Terra. Hace poco, Terra entrevistó a Kimberly Theidon, la antropóloga que estudió la enfermedad a la que hace referencia el título de la película. ¿Cómo es que llega a ti la historia del mal de La teta asustada?
Recibí un documento de una universidad norteamericana, y allí había testimonios de mujeres que habían sido maltratadas en la época de Sendero. En algunos de ellos se mencionaba la idea de La teta asustada. A partir de allí consulté con varios psicoanalistas, ampliando el concepto al mal del susto.
Pero quise mantener la distancia, quedarme con la idea y que a partir de ella surjan cosas nuevas: cómo perdura en ese velo invisible la tristeza, los rezagos de una guerra. La guerra como enfermedad también, y lo difícil que es entrar a un pasado, nuestro pasado.
La teta asustada fue un concepto muy gráfico que me permitió hablar de todo esto, y qué mejor que siendo parte del imaginario colectivo andino, que de manera inconsciente utiliza sus mitos para sanearse, para hablar de lo que les duele, para encontrar un modo de comunicar.
Terra. Ese dolor profundo es muy ajeno, muchas veces transparente para la visión centralista limeña. ¿Cuál crees que será la reacción del gran público? ¿Crees que conseguirá cambiar un poco ese estado de las cosas?
La película habla de cómo buscamos enterrar el dolor, esconder la herida, y de cómo esa herida va a encontrar una salida para hacerse evidente. Y de cómo el cuerpo es el primer delator de ese sufrimiento.
Yo creo que ya está funcionando, que ya esta película está haciendo su tarea. Lo que ha ocurrido: poner el quechua en alto, que la voz de Magali Solier se haya escuchado en Berlín. Y también que gente de diversa procedencia pueda trabajar junta y enriquecerse una a otra, haciendo proyectos que valgan la pena.
Terra. Hay una metáfora clara en la película sobre esta distancia: Fausta trabaja en una casa de una familia adinerada que aparece como amurallada; al abrir el portón se encuentra que la casa está rodeada de un mercado muy popular, humilde.
Eso refleja la distancia de Lima ante lo que ocurre a su alrededor, que es lo que pasó también en la época de mayor violencia, y hasta ahora. Se plantea esa dificultad de comunicación que hay entre estos personajes en la casa: la patrona y Fausta, ambos esclavos del mundo del otro. Pero a partir de un canto en común, en el que cada uno asume su rol, se produce un momento de cambio. La película invita al diálogo, al movimiento que debe desestancar el agua para que comience a fluir.
Terra. Has hablado del quechua como símbolo de una reivindicación. Pero también está la música: cuentas que Magali Solier supo transmitir con su canto, transformar en canción lo que tú escribiste como guión. ¿Puedes hablarnos de ese proceso y de la música como herramienta narrativa?
Yo creo que el pueblo peruano con sus mitos, con su música, con la danza, habla sobre lo que le duele. Creo que la música es un mecanismo de expresión para hablar de lo difícil, y por eso decidí hacer esta especia de opereta quechua de Fausta con su madre, y que luego se va a convertir en su vehículo para salir adelante. Creo que la música, y el arte en general, son herramientas maravillosas para hablar de lo que nos duele.