La
clonación humana "terapéutica"
Documento del Centro
de Bioética de la Universidad del Sagrado Corazón
de Roma, 12-1-99, (texto íntegro).
Vida Humana
Internacional
El siglo que está
a punto de concluir ha sido definido "el siglo
biotecnológico". En efecto, las noticias
de la invención de nuevas técnicas de
intervención sobre la vida vegetal, animal
y humana invaden casi a diario la opinión pública,
suscitando reacciones a menudo apasionadas y valoraciones
opuestas.
Se corre el riesgo
de hacer juicios fragmentarios y emotivos, fundados
a veces en noticias incompletas y no bien comprendidas,
o de acostumbrarse a anuncios sensacionales, sin tratar
de formarse una idea precisa del alcance humano y
cultural de lo que acontece.
Así pues, es
necesario hacer una reflexión documentada,
serena y objetiva, y ofrecerla como una debida contribución
para información sobre todo de los que no tienen
familiaridad con el tema, con el fin de ayudarles
a tomar mayor conciencia con respecto a los eventos
científicos y biotecnológicos que caracterizan
a nuestro tiempo.
Lo que se ha
hecho
Después del
anuncio de la clonación de la oveja Dolly,
en los primeros meses de 1997 (como se recordará,
se trató precisamente de la clonación
por fusión de un ovocito desnucleado con una
célula somática extraída de la
ubre de una oveja adulta de seis años y cultivado
en un laboratorio), la alarma se concentró
inmediatamente en la posibilidad de transladar ese
procedimiento al hombre. Las condenas morales de esta
posibilidad fueron numerosas: desde diversas partes,
remitiendo a una valoración prudente y competente
el juicio sobre el empleo de este procedimiento sobre
los animales, se solicitaron normas de ley claras
y definitivas en lo referente a la clonación
humana.
Ya desde el primer
momento, en los diversos comunicados de los organismos
internacionales (Unesco, Parlamento europeo, Consejo
de Europa, Organización Mundial de la Salud.),
se notaban expresiones y matices diversos, que en
cualquier caso ponían el énfasis en
una condena general de la clonación humana,
condena que unas veces era fruto de un acuerdo entre
diferentes concepciones antropológicas y éticas,
y otras se basaba sólo en posibles consecuencias
de dichos procedimientos.
A este respecto se
difundían en la opinón pública
hipótesis y expresiones que pretendían
configurar procedimientos particulares encaminados
a la producción de células y tejidos
para sucesivos empleos de medicina experimental y
clínica, sobre todo en la línea de los
transplantes terapeúticos. Se habló
de la producción de líneas celulares
multipotentes a partir de células estaminales
de origen embrional (precisamente células de
la masa celular interna del blastocito), procedentes
de embriones humanos producidos mediante clonación.
La opinión pública,
por motivos de comunicación y por el deseo
de ganar fácilmente consenso, fue inducida
a creer que se podían producir células
y tejidos por clonación de otras células
y tejidos, sin considerar por el contrario, que ese
procedimiento implicaría necesariamente la
generación de embriones humanos, aunque sólo
sea en la fase de blastocitos, no destinados a ser
transladados al cuerpo de una madre para su sucesivo
desarrollo, sino solamente con la finalidad de usar
sus células y así destruirlos. Este
"malentendido" indujo a muchos a considerar
que esos procedimientos debían considerarse
lícitos, dado que tenían una finalidad
terapeútica de gran valor para la curación
de determinadas enfermedades y no dañarían
la integridad del individuo humano.
Entre tanto, llegaba
el anuncio de que el mismo centro de Escocia que había
clonado a Dolly estaba dispuesto a colaborar con una
industria estadounidense en la producción de
células y tejidos humanos mediante procedimientos
de clonación y la formación de bancos
de este precioso material.
En el caso se pidió
la opinión de la Licensing Authority del Reino
Unido, que respondió de forma afirmativa: en
los primeros días del mes de diciembre de 1998
dio el visto bueno para ese procedimiento, es decir,
se mostró favorable a una clonación
con finalidad terapéutica considerada una especie
de fruto de la biotecnología "de rostro
humano".
Así, como a
menudo acontece en estas situaciones, se planteó
un dilema: o dar el visto bueno a esa producción,
"benéfica", o impedir el avance de
la ciencia hacia la victoria sobre enfermedades degenerativas
(como la de Parkinson), metabólicas (como la
diabetes mellitus con dependencia de la insulina)
u oncológicas (como la leucemia).
En esta situación
resulta urgente aclarar los términos de la
cuestión y examinar de cerca la pertinencia
de ese dilema.
Lo que se quisiera
hacer
En realidad, lo que
la industria biotecnológica pretende realizar
mediante ese tipo de tecnología con fines terapéuticos
es una auténtica clonación de individuos
humanos. En efecto, no se trata de reproducir células
idénticas entre si partiendo de una única
célula progenitora, como acontece actualmente
en el campo de los cultivos celulares; ni se trata
simplemente de producir, con la técnica de
la proliferación celular in vitro, tejidos
destinados a la implantación (por ejemplo,
tejido cutáneo, óseo y cartilaginoso),
según los procedimientos de la "ingeniería
de tejidos". Con esta técnica se toman
del cuerpo humano o animal células capaces
de proliferar y generar tejidos en laboratorio, con
el fin de sustituir tejidos dañados del cuerpo
de un paciente, por ejemplo, a causa de una quemadura
grave. En efecto, si se tratara de la reproducción
de células o de intervenciones de ingeniería
de tejidos, no habría propiamente ninguna dificultad
ética para admitir la licitud de esas técnicas.
Sin embargo, como saben
muy bien los investigadores, aquí de lo que
se trata es de la producción de células
y tejidos a partir de embriones humanos clonados,
es decir, de seres humanos a los que se les va a interrumpir
su desarrollo para poderlos utilizar como fuente de
"precioso" material biológico, a
fin de "reparar" tejidos u órganos
degenerados en un individuo adulto.
Es bien conocido que
las células del embrión antes de la
implantación en el útero y los células
estaminales multipotenciales que se encuentran en
el organismo humano también en fases sucesivas
del desarrollo, tienen capacidad extendida de autorrenovación
y de diferenciación, y se quisiera aprovechar
esa potencialidad para las múltiples finalidades
terapéuticas antes recordadas.
Por lo que se refiere
a las células estaminales multipotenciales
ya se sabe que pueden encontrarse también en
otros tejidos, y no sólo en el embrión
precoz. En efecto, se hallan, entre otros lugares,
tanto en el saco vitelino, en el hígado y en
la médula ósea del feto, como en la
sangre del cordón umbilical, en el momento
del parto. Cuando se recocojan células estaminales
de embriones o fetos abortados espontáneamente
o del cordón umbical, en el momento del parto,
no existen particulares problemas eticos. Sin embargo,
estas células no serían capaces de dar
lugar a la variedad de diferenciaciones celulares
que, por el contrario, se pueden lograr en las células
estaminales obtenidas de embriones y, por consiguiente,
al parecer no satisfacen las exigencias del biotecnólogo,
el cual busca células numerosas, vitales y
seleccionadas en relación con las solicitudes
clínicas. Por eso, la producción de
un organismo humano en fase embrional de desarrollo
mediante clonación sería considerado
una fuente preferencial y una reserva de la que se
puede disponer en el tiempo, aprovechando la crio-conservación
de ese mismo embrión. Además, los tejidos
así obtenidos resultarían histocompatibles
con los del donante del núcleo, el paciente
mismo; este hecho permitiría superar el problema
del rechazo propio de los trasplantes con tejidos
"ajenos" al paciente.
El uso de la clonación
en ese sentido permitiría, por tanto, tener
un producto específico y "abundante",
capaz de alimentar las esperanzas de una floreciente
actividad bioindustrial. Y, si reflexionamos; un momento,
podremos caer en la cuenta de que, en efecto, la invitación
a emprender el camino de la investigación sobre
la "clonación terapéutica",
vino precisamente de la industria biolecnológica.
Por ejemplo, precisamente una industria estadounidense
se mostró muy interesada, anunciándolo
por Internet, en la posibilidad de patentar productos
para la terapia de enfermededes degenerativas vinculadas
a la edad, por lo que se mostró dispuesta a
financiar esas investigaciones que lleven a la producción
de células estaminales, así como o la
identificación de los factores de diferenciación
celular tanto para preparar intervenciones de ingeniería
genética como para utilizarlos en los transplantes.
El juicio ético
Las implicaciones bioéticas
de esos procedimientos, a pesar de los propósitos
"humanísticos" de quien anuncia curaciones
espectaculares por este camino que pasa por la industria
de la clonación, son enormes y requieren un
juicio sereno pero firme, que muestre la gravedad
moral de ese proyecto y motive su condena inequívoca.
Ante todo, es preciso
decir que la finalidad "humanística"
a la que se remite no es moralmente coherente con
el medio usado; manipular a un ser humano en sus primeras
fases vitales a fin de obtener material biológico
necesario para experimentación de nuevas terapias,
llegando así a matar a ese ser humano, contradice
abiertamente el fin que se busca: salvar una vida
(o curar enfermedades) de otros seres humanos. El
valor de la vida humana, fuente de igualdad entre
los hombres, hace ilegítimo un uso meramente
instrumental de la existencia de uno de nuestros semejantes,
llamado a la vida para ser usado solamente como material
biológico.
En segundo lugar, esta
manera de actuar cambia totalmente el significado
humano de la generación, que ya no se piensa
y realiza en orden a la reproducción, sino
que se programa con fines médico-experimentales
(y por eso también comerciales).
Este proyecto se alimenta
con la progresiva despersonalización del acto
generativo (introducida con las prácticas de
la fecundación extracorpórea), el cual
se convierte en un proceso tecnológico que
transforma al ser humano en propiedad para uso de
quien, en un laboratorio, es capaz de engendrarlo.
En la clonación
humana con fines terapéutico-comerciales, se
altera la figura misma del "progenitor",
reducido al rango de prestador de un material biológico
con el que se engendra un hijo-gemelo destinado a
ser usado como suministrador de órganos y tejidos
de recambio.
Esta manera de actuar
es contraria incluso a la Convención europea
sobre los "derechos del hombre y la biomedicina",
la cual, a pesar de permitir -y se trata de una opción
que consideramos lamentable y moralmente ilícita-
la utilización de embriones supernumerarios
obtenidos con los métodos de fecundación
artificial, sin embargo prohibe su producción
con fines experimentales (art. 18 b). El hecho de
que el Reino Unido no haya firmado aún esa
Convención no es motivo suficiente para subestimar
el principio expresado por la Convención europea,
que sanciona el derecho de todo ser humano a no ser
engendrado para fines diferentes de la reproducción
misma.
En el caso que aquí
estamos examinando, además, no se utilizan
los criterios de la experimentación, arriesgada
o no arriesgada, sino que se avala el principio según
el cual sería legítima una utilización
del ser humano que implique su destrucción.
Pero esa manera de
actuar está en flagrante oposición con
los derechos del hombre, dado que permitiría
utilizar a un ser humano vivo para obtener de él
células o tejidos, aunque sea para el bienestar
de otro individuo, incluso cuando eso implica la muerte
del ser humano utilizado.
El principio que de
hecho se introduce, en nombre de la salud y del bienestar,
sanciona una auténtica discriminación
entre los seres humanos según la medida de
los tiempos de su desarrollo (así un embrión
vale menos que un feto, un feto menos que un niño
y un niño menos que un adulto), trastocando
el imperativo moral que, por el contrario, precisamente
impone defender y respetar con el máximo empeño
a los que no son capaces de defender y manifestar
su intrínseca dignidad.
La civilización
occidental, que ha sabido emanciparse de las discriminaciones
raciales y ha sancionado el derecho de todo ser humano
a ser tratado como miembro de la familia humana, independientemente
de sus condiciones de salud, edad y estado social,
ahora corre el peligro de permitir, con la mediación
de la tecnología, la llegada de una nueva barbarie.
El proyecto de la clonación
humana con fines terapéutico-comerciales manifiesta
el regreso del darwinismo social en el que se fundó
el racismo poeudocientífico de fines del siglo
XIX.
La práctica
de la clonación no puede encontrar ninguna
legitimación ni siquiera en las discusiones
referentes a la identidad individual y personal del
embrión obtenido en forma programada en un
laboratorio: se trata de un nuevo ser humano, intrínsecamente
orientado a su desarrollo y a su plena maduración
individual, que se actuaría si no se lo impidieran
a sabiendas. Tampoco tiene consistencia la referencia
al hecho de que estos seres humanos en fase embrional,
destinados a proporcionar células y tejidos,
no sean capaces de sentir dolor: la ausencia de dolor
no justifica la supresión de un ser humano;
matar a un hombre bajo anestesia seguiría siendo
un homicidio.
Es demasiado evidente
que aquí, apelando al criterio de la salud,
se cuenta con la complicidad del egoísmo colectivo:
la estrategia lingüística con la que se
quiere anular el significado moral de la clonación
humana (por lo que hoy se ha introducido el término
"cuerpo embrioide" para referirse al embrión
construido in vitro mediante la clonación y
destinado a ser destruido deliberadamente) manifiesta
el disgusto originario frente a la convicción
de que se está proyectando engendrar, usar
y eliminar a uno de nosotros.
En cambio, es preciso
tener la valentía de mirar a través
del microscopio electrónico y reconocer que
allí no hay una célula cualquiera, no
hay un material genético amorfo, sino que hay
un ser humano que inicia su camino vital. Los fines
terapéuticos, aunque fueran verdaderos y no
sólo hipotéticos y sustitutos de delitos
reales, no justifican jamás el asesinato programado
de un semejante o su producción en serie.
La lógica que
domina en este proyecto está vinculada al mercado
biotecnológico, y no tiene nada que ver con
el momento cognoscitivo propio de la ciencia. No podemos
olvidar que a este resultado se ha llegado con la
puesta en marcha de la procreación artificial,
cuando se procedió a separar el momento y el
hecho procreativo de la expresión del amor
conyugal y personal: este hecho ha entregado el embrión
a la explotación biotecnológica y comercial.
La ciencia ha sabido
encontrar, y pensamos que puede encontrar, formas
de terapia para las enfermedades de base genética
o degenerativa a través de otros procedimientos,
como la utilización de células estaminales
tomadas de la sangre materna o de abortos espontáneos,
prosiguiendo las investigaciones en el campo de las
terapias génicas y recurriendo de nuevo al
estudio sobre los animales: si, por hipótesis,
la única vía posible fuera, por el contrario,
la de la clonación humana, entonces sería
preciso tener la valentía intelectual y moral
de renunciar a este camino, dado que imponer el origen
y la muerte de uno de nuestros semejantes para garantizar
la salud es un acto de injusticia que lesiona en sus
fundamentos nuestra dignidad y nuestra civilización.
Roma, 12 de enero de 1999.