La columna de Hernán Garrido Lecca.



 

 
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Editorial - 28/05/2001
POLÍTICA ECONÓMICA: LA DIFERENCIA CRUCIAL ENTRE ALAN Y TOLEDO

Aunque según Apoyo, la opinión pública considera que el debate fue "ganado" por el Dr. Alan García (52% vs. 28%), vale la pena comentar las propuestas en el terreno de lo económico, desde un punto de vista estrictamente técnico y centrándonos en la diferencia fundamental de ambas propuestas.

Los diagnósticos esbozados por ambos candidatos son coincidentes en lo que respecta a la necesidad de reactivar la economía por el lado de la demanda (pues existe capacidad instalada ociosa). Sin embargo, existe una diferencia fundamental en el cómo lograr esa reactivación: por un lado, el Dr. Toledo plantea como piedra angular de su estrategia una reducción de impuestos; por otro, el Dr. Garcìa plantea poner más dinero en manos de las familias (reduciendo tarifas y refinanciado créditos de consumo) y en manos de de las empresas (reduciendo tarifas y refinanciando la deuda tributaria), además de relanzar el gasto público reestructurando el presupuesto (sin aumentar el gasto).

Reducir los impuestos para reactivar es un experimento ya intentado del que no existe evidencia empírica favorable alguna. La más conocida de las varias amargas experiencias es la del supply-side economics durante el gobierno de Reagan: los impuestos fueron reducidos y no sólo no se reactivó sino que la deuda pública de los EEUU se triplicó (lo que sólo es posible cuando un país puede "exportar" su déficit fiscal porque imprime la divisa mundial por excelencia). Sin embargo, concedamos el beneficio de la duda al Dr. Toledo y analicemos, por ejemplo, el impacto de su propuesta reducción del IGV en un punto durante el primer año de administración.

Para empezar, el IGV, al 31 de marzo del 2001, representa el 44% del total de ingresos tributarios: es decir, es por mucho la principal fuente de ingresos y es casi el doble del siguiente rubro de ingresos que es el impuesto a la renta (23%). Esto significa que una reducción de un punto en el IGV (sobre un total de 16) puede encerrar un excesivo riesgo, en particular en un contexto de déficit fiscal (a menos que, efectivamente, la reactivación sea inmediata y sustancial). Pero sigamos: el argumento del Dr. Toledo es que la reducción del IGV acarreará una reducción en los precios, un consecuente aumento en la cantidad demandada y un subsecuente aumento de la actividad económica (que será lo suficientemente grande como para más que compensar la caída en ingresos tributarios como resultado de la reducción de la tasa).

El argumento del Dr. Toledo encierra por lo menos dos actos de fe. Primero, el Dr. Toledo asume que una reducción de un punto en el IGV reducirá los precios en la misma proporción. Eso es prácticamente imposible pues si reducimos la tasa de IGV en un punto porcentual, un tarro de leche evaporada (o un kilo de azucar rubia) debería pasar a costar S/.1,98 en lugar de S/. 2,00. En la vida real, aparte del problema práctico de cómo dar dos centavos de vuelto, lo más probable es que el bodeguero y/o el disrtibuidor aumenten sus márgenes y que el precio al consumidor permanezca igual (¿se acuerda usted cuando el ministro Muñante eliminó la sobretasa al trigo para que bajase el precio del pan? ¿Si? Bueno, entonces usted sabe que hasta ahora estamos esperando que el precio del pan baje).

Pero volvamos a concederle el beneficio de la casi imposible duda al Dr. Toledo y asumamos que, efectivamente, el precio de la leche evaporada o del azúcar rubia se reduce en dos centavos: el siguiente acto de fe al que nos invita el Dr. Toledo es a creer que la reducción de dos centavos en el precio, aumentará la cantidad demandada. Basta con considerar lo que viene ocurriendo hace varios meses con el índice de precios, en general, y el de alimentos y bebidas, en particular. En abril, ambos fueron negativos: es decir, los precios siguen bajando (no es la primera vez en los últimos 12 meses que el índice de alimentos y bebidas es negativo) y la gente no consume más. Lo que pasa en el Perú es exactamente al revés: los precios siguen bajando porque independientemente de éstos, la gente no tiene plata para comprar. Por lo tanto, no es razonable pensar que una reducción (negada por el sentido común) de dos centavos en el precio de la leche evaporada o el azúcar rubia vaya a incrementar el consumo de dichos productos.

Para fines ilustrativos, sigamos con estos dos productos y veamos qué sucede con la propuesta del Dr. García. Él propone reactivar la economía poniendo dinero en manos de las familias y las empresas. Ha propuesto, entre otras cosas, un teléfono superpopular de S/. 21 de renta básica (producto ya concertado con Telefónica del Perù). Esto implica que las familias beneficiarias podrían pagar S/. 21 en lugar de S/. 49.74; lo que significa que con la diferencia, de algo más de S/. 28, dichas familias podrían comprar 14 kilos más de azúcar por mes o 14 tarros más de leche evaporada por mes. Es decir que aún los actuales precios, el consumo podría aumentar significativamente e iniciar el ansiado círculo virtuoso de la reactivación económica (pues el principal problema de las empresas es que no tienen a quién venderle).

Comparemos una vez más: para que una familia tenga disponible S/. 28 adicionales como producto de la reducción del IGV en la leche evaporada, tendría que tener un consumo mensual de 1400 tarros de leche (pues ahorraría tan sólo 2 centavos en cada tarro). ¿Dígame usted qué estrategia encierra menos riesgo y ofrece más posibilidades de reactivar? Veamos un ejemplo más de la estrategia del Dr. Garcìa: la refinanciación de los créditos de consumo. Él plantea fondear a aquellos bancos que así lo deseen para que aquellas familias -entre las 1.3 millones de familias peruanas que en conjunto deben más de 1.200 millones de dólares- que pagan una cuota promedio de S/.250 al mes pasen a pagar una cuota promedio de S/. 150 al mes. Esta medida implica poner, en el extremo, S/. 100 en los bolsillos de 1.3 millones de familia o S/. 130 millones de gasto mensual adicional en la economía. Para una familia, siguiendo con nuestra "unidad de medida" para fines ilustrativos, esto significaría 200 tarros de leche o 200 Kg. de azúcar adicionales por mes a los precios de hoy. Y esto es incremental respecto a lo que se lograría por la reducción de la tarifa telefónica y las eventuales reducciones en luz, la eliminación de gastos asociados a la educación pública, la reducción del precio de medicamentos, el efecto del gasto público en obras, el programa de empleo municipal, la refinanciación de la deuda tributaria de las empresas, etc,).

Finalmente, pensemos en cómo impacta en la vida cotidiana del peruano común y corriente, en el mejor de los casos, la propuesta reducción del IGV. Si, hagamos un intento más: pensemos en un peruano que gana un salario de S/. 410 por mes y que dedica el 85% de su ingreso al consumo, y que paga IGV sobre todo lo que consume (supuesto improbable), y que la reducción del IGV se convierte en su totalidad en reducción en precios, y que esto es suficiente como para que él aumente su consumo ¿de cuánto más dispone al mes para aumentar su consumo? Respuesta: S/. 2.95. Usted juzgue.






Cuidado con el cuento de la guerra


Para empezar, el IGV, al 31 de marzo del 2001, representa el 44% del total de ingresos tributarios: es decir, es por mucho la principal fuente de ingresos y es casi el doble del siguiente rubro de ingresos que es el impuesto a la renta (23%). Esto significa que una reducción de un punto en el IGV (sobre un total de 16) puede encerrar un excesivo riesgo, en particular en un contexto de déficit fiscal (a menos que, efectivamente, la reactivación sea inmediata y sustancial).