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Nuestro Patrimonio

Martes, 24 de Junio de 2008

''Libros'' Prehistoricos

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Los habitantes prehistóricos de Tiknay no inventaron la imprenta pero si los grabados más increíbles de América y del mundo porque están en colores. Una habilidad que los coloca a la cabeza de los grabadores de una parte interesante del universo: el cosmos.

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Los habitantes prehistóricos de Tiknay no inventaron la imprenta pero si los grabados más increíbles de América y del mundo porque están en colores.

Los dibujantes en piedra con tierras de colores nos miraban desde las estrellas mientras Fernando Polanco, de Alka, y yo íbamos colocando en orden algunas de las páginas de su biblioteca pétrea. Eran una huella de vida antiquísima al lado de unas flores silvestres que crecían en un cerco de pirka. Las linternas desprendían una luz brillante. Yo hubiera querido alumbrarme con luciérnagas estaban muy lejos. Fue una primera mirada. Otra cosa sería a plena luz del día aunque sin la magia nocturna.

Aún tenía polvo en las mejillas después de un recorrido de once días en ómnibus, a caballo y a pie, por los tortuosos caminos de la provincia de La Unión. Pero, no podía dejar que escaparan de mis pupilas los increíbles dibujos de los milenarios hombres de Tiknay,

Polanco, infatigable promotor de su tierra, declara que sus descendientes vivieron en la misma área hasta unos tres lustros atrás. Ahora viven más abajo con el nombre corriente de Pueblo Nuevo que no dice nada. Si fuera por lo menos Nuevo Tiknay. Han preferido la oscuridad de los surcos que siguen trabajando bastante cerca del grupo arqueológico, ajenos a la grandeza de esos lazos de sangre que los emparentan con el pasado.

Sus niños, más curiosos por acercarse a los "gentiles", por si acaso encontraran un trozo viejo de cerámica, hicieron el portentoso hallazgo. En sus juegos hallaron un hueco, detrás de una gran roca, disimulado por la vegetación. En su audacia se deslizaron por él hacia adentro, por cuto techo se filtraba un rayo de sol. Al entrar, impulsados por la curiosidad, fueron a dar a una galería donde cubiertas de polvo estaban apiladas cientos de lajas o tablillas

En su curiosa superficie aparecen jaguares y pumas entre otros dibujos, unas cuadradas y otras alargadas. Su presencia en la cordillera arequipeña se convierte en un misterio aunque podrían indicar una relación casi permanente entre la selva amazónica y los Andes. Lo natural es que estos felinos, llamados también otorongos. se hayan pasado de la jungla cálida a la estepa fría como una sombra peligrosa sin hacer ruido y listos para saltar sobre su presa, moviéndose sobre los cojines acolchados de su patas.

Que vuelen sobre los cerros, despidiendo chispas celestes por su cabeza y por su rabo, sembrando terror entre las gentes es un mito de una antigüedad asombrosa. Es posible que los antiguos señores de los Andes recibieran a veces, ejemplares de estos animales como regalos muy apreciados de las lejanas tierras tórridas del Antisuyu.

Explicación de su presencia en varios habitats naturales, sea la selva o la cumbre de los cerros, en todas las culturas andinas. Desde aquellas que están al nivel del mar, donde llegan sus últimos ramales, hasta las estepas, al pie de los nevados. Es claro que fueron animales exóticos para la gente de esa época. Es posible también observarle en las noches claras, entre mayo y octubre. El contorno del felino se aprecia en una constelación dentro de un marco celestial de estrellas, desplazándose majestuosamente en el cielo.

El hallazgo de Tiknay, en la provincia de la Unión, Arequipa, confirma la reverencia que se observó desde hace miles de años por los felinos, sin precisar hace cuántos, porque aún falta levantar las piezas y realizar un estudio exhaustivo de ellas. Han salido las primeras y han despertado admiración por la originalidad de sus dibujos y el mensaje dejado en una etapa auroral de la humanidad.

En otras lajas refulgen soles y lunas de colores. Los tikneños prehistóricos sabían hacer círculos con una propiedad sorprendente, como si fueran a compás. Debieron admirar los crepúsculos y también la presencia de la luna en la kallanpa o globo del infinito, ya llena, nueva, creciente o menguante. ¿Quién podrá descifrar su pensamiento? Fueron simplemente unos pintores que copiaban los fenómenos celestes y terrestres que tenían a la vista o tenían calculada la presencia de los astros con relación a sus cultivos, a la parición de los animales y a su vida misma. Los soles y las lunas podían ser meses, y años. Una contabilidad de su existencia.

En 1996, cuando viajé a Alka para grabar con mis ahorros a todo costo, un documental de televisión, sobre los increíbles “Ojos del Diablo”, una pampa de caprichosas aguas termales dispuestas en volcancitos como los párpados blancos de unas pupilas sangrientas –hierro sin duda- visitando el bosque de rocas de Santo Santo o Wanka Wanka y otros atractivos geológicos que tiene la provincia de La Unión, conocí las asombrosas tablillas pintadas.

Ante la imposibilidad de trepar hasta Pueblo Nuevo, por lo escarpado del camino que no era un problema para mí pero sí un retraso para mis labores habituales, por el tiempo que me tomaría, los tikneños bajaron con una manta llena de lajas y pude admirarlas a mi sabor. Tampoco alcancé a ir a Pampamarka, el pueblo de los fabulosos tejidos con palos que podían medir dos metros como veinte o treinta, y se tejían horizontalmente. El presidente Augusto B. Leguía mandó hacer una para la sala principal de su palacio en Lima.

El entonces alcalde Oswaldo Polanco manifestó su intención de construir un museo lírico para exhibir la fascinante colección de lajas en Alka. Tampoco le alcanzó tiempo y presupuesto. Mas estoy segura que se hará en algún momento y será uno de los atractivos especiales de Alka, Arequipa y el Perú en general donde no acaban los descubrimientos en una tierra pródiga en cultura, genialidad y recursos.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.

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