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02/12/2003
Testimonio: La historia de Miguel
Miguel tiene 25 años y desde hace siete vive en el hogar San Camilo. Su historia refleja la dura realidad que soportan las personas infectadas con VHI/SIDA en una sociedad tan intolerante e ignorante como la nuestra, pero también demuestra que la vida sigue, que es posible vivirla con dignidad a pesar de la adversidad.

Él nos cuenta que era como cualquier joven, una persona normal, alegre. Nunca tuvo problemas para aceptar su homosexualidad de la que fue conciente desde niño, y llevaba una vida tranquila en Chincha.

Le gustaba jugar voley, divertirse y en ocasiones hasta vestirse de mujer, sin embargo, en un momento la inquietud y la necesidad hicieron una mala combinación.

“Una noche viene un amigo y me dice, vamos a la avenida, y yo acepté. Me preguntó si tenía condón y le contesté, ¿condón?, no, ¿para qué? Así no más” cuenta Miguel como si esto le hubiera sucedido ayer.

Y es que le es difícil olvidar que por 20 soles, literalmente, vendió su vida en la calle, al entrar en el sórdido mundo de la prostitución, hace más de diez años, cuando aún era un niño.

Pasó el tiempo y llegó un momento en que Miguel tosía mucho, sentía malestar en su cuerpo y supuso que algo andaba mal. Entonces el pensamiento del SIDA no cruzaba su mente, pero como su salud no mejoró pasado más tiempo, lo pensó. Así, armado de valor fue solo a hacerse la prueba. La espera por una respuesta le parecía eterna.

“Al momento del resultado se me acerca el doctor y de frente me dice 'tiene el virus VIH', ¿qué?, le contesté yo. 'Tienes SIDA', me repite. No lo podía creer”, cuenta Miguel.

Salió del consultorio dando tumbos, no podía ni llorar. La primera persona con quién se topó fue un amigo que al verlo en tal estado le preguntó qué pasaba. “Tengo SIDA” contestó repitiendo la frase varias veces sin encontrarle sentido a sus palabras. Esa fue la última vez que vio a su “amigo”.

Pasaron algunos días sin que se atreviera a hablar con su familia, temía el rechazo. Estuvo a punto de hacerlo varias veces pero no sabía bien cómo. El pensamiento rondó su cabeza sin parar, hasta que se convenció a sí mismo de que el amor de su familia era más grande que cualquier enfermedad. Nunca estuvo tan equivocado.

“Mamá, papá, quiero hablar con ustedes, les dije, ¿qué pasa? me contestaron. Tengo SIDA”. Miguel cuenta que el silencio duró poco y la respuesta no se hizo esperar “quiero por favor que agarres tus cosas y te vayas, no quiero volver a verte” le respondió su madre con extraña frialdad.

Poco después la oyó llorar pero nunca cambió de opinión. Esa fue la última vez que la vio, al igual que a su padre. Tal como se lo pidieron, Miguel tomó sus cosas y se fue,. No sólo dejó su casa, sino su ciudad. Ya nada en Chincha lo retenía.

Más solo de lo que jamás se hubiera imaginado, sin dinero ni rumbo. Miguel vagabundeó hasta llegar a Lima.

“Llegué acá hace siete años ya no me acuerdo como. Dormí en plazas, en bancas. Tosía mucho, hasta que un día se me acercó mi primer amigo”.

Cuenta Miguel que un desconocido supo como ayudarlo en el momento justo. Al enterarse de su enfermedad lo llevó al lugar que hasta hoy es su hogar. Y aunque siente en su cuerpo ya lo inevitable, se dedica junto con sus compañeros a llevar información y consejo sobre su enfermedad.

“Ya no tengo miedo, tengo una familia, un hogar y aunque no lo creas soy feliz”, termina Miguel quien está dispuesto a contar su historia a quien quiera oírla. Tras la despedida, nos advierte: “cuídense ustedes que aún pueden por que para nosotros ya no hay cura”.

Karen Martínez

Universidad de San Martín de Porres
Facultad de Ciencias de la Comunicación

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