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Nuestro patrimonio

Miércoles, 13 de Junio de 2007

Las máscaras del Perú

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Al declarar con orgullo que era nieto del último kuraka de Tacna, Arturo Jiménez Borja se quitó una máscara. Ser nieto de antepasados prehispánicos es un lujo. Sobre el terno negro y la elegante corbata el kuraka puso una sonrisa de triunfo. La gente admiró con cariño el gesto del catedrático emérito. Le encantó el brillo de sus ojos sobre su piel de cobre. Máscara viva al lado de un bellísimo libro: "Máscaras Peruanas".

Máscara de conejo Foto: Alfonsina Barrionuevo Máscara de conejo
Foto: Alfonsina Barrionuevo

Máscara Foto: Alfonsina Barrionuevo Máscara
Foto: Alfonsina Barrionuevo

Máscara Foto: Alfonsina Barrionuevo Máscara
Foto: Alfonsina Barrionuevo

La máscara sin curtir o de pellejo, con luengas cabellos de crin sobre la piel sonrosada, se ajustaba a su rostro. Era de pronto un respetable espíritu de los cerros. Un awki, hasta una nueva metamorfosis.

El amauta aprendió a usar su primera máscara cuando su madre le puso un dedo sobre la boca antes de ir al colegio. No debía cantar el himno chileno y el niño ponía sobre su carita una máscara de silencio. Hasta que Tacna lo envió fuera para librarlo de la tristeza del cautiverio. El amor por el Perú profundo, que hoy se pone máscara de rap, de surf, de rock, lo internó por los caminos del Ande.

Nunca fueron más auténticos sus encuentros, con un arcoiris que hervía en las pailas y se derramaba sobre los seres humanos. En sus fiestas el pequeño Arturo se convertía en awki. La máscara sin curtir o de pellejo, con luengas cabellos de crin sobre la piel sonrosada, se ajustaba a su rostro. Era de pronto un respetable espíritu de los cerros. Un awki, hasta una nueva metamorfosis.

Aparecían los diablos de la Candelaria y se metía debajo del yeso avernal, con cuernillos, batracios y reptiles. Un viento de música lo llevaba de los socavones a las pampas o lo hacía viajar en una máquina de tiempo a las máscaras de lata de Lucifer que copiaban los dibujantes del obispo Martínez de Compañón y Bujanda o pasaban bailando por las calles de Lima al son de los diablos de Pancho Fierro. El niño intercalaba la ternura que inspiran los diablos de Cajabamba, de faldas de encajes y ramitos de flores en las manos enguantadas que se mueven como ingenuos angelotes.

Cuando quería se deslizaba a la prehistoria para bailar después de una cacería con una máscara zoomorfa en las pinturas rupestres de Toquepala o de Sumbay, con cabeza de ave. Arriaga lo vio con traje de plumas muy lustrosas y un alzacuello de plumas rodeando una máscara diminuta. Puedo afirmar que estuvo al lado del arista que cincelaba la máscara de oro que llevó el señor de Sipán para deslumbrar a la muerte. En su reino, el envés del mundo de los vivos él sabía que las máscaras contribuían a su realzar su grandeza.
No trajo ninguna a su colección para evitar que nadie quedara huérfano de la majestad de la máscara.

Verle a caza de los parlampanes, truhanes o pícaros, fue una delicia. Ña María no perdió en sus manos su máscara porque era de papel y descubrió que sus desmayos y sofocos en cada esquina eran pura farsa para hacer reir.
Consiguió la de un truhán, calabaza cubierta con tela blanca pintada después de convencerle que saltaría la puerta de Cronos y se la puso. En Corpus Christi. San Juan Bautista y Carnavales estuvo hasta que la danza se suprimió por irreverente.

En Paucartambo se perdió en los talleres encantados de don Isaac Portugal y Santiago Rojas para salir con una jaba de máscaras arrebatadas a los conjuntos de majeños, awka chilenos, saqras, k¿achanpas, sijllas, qhapaq negro, waka waka, chuqchus, qollas y ch¿unchos. Luego arranco con su tesoro de prisa a Lima por el puente de piedra de Carlos III, seguido por las músicas de ofrenda de la Mamacha Carmen que es una niña linda que rescataron hace siglos del río Amaru Mayo.

Danza de imitación como el ¿okay¿, copiado de los ¿yunaites¿, los ¿blue jeans¿, ¿american life¿, fue para su gusto la chonguinada. Le encantó el lucimiento de esta danza que imita los movimientos donosos de las cuadrillas europeas. Una demostración de que los wank¿as podían bailar con elegancia, convirtiendo las calles en salones. Con máscaras de largas pestañas y ojos azules -las mujeres que eran hombres, pues, no las dejaban bailar hasta la segunda mitad del siglo-, y barbas en perillas que eran pintadas graciosamente sobre malla en Alemania para estos bailarines de los Andes Centrales.

Se colocó la máscara de maguey, con la epidermis sonrosada y el cabello con hebras doradas de Carlomagno para presidir sin pestañear el trono de los doce Pares de Francia y también, como Papa en el singular Cerco de Roma. Extrañísimos autos sacramentales que fueron traídos sin duda por doctrineros galos e italianos, generando una serie de personajes con máscaras o sin ellos - Untiveros, Fierabrás, Floripes y otros-. Su objetivo se perdió en la sierra limeña. No se representan para el Santísimo sino para pedir a la madre naturaleza que mande la lluvia para fertilizar los surcos.

En la wakonada de Mito tiró del año con una sonrisa callada en la dura madera, para juzgar mitad en serio, mitad en broma, la mala gestión de las autoridades o los defectos de las personas principales. Dio una media vuelta por Sapallanga y se convirtió en el inocente chutito con facciones de suave badanas que encontró a la Virgen lavando los pañales de Niño. En Angasmarka tomó la forma del gavilán con máscara de tela encolada y policromada, agitando alas como en las danzas prehispánicas.

Es imposible contar cuántas veces el nieto del kuraka ara se ocultó debajo de máscaras negras. Las encontró de arriba a abajo, de Perú del nivel del mar a las nieves eternas contrastando siempre su maga epidermis de carbón brillante con su cobre de señor andino. Negrería que nunca fue más libre que detrás de las máscaras con sus facciones adaptadas a trajes vistosos de sedas y terciopelos cuajados de perlas y pedrerías.

Es preocupante pensar que pasará con la valiosa colección de Arturo Jiménez Borja bajo la cual palpitaba su corazón como uno de esos fuelles poderosos de los antiguos herreros. Es toda una parte del Perú que nadie, ni la pobreza, ni la indiferencia, podrán hacer desaparecer. Queda como una incógnita qué pasara con la extraordinaria colección de trajes que las acompaña y que Jiménez Borja, andino de la cabeza a los pies, cuidó con un celo admirable. ¡Esperamos con mucha ilusión una segunda parte de maravilla como testimonio de lo que somos y tuvimos!

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.

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