La procesión del
Corpus aroma de santidad la gran
Plaza Inka de Cusco. La presencia de bellísimas imágenes de Vírgenes andinas y españolas atrae las miradas. Un aire de dulzura se prende en sus ojos y pareciera que el frío de altura escarchara de rosa sus mejillas. El arte de los tallistas europeos riela en cada detalle de sus rostros así como la perfección que alcanzaron los escultores inkas en las suyas, dice
Teófilo Benavente, estudioso de la pintura y la escultura cusqueña. La singular hermosura de
Nuestra Señora de la Almudena devendría de la modelo, una ñusta que fue esposa de Tuyru Tupa Inka, así como la tristeza del tiempo tatuada en el rostro de Santa Ana de alguna abuela de Karmenqa.
En el caso de los santos ocurre lo mismo. San Cristóbal, también de la mano maestra de Tuyru Tupa, descendiente de la panaka del Inka Wayna Qhapaq, es una gran escultura con influencia andina en la anatomía. Hercúleo, porte mediano, lleno de nervios y musculoso, cuyos dientes y uñas de sus manos son curiosamente humanos.
Arte que califica igualmente en Waman Mayta Inka, “el pintor de las expresiones”, “de seres purificados en el ejercicio de las virtudes”. Severidad de los nobles cusqueños que plasma en las facciones de sus imágenes para el Corpus como San Jerónimo, u otras para los altares de las principales iglesias, famosas por el encarne o encarnación que es su característica, comenta el investigador.
El impresionante desfile de andas enchapadas con plata piña que ha llegado al siglo XXI fue propiciada por el virrey Francisco Toledo. En 1572 al observar que se conservaban ritos y ceremonias del Tawantinsuyu quiso que los "dioses" de la capital imperial abandonaran la augusta Aukaypata. Inútil esfuerzo al disponer el desplazamiento de 117 vírgenes y santos desde lejanas audiencias y virreinatos de América hacia el Cusco en un trajín de largos meses.
Así cruzaron los Andes de ida y vuelta, en cajas acolchadas sobre la grupa de mulas, San Ignacio de Loyola y Santo Tomás de Tucumán, la Peregrina y Nuestra Señora de la Anunciación de Quito y muchos más. Su entrada preparada con meses de antemano fue grandiosa según los cronistas de la época. Se levantaron arcos triunfales y altares portátiles, acudiendo frailes de las órdenes religiosas afincadas en la ciudad para darles solemnidad. Las sedas y los brocados deslumbraron a los cusqueños que las utilizaron apenas pudieron para “vestir” sus wakas.
En su equivocada creencia occidental Toledo creyó que había ganado una batalla religiosa con ese gesto triunfalista que debió ser costoso para la corona española. No se registró la expulsión de los “dioses” o wakas porque eran diferentes en presencia y significado. Antes bien siguió registrándose el sincretismo que comenzó cuando el primer doctrinero colocó una cruz sobre un espacio sagrado del Perú antiguo fusionándose ambas creencias y subsistiendo hasta ahora.
El Corpus que Toledo trató de sobreponer con esplendor al fastuoso Inti Raymi, no tuvo los resultados que imaginó. Las momias de los emperadores, que en la grandiosa fiesta salían de sus mansiones para asistir a la salida del Padre Sol ya habían sido despojadas por los españoles y destruidas. Las trescientos veintiocho wakas o espacios sagrados, dispuestas en cuarentidós sekes, siguen dando sacralidad a Cusco. No eran los ídolos que había supuesto el gobernante español.
Cómo podía enfrentar las efigies religiosas traídas de occidente al Padre Sol que recorría luminoso los espacios celestes: a Mama Sara, madre maíz, que tenía su asiento en lo que ahora es Rimaqpanpa Chico; a Warasinse que se encargaba de contener los terremotos y está frente al Qorikancha, hoy templo y convento de Santo Domingo; a Haukaypata donde se bañaba el trueno; al cerro Pilqo, trono del granizo; a NinaqTianan, asiento del fuego; a Kuntur Kancha, donde habitaba el cóndor, a Katuchillay, una de las constelaciones del cielo; y así tantas que no es posible enumerar y que persisten en su lugar donde un día se colocarán placas para asombrar a los viajeros que sienten, sin saberlo, su presencia por el extraño magnetismo que desprenden.
En cuanto a sus santos y vírgenes hay una estrecha relación con la naturaleza. Santa Bárbara de Poroy es Aqomama, la madre de la papa; el Patrón Santiago, Illapa, el trueno y rayo; San Pedro, guardián de la lluvia; y, en lo que se trata de las vírgenes, todas son Pachamamas, cuyo rostro pálido y triste puede anunciar la sequía como alegre y sonrosado un buen tiempo para los sembríos.
Un mundo diferente que el señor Toledo quiso combatir absurdamente sin conseguir sus propósitos porque lo desconocía y estaba a un nivel diferente del suyo, por más brillante que fuera por su espiritualidad ajena a la ostentación que quiso darle.