Nuestro Perú oficial está de parabienes con la adjudicación del último premio Alfaguara a Santiago Roncagliolo. Desde hace años los ruiseñores de nuestra engreída oligarquía postmoderna luchan por sacudirse la losa de Vargas Llosa y Bryce Echenique, quienes siguen detentando mundialmente las ventas y la nombradía de la narrativa peruana. Cada cierto tiempo sale un escritor nacional (generalmente residente en España) publicado por alguna editorial de campanillas y en Lima nos ponemos, como ahora, a hablar de la buena salud de la literatura peruana. Es verdad, la literatura peruana goza de buena salud, pero aquí nos referimos definitivamente a otra cosa.
Solemos olvidarlo, pero cada año en el Perú se producen más títulos que el año pasado. Y hablamos de más de quinientos libros de literaturas publicados en el Perú entre editoras formales e informales, fondos regionales y locales, asociaciones culturales y ONGs, autoediciones y hasta plaquetas. Se abordan todos los géneros. Hay escritores con libros de casi veinte reediciones y otros cuyas novelas venden cerca de ocho mil ejemplares. Se les estudia en el extranjero y hay tesis dedicadas a su obra. Muchos de ellos, con su presencia, llenan aulas enteras en las universidades. Premios literarios no les faltan. Se reúnen varias veces al año en eventos literarios en diversas ciudades del país. Todos, absolutamente todos, te hablan de sus proyectos literarios y el próximo libro que publicarán.
Oswaldo Reynoso, Feliciano Padilla, Oscar Colchado, Andrés Cloud, Rosina Valcárcel, Leoncio Bueno, Dante Castro, Zein Zorrilla, Feliciano Mejía, Enrique Rojas Paravicino, Félix Huamán Cabrera, Samuel Cárdich, Jose Luis Ayala, Roberto Reyes Tarazona, Miguel Rodríguez Liñán, Marco Yauri, Sara Joffré
podría mencionarles veinte nombres más y seguir enumerando.
¿Ha oído hablar de ellos? ¿Los ve a menudo por televisión? ¿Desayuna con ellos en las páginas de El Comercio o la República? ¿Ve sus libros en las principales estanterías de las librerías? ¿Los promocionan en las vallas y revistas publicitarias de Wong o Saga Falabella?
Claro que no. Para la delgada capa de adinerados y sobones que controlan gran parte del Perú, incluyendo los medios de comunicación hegemónicos; estos escritores casi no existen. En el mejor de los casos son relleno folklórico para las horas sobrantes de sus hipertrofiadas columnas o programas. La gran mayoría de la literatura peruana continúa secuestrada por una minoría privilegiada ¿Por qué?
Muy sencillo. Las grandes editoriales hace tiempo que abandonaron los experimentos literarios, los imperativos culturales y la preocupación por conocer otros universos estéticos. Ahora solo quieren vender. Y punto. Su target es quien consume regularmente novedades editoriales y las puede pagar a precios internacionales. ¿Cuántos en el Perú se acercan a este sector? No más de cinco mil acaudalados compatriotas que prefieren gastar sus divisas en libros y no tanto en ropa, coches o cocaína. Un sector mucho más próximo a las clases medias españolas que al grueso de su propio país, cuyos gustos son más extranjeros que cosmopolitas, pues del Perú apenas si valoran su gastronomía, su pisco sauer y su turismo de aventura.
¿A ellos acaso les pueden interesar narrativas sobre los genocidios que ensangrentaron los Andes? ¿Qué atractivo tendrán para ellos los cuentos de pescadores chimbotanos, las festivas leyendas amazónicas o las secretas historias de sevicia en el Altiplano? ¿Qué emoción les puede dar una pachamanca con fútbol, huayno y cervezas en las afueras de Lima, cuadrigas de asaltantes persiguiendo un tren en Ticlio, o una diablada moderna lanzando imprecaciones? ¿Quién se identificaría con un aprendiz de soldador pobre y enamorado que sufre en medio de una tubería perdida en la cordillera?
A ellos, difícilmente. Pero a mucha otra gente sí, entre otras cosas, porque esta literatura nos enseñó y enseña a querer bastante más a este país. Alumnos de colegio, maestros, estudiantes de universidades públicas, empleados excéntricos, viajeros devotos, sindicalistas estudiosos y mucho peruano de a pie. Gente para quien la literatura, más que entretenimiento, es conocimiento, formación y compromiso.
Esta literatura nunca llegará a Alfaguara y a su lejano (y muy pequeño) público peruano. Que muchos se feliciten (y con razón) por un Alfaguara más para el palmarés limeño. Yo me siento orgulloso de esa otra, enorme, escondida, viva literatura peruana.