Me lamentaba yo del estado circense de la política peruana, cuando un amigo español me señaló que en Europa pasan cosas similares y que en Italia el ascenso y popularidad de Silvio Berlusconi era preocupante pues demostraba que la desvergüenza y esas ganas obscenas de mantenerse en el poder a toda costa no es un rasgo tercermundista sino un indicador de la oscura naturaleza de la política en este tremendo mundo que hoy vivimos.
Los orígenes de Berlusconi son tan oscuros como delictivos y muchas acusaciones señalan su ingente riqueza como producto del blanqueo de dinero a granel valiéndose de ancianos y enfermos terminales como testaferros (cuya documentación ha desaparecido misteriosamente). El esplendor de su riqueza arribó al entenderse con el socialismo corrupto de Bettino Craxi, quien le proveyó de la Ley Manimí, una legislación que le entregó en bandeja el control sobre la mayoría de la producción editorial y audiovisual de toda Italia. Berlusconi se metió a la política siendo ya el principal magnate de la economía italiana y con un creciente populismo basado en su triunfal trayectoria como dueño absoluto del Milan AC, uno de los clubes de fútbol de mayor seguimiento en Italia. Los éxitos europeos de dicho equipo le adjudicaron una popularidad que él explotó designando a su partido político con el futbolero nombre de Forza Italia.
Fueron años muy tristes lo de la Italia de entonces. El neofascismo y un creciente chauvinismo se iban apoderando de la clase política, mientras los partidos tradicionales nadaban en la corrupción y la intelectualidad de izquierda perdía prestigio. A mediados de los noventa, un grupo de jueces capitaneados por Antonio Di Pietro se dedicó a investigar a fondo todo el andamiaje de la corrupción que se había apoderado de la política italiana. Este movimiento, bastante popular por una ciudadanía cansada de la podredumbre generalizada en el poder, recibió el nombre de Manos Limpias. Berlusconi primero lo aplaudió, esperando que no lo investigaran. Cuando lo hicieron, acusó a Manos Limpias de ser un grupo interesado en perseguirlo. En 1995 Berlusconi llegó a ser condenado por corromper a la Guardia de Finanzas, delito que prescribió en la apelación merced a unas triquiñuelas judiciales que iban a sentar escuela. Con el tiempo, el movimiento anticorrupción de los jueces termina agotándose y surge la imagen de Silvio Berlusconi, Il Cavaliere, como el nuevo salvador de Italia frente a la parálisis de los partidos tradicionales.
Ya en el poder y sabedor que muchos jueces no cejaban en investigarle, creó leyes a su medida para evitar que le cogieran. Fabricó y se aprobó la Ley Tremonti, que hacía preescribir casi todos los delitos de los que se le acusaban en varios tribunales. Implantó en el congreso una ley que lo exime de cualquier proceso judicial mientras dure su mandato. No dudó en autonombrarse Ministro de Asuntos Exteriores al echar al titular del mismo por discrepancias. Llegó a chocar con la Unión Europea puesto que no quería firmar una Directiva Europea contra los delitos de corrupción. Fue tal presión de la totalidad de los miembros de la Unión, que finalmente dio su brazo a torcer.
Poderoso y demagogo. Neoliberal en la economía y populista en la política. Su conducta escandalosa se ha hecho legendaria y él lo toma con orgullo: Es el mandatario europeo más procesado de toda Europa (guarda acusaciones pendientes en España, Inglaterra y Alemania), pródigo en lanzar opiniones de mal gusto (por ejemplo, jactarse en público de seducir a presidentas y jefas de Estado), demuestra muy poca cultura en temas internacionales (suelta desafortunados discursos sobre la superioridad de la cultura occidental sobre la islámica) firma pactos de gobierno con filofascistas como Umberto Bossi (aquel ministro que sugirió hundir a cañonazos los barcos repletos de inmigrantes) y conserva su alianza con la América de Bush a pesar de una considerable oposición interna. En fin, un líder que ha explotado su carisma gracias a sus millones y a su imperio audiovisual, que ha movido cielo y tierra desapareciendo documentos incriminatorios para no verse nunca entre rejas, que tacha a sus opositores simplemente de comunistas y que ve en el celo judicial toda una conspiración contra él.
Y finalmente, frente al aviso de las últimas encuestas, ha decidido cambiar la ley electoral para neutralizar la oposición. Dichos cambios crean un nuevo sistema proporcional y la coalición centroderechista de Berlusconi lograría más escaños que con el método actualmente en vigor. Además, la nueva ley establecería cuotas mínimas de votos para que las formaciones y las coaliciones entren en el reparto de escaños, lo que en la práctica perjudicaría a los partidos más pequeños, muchos de los cuales pertenecen a la izquierda.
Y no hablamos, pues, de un político tercermundista o bananero, hablamos de quien gobierna uno de los países más hermosos de Europa, con un apreciable nivel de renta y bienestar, capaz incluso de condonarnos bonos de deuda externa por inversión al desarrollo. Pero así es la realidad, terca y bizarra. Consuélate peruano.