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Nuestro patrimonio

José María y las hermanas Bustamante

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Un nuevo libro de Carmen María Pinilla, “Apuntés inéditos, Celia y Alicia, en la vida de José María Arguedas”, es un motivo para recordar al gran escritor cuyas obras se leen ahora en muchos países del mundo, llevando el pensamiento y el sentimiento de los hombres y mujeres del Ande. La investigadora de la Pontificia Universidad Católica del Perú ha realizado una intensa y conmovedora búsqueda entre los familiares que quedan de las hermanas Bustamante, la primera, esposa, y la segunda, cuñada, de quien hasta ahora es el autor más representativo del Perú profundo.

Foto: Alfonsina Barrionuevo - José María Arguedas José María Arguedas
Foto: Alfonsina Barrionuevo

Foto: Alfonsina Barrionuevo - Alicia Alicia
Foto: Alfonsina Barrionuevo

¿Cómo nació su vocación? José María contestaba que escuchando los cuentos qechwas narrados con gracia cautivadora por algunas mujeres y hombres muy queridos como don Felipe Maywa, de San Juan de Lucanas y Puquio; y las canciones que aprendió en su niñez: “wikuñay, wikuñita, /¿por qué tomas el agua amarga de los puquiales?/ ¿Por qué no bebes mi sangre dulce,/ la sal caliente de mis lágrimas?/ wikuñay, wikuñita.”

Tuve la suerte de conocer a Celia y Alicia y disfrutar de una amistad valiosa con ambas. Tal vez un poco más cerca de Alicia con quien me unían lazos a través de las piezas de arte popular que ella fue adquiriendo en los pueblos más lejanos del interior, hasta donde llegaba por su amor al arte tradicional. “¿Cómo vas a ir Alicia con tanto riesgo?”, le decían sus amigos y ella trepaba en omnibuses destartalados y desaparecía en las trochas, donde se levantaban nubes de polvo cuando pasaban. Al cabo regresaba con un torito de Santiago de Pupuja, un mate burilado de Cochas, un chal bordado de Catacaos y así fue juntando tantas maravillas que acabó por fundar “la Peña Pancho Fierro” para exhibir aquellos tesoros a ilustres visitantes. El cariño de la esposa y el arte de la cuñada ayudaban mucho a José María Arguedas, en cuyo corazón había un amplio territorio dedicado a las gentes con quienes vivió su infancia. La investigadora rescata para la posteridad ángulos desconocidos de la vida del escritor y devuelve al presente la imagen de las dos hermanas que aprendieron a amar antes de conocerle las manifestaciones peruanas, incorporándose e incorporándolo a sus afanes culturales además de sentimentales.

José María nació en Andahuaylas, Apurímac, donde fue obligado, según dijo, “a vivir siendo niño con los indios y hacer algunos de sus trabajos. Recorrí los campos e hice sus faenas bajo el infinito amparo de los comuneros qechwas. La más honda bravía ternura, el odio más profundo, se vertían en el lenguaje de mis protectores. No conocí gente más sabia y más fuerte; y los describían sin embargo, como degenerados, torpes e impenetrables. Así son para quienes los trataron como animales durante siglos.”

Huérfano de madre, olvidado hasta los catorce años en las vaquerías, monolingue del qechwa, ‘escolero’ de pie descalzo, peón de los aynis, trabajador de trapiche donde perdió alguna falange de sus dedos; fue rescatado a esa edad, agregaba, “para la sociedad de los blancos”, donde pudo escalar primero la clase “señorial” de las provincias y finalmente la clase media de Lima, hasta ser invitado de honor, algunas veces, de la alta clase social capitalina.

“Fuí así desprovincianizado, habiendo conservado de mi provincia la médula que he tratado de revelar creando un modelo de literatura española que imita la usada por los runas, los hombres, es decir un estilo para trasmitir la grandeza de aquel universo tan original y complejísimo, con hondas y dinámicas relaciones telúricas".

¿Cómo nació su vocación? José María contestaba que escuchando los cuentos qechwas narrados con gracia cautivadora por algunas mujeres y hombres muy queridos como don Felipe Maywa, de San Juan de Lucanas y Puquio; y las canciones que aprendió en su niñez: “wikuñay, wikuñita, /¿por qué tomas el agua amarga de los puquiales?/ ¿Por qué no bebes mi sangre dulce,/ la sal caliente de mis lágrimas?/ wikuñay, wikuñita.”

Aislado en Lima por serrano y por su manera de ser, huraño, receloso, lleno de contrastes, lanzó “Agua”, su primera novela en 1935, recogiendo el grito literario de Pantacha, el maqt’a bravo que ofreció su pecho a las balas del patrón. Más tarde daría a luz “Yawar Fiesta”, epopeya del toro de ojos inyectados de rabia, que cae simbólicamente bajo el pico curvo del cóndor que encarna a la raza. “Canciones y cuentos del pueblo qechwa” es como una ventana que deja vislumbrar la hondura poética del alma andina, “Los Ríos Profundos”, autobiografía novelada del niño que fue domador de zumbayllus, “Todas las sangres”, donde interpreta la diversidad de grados de cultura, de modo de ser, de proximidad y distancias que hay en el Perú.

Su novela “El Zorro de arriba y el Zorro de abajo” quedó inconclusa, pero es, según afirmaba, un intento por mostrar ese hervidero que es el Perú de hoy. Epoca a la que renunció un viernes 28, elegido en el calendario de la urbe indiferente, cuando se disparó el balazo fatal.

En sus últimos días, viviendo alucinado por esta ausencia que ya lo invadía, ocultó a todos su trágica determinación. Estuvo el jueves 27 con Máximo Damián Huamaní, el violinista de San Diego de Iswa. Oyó cantar el domingo anterior a Tarcila Ramírez, “flor de escarcha” que fue amiga de su infancia. Escribió con calma varias cartas manuscritas. Conversó por teléfono, según me dijeron, con Celia Bustamante. Conmigo nos vimos horas antes en el jirón Camaná, de acera a acera, y agitó la mano en un saludo cordial y cariñoso.

La mirada triste, desconfiada como los runas que no creen en los mistis que los engañaron siempre, el rictus de la boca con una antigua tristeza, las sienes más plateadas y la voz que nunca perdió su acento andino. José María no dejó presentir a nadie que se estaba despidiendo de la vida como un capitán que había cumplido con la misión que los Apus y sus pueblos le habían encargado.

“Quizás conmigo empieza a cerrarse un siglo y se abre otro”, anotó en su último diario. Es posible que los hombres del Ande sean más libres y alcancen un día sus ansias de justicia. Pero, al mismo tiempo, están olvidando las bellas historias que mantuvieron altas las banderas de su alma.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.

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