Miércoles, 11 de Junio de 2008
La versión oral de Machu Piqchu
¿Qué les parece? ¡La educación infantil tiene raíces prehispánicas!
En milenios, los antiguos peruanos aprendieron maravillas de la naturaleza, registraron la historia de los pueblos, trasmitiéndola de padres a hijos y nietos,
hasta nosotros.
El inca
Ilustración : Alfonsina Barrionuevo
Pachakuteq
Ilustración: Alfonsina Barrionuevo
Machu Piqchu
Foto: Alfonsina Barrionuevo
En este momento los arqueólogos ya reconocen que Pachakuteq fue el constructor del santuario y que lo podría haber terminado su hijo. Los taitas, “personas mayores” del Cañón del Urubamba insisten en que fue sólo el gran gobernante. Machupiqchu perteneció a su panaka y conocieron su existencia solamente ellos por habérselo reservado. Si lo hubieran conocido los integrantes de las otras panakas o familias, sus descendientes, ávidos por ceñir la borla imperial lo hubieran entregado con sus riquezas a los españoles.
La tradición oral que se mantiene en los Andes Peruanos es vasta y entre la infinidad de historias que fueron recogidas o que aún se conservan se encuentra una bella versión sobre la edificación del famoso santuario de Machupiqchu que es una de las maravillas del mundo de hoy.
En este momento los arqueólogos ya reconocen que Pachakuteq fue el constructor del santuario y que lo podría haber terminado su hijo. Los taitas, “personas mayores” del Cañón del Urubamba insisten en que fue sólo el gran gobernante. Machupiqchu perteneció a su panaka y conocieron su existencia solamente ellos por habérselo reservado. Si lo hubieran conocido los integrantes de las otras panakas o familias, sus descendientes, ávidos por ceñir la borla imperial lo hubieran entregado con sus riquezas a los españoles.
Su existencia fue un secreto celosamente guardado, bajo pena de muerte por orden de Pachakuteq aunque los descendientes de los constructores la trasmitían de padres a hijos por el orgullo que les tocaba. Ya se sabe que entre ellos estuvieron wallas, saires, urosaires, killapanpas y otros. Ellos dejaron filtrar la versión cuando observaron que el santuario se abría al turismo. La situación era distinta y salió a luz aunque restringidamente. Las comunidades campesinas son muy reservadas, no tienen mayor contacto con los pueblos y guardan en silencio sus tradiciones y costumbres. Infortunadamente los antropólogos han recogido muy pocos de sus innumerables conocimientos y han comenzado a perderse en la última década del siglo XX y en este que comienza por la globalización. Se habla mucho de Cusco, sus magníficas construcciones de piedra y sin embargo es una de las culturas menos estudiadas. Es lamentable que capítulos importantes que darían información sobre su desarrollo y existencia se pierdan por la inercia de instituciones, autoridades y gobernantes.
Sobre Pachakuteq se sabe que fue vencedor de los k’uyus y otros señoríos del Valle Sagrado y que lo conocía perfectamente porque lo había recorrido muchas veces para persuadir a sus señores y poblaciones que sería importante para ellos su incorporación al Cusco. Se regresaba ya a la capital, dice la versión, cuando sintió el llamado de la montaña. En esos tiempos había una gran relación entre la naturaleza y sus habitantes.
Inmediatamente dispuso que le construyeran una balsa. Sus acompañantes se preocuparon por el príncipe heredero. El Wilkamayu, río que nace de una lágrima solar, se enfurece cuando entra al cañón y era necesario que fueran expertos remeros y gente de apoyo. La montaña del “cerro viejo”, Machupiqchu, era salvaje, intrincada, nadie había entrado allí jamás. Pero, el joven señor se opuso. Tenía que ir solo y si la montaña lo llamaba ella se encargaría de su seguridad.
En efecto, de pie sobre su balsa pasó de una ribera a otra mientras se calmaban las aguas turbulentas. La maleza le abrió paso y pudo llegar a la cima grandiosa y contemplar el paisaje que lo rodeaba. No había terminado de sentir una impresión de grandeza en su corazón cuando descendieron las fuerzas del cosmos y se juntaron con las que subían de la tierra, quedando al medio el joven inka como recipiente o vaso viviente de la sabiduría del universo.
Cuando regresó a la Ciudad Imperial y le tocó ascender al trono llamó a sus mejores arquitectos. Ellos se encargaron de iniciar los trabajos pero las obras no avanzaban. El talud demasiado empinado no les permitía trasladar las piedras. Las canteras que había en el sitio no eran suficientes y había que hacer subir las rocas por puentes improvisados, bien atrincadas con tiras de cuero de llama, y con gente jalando y empujándolas. Muchas rompían sus amarras y aplastaban o lanzaban al río a sus conductores donde encontraban la muerte creando el pánico entre los pueblos participantes.
Cuando supo el poderoso Pachakuteq de las dificultades dijo que el santuario se haría de todas maneras y mandó al Willka Uma Apu Saywa, sabio sacerdote, a buscar la respuesta en el Qorikancha, el templo del Padre Sol. Muchos días y noches pasó invocando a los manes de la naturaleza sin obtener señal alguna. Desesperaba ya cuando un qoriq’ente, “picaflor de oro” se apareció y le entregó las semillas de dos hierbas milagrosas. Una serviría para convertir la piedra en barro y la otra, la sagrada koka akulli renovaría las fuerzas de los constructores.
El Inka quedó maravillado cuando contempló desde el Inti Punku, “la Puerta del Sol” el conjunto de templos. El Inti Waytana, “donde el Sol hace florecer sus rayos”; los andenes donde Pachamama les entregaba la primicia de sus frutos; las fuentes donde cantaba dulcemente Mama Yaku, “la Madre Agua”; el templo circular donde estaba Maman Qaqa, “la Madre Piedra”; el templo de Illapa, “el rayo” y Para, “la lluvia”, representado por el cóndor; y así muchos otros.
Pachakuteq mandó construir templos subsidiarios para que famliares, sacerdotes, sacerdotisas y otros encargados de su cuidado se fueran purificando al hacer el peregrinaje haciendo “Coronas de Apus”, “Ch’allas de Flores y días de ayuno antes de ingresar al santuario de ensueño incrustado como una joya entre los cerros del Putukusi, el Kutija y los valles del Qollpani. Los trabajadores fueron prohibidos de revelar dónde estaba durante varias generaciones. Por eso los españoles nunca supieron del famoso “templo de templos” cuya magnetismo es fehaciente. Algunos cusqueños llegaron antes al lugar como Lizárraga y hasta sembraron maíz en su plaza principal. Todo estaba intacto salvó las acciones del viento, la tierra que movilizaba y los arbustos que cubrieron los principales ambientes.
El profesor norteamericano Hiram Bingham, con el apoyo de la Universidad de Yale, fue su único depredador. Lo dio a conocer al mundo, pero en sus viajes por el Perú aprovechó para reunir una serie de testimonios que fue sacando del país con autorización del Presidente Augusto B. Leguía, para su estudio con técnicas adelantadas por unos seis meses. Miles de piezas, entre las que estaban las de Machupiqchu, salieron sin la obligada certificación por Mollendo. El encargado de la Aduana dejó constancia de que no había revisado ni la primera caja de más de seiscientas. Ahoya la Universidad de Yale no las quiere devolver después de casi cien años. Un niño, hijo del arriero que ayudó a su traslado, reveló que se encontraron momias en subterráneos que se sellaron y que las finísimas telas se deshacían al contacto con el aire pero había adornos de valiosos metales.
La versión de los descendientes de los traductores ha sido trasladada a un cuento con magníficas ilustraciones por la autora de esta página. Está en inglés y castellano para que la historia de Machupiqchu sea conocida en el mundo.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.