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18/03/2004 A 188 años de su muerte EL MARQUÉS DE SADE Por: José Barba Caballero Congresista de la República Unidad Nacional El 30 de noviembre 1814, a la edad de setenticuatro años, el marqués de Sade entró en coma y dos días después murió víctima de una fiebre gangrenosa. Para amargura de quienes le odiaban, el abate Coulmier, director del manicomio de Charenton, informó que su muerte había sido dulce y sin dolor. Su testamento decía lo siguiente: " Es mi voluntad ser enterrado sin ceremonia alguna. El espacio que ocupe la fosa será sembrado de bellotas con el fin que pasados los años, el lugar recobre su primitivo aspecto y desaparezcan de la superficie de la tierra las señales de mi tumba. ¡Así se borre mi memoria del espíritu de los hombres!" Pero la historia le tenía reservada una sorpresa. El luciferino prestigio de Sade es bien merecido. A su lado, Tiberio, Calígula, Mesalina, Pio VI y Luis XV son poca cosa: simples fornicadores, vulgares asesinos. A través de sus personajes Sade hizo de la perversión como del crimen una filosofía y llevó los goces anormales y monstruosos hasta una altura a la que nadie jamás se ha podido acercar. ¡Nunca un cerebro humano fue más inmundo, sádico y enfermizo! Pero lo más espeluznante es que la mayoría de las abominaciones que describe, con detalle, no fueron imaginadas, sino que tuvieron como fundamento una detenida y vigilante observación de la vida real. El siglo que le tocó vivir a Sade, es hoy considerado como el más corrupto en la historia del libertinaje sexual. Ni las saturnales de los romanos bajo los césares alcanzaron los grados de desenfreno y criminalidad de la corte de Luis XV. Incluso gigantes como Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot y Mirabeau no tuvieron escrúpulos en escribir obras pornográficas. La concupiscencia era la moda, incluso entre los espíritus superiores. El teatro, la pintura, los trajes, la conversación, la gastronomía estaban penetrados por la sensualidad y por un perfume embriagador que cubría toda Francia. La mayoría de los prostíbulos que pinta Sade en sus novelas existieron realmente. También abundaron las sociedades secretas para el perfeccionamiento del vicio, los círculos lésbicos y matronas como la famosa Pompadour, experta en satisfacer los apetitos más extraños. Siempre cerca, Sade acechaba, practicando cuanto podía, guardando en su memoria las noches de París. Todos los personajes de Sade son libertinos, y cuando aparece la virtud, como en el caso de Justina, es sólo para ser sometida a inenarrables horrores por los representantes del vicio, que siempre vencen, prosperan y son felices. Quizá sus obras tenían la intención de ser una protesta o una advertencia; pero el mensaje le costó caro: sufrió veintisiete años de encierro en once prisiones distintas. De aquí que casi todas sus obras fueran bosquejadas en la soledad de un calabozo. Allí nacieron "Justina y Julieta", "La Filosofía en el Tocador", "Aline y Valcour" y un catálogo de cuatrocientas setenta manías sexuales que podrían horrorizar al más obsceno de los pornógrafos modernos. Salvo el ogro Minski, algunas falsías y unas que otras exageraciones con respecto a asesinatos en masa y afrodisiacos, todo lo demás es crónica antes que imaginación.
Mucho antes que Krafft-Ebing incursionase en la investigación de las perversiones sexuales, el marqués de Sade catalogó en sus novelas todos y cada uno de los tipos existentes, incluso los más raros e inmundos. Mucho antes que Freud, el célebre erotómano descubrió que el impulso sexual era responsable de buena parte de la conducta humana, y que esta fuerza profunda, primitiva y dominante es superior a la propia realidad consciente. Gracias a Sade, la ciencia y la historia pudieron detenerse en esta curva del camino, para extraer lecciones y enseñanzas que hasta ahora no se terminan de comprender. Y Sade, ¡qué ironía!, murió sin saber que había sido un precursor de la humanidad para el conocimiento de los fenómenos patológicos-sexuales. Si él tuviera forma de saber que ahora es parte de la legión del bien, de seguro se indignaría contra Dios y su extraña forma de hacer el bien riéndose del mal.
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