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Scientists tell us that the fastest animal on earth, with a top speed of 120 ft/sec, is a cow that has been dropped out of a helicopter.
Dave Barry


Back to the future
Víctor Coral. Rito de paso. Lima: Norma, 2006. 142 pp.

Divinne se interpone entre Aníbal y César, una pareja de trabajadores homosexuales más o menos estable. Los tres sirven bajo el Complejo, suerte de entidad dedicada a la producción de bienes inespecíficos y que mantiene controlado al milímetro la vida de sus empleados. Son habitantes de una Lima futurista, disuelta entre las instalaciones de la fábrica totalitaria, cuyos habitantes se entregan a cultos orientales, las drogas blandas, toleradas para volver aceptable la esclavitud, y a la agónica visita de bares decadentes, administrados para satisfacer a sus clientes en el límite que resulte inocuo para la labor de estos en el Complejo. Progresivamente, la disidencia espiritual de Divinne conduce a César, depresivo por naturaleza, a la conciencia de que malvive una existencia de autómata emocionalmente castrado y ello desata una serie de muertes que alcanzan su espejo y sentido en el destino de la mismísima protagonista. La historia de la sedición psicológica de Divinne se nos cuenta en primera persona, mediante un testigo anónimo pero interesado, primero en la decadencia de César y luego en las búsquedas esotéricas de la chica. A este debemos la presentación, al final del libro, de unos manuscritos de Divinne, cargados de estimable vuelo lírico.

Este es el argumento de Rito de paso, primera novela del crítico, poeta y periodista Víctor Coral, la que nos ubica en la encrucijada de géneros literarios a menudo coincidentes: las novela de ciencia ficción (el más obvio); la novela de anticipación política, de larga convivencia con el anterior; y la novela sentimental de corte existencial, esa cuya meta no solo es la felicidad de los amantes sino la trascendencia espiritual. Se trata de tradiciones con cimas de calidad muy exigentes, matices de experimentación y rigor explorados con sutileza por notables autores y que exigen picos de originalidad creadora que resultan de ardua confección en una primea entrega de un autor novel.

En el ámbito de la ciencia ficción, Coral escoge el subgénero del cyberpunk, un tipo de narrativa que se caracteriza por utilizar elementos de las novelas policiales, la novela negra, las secuencias de acciones fragmentarias y las atmósferas de las novelas gráficas afines; su conflicto es la tecnología y los callejones sin salida a los que conduce -la distopía. El narrador de Rito de paso traslada la voluptuosidad del cuerpo femenino de las novelas gráficas cyberpunk a Divinne, al punto de que podemos imaginarla desnuda o caminando provocativa, pero la novela evita tratar cualquier especulación simple o compleja sobre el futuro técnico, meollo del género, o el modo en que este influye en su protagonista. De este modo, las descripciones del físico de esta y los escenarios demolidos -por la naturaleza o el caos urbano-, variados en la novela, se elevan como imponente decorado de lugares comunes y coqueteos con el best seller que no se articulan con los problemas típicos -o atípicos- de llamada sci-fi (i.e "[…] mientras se despojaba de su bata negra de teflón liviano, dejando por un momento libre su cuerpo lánguido y pálido, sus pezones de un marrón suave inusual, la delicada curva de su espalda que moría como un río entre los bellos y contorneados glúteos blancos. Su cabellera, injustamente corta […]" p.24). Aunque los personajes habitan un futuro imaginable en un relato de de ciencia ficción, este solo es decorativo puesto que no enfrenta -como en lo mejor del género- alguna hipótesis nueva y sostenible sobre el desarrollo de la ciencia y de la sociedad. Más bien, el conflicto entre la libertad individual y el control de las corporaciones -su pretendido motor desencadenante- es perfectamente verosímil en las condiciones de vida presente y su traslación al futuro, sin novedades que lo ameriten, padece de gratuidad.

Las consecuencias de lo anterior, naturalmente, dejan poco margen a la novela política de anticipación y debe añadirse a ello el más grave error en el argumento de Rito de paso. El Complejo, el ente totalitario de Coral, no revisa de modo interesante la imagen de las ucronías despóticas mejor caracterizadas de la literatura. En este campo, El Castillo, 1984 y Un mundo feliz son puntos de referencia insoslayable de los que el Complejo es apenas un fantasma impreciso. No impresiona ni por su perfil, ni por su poder, ni por las emociones que conjura: resulta igual de conocido que cualquier Estado todopoderoso antes imaginado o corporación tiránica, y aun menos, puesto que solo conocemos una ínfima porción de su quehacer y este no provoca curiosidad ni miedo. Además, el Complejo parece obrar de modo irracional -dentro de su proceder instrumentalizador- al obsesionarse sin justificación explicable en perseguir y acorralar las conductas amorosas de Divinne, César y Aníbal. Si se trata de un ente todopoderoso, ¿no puede extirparlas de raíz, sin recurrir a la voluntad o la intimidación? Bastaría un cóctel de las tan difundidas drogas blandas. Si los puestos de trabajo en él son tan requeridos, ¿no bastaría con despedir a los levantiscos? El Complejo, a pesar de su proclamada omnisciencia, adolece de todas las limitaciones de una corporación contemporánea para controlar a sus obreros y comparte muchos de sus torpes medios de coerción -algunas empresas prohíben vínculos afectivos entre sus empleados e incluso los sancionan- y, aun teniendo los medios a la mano, no los usa. Por ello el argumento resulta incoherente con las posibilidades que brinda un futuro ya no en tanto espacio de alta tecnología sino en tanto el autor se lo ha propuesto a sí mismo y, más bien, se condice con nuestra observación de que las coordenadas espaciotemporales del texto son gratuitas y no hubiera perdido en nada si se le ambientaba en la actualidad.

Sin embargo, el punto más débil de la novela no resulta su nula innovación en tanto perteneciente a los géneros antes mencionados, sino a su escaso valor como novela sentimental con visos existenciales y aun trascendentales. Los personajes articulan monólogos sobre la insatisfacción, la soledad o el hastío que no tienen ningún correlato psicológico, en su peripecia (casi nula) o en una técnica o estilo depurado que los hagan manifiestos en el plano de las sensaciones que experimenta el lector. El narrador dice que los personajes están hastiados, pero ello no se consigue con unas atmósferas delineadas con una prosa que no posee dicha sensibilidad; el narrador dice que los personajes se rebelan, pero el pasatiempo de estos es vivaquear por las afueras del Complejo sin consecuencias narrativas; su accionar denota carencia del sentido de lo que es una historia; el narrador dice -una vez más- que los personajes se exploran a través de sus sentimientos, pero solo lo dice: así, terminamos asistiendo al discurso de individuos que proclaman místicas inútiles, no por su impecable inmanencia sino por la negligencia del autor de la novela para diseñar verdaderas personalidades y no muñecos de ventrílocuo para tal o cual tesis, la de Divinne, César o Aníbal. En este punto es ejemplar la bastedad del trazo de la imagen de César: "Lo cierto es que César vivía entre la desesperanza y la evasión. A cada momento se llenaba de preguntas irresueltas y profundas, no encontraba asidero a nada de lo externo […]"p. 39). La hondura que el narrador atribuye a las reflexiones del personaje solo destacan la simpleza y poco originalidad de estas, típicas de quien en realidad tiene falsos problemas. Tales afirmaciones deslegitiman al personaje a tal punto de que su desenlace -el suicidio como liberación- no pasa de una impostación.
En Rito de paso, nunca prospera el pathos del reconocimiento, la maduración o el autoconocimiento y sus personajes devienen, como César, en planos, habladores sin sustancia, presa de devaneos pretendidamente reflexivos y monólogos inverosímiles para quienes no exhiben ninguna otra dimensión de diseño que su perorata. Así, Divinne delira casi al final de la novela: "Ahora siento por primera vez lo que es ser libre. Esto es como una iluminación, como liberarse del samsara, el ciclo abominable de reencarnaciones al que la ignorancia nos tiene atados. Solo que acá el ciclo es de trabajo y soledad, olvido de sí e ilusión. Y así se pasa uno la vida, así…" (p.112). Ella enuncia el fin sus vicisitudes; solo que nunca las hemos compartido. Aunque conocemos a Divinne de vista, y la sabemos escultural, su psicología carece de espesor, su imagen no nos explica nada de su carácter y jamás es complemento de su voz. Y ahora, cuando habla apelando a los lugares comunes del New Age, somos incapaces de tomárnosla en serio puesto que su ingenuidad explicativa no se corresponde con un personaje sensible que explora las complejidades de su yo, sino más bien con una marioneta sin interioridad, una farsa.

Rito de paso es, por cierto, una novela de redacción impecable y de una claridad meridiana, pero también una muestra de que el arte no reside indispensablemente en esas cualidades. Sin embargo, la narrativa más reciente -dotada de un impulso editorial decidido en busca de mercados más amplios- aparenta querer afirmarse únicamente en estos valores como garantía de accesibilidad y difusión. Conviene recordar que en escasas ocasiones el arte es un placer fácil y nunca es consecuencia de la aplicación irreflexiva de un conjunto de reglas. Implica una visión de mundo propia y afincada sin titubeos en la expresión y en la historia, capaz de combatir con buen pie con sus predecesores en la materia. Los buenos momentos líricos de los manuscritos de Divinne -al final del libro- debieran convencer de eso a Coral y devolverlo al territorio de la poesía donde parece adquirir su mejor inspiración.



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