Hay una variedad de maíces en el Perú comenzando del reventón, conocido como “pop corn” en idioma inglés. Sin embargo el
paraqay es único. De grano grande, sin igual en el sabor y el más largo de todos, está cediendo su espacio ante la invasión turística que sufre el valle del Willkamayu o
Vilcanota, el río que nace de una lágrima solar.
La suavidad de su clima, la calidad de la tierra, la dulzura del aire, le dan un sello especial así como a los frutales del lugar que son característicos, la pera de agua, los melocotones, las nueces, las manzanas y otros. El
paraqay no se puede sembrar, porque no crece en otra parte.
El
Valle Sagrado es su piso y la proliferación de los hoteles por la cercanía a
Machupiqchu y también a su propio parque arqueológico desde Raqchi, P’isaq, Huch’uy Qosqo, el palacio del Inka Wayna Qhapaq en Urubamba y Ollantaytambo, le está quitando sitio.
Tenemos una tradición milenaria con la Saramama, el
maíz, que se cuenta en los mitos y al mismo tiempo, infortunadamente, una guerra de guerrillas con el trigo que dura todavía. A pesar de los largos años el trigo caro, ajeno y foráneo, sigue siendo preferido manteniendo al
maíz a la sombra de su prosperidad. Los españoles le colgaron el sambenito de grano maléfico que provocaba una serie de enfermedades mientras el trigo estaba bendecido porque se convertía en el cuerpo de Dios durante el sacrificio de la Misa. El tiempo se encargó de reivindicarle pero falta una mayor difusión de su empleo en sopas -las agradables lawas-, bizcochos y maicillos.
Qué difícil resulta amar a nuestros propios alimentos. Cómo hace falta ese cariño que pone el hombre del Ande en su cultivo. El
maíz es sagrado allá donde el sembrador besa con unción la tierra, derrama unas gotas de licor y dice: “Bebe, tierna y hermosa madre tierra para que así fortalecida nos des tus mejores frutos.”
La religión católica participa de los ritos agrarios y es el momento en que se limpian los zapatos de San Isidro Labrador. Los maiceros afirman que estos se llenan de barro porque en la época de la siembra el santo se turna con los Apus para hacer una ronda por los campos volviendo después a su iglesia.
Los maíces que se siembran pertenecen a muchas variedades. Los principales son éste del
Valle Sagrado, de gran mazorca; el ira maíz de color amarillo; el saqsa maíz, morado con blanco; el chullpi, delicado y dulce; el taulla sara y el pispito*.
La cosecha se realiza también con ceremonias dedicadas al espíritu del maíz, Saramama, a la tierra, a San Isidro y a Santa Lucía. Según el antropólogo
Faustino Mayta Medina la principal actora es la mujer que asume las funciones de la fecundidad.
Las segadoras cortan las cañas del
maíz a ritmo acelerado entre bromas y risas, apilándolas en fila como hacían sus antepasadas. Después del despanque lo secan en el tendal, protegidas por una cruz de
maíz, adornada con rosas y claveles.
Tanto la siembra como la cosecha se llevan a cabo entre canciones que se deshojan al viento. Tarpuy kamuy, harawi; qori rejawan, qolqe rejawan. “Sembremos, harawi; con reja de oro, con reja de plata”. ¡Y, wallay waychayllay! ¡wallay waychayllay¡, que suena como un grito de entusiasmo.
El bautizo del
maíz una vez recogido es hermoso. El que oficia es el qollana o “capitán de la faena”, con expresivas oraciones en qechwa. Al hacer el t’inkaska, la ceremonia de rociarle con
chicha promete con la generosidad propia de su pueblo: Saramama, qorihina, qolqehina, llapan waychakuna hamuntin haywarinanchispa. “Saramama, como oro, como plata, te alcanzaremos a todos los pobres cuando vengan.”
Para guardar el
maíz en los trojes las mujeres separan los teqes que son los maíces mellizos, trillizos, cuatrillizos y hasta quintillizos. El gran número de teqes, sobre todo pares, es señal de buena suerte. El taqe es el
maíz reproductor, la madre del
maíz.
Cuando los alimentos no están satisfechos del trato que reciben escasean en las despensas. En el Valle Sagrado, muchos campos ahora han sido dedicados a establecimientos turísticos y Saramama contempla espantada que disminuye su espacio.
¡Hay que guardarle lugar¡ ¡Que ella no se sienta desterrada! ¡Hay que declarar esas tierras patrimonio de la Nación¡ Los agricultores que se dedican a su cultivo deben recibir, por supuesto, incentivos para que no vendan sus tierras.
Es urgente tomar estas medidas. El paisaje del Willkamayu es uno de los más hermosos de
Cusco. Al perder el
maíz paraqay y junto con él los frutales que caen bajo la loza de hoteles y restaurantes se perderá su belleza. Los biólogos Rosita Hernández y César Salas tienen en P’isaq un Sara Wasi,
“Casa Museo Exposición del Maíz”, donde los visitantes reciben una explicación completa acerca de este maravilloso alimento.
Hacemos votos por el
Paraqay. Que no termine sólo como una pieza que sea asombro de los turistas.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.