Miércoles, 16 de Enero de 2008
Nuevas autoridades en los Andes
El primero de enero, desde la yunga, 2,500 metros, hasta la puna, 4,000 metros de altura, miles de nuevas autoridades han recibido la vara, símbolo de mando para el año 2008. Ellos, que son flor y nata de honestidad, espíritu de justicia y de trabajo harán cumplir en la vida de sus comunidades leyes ancestrales y otras que les impusieron en el virreinato. Las votaciones fueron multidiversas y significativas. En las más bellas una flor representa a cada participante y el número que se reune señala al elegido.
Alcalde o
Varayoq
Foto: Alfonsina Barrionuevo
Alcalde o
Varayoq
Foto: Alfonsina Barrionuevo
El Niño Dios alcalde
Foto: Alfonsina Barrionuevo
El varayoq en el Perú es el portaestandarte superviviente del poder prehispánico que vela por la moralidad, el orden y el trabajo de los suyos. La última autoridad inka que permanece desde lejanos tiempos. Por eso hasta hoy mantiene su fuerza, sobrepasando inclusive las leyes republicanas que decretaron en vano su desaparición.
El virrey Francisco Toledo observó en los ayllus la existencia de los aqorasi, “ancianos venerables”, cuya palabra era respetada; de los llaqtakamayoq, “cabeza de pueblos” y de los tukuy rikuq, “los que ven y escuchan todo”. Una forma de administración civil y penal en la cual se inspiró para instaurar el 6 de noviembre de 1575 sus famosos “Ordenanzas sobre el modo de elección de Alcaldes, Regidores, Kipumakamayoq y Oficiales de Cabildo para los pueblos de indios”.
Así surgió el nombramiento de alcaldes andinos o Varayoq, “los que llevan la vara de la ley”, dándoles poder político y civil, que sólo quedaría después como civil. En esos siglos eran designados por el corregidor y los regidores españoles, previa misa, en un cabildo abierto. Para impresionar a los asistentes les hacían jurar en la iglesia creándoles un compromiso espiritual con el Crucificado. Por eso la vara lleva también la imagen religiosa en la empuñadura de plata. Hasta hoy se entrega en ella si hay párroco o sacristán. Antes se hace la t’inka para invocar la protección de los cerros y se termina con el ch’allasqa que consiste en asperjar sobre la vara algunas gotas de chicha.
La acrisolada honradez del varayoq, “el hombre que lleva la vara de mando”, estuvo siempre contrapuesta a la codicia, la falsedad y el abuso de los mismos que lo nombraban. El varayoq nunca ha puesto en tabla de juicio el gran prestigio que le rodea. Antes bien, cimentó una sólida reputación, conservándola aún después de devolver la vara al amanecer el día de la elección, dejándola en el altar de la iglesia y quitándose la casaca con el chaleco como prueba de que ha hecho un gobierno recto.
El varayoq en el Perú es el portaestandarte superviviente del poder prehispánico que vela por la moralidad, el orden y el trabajo de los suyos. La última autoridad inka que permanece desde lejanos tiempos. Por eso hasta hoy mantiene su fuerza, sobrepasando inclusive las leyes republicanas que decretaron en vano su desaparición.
Para alcanzar esa jerarquía tiene que haber pasado antes una serie de cargos que han cimentado el respeto hacia su persona. En otro tiempo haber sido en las haciendas “propio”, mandón y semanero responsable: en su ayllu, dinámico regidor, qollana o “capitán de las faenas agrícolas”, carguyoq o mayordomo de las fiestas parroquiales, debiendo también ser casado y jefe de familia.
Su primer cargo es alcalde de ayllu con limitada autoridad; luego llaqta varayoq o “alcalde de comunidades”.
Finalmente, “segunda”, alto consejero. Los alguaciles y regidores se encargan de recibir reclamos o trasmitir sus órdenes a los integrantes del ayllu o comunidad. En las regiones yunga, qechwa y puna de Lima se les llama varallos, en Apurímac awkivarayoq, en Puno hilakatas y en otras partes simplemente campo alcaldes.
La vara o bastón de mando no es una insignia solamente española. Tiene más bien un carácter universal de poder, tan viejo como el hombre. Aquí mismo, en las estelas de piedra, joyas suntuarias de oro y plata, textilería, cerámica y pintura mural, aparecen personajes portando varas o cetros de las más sorprendentes empuñaduras, cabezas de pumas, serpientes, plantas de maíz y decoraciones de diferentes significados según el lugar.
En cuanto al virreinato hay la presunción de que debieron ser pequeñas y sencillas. Una ordenanza señala que debían tomarse por el centro y sostenerse en posición horizontal, so pena de castigo por desacato al Rey. Pero la medida no prosperó y al pasar los años fueron engrosando hasta convertirse en opulentas y macizas. Altas, con más de un metro treinta, empuñadura de plata finamente labrada, cruz o crucifijo en el puño primorosamente cincelado, anillos y dijes con elementos del lugar son de respeto.
La consideración que se guarda a la vara es tan grande que nadie puede tocarla, salvo el varayoq en sus funciones. En su fabricación se empleaban las más ricas maderas de la omagua y la qechwa, la negra chonta, el duro lloqe, el noble chachakomo o el guinda sangre de la pukakuka. El auge que adquirió llegó a rebasar el campo mágico de las imágenes religiosas, como el Niño Lachoq de Huancavelica, el Niño Dios de Markaqocha de Cusco o el Niño Nak’aq de la iglesia del Arco de Ayacucho, que son varayoq.
En los últimos años, al nombrarse alcaldesas en los pueblos, la vara que ha sido adoptada por las autoridades políticas de Cusco y Lima ha dado lugar a la aparición de warmivarayoq o alcaldesas, que están demostrando esfuerzo, voluntad y capacidad en la ciudad como sus colegas en la comunidad. En las últimas décadas del siglo pasado se ha comenzado a entregar en Lima una reproducción pequeña de la vara del varayoq como una distinción a los mandatarios de otras naciones que nos visitan, “junto con la llave de la ciudad”, por el prestigio que le han dado desde los siglos pasados los alcaldes de las comunidades andinas.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.