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Nuestro patrimonio

Martes, 19 de Mayo de 2009

Rumbo al Putukusi

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El Putukusi entró en mi vida a través de mi cámara fotográfíca. Enfoqué uno de los hermosos sectores de Machupiqchu y allí estaba él, asomándose con curiosidad desde su acera verde. Su cumbre ovalada me gustó. Se veía muy buen mozo. Alguna vez diría como en sueños: ''Soy un cerro alto''. Este Apu y el Kutija son los guardianes del santuario. Pero, el Putukusi imantó desde entonces mis miradas. Cuando iba las atraía y retozaba en mis pupilas.

Rumbo a Putukusi Fotos: Verónica Haaker Fotos: Verónica Haaker

Rumbo a Putukusi Fotos: Verónica Haaker Fotos: Verónica Haaker

Rumbo a Putukusi Fotos: Verónica Haaker Fotos: Verónica Haaker

El cerro mismo es el que prueba la resistencia porque hay piedras grandes y chicas, gradas a medias, lugares fangosos por la lluvia, que no nos impidió gozar del hallazgo en el camino de joyas vegetales, orquídeas.

Nunca pensé en ascender el cerro. Lo veía inaccesible. Ni pensar en aventurarse entre su fronda virgen. Que yo supiera nadie lo había hollado. Hasta que me enteré que habían hecho una escalera con troncos de árboles que llevaba a su cima. Desde allí se veía el santuario arropado entre nieblas o con el arco iris dormitando entre el Intipunku, ''la Puerta del Sol'' y Wayna Piqchu. Yo tenía que ir.

La última vez que fui a Machupiqchu pensé en no volver. Ha cambiado mucho desde que nos conocimos. Me gustaban sus jardines silvestres. El ingreso por su flanco derecho entre hojarascas. Antes de entrar sentarme en una banca que parecía colgar sobre sus abismos para sentir el encanto de su paisaje. Pequeños detalles que ya no existen. El toque mágico en sus templos persiste, pero lo siento ajeno, soportando a diario una carga humana en busca de olvidar el ruido de la globalización.

El Putukusi me ofrecía la oportunidad de verlo, trascendente, como antes, al asomarme en su majestuoso mirador que convierte en una hilacha los caudales del río Willkamayu o Urupanpa, cuando cambia de nombre al entrar al cañón. Desde allí podía moverme despaciosamente, entre los templos sacros, como si estuviera en un globo de cristal. Redescubrir su grandeza entre el vaho denso que baja del cielo y se va disipando a medida que camina la mañana.

Abril prendía aún sus agujas de agua sobre las tejas de los bungalows de Machupiqchu Pueblo, hotel de Inkaterra. En la rupa rupa los cántaros del cielo se derraman y la lluvia desmadeja sus cabellos en cualquier momento. Sucede mucho entre noviembre y marzo.

Podía haber esperado un par de semanas pero tanto yo como Verónica Haaker, que se entusiasmó con la idea de subir a tomar energía del Apu, teníamos acelerado el reloj del tiempo y mayo ya estaba hipotecado. Iba a ser mi último esfuerzo olvidando muchas cosas, mi riesgo de fractura en las muñecas, las hernias en la columna vertebral por una caída que duelen siempre, dos intervenciones quirúrgicas esperando y la advertencia de que no hiciera esfuerzos. El día anterior había llovido largamente. ¡Qué lindo es ver la lluvia detrás de la ventana, con fuego en la chimenea! La sentíamos cantarina casi sobre nuestras cabezas. Podía ser que se diera una tregua al día siguiente. “Febrero loco, marzo borracho, abril gotas mil”, solía decir mi padre. Bendito mes, cuando el sol se toma unos días de vacaciones.

Las escaleras que ha puesto el Inrena están acordes con el medio ambiente. Los árboles cortados y tendidos en cinco trechos, dos muy largos, uno mediano y dos cortos. Los peldaños, igual. Subir y bajar es una aventura fascinante porque hay que moverse trepando de uno a otro con la manos en continuo movimiento para avanzar y lo mismo con las piernas, justo como un oso. Se baja de la misma manera y es más rápido. Los peldaños estaban húmedos y barrosos pero eso forma parte de una caminata a campo abierto. Pensándolo sinceramente vencer las escaleras fue relativamente fácil. Un cable tensado como una soga en las primeras ayudó mucho.

El cerro mismo es el que prueba la resistencia porque hay piedras grandes y chicas, gradas a medias, lugares fangosos por la lluvia, que no nos impidió gozar del hallazgo en el camino de joyas vegetales, orquídeas, otras flores de diferentes colores y, de vez en cuando, el canto o el vuelo de un pajarillo de alas en salsa de colores, incluyendo el rojo fuego del gallito de las rocas.

“Cuando vengas, me explicó el señor Putukusi en una mesa que me parece de sueños, ve con cuidado siempre a la izquierda. A la derecha puede haber culebras. Arriba hay un templo y otras construcciones inkas.” Yo lo escuché con atención y lo olvidé después. No creí que diez años más tarde estaría escalando el Apu sin fatiga después de haberle pedido con un k’intu de coca permiso para entrar en su territorio.

No le faltaba razón, parte del camino es inka pero descuidado, roto, con las piedras arrancadas por la vegetación y el agua. Arriba no se ve nada. Todo está cubierto por el monte. “Es importante, dijo.” No sería extraño que se encuentre un santuario más en el entorno que irradia la luz de tres mundos. Una prospección arqueológica puede comprobar sus palabras. Las escaleras de troncos de árboles son un acierto. No disturban la armonía del lugar. Desde abajo están prácticamente ocultas y si bien faltaban unas gradas se renuevan cada año según hemos podido saber.

Había hecho el recorrido del Camino Inka de cuatro días. Al llegar a Warmiwañuska, el abra donde se comienza a descender al Inti Punku, más de 4,000 metros sobre el nivel del mar me sentí en mi elemento. Soy una periodista de alturas. La ascensión al Putukusi toma sólo horas, más o menos unos 500 metros de altura, pero fue más fuerte. Además había hecho un gasto de energía inútil el día anterior en el Valle Sagrado recorriendo un campo donde la hierba había crecido mucho. Me hundía al caminar y parecía que llevaba kilos en los tobillos.

Me hubiera gustado quedarme un buen tiempo al llegar a su cima. Me preocupó ver que la lluvia se venía a pasos agigantados y di la vuelta con pesar. En la subida sentí como disfruta la naturaleza de su libertad, no estar aprisionada por el cemento, no escuchar otros sonidos que los suyos propios, sumergirse en sus silencios y percibir ampliamente el perfume de las flores.

Ya tenemos tantos cerros cautivos padeciendo la presencia de los seres humanos que quisiera que se quitaran las escaleras al Putukusi, le dije a a Luis Sánchez que nos acompañó. Sé que no lo harán. El camino está abierto. Este mismo artículo que estoy escribiendo será un incentivo. Sólo queda advertir que la subida y la bajada sean así de agrestes para preservar su intimidad apoyado en el cosmos.

Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo y fotos de Verónica Haaker.

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