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Tiempo de Adviento 2004:
Desde el 28 de Noviembre hasta el 24 de Diciembre
El
Adviento: Tiempo de Espera
Fuente: Dominicos.org
La palabra adventus significa venida,
advenimiento. Proviene del verbo «venir». Es utilizada
en el lenguaje pagano para indicar el adventus de la divinidad:
su venida periódica y su presencia teofánica en el
recinto sagrado del templo. En este sentido, la palabra adventus
viene a significar «retorno» y «aniversario».
También se utiliza la expresión para designar la entrada
triunfal del emperador: Adventus divi. En el lenguaje cristiano
primitivo, con la expresión adventus se hace referencia a
la última venida del Señor, a su vuelta gloriosa y
definitiva. Pero en seguida, al aparecer las fiestas de navidad
y epifania, adventus sirvió para significar la venida del
Señor en la humildad de nuestra carne. De este modo la venida
del Señor en Belén y su última venida se contemplan
dentro de una visión unitaria, no como dos venidas distintas,
sino como una sola y única venida, desdoblada en etapas distintas.
Aun cuando la expresión haga referencia directa a la venida
del Señor, con la palabra adventus la liturgia se refiere
a un tiempo de preparación que precede a las fiestas de navidad
y epifanía. Es curiosa la definición del adviento
que nos ofrece en el siglo IX Amalario de Metz: «Praeparatio
adventus Domini». En este texto el autor mantiene el doble
sentido de la palabra: venida del Señor y preparación
a la venida del Señor. Esto indica que el contenido de la
fiesta ha servido para designar el tiempo de preparación
que la precede.
1. Ilustración histórica
La historia de este período
de tiempo es sencilla. Parece fuera de discusión el origen
occidental del adviento. A medida que las fiestas de navidad y epifanía
iban cobrando, en el marco del año litúrgico, una
mayor relevancia, en esa misma medida fue configurándose
como una necesidad vital la existencia de un breve periodo de preparación
que evocara, al mismo tiempo, la larga espera mesiánica.
Habría que considerar también un cierto mimetismo
litúrgico que invitaría a plasmar aquí lo que
la cuaresma es a pascua. Más aún, la posible celebración
del bautismo vinculada por algunas Iglesias de occidente a epifanía,
especialmente en Galia y España, motivaría también
la institución de un tiempo de preparación catecumenal.
Este último hecho, expresado aquí en términos
de hipótesis, explicaría por qué el adviento
aparece primeramente en Galia y en España no como preparación
a la solemnidad del 25 de diciembre, sino como preparación
a la fiesta de epifanía.
Al principio ni siquiera se llama
adviento. Es un tiempo de preparación a la fiesta de epifanía
que dura tres semanas. Hay que anotar, sin embargo, que de esta
primera fase original no se encuentra ningún rastro en los
libros litúrgicos más antiguos. Más aún,
estas tres semanas de preparación habría que entenderlas
en el marco de la piedad y de la ascesis cristiana, al margen de
estructuras litúrgicas consolidadas y estables, bien como
acompañamiento de la comunidad a quienes se preparaban al
bautismo, o bien como reacción contra los saturnales paganos,
que tenían lugar precisamente durante esos días. A
finales del siglo V comienza a dibujarse en Galia una nueva imagen
del adviento. No se trata ya de tres semanas, sino de un largo período
de cuarenta días que daba comienzo a partir del día
de san Martín (15 de noviembre) y se prolongaba hasta el
día de navidad. Se trataba, pues, de una verdadera «cuaresma
de invierno» o, como prefieren otros, «cuaresma de san
Martín». En España, la evolución del
adviento se orienta en el mismo sentido. Los libros litúrgicos,
que reflejan la liturgia hispana del siglo VII, nos ofrecen un adviento
de treinta y nueve días. Comenzaba el día de san Acisclo
(17 de noviembre) y terminaba el día de navidad'.
A pesar de las evidentes afinidades
entre la cuaresma y este adviento de cuarenta días, sería
un error interpretar ambos períodos de tiempo con el mismo
patrón. En ambos casos se trata de un período de preparación.
Pero en adviento la práctica penitencial del ayuno no tuvo
jamás la relevancia que tenía en cuaresma. Adviento,
en esta segunda fase, venía a ser un tiempo consagrado a
una vida cristiana más intensa y más consciente, con
una asistencia más asidua a las celebraciones litúrgicas
que ofrecían un marco adecuado a la piedad cristiana.
La institución del adviento
no aparece en Roma hasta mediados del siglo VI. Los primeros testimonios
los encontramos en los libros litúrgicos. Precisamente en
el Sacramentario gelasiano. En una primera fase el adviento romano
incluía seis domingos. Posteriormente, a partir de san Gregorio
Magno, quedará reducido a cuatro. Y así ha llegado
a nosotros.
Originariamente, el adviento romano
aparece como una preparación a la fiesta de navidad. En ese
sentido se expresan los textos litúrgicos más antiguos.
A partir del siglo VII, sin embargo, al convertirse la navidad en
una fiesta más importante, en competencia incluso con la
fiesta de pascua, el adviento adquirirá una dimensión
y un enfoque nuevos. Más que un período de preparación,
polarizado en el acontecimiento natalicio, el adviento se perfilará
como un «tiempo de espera», como una celebración
solemne de la esperanza cristiana, abierta escatológicamente
hacia el adventus último y definitivo del Señor al
final de los tiempos. El adviento que hoy celebra la Iglesia ha
mantenido esta doble perspectiva.
2. Espíritu y dimensión
del adviento hoy
Toda la mística de la esperanza
cristiana se resume y culmina en el adviento. Por otra parte, también
es cierto que la esperanza del adviento invade toda la vida del
cristiano, la penetra y la envuelve.
Hay que distinguir en el adviento
una doble perspectiva: una existencial y otra cultual o litúrgica.
Ambas perspectivas no sólo no se oponen, sino que se complementan
y enriquecen mutuamente. La espera cultual, que se consuma en la
celebración litúrgica de la fiesta de navidad, se
transforma en esperanza escatológica proyectada hacia la
parusía final. La espera, en última instancia, es
única; porque la venida del Señor, aparentemente múltiple
y fraccionada, también es única.
Las primeras semanas del adviento
subrayan el aspecto escatológico de la espera abriéndose
hacia la parusía final; en la última semana, a partir
del 17 de diciembre, la liturgia del adviento centra su atención
en torno al acontecimiento histórico del nacimiento del Señor,
actualizado sacramentalmente en la fiesta.
3. Adviento y esperanza escatológica
La liturgia del adviento se abre
con la monumental visión apocalíptica de los últimos
tiempos. De este modo, el adviento rebasa los límites de
la pura experiencia cultual e invade la vida entera del cristiano
sumergiéndola en un clima de esperanza escatológica.
El grito del Bautista: «Preparad los caminos del Señor»,
adquiere una perspectiva más amplia y existencial, que se
traduce en una constante invitación a la vigilancia, porque
el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Como las
vírgenes de la parábola, es necesario alimentar constantemente
las lámparas y estar en vela, porque el esposo se presentará
de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad,
de espera ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis: «¡Ven,
Señor, Jesús!», recogido también en la
Didajé, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno
del Señor.
En la medida en que nuestra conciencia
de pecado es más intensa y nuestros límites e indigencia
se hacen más patentes a nuestros ojos, más ferviente
es nuestra esperanza y más ansioso se manifiesta nuestro
deseo por la vuelta del Señor. Sólo en él está
la salvación. Sólo él puede librarnos de nuestra
propia miseria. Al mismo tiempo, la seguridad de su venida nos llena
de alegría. Por eso la espera del adviento, y en general
la esperanza cristiana, está cargada de alegría y
de confianza.
4. Adviento y compromiso
histórico
La invitación del Bautista
a preparar los caminos del Señor nos estimula a realizar
una espera activa y eficaz. No esperamos la parusía con los
brazos cruzados. Es preciso poner en juego todos nuestros modestos
recursos para preparar la venida del Señor.
Los teólogos están
hoy de acuerdo en afirmar que el esfuerzo humano por contribuir
a la construcción de un mundo mejor, más justo, más
pacífico, en el que los hombres vivan como hermanos y las
riquezas de la tierra sean distribuidas con justicia, este esfuerzo
—se afirma— es una contribución esencial para
que el mundo vaya madurándose y preparándose positivamente
a su transformación definitiva y total al final de los tiempos.
De esta manera, la «preparación de los caminos del
Señor» se convierte para el cristiano en una urgencia
constante de compromiso temporal, de dedicación positiva
y eficaz a la construcción de un mundo nuevo. La espera escatológica
y la inminencia de la parusía, en vez de ser motivo de fuga
del mundo o de alienación, deben estimularnos a un compromiso
más intenso y a una integración mayor en el trabajo
humano.
El adviento nos hace desear ardientemente
el retorno de Cristo. Pero la visión de nuestro mundo injusto,
marcado brutalmente por el odio y la violencia, nos revela su inmadurez
para la parusia final. Es enorme todavía el esfuerzo que
los creyentes debemos desarrollar en el mundo a fin de prepararlo
y madurarlo para la parusía. Deseamos con ansiedad que el
Señor venga, pero tememos su venida porque el mundo aún
no está preparado para recibirlo. El cielo nuevo y la tierra
nueva sólo se nos aparecen en una lejana perspectiva.
5. El adviento entre el acontecimiento
de Cristo y la parusía
La venida de Cristo y su presencia
en el mundo es ya un hecho. Cristo sigue presente en la Iglesia
y en el mundo, y prolongará su presencia hasta el final de
los tiempos. ¿Por qué, pues, esperar y ansiar su venida?
Si Cristo está ya presente en medio de nosotros, ¿qué
sentido tiene esperar su venida?
Esta reflexión nos sitúa
frente a una tremenda paradoja: la presencia y la ausencia de Cristo.
Cristo, al mismo tiempo, presente y ausente, posesión y herencia,
actualidad de gracia y promesa. El adviento nos sitúa, como
dicen los teólogos, entre el «ya» de la encarnación
y el «todavía no» de la plenitud escatológica.
Cristo está, sí, presente
en medio de nosotros; pero su presencia no es aún total ni
definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía
el mensaje del evangelio, que no han reconocido a Jesucristo. El
mundo no ha sido todavía reconciliado plenamente con el Padre.
En germen, sí, todo ha sido reconciliado con Dios en Cristo,
pero la gracia de la reconciliación no baña todavía
todas las esferas del mundo y de la historia. Es preciso seguir
ansiando la venida del Señor. Su venida en plenitud. Hasta
la reconciliación universal, al final de los tiempos, la
esperanza del adviento seguirá teniendo un sentido y podremos
seguir orando: «Venga a nosotros tu reino».
Lo mismo ocurre a nivel personal.
En el hondón más profundo de nuestra vida la luz de
Cristo no se ha posesionado todavía de nuestro yo más
intimo; de ese yo irrepetible e irrenunciable que sólo nos
pertenece a nosotros mismos. Por eso, también desde nuestra
hondura personal debemos seguir esperando la venida plena del Señor
Jesús.
6. Actualización de
la venida del Señor y esperanza
Nuestra esperanza, abierta de este
modo hacia las metas de la parusía final, durante los últimos
días de adviento se centra de manera especial en la fiesta
de navidad. En esa celebración, en efecto, se concentra y
actualiza, a nivel de misterio sacramental, la plenitud de la venida
de Cristo: de la venida histórica, realizada ya, de la cual
navidad es memoria, y de la venida última, de la parusía,
de la cual navidad es anticipación gozosa y escatológica.
Por eso nuestra espera no es una
ficción provocada por cualquier sistema de autosugestión
psicológica o afectiva. Esperamos realmente la venida del
Señor porque tenemos conciencia de la realidad indiscutible
de su venida y de su presencia en el marco de la celebración
cultual de la fiesta. Al nivel del misterio cultual —que es
nivel de fe— se aúnan y actualizan el acontecimiento
histórico de la venida de Cristo y su futura parusía,
cuya realidad plena sólo tendrá lugar al final de
los tiempos.
No solamente en navidad; en cada
misa, en el «ahora» de cada celebración eucarística,
se actualiza el misterio gozoso de la venida y de la presencia salvífica
del Señor entre nosotros. Nuestra espera tiene, pues, un
sentido. La explosión de gracia y de luz que tiene lugar
en la fiesta de navidad es como el punto culminante de la espera,
en el que ésta se consuma y culmina plenamente.
7. El misterio de Cristo
en el tiempo: hasta que él venga
Pero la venida de Cristo, efectuada
en la esfera del misterio cultual, no es plena ni definitiva. La
provisionalidad es una de sus notas características. Sólo
la parusía final tendrá carácter definitivo
y total. Sólo entonces aparecerán el cielo nuevo y
la tierra nueva de que habla el Apocalipsis. Hasta entonces es preciso
repetir, reiterar una y otra vez la experiencia de su venida al
nivel del misterio. Así este continuo esperar y este continuo
experimentar, un año tras otro, los efectos de su venida
y de su presencia irán madurando la imagen de Cristo en nosotros.
La repetición cíclica
de la experiencia cultual del adviento y de la navidad, más
que la imagen de un movimiento circular cerrado en sí mismo,
donde siempre se termina en el punto cero que constituyó
el punto de partida, nos sugiere la imagen del círculo en
forma de espiral donde cada vuelta supone un mayor grado de elevación
y de profundidad. Así, cada año nuestra espera es
más intensa y más ardiente, y nuestra experiencia
de la venida del Señor más profunda y más definitiva.
De este modo, cada año la celebración litúrgica
del adviento constituye para nosotros un verdadero acontecimiento,
nuevo e irrepetible.
8. Los modelos de la espera
mesiánica
Durante el adviento, la Iglesia pone
en nuestros labios las palabras ardientes, los gritos de ansiedad
de los grandes personajes que a lo largo de la historia santa han
protagonizado más intensamente la esperanza mesiánica.
No se trata de remedar artificialmente la actitud interior de estos
hombres, como quien representa un personaje en una obra de teatro.
La espera continúa. La salvación mesiánica
no es todavía una realidad plena. Por ello, esos grandes
hombres siguen siendo hoy día como los portavoces en cuyo
grito de ansiedad se encarna todo el ardor de la esperanza humana.
El primero de estos protagonistas
es Isaías. Nadie mejor que él ha encarnado tan al
vivo el ansia impaciente del mesianismo veterotestamentario a la
espera del rey mesías. Después Juan Bautista, el precursor,
cuyas palabras de invitación a la penitencia, dirigidas también
a nosotros, cobran una vigorosa actualidad durante las semanas de
adviento. Y, finalmente, María, la Madre del Señor.
En ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda
la esperanza del mesianismo hebreo.
La espera continúa. Continuará
hasta el final de los tiempos. Hasta entonces, Isaías, Juan
Bautista y María seguirán siendo los grandes modelos
de la esperanza, y en sus palabras seguirá expresándose
el clamor angustioso de la Iglesia y de la humanidad entera ansiosa
de redención.
Por José Manuel Bernal
Llorente
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