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 Artículo
 08/09/2005
 ¿QUÉ HIZO EL PERÚ EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL?
Dentro de la campaña de muchos medios de comunicación por reivindicar el papel de los criollos y la rancia oligarquía limeña en la historia del Perú; se inscribe la noticia de una espía peruana al servicio de los aliados que logró engañar a los nazis y permitir que el desembarco de Normandía se llevara a cabo con éxito. Evidente magnificación que evoca a otra: La participación del Perú junto a los aliados y su filiación innegablemente antifascista. Desgraciadamente, viendo la letra pequeña, la verdad de la historia es otra.

Los gobiernos del Perú tuvieron una trayectoria errática frente al auge del fascismo y el grueso de la clase dominante peruana lo miraba con buenos ojos: Basta mencionar la abierta solidaridad de la dictadura militar del mariscal Oscar Ruperto Benavides con el alzamiento del general Franco en España y la manera violenta como respondió (encarcelamientos y cierre de la universidad) cuando los estudiantes de San Marcos rechazaron la visita al claustro del embajador de Mussolini en el Perú. Y si uno abría las páginas del Decano de la Prensa Nacional podía encontrarse con portadas filofascistas a colores y postales informativas que exaltaban a la Alemania nazi.

Cuando la Administración Roosevelt oteó la guerra en el horizonte, preparó una campaña de alineamiento obligatorio a sus semicolonias latinoamericanas. Después de Pearl Harbour casi toda Sudamérica (Argentina y Chile, merced a sus fuertes minorías nacionales italianas y alemanas, fueron los últimos en romper con el Eje) se puso en el bando aliado. Cuando Perú y Ecuador iniciaron hostilidades en 1941, ambos países acusáronse el uno al otro de tener asesores militares japoneses. Y fue la necesidad de imponer la paz en el patio trasero lo que motivó que EEUU ordenara detener la exitosa invasión del ejército peruano y obligara a Ecuador a aceptar el Protocolo de Río de Janeiro.

El gobierno del Perú fue uno de los primeros países de la región en declarar la guerra al Eje, pero poco más hizo. A diferencia de México y Brasil que enviaron al frente fuerzas armadas (Pilotos mexicanos combatieron en Filipinas, un cuerpo brasileño expedicionario peleó en Italia), a nuestra oligarquía no le hacía mucha gracia irse a una guerra tan lejana y, como gesto a la galería, apenas colaboró con una base naval de reparaciones en el norte (que casi nunca se utilizó). Mención aparte tenemos esas bizarradas propias de nuestra historia como el saqueo -tolerado por la policía- de algunos comercios japoneses y la edificación de un ridículo campo de concentración para supuestos espías enemigos en Chaclacayo, en donde encerramos, para vergüenza nuestra, al ilustre arqueólogo y peruanista alemán Max Uhle.

Fueron influencias externas la que marcaron nuestra posición en la guerra. Pero dentro de casa gobernaban los mismos que años atrás hablaban con admiración de la Italia fascista o calificaban la persecución de los judíos en Alemania como “propaganda bolchevique”. Nuestros gamonales o banqueros continuaron reconociendo el régimen de Franco en España como legítimo y amigo, a pesar que éste fuera aliado confeso del Eje. Nuestra participación en la guerra no fue otra cosa que un elegante cambio de chaqueta.

¿Y dónde ponemos a nuestra bella espía en todo esto ? Ah, el desembarco a Normandía tuvo una enorme cobertura de inteligencia que incluía desinformación e intoxicación de las noticias (cuyo papel más importante lo tuvo el doble agente español “Garbo”). El espionaje aliado se fijó en una plutócrata sudamericana hija de diplomáticos en la Francia de Vichy, frívola, de muy animada vida sexual y agobiada por las deudas de juego. Candidata ideal, máxime cuando nuestra criolla jugadora (nunca mejor dicho) alegó muy suelta de huesos que ella solo colaboraría por dinero. La inteligencia aliada la compró al por menor y la usó en su estrategia general de desinformación. Y era cuestión de tiempo que en ella se fijara el servicio de espionaje más incompetente y corrupto que tenían los nazis (la oficina de información de Goering). Como ven, una historia muy poco heroica.

Como en el grueso de la historia del Perú, los grandes hechos heroicos lo hacen los hijos anónimos del pueblo. Y en la segunda guerra mundial los héroes fueron aquellos torturados y encarcelados en El Sexto por proclamar su antifascismo, aquellos peruanos en el exterior que se enrolaron en el ejército norteamericano o aquellos cincuenta peruanos que marcharon, llenos de ideas y grandezas, a la Guerra Civil española dando su vida por la libertad de sus hermanos peninsulares. El honor, para ellos.


 Datos del autor



(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.


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