Sí, ya van quince años. Desde aquel ya lejano 1990 en el que el poeta mexicano Octavio Paz recogió el célebre trofeo sueco, Luego se han premiado a literaturas tan próximas como el portugués (Saramago, 1998) o tan lejanas como la china (Gao Xingiang, 2000) y se ha mantenido de forma preocupadamente sostenida- una preeminencia de la lengua anglosajona. Lo cierto es que lejanos están ya los tiempos del Boom, cuando la literatura latinoamericana se puso de moda en todo el globo ¿Qué ha pasado?
Latinoamérica como espacio cultural, como referencia y estética se ha ido decolorando hasta verse (una vez más) en un plano secundario a nivel mundial. El mundo se ha hecho más pequeño y las nuevas generaciones de escritores africanos, árabes o de Europa Oriental se pueden hacer escuchar con mayor nitidez.
Pero también hay razones más prosaicas: Las fuerzas sociales y económicas del mercado están ajustando sus ejes sobre el Pacífico y el Extremo Oriente. Allí está el gran mercado del futuro, incluyendo el de literatura. Y a los intelectuales indonesios o chinos les importa más la cultura anglosajona que la rica experiencia de unos millones de desharrapados al sur de Río Grande (Algo obvio: A muchos de nosotros nos importa un pepino la ética japonesa del trabajo, la diferencia entre las dinastías chinas Song y Yuan o las intimidades de los Omeyas). Hay, pues, una creciente disonancia entre el Extremo Oriente y Latinoamérica, una mutua prescindencia que, profetizo, la vamos a pagar muy caro.
Siempre confiamos en nuestro patrimonio cultural como garantía de una buena literatura. Pues bien, a nuestro encanto y colorido le han salido muchísimos competidores, y en esta feria postmoderna de vanidades, hemos quedado demodés. El intrépido escritor que busca cosas nuevas ya no se conmueve en las alturas de Machupichu, prefiere hacer el amor en los caros y atractivos bungalows escandinavos del Círculo Polar Ártico, pescar en los roquedales tailandeses o vagabundear por la plaza El Fnaá de Marrakech, escuchando mil y un narraciones populares de boca de cualquier parroquiano. O buscar dentro de sí, alimentando la inagotable demanda de esa peste del siglo XXI que son los manuales de autoayuda.
Pero sería pacato reducir el abismo entre el boom y nosotros por una cuestión de simple momento publicitario. Si hoy sabemos menos de nuestra literatura es porque hoy circula bastante menos literatura real. Es decir, la presencia de la literatura se evapora pese a que -ironías del mercado- hoy se imprime y publica más que nunca. Pero es que el ser humano de este nuevo siglo lee muy poco. ¿Para qué leer ahora con tanta nueva tecnología audiovisual y tanto internet? Los artistas y los intelectuales de hogaño ya no reverencian tanto esas cosas llenas de páginas de papel y todos nos zambullimos simultáneamente en otros circuitos comunicadores. El ciberespacio, las maratones del History Channel, los éxitos de HBO, algún film atractivo de Oliver Stone, un DVD prometedor de Casablanca, la búsqueda diaria en el google o el wikipedia...todo eso coexiste ahora (y no antes) con nuestras queridas bibliotecas.
Vivimos en un mundillo editorial a la caza de historias simpáticas y entendibles para un público cada vez menos letrado y que compra menos libros. Ante ese panorama no hay salida para experimentos narrativos, reflexiones sesudas hasta la histeria o aproximaciones lúdicas a la filología: Hoy en día, más de un rollizo editor de Buenos Aires o Barcelona hubiera rechazado La Casa Verde de Vargas Llosa por demasiado complicada o tomaría Rayuela de Cortázar como un juguete extravagante. Además, los ciudadanos de Hispanoamérica de hoy no reclaman nada, no devoran nada, no les interesa nada. Se enchufan al fútbol o a esos espantosos programas donde las familias desnudan sus miserias mutuamente. Si en Europa aún hay una tradición cultural que se retroalimenta cotidianamente, si en Asia hay un interés en conocer otros espacios culturales; Latinoamérica (no digamos el Perú) parece haber caído en un sopor de viejas glorias que poco más pueden decirnos o intrusos del mundo audiovisual que se las dan de escritores.
No todo es negro, es cierto. Argentina mantiene una incombustible actividad literaria que se sobrepuso a la más negra de sus crisis económicas. La joven narrativa colombiana, profundamente provocadora, es el gran hallazgo de este comienzo de siglo. De Cuba siguen saliendo hornadas de escritores originales. Sin ir muy lejos, en el interior del Perú (Chimbote, Huanuco, Cuzco) se está consolidando una literatura que nos trae otra sensibilidad. Pero no sé si eso baste y, con aprensión, tememos que pasen otros quince años sin que el Nóbel se vuelva a escribir en castellano.