puramente
subjetivo, puede ser: alguien - médico, familiar - puede
estar convencido de que hace un bien a otro procurando su muerte.
Pero si convirtiésemos la sensibilidad personal, los sentimientos
subjetivos, en fuente de la moralidad de los propios actos, se podría
llegar a conclusiones objetivamente inhumanas: un príncipe
europeo medieval podía creer sinceramente que aplicando tormento
al reo le hacia un bien, puesto que de esta manera diría
la verdad y salvara su alma en el patíbulo; un estadounidense
del siglo XVIII podía pensar que tener esclavos era una forma
de ayudarlos a sobrevivir; y un padre de familia de finales de este
siglo puede pensar que matar a un hijo recién nacido subnormal
es ayudarle a evitar sufrimientos futuros.
Los sentimientos del príncipe
medieval, del americano del siglo XVIII y del padre infanticida
contemporáneo aludidos pueden ser subjetivamente bondadosos,
pero son objetivamente inhumanos. Lo mismo sucede respecto a la
eutanasia: quien decide practicarla o ayuda a que se practique puede
actuar creyendo que beneficia a quien da muerte, pero objetivamente
su acción es repudiable, pues está arrogándose
el derecho de decidir qué es bueno o malo para el otro. Si
la convivencia social hubiera de fundamentarse sobre los sentimientos
subjetivos, con olvido de las realidades morales objetivas, no habría
posibilidad de establecer normas generales de comportamiento y estaríamos
en la selva, donde imperaría la ley del más fuerte,
ya que por definición toda acción voluntaria es vista
por su autor como un bien.
47. ¿Es, pues, posible
la instauración del egoísmo bajo apariencia de piedad?
Sí, es perfectamente posible,
porque los hombres tendemos con mucha facilidad a justificar cualquier
medio cuando el fin nos parece bueno. En este siglo hemos visto
a relevantes intelectuales cerrando los ojos ante los crímenes
estalinistas, o incluso justificándolos, por compartir el
fin "progresista" que ellos suponían en la política
de Stalin; o a quienes han justificado atentados a los derechos
humanos perpetrados por ciertos regímenes de Sudamérica,
por compartir el proclamado fin anticomunista de esas dictaduras.
En el terreno del derecho a la vida
y a la integridad física este fenómeno ya se está
produciendo: como es bueno tener hijos y el deseo de ellos es natural,
hay matrimonios que creen positivo tener hijos por medio de las
técnicas de reproducción asistida, aunque éstas
lleven consigo inevitablemente la destrucción de embriones;
padres buenos y piadosos solicitan para sus hijos subnormales la
esterilización, porque tratan con ello de evitar el embarazo
de la incapaz; madres a quienes se diagnostica la grave deficiencia
del niño que crece en su seno abortan para evitarle una vida
desgraciada. En todos estos casos el fin - visto como bueno subjetivamente
- lleva a cometer gravísimos males objetivos.
En principio, todos afirman que el
fin no justifica los medios, pero en la vida práctica y concreta
- en el caso particular que a cada uno preocupa - por desgracia
no se guarda coherencia entre el eso muchas personas buenas defienden
que, si no les afectasen personalmente, les parecerían inadmisibles.
Con la eutanasia se está produciendo
un fenómeno como el descrito: algunas personas que se horrorizarían
sólo de pensar que alguien pueda matar a su padre, su esposa
o su hijo, comprenden la eutanasia bajo la presión de la
imagen del dolor, la enfermedad o la degradación: física,
sin ser consecuentes con la realidad de que la eutanasia implica
matar, por muchos eufemismos con que se disfrace esta acción.
48. Pero hay ocasiones en
que la vida de algunos enfermos o discapacitados es casi sólo
vegetativa. ¿No deberían considerarse estas situaciones
con otro criterio?
En efecto, hay personas que piensan,
incluso de buena fe, que hay situaciones en las cuales la vida humana
está tan deteriorada, que no puede decirse que sea propiamente
humana, es decir, propia de seres racionales y libres: un enfermo
con una lesión cerebral irreversible, en estado de inconsciencia,
conectado a un respirador, puede mantenerse así mucho tiempo,
pero vive una vida puramente vegetativa, es como un vegetal; su
vida no puede decirse que sea propiamente humana; un deficiente
profundo, incapaz de expresarse y aun de conocer, inmerso irreversiblemente
en las tinieblas de su mente dañada, sólo con sarcasmo
puede decirse que lleve una vida humana. Para quienes así
razonan, el mantener a estas personas con vida es, más que
un acto de protección y respeto, una forma de tortura disfrazada
de humanitarismo. Es necesario, pues - concluyen -, plantearse seriamente
la legalización de la eutanasia para estos casos extremos
y definitivos, por doloroso que sea, porque una vida así
no merece ser vivida.
49. ¿Y no es aceptable
este argumento?
No lo es, porque el derecho a la
vida deriva directamente de la dignidad de la persona, y todos los
seres humanos, por enfermos que estén, ni dejan de ser humanos
ni su vida deja de merecer el máximo respeto. Olvidar este
principio por la visión dramática de minusvalías
profundas conduce inexorablemente a hacer depender el derecho a
la vida de la calidad de ésta, lo que abre la posibilidad
de colocar la frontera del derecho a la vida con arreglo a "controles
de calidad" cada vez más exigentes, según el
grado de egoísmo o de comodidad que impere en la sociedad.
Este proceso se llevó al extremo
con los programas eutanásicos a gran escala de la época
nazi, que se iniciaron también con un caso límite
de "muerte por compasión", el de un niño
ciego y subnormal con sólo dos extremidades, internado a
finales de 1938 en la crónica pediátrica de la Universidad
de Leipzig; la abuela de ese niño solicitó a Hitler
que le garantizase la "muerte por compasión", cosa
que ocurrió seguidamente. A partir de entonces, Hitler ordenó
poner en marcha un programa que aplicase los mismos criterios de
misericordia" a casos similares. El 18 de agosto de 1939 se
dispuso la obligación de declarar a todos los recién
nacidos con defectos físicos.
La experiencia del nazismo no es
de la remota antigüedad o de un pueblo salvaje y primitivo,
sino de mediados del siglo XX y de uno de los pueblos más
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