Terremoto
El piso comienza a temblar y se enfría el corazón. Nadie sabe si será un pequeño sismo o si será un sismo fuerte. Lima sufre siempre de temblores. Nunca imaginamos que el miércoles quince de agosto de este año del Señor, 2007, sería atrozmente largo, interminable, más intenso en el segundo minuto, haciendo pensar que el techo podía caer, abrirse las paredes, y sufrir daños inimaginables, dos segundos que en Ica convirtieron los capullos de vida en capullos de muerte. Los terremotos llegaron sin ruido, pero las plantas de las macetas y las frondas de los árboles se movieron como agitadas por un vendabal furioso.
Iglesia de Pisco
Foto: Alfonsina Barrionuevo
Iglesia virreinal
Foto: Alfonsina Barrionuevo
El señor de los temblores
Foto: Alfonsina Barrionuevo
En el virreinato se escriben las primeras notas sobre temblores y terremotos. En Lima había una forma muy religiosa de medir su intensidad. Se decía que había durado un credo o dos credos. La gente salía espantada de sus casas y las procesiones tenían lugar al término.
Hacía una semana que el ingeniero Julio Kuroiwa, experto en prevención de desastres, me dijo que se preparaba un terremoto para Lima. Mi comentario fue que aún no se puede hacer esa clase de pronósticos. Sin embargo fue acertado. Su declaración tenía como base un silencio inquietante que llamaba la atención de los sismólogos. Generalmente en el Perú hay zonas que tiemblan todos los días, con microsismos apenas sensibles que no se advierten pero son registrados por el Instituto Geofísico. En cierto modo aceptables porque vienen a ser desfogues de energía. Si no se presentan es que aquella se está acumulando. Así fue, desgraciadamente porque estos dos terremotos que tuvieron su epicentro varios kilómetros en el fondo del mar a la altura de Pisco fueron destructores y sus ondas alcanzaron muchas localidades.
Los antiguos peruanos, que no tenían noticias de que estamos en el Cinturón de Fuego del Pacífico y tenemos una placa en Naska que se desplaza bajo la placa continental, conocían el fenómeno aunque sólo podían atribuirlo a iras telúricas.
En el Cusco un espacio sagrado, frente al Qorikancha, estaba destinado a una fuerza protectora, Warasinse, que según creían podía protegerlos de los terremotos. Es seguro que también las otras culturas peruanas los sufrieron y les tuvieron miedo. Se ha perdido la variedad de idiomas que antes existía y no se conoce nada sobre el particular sin que eso sea una negación. Una que otra leyenda se refiere a cataclismos como el que hundió los monumentos del Tiawanaku.
Es importante anotar que la mayoría de las construcciones prehispánicas son sismorresistentes. Al parecer sus ingenieros y arquitectos tomaron en cuenta los movimientos telúricos. Han pasado miles de años y siguen de pie. No hay estudios sobre las técnicas que usaron. Una observación que se repite en varias partes del país es la falta de cimientos entre otros tipos de reforzamientos y espacios en los muros, de tal forma que se desplazan sin caer.
En la waka Pukllana de Lima se puede ver las separaciones entre grupos de adobitos colocados en triángulos, unos rectos y otros invertidos.
En el virreinato se escriben las primeras notas sobre temblores y terremotos. En Lima había una forma muy religiosa de medir su intensidad. Se decía que había durado un credo o dos credos. La gente salía espantada de sus casas y las procesiones tenían lugar al término. En el terremoto y maremoto de 1746 que destruyó la Ciudad de los Reyes y el Callao salió en procesión por primera vez la imagen de un Cristo. Sus habitantes durmieron muchas noches a la intemperie en las plazas preocupados por las réplicas y la posibilidad de que aumentaran su fuerza. La reconstrucción debió ser dramática.
En el puerto dos barcos fueron arrastrados más o menos medio kilómetro tierra adentro por las gigantescas olas que se levantaron. En la bodega de uno de ellos se encontró una efigie de maravilla, el Señor del Mar, obra de un famoso escultor de la Península. Hubiera sido recomendable que las familias del lugar se trasladaran más al interior, pero gustaban de la cercanía del mar y hasta ahora el Callao sigue siendo un centro poblado. Esta vez un maretazo inundó sus calles. Menos mal que no fue un tsunami como habría sido en el siglo XVIII.
Hay que volver a levantar las viviendas que han caído, después de que los iqueños sobre todo han enterrado a sus seres queridos, pues, la vida sigue. No sólo han caído las de adobe sino también muchas de concreto armado y hasta edificios nuevos para los cuales se hicieron cálculos estructurales. Es de esperar que esta prioridad incluya seguridad para que las nuevas edificaciones resistan lo más que sea posible.
Se dice que el adobe no es un material confiable. A pesar de eso en Humay, Pisco, una casa que tiene apenas un año de construida y es totalmente de adobe no ha sufrido una sola rajadura. Tal vez habría que darle también méritos a la quincha y no olvidar que la tierra seguirá temblando cuando quiera, sin dar aviso ni hacer excepciones.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.