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El Tiempo de Cuaresma
I.
El tiempo de Cuaresma
II. Las
lecturas bíblicas de la Cuaresma
III. Normas
litúrgicas
IV. Recomendaciones
y sugerencias
V. Normas
litúrgicas complementarias
I. EL TIEMPO
DE CUARESMA
1. Un tiempo con características
propias.
La Cuaresma es el tiempo que precede
y dispone a la celebración de la Pascua. Tiempo de escucha
de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación
y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con
los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas
de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno y
la limosna (ver Mt 6,1-6.16-18).
De manera semejante como el antiguo
pueblo de Israel marchó durante cuarenta años por
el desierto para ingresar a la tierra prometida, la Iglesia, el
nuevo pueblo de Dios, se prepara durante cuarenta días para
celebrar la Pascua del Señor. Si bien es un tiempo penitencial,
no es un tiempo triste y depresivo. Se trata de un tiempo especial
de purificación y de renovación de la vida cristiana
para poder participar con mayor plenitud y gozo del misterio pascual
del Señor.
La Cuaresma es un tiempo privilegiado
para intensificar el camino de la propia conversión. Este
camino supone cooperar con la gracia, para dar muerte al hombre
viejo que actúa en nosotros. Se trata de romper con el pecado
que habita en nuestros corazones, alejarnos de todo aquello que
nos aparta del Plan de Dios, y por consiguiente, de nuestra felicidad
y realización personal.
La Cuaresma es uno de los cuatro
tiempos fuertes del año litúrgico y ello debe verse
reflejado con intensidad en cada uno de los detalles de su celebración.
Cuanto más se acentúen sus particularidades, más
fructuosamente podremos vivir toda su riqueza espiritual.
Por tanto habrá que esforzarse,
entre otras cosas:
- Por que se capte que en este tiempo
son distintos tanto el enfoque de las lecturas bíblicas (en
la santa misa prácticamente no hay lectura continua), como
el de los textos eucológicos (propios y determinados casi
siempre de modo obligatorio para cada una de las celebraciones).
- Por que los cantos, sean totalmente
distintos de los habituales y reflejen la espiritualidad penitencial,
propia de este tiempo.
- Por lograr una ambientación
sobria y austera que refleje el carácter de penitencia de
la Cuaresma.
2. Sentido de la Cuaresma.
Lo primero que debemos decir al respecto
es que la finalidad de la Cuaresma es ser un tiempo de preparación
a la Pascua. Por ello se suele definir a la Cuaresma, “como
camino hacia la Pascua”. La Cuaresma no es por tanto un tiempo
cerrado en sí mismo, o un tiempo “fuerte” o importante
en sí mismo.
Es más bien un tiempo de preparación,
y un tiempo “fuerte”, en cuanto prepara para un tiempo
“más fuerte” aún, que es la Pascua. El
tiempo de Cuaresma como preparación a la Pascua se basa en
dos pilares: por una parte, la contemplación de la Pascua
de Jesús; y por otra parte, la participación personal
en la Pascua del Señor a través de la penitencia y
de la celebración o preparación de los sacramentos
pascuales –bautismo, confirmación, reconciliación,
eucaristía-, con los que incorporamos nuestra vida a la Pascua
del Señor Jesús.
Incorporarnos al “misterio
pascual” de Cristo supone participar en el misterio de su
muerte y resurrección. No olvidemos que el Bautismo nos configura
con la muerte y resurrección del Señor. La Cuaresma
busca que esa dinámica bautismal (muerte para la vida) sea
vivida más profundamente. Se trata entonces de morir a nuestro
pecado para resucitar con Cristo a la verdadera vida: “Yo
les aseguro que si el grano de trigo…muere dará mucho
fruto” (Jn 20,24).
A estos dos aspectos hay que añadir
finalmente otro matiz más eclesial: la Cuaresma es tiempo
apropiado para cuidar la catequesis y oración de los niños
y jóvenes que se preparan a la confirmación y a la
primera comunión; y para que toda la Iglesia ore por la conversión
de los pecadores.
3. Estructuras del tiempo
de Cuaresma.
Para poder vivir adecuadamente la
Cuaresma es necesario clarificar los diversos planos o estructuras
en que se mueve este tiempo.
En primer lugar, hay que distinguir
la “Cuaresma dominical”, con su dinamismo propio e independiente,
de la “Cuaresma de las ferias”.
a. La “Cuaresma dominical”.
En ella se distinguen diversos bloques
de lecturas. Además el conjunto de los cinco primeros domingos,
que forman como una unidad, se contraponen al último domingo
–Domingo de Ramos en la Pasión del Señor-, que
forma más bien un todo con las ferias de la Semana Santa,
e incluso con el Triduo Pascual.
b. La “Cuaresma ferial”.
Cabe también señalar
en ella dos bloques distintos:
- El de las Ferias de las cuatro
primeras semanas, centradas sobre todo en la conversión y
la penitencia.
- Y el de las dos últimas
semanas, en el que, a dichos temas, se sobrepone, la contemplación
de la Pasión del Señor, la cual se hará aún
más intensa en la Semana Santa.
Al organizar, pues, las celebraciones
feriales, hay que distinguir estas dos etapas, subrayando en la
primera los aspectos de conversión (las oraciones, los prefacios,
las preces y los cantos de la misa ayudarán a ello).
Y, a partir del lunes de la V Semana,
cambiando un poco el matiz, es decir, centrando más la atención
en la cruz y en la muerte del Señor (sobre todo las oraciones
de la misa y el prefacio I de la Pasión del Señor,
toman este nuevo matiz).
En el fondo, hay aquí una
visión teológicamente muy interesante: la conversión
personal, que consiste en el paso del pecado a la gracia (santidad),
se incorpora con un “crescendo” cada vez más
intenso, a la Pascua del Señor: es sólo en la persona
del Señor Jesús, nuestra cabeza, donde la Iglesia,
su cuerpo místico, pasa de la muerte a la vida.
Digamos finalmente que sería
muy bueno subrayar con mayor intensidad las ferias de la última
semana de Cuaresma –la Semana Santa- en las que la contemplación
de la cruz del Señor se hace casi exclusivamente (Prefacio
II de la Pasión del Señor). Para ello, sería
muy conveniente que, en esta última semana se pusieran algunos
signos extraordinarios que recalcaran la importancia de estos últimos
días. Si bien las rúbricas señalan algunos
de estos signos, como por ejemplo el hecho que estos días
no se permite ninguna celebración ajena (ni aunque se trate
de solemnidades); a estos signos habría que sumar algunos
de más fácil comprensión para los fieles, para
evidenciar así el carácter de suma importancia que
tienen estos días: por ejemplo el canto de la aclamación
del evangelio; la bendición solemne diaria al final de la
misa (bendiciones solemnes, formulario “Pasión del
Señor”); uso de vestiduras moradas más vistosas,
etc.
4. El lugar de la celebración.
Se debe buscar la mayor austeridad
posible, tanto para el altar, el presbiterio, y los demás
lugares y elementos celebrativos. Únicamente se debe conservar
lo que sea necesario para que el lugar resulte acogedor y ordenado.
La austeridad de los elementos con que se presenta en estos días
la iglesia (el templo), contrapuesta a la manera festiva con que
se celebrará la Pascua y el tiempo pascual, ayudará
a captar el sentido de “paso” (pascua = paso) que tienen
las celebraciones de este ciclo.
Durante la Cuaresma hay que suprimir,
pues, las flores (las que pueden ser sustituidas por plantas ornamentales),
las alfombras no necesarias, la música instrumental, a no
ser que sea del todo imprescindible para un buen canto. Una práctica
que en algunas iglesias podría ser expresiva es la de recubrir
el altar, fuera de la celebración eucarística, con
un paño de tela morada.
Finalmente hay que recordar, que
la misma austeridad en flores y adornos debe también aplicarse
al lugar de la reserva eucarística y a la bendición
con el Santísimo, pues debe haber una gran coherencia entre
el culto que se da al Santísimo y la celebración de
la misa.La misma coherencia debe manifestarse entre la liturgia
y las expresiones de la piedad popular. Así, pues, tampoco
caben elementos festivos, durante los días cuaresmales y
de Semana Santa, ni en el altar de la reserva ni en la exposición
del Santísimo.
5. Solemnidades, fiestas
y memorias durante la Cuaresma.
Otro punto que debe cuidarse es el
de las maneras de celebrar las fiestas del Santoral durante la Cuaresma.
El factor fundamental consiste en procurar que la Cuaresma no quede
oscurecida por celebraciones ajenas a la misma. Precisamente para
lograr este fin, el Calendario romano ha procurado alejar de este
tiempo las celebraciones de los santos.
De hecho durante todo el largo período
cuaresmal, sólo se celebran un máximo de cuatro festividades
(además de alguna solemnidad o fiesta de los calendarios
particulares): San Cirilo y San Metodio (14 de febrero); la Cátedra
de San Pedro (22 de febrero); San José, casto esposo de la
Virgen María (19 de marzo) y la Anunciación del Señor
(25 de marzo). En todo caso en la manera de celebrar estas fiestas
no deberá darse la impresión de que se “interrumpe
la Cuaresma”, sino más bien habrá que inscribir
estas fiestas en la espiritualidad y la dinámica de este
tiempo litúrgico.
Con respecto a la memoria de los
santos, hay que recordar que durante la Cuaresma todas ellas son
libres y si se celebran, se debe hacer con ornamentos morados, y
del modo como indican las normas litúrgicas.
II. LAS LECTURAS
BÍBLICAS DE LA CUARESMA.
1. Visión de conjunto.
Desde el primer momento es bueno
señalar el hecho de que en este tiempo la temática
de los diversos sistemas de lecturas es mucho más variada
que en los otros ciclos litúrgicos. Aunque todos los leccionarios
de este tiempo tengan un telón de fondo común, la
renovación de la vida cristiana por la conversión,
esta temática se presente desde ópticas muy diversas,
cada una de las cuales tiene sus matices propios y distintos. Si
esta diversidad de enfoques se olvida, si se unifica y reduce el
conjunto a una temática única, muchas de las lecturas
litúrgicas pasarán, prácticamente, desapercibidas;
fenómeno éste que lamentablemente ocurre más
de una vez.
Debemos, pues, subrayar en primer
lugar que la característica principal de las lecturas de
Cuaresma no estriba tanto en la “novedad” de unas lecturas
que se van descubriendo gracias a los leccionarios post-conciliares,
cuanto en la abundancia de líneas concomitantes que es preciso
aunar espiritualmente, de modo que cada una de ellas aporte su contribución
a la renovación cuaresmal de quienes usan los citados leccionarios.
La actitud fundamental frente a las
lecturas cuaresmales debe ser, sobre todo, la de una escucha reposada
y penetrante que ayude a que el espíritu se vaya impregnando
progresivamente de los criterios de la fe, hay veces suficientemente
conocidos, pero no suficientemente interiorizados y hechos vida.
No se trata de “meditaciones”
más o menos intelectualizantes, como de una contemplación
“gozosa”del Plan de Dios sobre la persona humana y su
historia, y de una escucha atenta ante la llamada de Dios a una
conversión que nos lleve a la paz y a la felicidad.
En el conjunto de los Leccionarios
cuaresmales emergen con facilidad unas líneas de fuerza en
las que debe centrarse la conversión cuaresmal. Esta conversión
esta muy lejos de limitarse a un mero mejoramiento moral. Es más
bien una conversión radical a Cristo, el Hombre nuevo, para
existir en Él (ver Col 2,7).
Estás líneas de fuerza
son las siguientes:
a. La meditación en
la historia de la salvación: realizada por Dios-Amor
en favor de la persona humana creada a su imagen y semejanza. Debemos
“convertirnos” de una vida egocéntrica, donde
el ser humano vive encerrado en su mentira existencial, a una vida
de comunión con el Señor, el Camino, la Verdad y la
Vida, que nos lleva al Padre en el Espíritu Santo.
b. La vivencia del misterio
pascual como culminación de esta historia santa:
debemos “convertirnos”de la visión de un Dios
común a todo ser humano, a la visión del Dios vivo
y verdadero que se ha revelado plenamente en su único Hijo,
Cristo Jesús y en su victoria pascual presente en los sacramentos
de su Iglesia: “Tanto amó Dios al mundo que le dio
a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no
perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3,16).
c. El combate espiritual,
que exige la cooperación activa con la gracia en orden a
morir al hombre viejo y al propio pecado para dar paso a la realidad
del hombre nuevo en Cristo. En otras palabras, la lucha por la santidad,
exigencia que hemos recibido en el santo Bautismo.
Estas tres líneas deben proponerse
todas en simultáneo. La primera línea de fuerza –la
meditación de la Historia de la Salvación- la tenemos
principalmente en las lecturas del Antiguo Testamento de los domingos
y en las lecturas de la Vigilia Pascual. La segunda –la vivencia
del misterio pascual como culminación de la historia santa-,
en los evangelios de los domingos III, IV y V (los sacramentales
pascuales) y, por lo menos en cierta manera, en los evangelios feriales
a partir del lunes de la semana IV (oposición de Jesús
al mal –“los judíos”- que termina con la
victoria pascual de Jesús sobre la muerte, mal supremo).
La tercera línea –el combate espiritual, la vida en
Cristo, la vida virtuosa y santa- aparece particularmente en las
lecturas apostólicas de los domingos y en el conjunto de
las lecturas feriales de la misa de las tres primeras semanas.
Vale la pena subrayar que las tres
líneas de fuerza de que venimos hablando se hallan, con mayor
o menor intensidad, al alcance de todos los fieles: desde los que
solo participan en la misa dominical a los que toman parte además
en la eucaristía de los días feriales. Con intensidades
diversas pero con un contenido fundamentalmente idéntico,
todos los fieles beben, a través de la liturgia cuaresmal,
en una fuente que les invita a la conversión bajo todos sus
aspectos.
2. Misas dominicales.
Las lecturas dominicales de Cuaresma
tienen una organización unitaria, que hay que tener presente
en la predicación.
Las lecturas del Antiguo Testamento
siguen su propia línea, que no tiene una relación
directa con los evangelios, como el resto del año. Una línea
importante para comprender la Historia de la Salvación.
Los Evangelios siguen también
una temática organizada y propia.
Y las lecturas que se hacen en segundo
lugar, las apostólicas, están pensadas como complementarias
de las anteriores.
a. La primera lectura tiene
en este tiempo de Cuaresma una intención clara: presentar
los grandes temas de la Historia de la Salvación, para preparar
el gran acontecimiento de la Pascua del Señor:
- La creación y origen del
mundo (domingo primero).
- Abraham, padre de los creyentes
(domingo segundo).
- El Éxodo y Moisés
(domingo tercero).
- La historia de Israel, centrada
sobre todo en David (domingo cuarto).
- Los profetas y su mensaje (domingo
quinto).
- El Siervo de Yahvé (domingo
de Ramos).
Estas etapas se proclaman de modo
más directo en el Ciclo A, en sus momentos culminantes.
En el Ciclo B se centran sobre todo
en el tema de la Alianza (con Noé, con Abraham, con Israel,
el exilio, la nueva alabanza anunciada por Jeremías).
En el Ciclo C, las mismas etapas
se ven más bien desde el prisma del culto (ofrendas de primicias,
celebración de la Pascua, etc.).
En el sexto domingo, o domingo de
Ramos en la Pasión del Señor, invariablemente se proclama
el canto del Siervo de Yahvé, por Isaías.
Estas etapas representan una vuelta
a la fuente: la historia de las actuaciones salvíficas de
Dios, que preparan el acontecimiento central: el misterio Pascual
del Señor Jesús. En la predicación hay que
tener en cuenta esta progresión, para no perder de vista
la marcha hacia la Pascua.
b. La lectura Evangélica
tiene también su coherencia independiente a lo largo de las
seis semanas:
- Domingo primero: el tema de las
tentaciones de Jesús en el desierto, leídas en cada
ciclo según su evangelista; el tema de los cuarenta días,
el tema del combate espiritual.
- Domingo segundo: la Transfiguración,
leída también en cada ciclo según el propio
evangelista; de nuevo el tema de los cuarenta días (Moisés,
Elías, Cristo) y la preparación pascual; la lucha
y la tentación llevan a la vida.
- Domingo tercero, cuarto y quinto:
presentación de los temas catequéticos de la iniciación
cristiana: el agua, la luz, la vida.
En el Ciclo A: los
grandes temas bautismales de San Juan: la samaritana (agua), el
ciego (luz), Lázaro (vida).
En el Ciclo B: temas
paralelos, también de San Juan: el Templo, la serpiente y
Jesús Siervo.
En el Ciclo C: temas
de conversión y misericordia: iniciación a otro Sacramento
cuaresmal-pascual: la Penitencia.
Domingo Sexto: la
Pasión de Jesús, cada año según su evangelista
(reservando la Pasión de San Juan para el Viernes Santo).
El predicador debe tener en cuenta
esta unidad y ayudar a que la comunidad vaya desentrañando
los diversos aspectos de su marcha hacia la Pascua, no quedándose,
por ejemplo en el tema de la tentación o de la penitencia,
sino entrando también a los temas bautismales: Cristo y su
Pascua son para nosotros la clave del agua viva, de la luz verdadera
y de la nueva vida.
c. La segunda lectura
está pensada como complemento de los grandes temas de la
Historia de la Salvación y de la preparación evangélica
a la Pascua. Temas espirituales, relativos al proceso de fe y conversión
y a la concretización moral de los temas cuaresmales: la
fe, la esperanza, el amor, la vida espiritual, hijos de la luz,
etc.
3. Misas feriales.
Este grupo de lecturas tiene gran
influencia en la vida espiritual de aquellos cristianos que acostumbran
a participar activamente en la eucaristía diaria. Es bueno
señalar que el leccionario ferial de Cuaresma fue construyéndose
a lo largo de varios siglos y antes de la reforma conciliar siempre
fue el más rico de todo el año litúrgico. La
reforma litúrgica lo respetó por su antigua tradición
y riqueza. Al haberse construido con los siglos, su temática
es bastante variada y muy lejana, por tanto, de lo que es una lectura
continua o un plan concebido de conjunto, que son las formas a las
que nos tiene acostumbrados los leccionarios salidos de la reforma
conciliar.
El actual leccionario ferial de la
misa divide la Cuaresma en dos partes: por un lado, tenemos los
días que van desde el Miércoles de Ceniza hasta el
sábado de la III semana; y por otro, las ferias que discurren
desde el lunes de IV semana hasta el comienzo del Triduo Pascual.
1. En la primera parte de
la Cuaresma (Miércoles de Ceniza hasta el sábado de
III semana), las lecturas van presentando, positivamente,
las actitudes fundamentales del vivir cristiano y, negativamente,
la reforma de los defectos que obscurecen nuestro seguimiento de
Jesús.
En estas ferias, ambas lecturas suelen
tener unidad temática bastante marcada, que insiste en temas
como la conversión, el sentido del tiempo cuaresmal, el amor
al prójimo, la oración, la intercesión de la
Iglesia por los pecadores, el examen de conciencia, etc.
En los orígenes de la organización
de la Cuaresma, sólo había misa (además del
Domingo), los días miércoles y viernes. Por este motivo
el leccionario de Cuaresma privilegia las lecturas de estos dos
días con lecturas de mayor importancia que las de las restantes
ferias. Dichas lecturas suelen ser relativas a la pasión
y a la conversión.
2. En la segunda parte de
la Cuaresma, (a partir del Lunes de la IV semana hasta
el Triduo Pascual), el leccionario cambia de perspectiva: se ofrece
una lectura continua del evangelio según San Juan, escogiendo
sobre todo los fragmentos en los que se propone la oposición
creciente entre Jesús y los “judíos”.
Esta meditación del Señor
enfrentándose con el mal, personalizado por San Juan en los
“judíos”, está llamada a fortalecer la
lucha cuaresmal no sólo en una línea ascética,
sino principalmente en el contexto de la comunión con Cristo,
el único vencedor absoluto del mal.
En estas ferias, las lecturas no
están tan ligadas temáticamente una respecto de la
otra, sino que presentan, de manera independiente, por un lado la
figura del Siervo de Yahvé o de otro personaje (Jeremías
especialmente), que viene a ser como imagen y profecía del
Salvador crucificado; y, por otro, el desarrollo de la trama que
culminará en la muerte y victoria de Cristo.
Finalmente es bueno indicar que a
partir del lunes de la semana IV aparece un tema quizá no
muy conocido: el conjunto dinámico que, partiendo de las
“obras” y “palabras” del Señor Jesús,
llega hasta el acontecimiento de su “hora”. Para no
pocos puede ser aconsejable hacer un esfuerzo de meditación
continuada en estos evangelios en su trama progresiva. Este tema
puede resultar muy enriquecedor. Aunque se conozcan a veces los
textos, pocas veces se ha descubierto el significado dinámico
que une el conjunto de estas lecturas, conjunto que desemboca en
la “hora”de Jesús, es decir en su glorificación
a través de la muerte que celebramos en el Triduo pascual.
III. NORMAS
LITURGICAS.
1. Con respecto al conjunto
de las celebraciones.
Se omite siempre el “Aleluya”
en toda celebración.
Esta mandado suprimir los adornos
y flores de la iglesia, excepto el IV Domingo. (Domingo de la alegría
en nuestro camino hacia la Pascua). Igualmente se suprime la música
de instrumentos (excepto el IV Domingo), a no ser que sean indispensables
para acompañar algún canto.
Las mismas expresiones de austeridad
en flores y música se tendrán en el altar de la reserva
eucarística y en las celebraciones extralitúrgicas,
y en las manifestaciones de piedad popular.
2. Con respecto a las celebraciones
de la eucaristía.
Excepto en los domingos y en las
solemnidades y fiestas que tienen prefacio propio, cada día
se dice cualquiera de los cinco prefacios de Cuaresma.
Los domingos se omite el himno del
“Gloria”. Este himno, en cambio, se dice en las solemnidades
y fiestas.
Antes de la proclamación del
evangelio, tanto en las misas del domingo como en las solemnidades,
fiestas y ferias, el canto del “Aleluya” se substituye
por alguna otra aclamación a Cristo. Con todo, para subrayar
mejor la distinción entre las ferias y los días festivos,
creemos mejor omitir siempre este canto en los días feriales.
Incluso en los domingos, es mejor omitir esta aclamación
que recitarla sin canto.
Los domingos no se puede celebrar
ninguna otra misa que no sea la del día. En las ferias, las
señaladas en el Calendario Litúrgico con la letra
(D), existe la posibilidad de celebrar alguna misa distinta de la
del día. Si en las ferias se quiere hacer la memoria de algún
santo, se substituye la colecta ferial por la del santo. Los demás
elementos deben ser feriales (incluso la oración sobre las
ofrendas y después de la comunión).
IV. RECOMENDACIONES
Y SUGERENCIAS.
1. Textos eucológicos.
La Cuaresma es el tiempo del año
que posee mayor riqueza de textos eucológicos (conjunto de
oraciones de un libro litúrgico o de una celebración).
La misa no sólo tiene propia la primera oración de
cada día, sino incluso la oración sobre las ofrendas
y la oración después de la comunión. Pero,
además de estos textos obligatorios, subrayaríamos
la importancia de otros formularios que pueden usarse libremente:
a. El acto penitencial de
la misa.
Sería recomendable destacar,
durante este tiempo, esta parte de la celebración. Podrían,
por ejemplo, variarse cada día de la semana las invocaciones
(la nueva edición del Misal Romano ofrece para ello una variedad
de posibilidades), y cantar a diario –no limitarse a rezar-
el “Señor ten piedad”. Es una manera sencilla
de subrayar el carácter penitencial de estos días.
b. Oración de los
fieles.
Convendría emplear algunos
formularios en los que se atendiese el significado propio de este
tiempo, y en los que se incluyeran algunas peticiones por los pecadores,
a tenor de lo que se dice al respecto en el Concilio Vaticano II
(ver Sacrosanctum Concilium, N. 109). Asimismo, y siguiendo el pedido
del Papa, se pueden incluir peticiones por la paz del mundo, por
la familia, por la defensa de la vida, y por las vocaciones.
c. Prefacios.
En el año A, todos los domingos
tienen un prefacio propio que glosa el evangelio del día.
En los años B y C, tienen prefacio propio los domingos I
y II y el domingo de Ramos. Los restantes domingos, se usa uno de
los prefacios comunes de Cuaresma. El más apropiado para
el domingo IV es el prefacio I, por sus alusiones a la Pascua que,
se avecina. En cambio el prefacio IV por sus alusiones al ayuno,
no es apropiado para el domingo.
Para las ferias hay cinco prefacios.
Todos estos prefacios habrá que distribuirlos de manera que
ninguno de ellos quede olvidado. Por su carácter penitencial,
el IV está especialmente indicado para los viernes.
c. 1 El espíritu de
la Cuaresma en sus Prefacios.
La última edición de
Misal Romano en castellano (1988), trae cinco Prefacios de Cuaresma,
destinados a las cuatro primeras semanas de este tiempo.
La semana V y VI, como se recuerda,
disponen de dos Prefacios de la Pasión del Señor.
Los cinco prefacios cuaresmales son éstos:
Prefacio I: Significación
espiritual de la Cuaresma.
A usarse sobre todo el domingo, cuando
no hay señalado prefacio propio.
Este prefacio presenta cuatro líneas
de fuerza:
En primer lugar define la actitud
del cristiano en la cuaresma: “anhelar año tras año
la solemnidad de la pascua”. Este prefacio presenta la meta
positiva del proceso cuaresmal y de la vida cristiana: participar
en plenitud del misterio pascual del Señor Jesús.
Lo que deseamos y celebramos es el misterio de Cristo renovado en
nuestra vida: la Iglesia, que se incorpora a la Pascua de su Señor.
En segundo lugar la tarea cuaresmal
se describe con tres pinceladas: librarnos del pecado y purificarnos
interiormente; dedicarnos con mayor empeño a la alabanza
divina (vida de oración); y finalmente vivir más intensamente
el amor fraterno (la caridad).
En tercer lugar subraya que la meta
última a la que tiende el proceso cuaresmal es “llegar
a ser con plenitud hijos de Dios”, en Cristo, el Hijo por
excelencia, en quien hemos sido injertados por el Bautismo.
Finalmente, en cuarto lugar, el prefacio
subraya que todo es iniciativa divina, a la que la persona humana
debe corresponder según el máximo de sus posibilidades
u capacidades: “por Él concedes a tus hijos anhelar,
año tras año...” La Palabra de Dios y los Sacramentos
nos ayudan en nuestro camino hacia la santidad.
Prefacio II: La penitencia
espiritual.
A usarse sobre todo el domingo, cuando
no hay señalado un prefacio propio.
Este prefacio subraya el sentido
de la penitencia cuaresmal. La Cuaresma es presentada como un tiempo
de gracia (tiempo de misericordia), que Dios nos ofrece para conseguir
la purificación interior del espíritu. Vernos libres
del pecado, de nuestros vicios y esclavitudes, reordenando adecuadamente
nuestras potencias y pasiones, aprendiendo a usar los bienes materiales
como medios y no como fines, comprendiendo su naturaleza perecedera
y por tanto no apegándonos a ellos desordenadamente. Este
es el sentido de la penitencia cuaresmal: cambio de mentalidad (metanoia),
despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo.
Prefacio III: Los frutos
de las privaciones voluntarias.
A usarse durante las ferias y los
días de abstinencia y ayuno.
Este prefacio concreta aún
más esta “penitencia” y señala el por
qué de la abstinencia y el ayuno. El ayuno tiene una doble
finalidad: por una parte mitigar nuestros apetitos desordenados,
y por otra parte aliviar las necesidades del prójimo con
el fruto de nuestra renuncia. Con ello damos gracias a Dios y nos
hacemos discípulos e instrumentos de su amor.
Prefacio IV: Los frutos del
ayuno.
A usarse durante las ferias y los
días de abstinencia y ayuno.
Es el más antiguo de los prefacios
cuaresmales. Se limita a destacar el ayuno como elemento central
de la Cuaresma, presentándonos el aspecto “ascético”
de este tiempo litúrgico.
Prefacio V: El camino del
éxodo cuaresmal.
A usarse durante las ferias de este
tiempo.
Este prefacio fue incorporado en
la última edición del Misal Romano en castellano (1988).
Tiene un título dinámico y sugestivo. Presenta a Dios
como Padre rico en misericordia, quien toma la iniciativa de nuestra
salvación porque “por el grande amor con que nos amó,
estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó
juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados-
y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos
en Cristo Jesús” (Ef 2,4-6). El prefacio presenta el
camino de la Iglesia en la Cuaresma como un “nuevo éxodo”,
donde la Iglesia está llamada a hacer penitencia y renovar
su vocación de pueblo de la alianza nueva y eterna, llamado
a bendecir el nombre de Dios, a escuchar su Palabra y a experimentar
con gozo sus maravillas.
Además de estos cinco prefacios
numerados, hay otros varios, prácticamente para cada domingo,
sobre todo en el Ciclo A.
El domingo primero, se centra en
las tentaciones de Jesús en el desierto.
El domingo segundo, sobre la Transfiguración
del Señor.
Los domingos tercero, cuarto y quinto,
tienen unos prefacios claramente bautismales, respondiendo a las
lecturas evangélicas, que presentan los grandes temas cuaresmales
del agua (la samaritana), la luz (el ciego de nacimiento) y la vida
(Lázaro).
Como ya hemos indicado hay otros
dos prefacios de Pasión, para los últimos días
de la Cuaresma y Semana Santa.
Son once prefacios en total. Podemos
sacar provecho de ellos para nuestra predicación y nuestra
catequesis. En ellos están las ideas-fuerza del misterio
de salvación que sucede en nuestro camino cuaresmal-pascual.
d. Plegarias Eucarísticas.
Pueden usarse las dos plegarias eucarísticas
sobre la reconciliación, sobre todo los días miércoles
y viernes, que son los días más penitenciales de la
Cuaresma.
e. Monición introductoria
al Padrenuestro.
Durante el tiempo de Cuaresma, puede
ser sugestivo recalcar en la monición al Padrenuestro la
petición: “Perdónanos nuestras ofensas”,
o bien “Líbranos del mal”.
f. Bendición Solemne
y Oraciones sobre el pueblo.
La nueva edición del Misal
Romano en castellano (1988), ha incorporado una bendición
solemne para este tiempo, que en la edición anterior del
Misal no existía. Por ello será oportuno usarla sobre
todo el Miércoles de Ceniza y los domingos de Cuaresma.
También se pueden usar para
los domingos las “oraciones sobre el pueblo” que trae
el Misal Romano al final del elenco de las Bendiciones Solemnes,
y que son las antiguas bendiciones romanas. Para los domingos las
más aconsejables son las de los números 4, 11, 18,
20 y 21. No hay que olvidar el domingo VI de Cuaresma o de Pasión
tiene bendición propia.
Si para las ferias se quiere emplear
alguna de las “oraciones sobre el pueblo”, las más
apropiadas son las de los números, 6, 10, 12, 15, 17 y 24.
La 17 resulta muy apropiada para los días viernes.
2. Programa de cantos.
a) Canto de entrada de la
misa.
Este canto ha de dar el color cuaresmal
al conjunto de la celebración eucarística. Debe ser
penitencial o, en los días viernes y en las dos últimas
semanas, alusivos a la cruz del Señor. Por tanto hay que
poner mucho cuidado en su elección.
b) Salmo responsorial.
Se debe respetar siempre en la liturgia
de la Misa y no ser alegremente sustituido por cualquier canto.
No nos cansaremos de decir que el Salmo forma parte integral de
la Liturgia de la Palabra; que es Palabra de Dios, y que la palabra
divina nunca puede ser sustituida por la palabra humana.
En la medida de lo posible se debe
cantar. Pero si la asamblea no puede cantar la antífona propia
del salmo de la misa, se pueden buscar algunas antífonas
aplicables a todas las misas, siempre y cuanto estas antífonas
respeten el sentido del salmo.
Así por ejemplo se pueden
seleccionar antífonas penitenciales, cuando el salmo sea
penitencial (por ejemplo, “Perdón, Señor, Perdón”;
o “Sí me levantaré”); o aclamaciones que
aludan a la pasión del Señor, cuando el salmo sugiera
la oración de Cristo en la cruz (por ejemplo “Protégeme
Dios mío”).
En caso que esto tampoco se pueda
hacer es preferible leer el salmo, y la asamblea responder con la
antífona indicada, a cantar una respuesta que no tenga el
mismo sentido del salmo.
c) Aclamación antes
del evangelio.
Pueden hacerse estas indicaciones:
- Es mejor reservarla únicamente
para los días más solemnes (domingos y tres primeras
ferias de Semana Santa), y omitirla en las ferias.
- Nunca la debe cantar un solista
(no es un segundo salmo responsorial), sino la asamblea o un coro.
Lo mejor es que sea un canto vibrante y aclamación a Cristo
que hablará en el santo evangelio.
d) Cantos de comunión.
Deberán evitarse los que tuvieren
un matiz penitencial, pues la comunión es siempre un momento
festivo. En el momento de comulgar no se trata de crear un ambiente
cuaresmal, sino acompañar festivamente la procesión
eucarística. Por ello es bueno para este momento de la Santa
Misa escoger cantos alusivos al convite eucarístico.
e) Preparación de
los cantos de la Vigilia y de la Cincuentena pascual.
Hay que dedicar durante la Cuaresma
un tiempo cada semana para ensayar cantos pascuales. Esto no se
sitúa solamente en la línea de una necesidad práctica
con vistas a las fiestas y al tiempo litúrgico que se aproximan,
sino que además contribuirá a vivir la Cuaresma como
un camino hacia la pascua, creando el deseo de anhelar su celebración.
En esta línea, tiene tanta
importancia los ensayos en sí como la explicación
de algunos textos cantados. En estos ensayos cuaresmales debería
procurarse que el repertorio pascual progresara de año en
año, y, así, los cantos pascuales superaran los de
los otros ciclos, como la Pascua supera en solemnidad las otras
fiestas.
Como cantos más importantes
podrían citarse:
Un “Aleluya” vibrante
(y quizá nuevo) que, bien ensayado desde el principio de
la Cuaresma, lo podría saber bien toda la asamblea.
Un “Gloria” solemne y
extraordinario, que podría estrenarse en la Noche santa de
Pascua y convertirse en el “Gloria” propio de la cincuentena,
o por lo menos de la Octava de Pascua. Es bueno recordar que el
“Gloria” que se escoja debe recoger en su totalidad
el texto litúrgico del Misal Romano.
Aquel que cantará el “Pregón
Pascual” en la Vigilia Pascual, deberá practicarlo
con la suficiente anticipación y nunca dejar su ensayo para
el último momento.
3. Preparación del
cirio pascual.
El cirio pascual es quizás
el signo más propio y expresivo de las celebraciones pascuales.
Por ello, no es suficiente comprarlo (sería imperdonable
usar el cirio de otros años, pues la Pascua es la renovación
de todo), sino que es necesario ambientar su futura presencia, y,
lograr que los fieles lo anhelen, pues el representa al Señor
glorificado.
Por ello sugerimos que se organice
el IV Domingo de Cuaresma una colecta entre los fieles para adquirirlo.
El IV Domingo de Cuaresma, es el domingo de la alegría en
el camino penitencial hacia la Pascua, y nos invita a pensar en
la Pascua como una celebración ya muy próxima.
Con ello resultaría más
verdadera la expresión que se cantará en el pregón
pascual: “En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este
sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece
por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio”.
Es evidente que esta expresión pierde todo su sentido si
se usa un cirio que ya ha sido, por decirlo así, “ofrecido”
anteriormente.
4. Oración, mortificación
y caridad.
Son las tres grandes prácticas
cuaresmales o medios de la penitencia cristiana (ver Mt 6,1-6.16-18).
Ante todo, está la vida de
oración, condición indispensable para el encuentro
con Dios. En la oración, el cristiano ingresa en el diálogo
íntimo con el Señor, deja que la gracia entre en su
corazón y, a semejanza de Santa María, se abre a la
oración del Espíritu cooperando a ella con su respuesta
libre y generosa (ver Lc 1,38). Por tanto debemos en el este tiempo
animar a nuestros fieles a una vida de oración más
intensa.
Para ello podría ser aconsejable
introducir el rezo de Laúdes o Vísperas, en la forma
que resulte más adecuada: los domingos o en los días
laborables, como una celebración independiente o unidos a
la Misa; invitar a nuestros fieles a formar algún grupo de
oración que se reúna establemente bajo nuestra guía,
una vez por semana durante media hora. De esta manera además
de rezar podemos enseñarles a hacer oración; incentivar
la oración por la conversión de los pecadores, oración
propia de este tiempo; etc. Además, no hay que olvidar que
la Cuaresma es tiempo propicio para leer y meditar diariamente la
Palabra de Dios.
Por ello sería muy bueno ofrecer
a nuestros fieles la relación de las lecturas bíblicas
de la liturgia de la Iglesia de cada día con la confianza
de que su meditación sea de gran ayuda para la conversión
personal que nos exige este tiempo litúrgico.
La mortificación y la renuncia,
en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también
constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de la
Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias,
sino más bien ofrecer aquellas circunstancias cotidianas
que nos son molestas; de aceptar con humildad, gozo y alegría,
los distintos contratiempos que nos presenta el ritmo de la vida
diaria, haciendo ocasión de ellos para unirnos a la cruz
del Señor. De la misma manera, el renunciar a ciertas cosas
legítimas nos ayuda a vivir el desapego y el desprendimiento.
Incluso el fruto de esas renuncias y desprendimientos lo podemos
traducir en alguna limosna para los pobres. Dentro de esta práctica
cuaresmal están el ayuno y la abstinencia, de los que nos
ocuparemos más adelante en un acápite especial.
La caridad. De entre las distintas
prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia, la vivencia
de la caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda
San León Magno: “estos días cuaresmales nos
invitan de manera apremiante al ejercicio de la caridad; si deseamos
llegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un
interés especialísimo en la adquisición de
esta virtud, que contiene en sí a las demás y cubre
multitud de pecados”. Esta vivencia de la caridad debemos
vivirla de manera especial con aquel a quien tenemos más
cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. De esta manera,
vamos construyendo en el otro “el bien más precioso
y efectivo, que es el de la coherencia con la propia vocación
cristiana” (JuanPablo II).
“Hay mayor felicidad en dar
que en recibir” (Hch 20,35). Según Juan Pablo II, el
llamado a dar “no se trata de un simple llamamiento moral,
ni de un mandato que llega al hombre desde fuera” sino que
“está radicado en lo más hondo del corazón
humano: toda persona siente el deseo de ponerse en contacto con
los otros, y se realiza plenamente cuando se da libremente a los
demás”. “¿Cómo no ver en la Cuaresma
la ocasión propicia para hacer opciones decididas de altruismo
y generosidad? Como medios para combatir el desmedido apego al dinero,
este tiempo propone la práctica eficaz del ayuno y la limosna.
Privarse no sólo de lo superfluo, sino también de
algo más, para distribuirlo a quien vive en necesidad, contribuye
a la negación de sí mismo, sin la cual no hay auténtica
praxis de vida cristiana. Nutriéndose con una oración
incesante, el bautizado demuestra, además, la prioridad efectiva
que Dios tiene en la propia vida”.
Por ello será oportuno discernir,
conforme a la realidad de nuestras comunidades, qué campañas
a favor de los pobres podemos organizar durante la Cuaresma, y cómo
debemos alentar a nuestros fieles a la caridad personal.
La oración, la mortificación
y la caridad, nos ayudan a vivir la conversión pascual: del
encierro del egoísmo (pecado), estas tres prácticas
de la cuaresma nos ayuda a vivir la dinámica de la apertura
a Dios, a nosotros mismos y a los demás.
5. La abstinencia y el ayuno.
La práctica del ayuno, tan
característica desde la antigüedad en este tiempo litúrgico,
es un “ejercicio” que libera voluntariamente de las
necesidades de la vida terrena para redescubrir la necesidad de
la vida que viene del cielo: “No sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”
(Mt 4,4; ver Dt 8,3; Lc 4,4; antífona de comunión
del I Domingo de Cuaresma)
¿Qué exige la Abstinencia
y del Ayuno?
La abstinencia prohíbe el
uso de carnes, pero no de huevos, lactinios y cualquier condimento
a base de grasa de animales. Son días de abstinencia todos
los viernes del año.
El ayuno exige hacer una sola comida
durante el día, pero no prohíbe tomar un poco de alimento
por la mañana y por la noche, ateniéndose, en lo que
respecta a la calidad y cantidad, a las costumbres locales aprobadas
(Constitución Apostólica poenitemi, sobre doctrina
y normas de la penitencia, III, 1,2). Son días de ayuno y
abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
Según acuerdo de los Obispos
del Perú reunidos en Enero de 1985, y conforme a las Normas
complementarias de la Conferencia Episcopal Peruana al Código
de Derecho Canónico de Enero de 1986 aprobadas por la Santa
Sede, el Ayuno y la Abstinencia puede ser reemplazado por:
- Prácticas de piedad (por
ejemplo, lectura de la Sagrada Escritura, Santa Misa, Rezo del Santo
Rosario).
- Mortificaciones corporales concretas.
- Abstención de bebidas alcohólicas,
tabaco, espectáculos.
- Limosna según las propias
posibilidades. Obras de caridad, etc.
¿Quiénes están
llamados a la abstinencia y al ayuno?
A la Abstinencia de carne: los mayores
de 14 años.
Al Ayuno: los mayores de edad (18
años) hasta los 59 años.
¿Por qué el Ayuno?
Nos habla el Santo Padre:
“Es necesario dar una respuesta
profunda a esta pregunta, para que quede clara la relación
entre el ayuno y la conversión, esto es, la transformación
espiritual que acerca el hombre a Dios.
“El abstenerse de la comida
y la bebida tiene como fin introducir en al existencia del hombre
no sólo el equilibrio necesario, sino también el desprendimiento
de lo que se podría definir como “actitud consumística.
“Tal actitud ha venido a ser
en nuestro tiempo una de las características de la civilización
occidental. ¡La actitud consumística! El hombre, orientado
hacia los bienes materiales, muy frecuentemente abusa de ellos.
La civilización se mide entonces según la cantidad
y la calidad de las cosas que están en condiciones de proveer
al hombre y no se mide con el metro adecuado al hombre.
“Esta civilización de
consumo suministra los bienes materiales no sólo para que
sirvan al hombre en orden a desarrollar las actividades creativas
y útiles, sino cada vez más para satisfacer los sentidos,
la excitación que se deriva de ellos, el placer momentáneo,
una multiplicación de sensaciones cada vez mayor.
“El hombre de hoy debe ayunar,
es decir, abstenerse de muchos medios de consumo, de estímulos,
de satisfacción de los sentidos: ayunar significa abstenerse
de algo. El hombre es él mismo solo cuando logra decirse
a sí mismo: No. No es la renuncia por la renuncia: sino para
el mejor y más equilibrado desarrollo de sí mismo,
para vivir mejor los valores superiores, para el dominio de sí
mismo”.
6. La Confesión.
La Cuaresma es tiempo penitencial
por excelencia y por tanto se presenta como tiempo propicio para
impulsar la pastoral de este sacramento conforme a lo que nos ha
pedido recientemente el Santo Padre y nuestro Arzobispo Primado,
ya que la confesión sacramental es la vía ordinaria
para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados
graves cometidos después del Bautismo.
No hay que olvidar que nuestros fieles
saben, por una larga tradición eclesial, que el tiempo de
Cuaresma-Pascua está en relación con el precepto de
la Iglesia de confesar lo propios pecados graves, al menos una vez
al año. Por todo ello, habrá que ofrecer horarios
abundantes de confesiones.
7. La Cuaresma y la Piedad
Popular.
La Cuaresma es tiempo propicio para
una interacción fecunda entre liturgia y piedad popular.
Entre las devociones de piedad popular más frecuentes durante
la Cuaresma, que podemos alentar están:
La Veneración a Cristo
Crucificado.
En el Triduo pascual, el Viernes
Santo, dedicado a celebrar la Pasión del Señor, es
el día por excelencia para la “Adoración de
la santa Cruz”. Sin embargo, la piedad popular desea anticipar
la veneración cultual de la Cruz. De hecho, a lo largo de
todo el tiempo cuaresmal, el viernes, que por una antiquísima
tradición cristiana es el día conmemorativo de la
Pasión de Cristo, los fieles dirigen con gusto su piedad
hacia el misterio de la Cruz.
Contemplando al Salvador crucificado
captan más fácilmente el significado del dolor inmenso
e injusto que Jesús, el Santo, el Inocente, padeció
por la salvación del hombre, y comprenden también
el valor de su amor solidario y la eficacia de su sacrificio redentor.
En las manifestaciones de devoción
a Cristo crucificado, los elementos acostumbrados de la piedad popular
como cantos y oraciones, gestos como la ostensión y el beso
de la cruz, la procesión y la bendición con la cruz,
se combinan de diversas maneras, dando lugar a ejercicios de piedad
que a veces resultan preciosos por su contenido y por su forma.
No obstante, la piedad respecto a
la Cruz, con frecuencia, tiene necesidad de ser iluminada. Se debe
mostrar a los fieles la referencia esencial de la Cruz al acontecimiento
de la Resurrección: la Cruz y el sepulcro vacío, la
Muerte y la Resurrección de Cristo, son inseparables en la
narración evangélica y en el designio salvífico
de Dios.
La Lectura de la Pasión
del Señor.
Durante el tiempo de Cuaresma, el
amor a Cristo crucificado deberá llevar a la comunidad cristiana
a preferir el miércoles y el viernes, sobre todo, para la
lectura de la Pasión del Señor.
Esta lectura, de gran sentido doctrinal,
atrae la atención de los fieles tanto por el contenido como
por la estructura narrativa, y suscita en ellos sentimientos de
auténtica piedad: arrepentimiento de las culpas cometidas,
porque los fieles perciben que la Muerte de Cristo ha sucedido para
remisión de los pecados de todo el género humano y
también de los propios; compasión y solidaridad con
el Inocente injustamente perseguido; gratitud por el amor infinito
que Jesús, el Hermano primogénito, ha demostrado en
su Pasión para con todos los hombres, sus hermanos; decisión
de seguir los ejemplos de mansedumbre, paciencia, misericordia,
perdón de las ofensas y abandono confiado en las manos del
Padre, que Jesús dio de modo abundante y eficaz durante su
Pasión.
El Vía Crucis.
Entre los ejercicios de piedad con
los que los fieles veneran la Pasión del Señor, hay
pocos que sean tan estimados como el Vía Crucis. A través
de este ejercicio de piedad los fieles recorren, participando con
su afecto, el último tramo del camino recorrido por Jesús
durante su vida terrena: del Monte de los Olivos, donde en el “huerto
llamado Getsemani” (Mc 14,32) el Señor fue “presa
de la angustia” (Lc 22,44), hasta el Monte Calvario, donde
fue crucificado entre dos malhechores (ver Lc 23,33), al jardín
donde fue sepultado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca (ver
Jn 19,40-42).
Un testimonio del amor del pueblo
cristiano por este ejercicio de piedad son los innumerables Vía
Crucis erigidos en las iglesias, en los santuarios, en los claustros
e incluso al aire libre, en el campo, o en la subida a una colina,
a la cual las diversas estaciones le confieren una fisonomía
sugestiva. En el ejercicio de piedad del Vía Crucis confluyen
también diversas expresiones características de la
espiritualidad cristiana: la comprensión de la vida como
camino o peregrinación; como paso, a través del misterio
de la Cruz, del exilio terreno a la patria celeste; el deseo de
conformarse profundamente con la Pasión de Cristo; las exigencias
del seguimiento de Cristo, según la cual el discípulo
debe caminar detrás del Maestro, llevando cada día
su propia cruz (ver Lc 9,23) Por tanto debemos motivar su rezo los
miércoles y/o viernes de cuaresma.
8. La Virgen María
en la Cuaresma.
En el plan salvífico de Dios
(ver Lc 2,34-35) están asociados Cristo crucificado y la
Virgen dolorosa. Como Cristo es el “hombre de dolores”
(Is 53,3), por medio del cual se ha complacido Dios en “reconciliar
consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo
la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,20), así María
es la “mujer del dolor”, que Dios ha querido asociar
a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión. Desde
los días de la infancia de Cristo, toda la vida de la Virgen,
participando del rechazo de que era objeto su Hijo, transcurrió
bajo el signo de la espada (ver Lc 2,35).
Por ello la Cuaresma es también
tiempo oportuno para crecer en nuestro amor filial a Aquella que
al pie de la Cruz nos entregó a su Hijo, y se entregó
Ella misma con Él, por nuestra salvación. Este amor
filial lo podemos expresar durante la Cuaresma impulsando ciertas
devociones marianas propias de este tiempo: “Los siete dolores
de Santa María Virgen”; la devoción a “Nuestra
Señora, la Virgen de los Dolores” (cuya memoria litúrgico
se puede celebrar el viernes de la V semana de Cuaresma; y el rezo
del Santo Rosario, especialmente los misterios de dolor.
También podemos impulsar el
culto de la Virgen María a través de la colección
de Misas de la Bienaventurada Virgen María, cuyos formularios
de Cuaresma pueden ser usados el día sábado.
V. NORMAS
LITÚRGICAS COMPLEMENTARIAS.
1. Miércoles de Ceniza.
La bendición e imposición
de la ceniza se hace después del evangelio y de la homilía.
Con motivo de este rito penitencial, al empezar la misa de este
día se suprime el acto penitencial acostumbrado. Por ello,
después que el celebrante ha besado el altar, saluda al pueblo
y, a continuación, se pueden decir las invocaciones, “Señor
ten piedad”, (sin anteponer otras frases, pues hoy no son
el acto penitencial), y la oración colecta, y se pasa a la
liturgia de la palabra.
Después de la homilía
se hace la bendición e imposición de la ceniza; acabada
ésta, el celebrante se lava las manos y se continúa
la celebración con la oración de los fieles.
2. Domingo IV de Cuaresma.
Por ser el domingo de la alegría
en el camino cuaresmal hacia la Pascua, durante todo el domingo
IV, desde las I Vísperas que se celebran el sábado
anterior, es conveniente poner flores en el altar y tocar música
durante las celebraciones. De esta manera se subraya a los fieles
que esta cerca la gran fiesta de la Pascua y que el fruto de nuestro
esfuerzo cuaresmal, será resucitar con el Señor a
la vida verdadera.
3. Ferias de la V Semana
de Cuaresma.
Las ferias de la V Semana de Cuaresma
–antigua semana de Pasión- tienen unas pequeñas
características propias: sin dejar de ser tiempo de Cuaresma,
ya toman algo del color propio de la próxima Semana Santa
y con ello inauguran, en cierta manera, la preparación del
Triduo Pascual, llevándonos a la contemplación de
la gloria de la cruz de Jesucristo.
Es conveniente no olvidar que en
la misa, se dice todos los días el prefacio I de la Pasión
del Señor.
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