La Batalla de la Quinua
El Kunturkunka, patriarca de los cerros de Ayacucho, ha vuelto a ser testigo de la batalla que selló la independencia del Perú. Esta vez en una nueva escenificación para rendir homenaje a los heroicos defensores de la patria.
Batalla de Ayacucho
Foto: Alfonsina Barrionuevo
Representación
Foto: Alfonsina Barrionuevo
Soldado
Foto: Alfonsina Barrionuevo
En 1970, ciento cuarenta y seis años después, 2,200 estudiantes apoyados por trescientos “cabitos” militares, reeditaron el glorioso encuentro en su mismo escenario, la pampa de San Cristóbal.
Aquella mañana, 8 de diciembre de 1824, un celaje rojo con un ribete de oro atrajo la mirada de José de la Serna, último virrey de Perú. “Si mañana nuestra bandera está arriba como hoy, y si la Virgen Purísima lo quiere, venceremos”, exclamó esperanzado; recibiendo la arrogante respuesta del general Valdez, carta de triunfo de los relistas. “Mañana, quiera o no quiera la Purísima, la batalla será nuestra”. Al día siguiente, sufrieron la derrota que decidió la libertad del continente.
En 1970, ciento cuarenta y seis años después, 2,200 estudiantes apoyados por trescientos “cabitos” militares, reeditaron el glorioso encuentro en su mismo escenario, la pampa de San Cristóbal.
La victoria de los patriotas fue vivida por miles de espectadores, entre limeños, ayacuchanos, apurimeños, cusqueños y huancavelicanos, que se transportaron para presenciar el esfuerzo desplegado por una comisión cívica de maestros y particulares.
Ante “una platea” que abarcó los contornos, en una extensión de 3,000 metros más o menos, se volvió a escuchar la sonora proclama del general José Antonio Sucre en boca de un alumno de diecisiete años. “¡Soldados, de los esfuerzos de hoy depende la suerte de la América toda.! ¡Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia!”
Desde las tres de la madrugada los dos ejércitos integrados por niños de 15 a 18 años de edad, de los colegios Mariscal Cáceres, San Juan Bosco, San Ramón, San Juan, Los Libertadores y Guaman Poma de Ayala, y los Institutos Industrial N° 43, y de Comercio N° 37 formaron correctamente. Al oeste los chaquetas azules del general Sucre y Agustín Gamarra. Al este, separados por una zanja natural, los chaquetas rojas del general Valdez y sus jefes Monet, Villalobos y Rubín de Celis.
Con los rostros tostados por el sol hombres y mujeres, de todas las edades, siguieron el desarrollo de “la batalla”, que tuvo todos los visos de autenticidad. La emoción vibró en el ambiente cuando ingresaron los veteranos “cabitos” del ejército disparando balas de fogueo mientras los cañones disparaban salvas entre nubes de humo y se oían los gritos y ayes de dolor de “los heridos”.
Una hora antes el general Monet había pedido permiso al general Córdoba para que jefes y oficiales de ambos bandos, ligados por vínculos de familia o de amistad, pudieran darse un abrazo antes de romper los fuegos. Concedido el permiso, tanto parientes como amigos a quienes les había tocado luchar frente a frente, se despidieron sin saber si volverían a verse.
A las diez de la mañana el general Monet volvió para participar al general Córdoba que iba a principiar la batalla. “Cuando ustedes gusten, mi general”, contestó este. Se dice que el general Valdez fue el primero en avanzar desplegando sus milicias hacia la izquierda, pensando en un movimiento envolvente. A la vez, de acuerdo a la tradición, se lanzaron los morochukos resistiendo la primera embestida. Luego se generalizó el fuego.
Entre el humo se escuchaba el redoble de los tambores y la aguda vez de los clarines animando a los combatientes. El general Valdez, siempre por la izquierda, se lanzó contra la división patriota de La Mar, protegido por sus cañones. En los primeros momentos se tuvo la impresión de que estaba perdida. Se esperaba un retroceso pero el general la Mar recorrió las líneas y les ordenó no ceder ni una pulgada y pidió refuerzo. Sucre, de inmediato, le mandó los batallones “Vencedores” y “Vargas” de la división colombiana de Lara.
En eso, se produjo la intervención del impaciente coronel Rubín de Celis, jefe del primer batallón del Primer Regimiento español, encargado únicamente de proporcionar una zona de seguridad, quien irreflexivamente, creyendo llegado el momento de un ataque general, cargó contra la división Córdoba, muriendo en el combate.
Allí volvieron a tallar los morochukos demostrando la fuerza de su sangre guerrera. A caballo y con lanzas y boleadoras que manejaban con destreza, gritando en qechwa para animarse, confundieron a sus enemigos que los vieron llegar con un empuje y un arrojo que no imaginaban.
El guión de la batalla permitió retroceder en el tiempo para ver al general Sucre observando el campo, mientras se movían en desorden las tropas de Celis. El joven militar dispuso entonces que el general Córdoba atacara con ayuda de la caballería de “los granaderos y húsares de Colombia” del general Miller.
Antes de partir Córdoba recorrió al galope sus secciones y poniéndose al centro de sus columnas, levantando su sombrero en la punta de su sable los arengó con la famosa frase que se ha hecho inmortal: “¡División! ¡De frente! ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores”.
La banda del batallón ”Voltígeros” enardeció los ánimos de los patriotas y desconcertó más a los realistas tocando el bambuco, aire colombiano, y los soldados entusiasmados avanzaron hasta ponerse a cien varas de las líneas enemigas. Los granaderos cargaron por sus flancos de la izquierda, la infantería embistió por el centro, desbaratando al primer batallón del Regimiento realista, al segundo del Imperial Alejandro y al escuadrón San Carlos, que quedaron casi completamente diezmados.
El virrey La Serna, quien asistió preocupado al desigual encuentro a pesar de su superioridad numérica, decidió adelantar la intervención de Monet, atrayendo al adversario al centro. Pero los dos batallones del Gerona fueron envueltos y arrollados por los colombianos.
Los tres últimos escuadrones que bajaron del Kunturkunka para auxiliar a sus maltrechos compañeros fueron recibidos a pie firme por los morochukos y se desbandaron. El general Córdoba siguió su avance victorioso haciendo flamear sus banderas en la pampa.
La caballería detuvo al virrey que había caído de su caballo desmontado por una lanza y lo llevó con algunos de sus jefes hasta el lugar donde estaba Sucre. Este, al verlo jadeando, ensangrentado y pálido, bajó de su caballo y lo esperó con el sombrero en la mano.
“¡Gloria al vencedor!” –exclamó La Serna.
“¡Honor al vencido!” –fue la gallarda respuesta del joven general.
El general Valdez trató de reordenar sus filas haciendo esfuerzos sobrehumanos, pero fue inútil. Irritado consigo mismo, dominado por la cólera tomó su espada y la partió en dos sobre su pierna para no entregarla.
La escenificación de la batalla tuvo proyecciones inesperadas. En Ayacucho no se habló de otra cosa. Sirvió como la mejor lección de historia que se haya dado en el país y removió el sentir de sus habitantes, que se volcaron a la pampa aplaudiendo a “triunfadores” como a “vencidos” con igual júbilo. Los mayores sacaron a flote viejísimos recuerdos como la serenata de Córdova en las vísperas de la noche del 9 de diciembre para distraer a los realistas que creyeron que estaban “celebrando” por anticipado, mientras Sucre recorría el campo preparando su estrategia para el día siguiente.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.