Robo confesamente el título al hermoso poema en prosa de César Vallejo. Hace una semana sucedió el terrible siniestro del avión de TANS a Pucallpa y en él perdió la vida, entre muchos peruanos, un amigo mío que creía mucho en este país volcando su vida por la dignidad y la justicia de los trabajadores. Tuvo como recompensa una muerte exasperantemente accidental y bastante peruana. Este es un país que convierte a sus mejores hijos en héroes -dijo alguna vez un célebre historiador- es decir, los mata. Pero no encontraréis pesimismo en esta columna, porque voy a hablar de la esperanza.
De ascendiente andino, residente en el populoso distrito limeño de San Juan de Miraflores, José Flores logró estudiar en la elitista Pontificia Universidad Católica la carrera de Derecho. No hay que ser muy imaginativo para entender la terrible exclusión que un cholo de pura cepa podía sufrir en ese campus ajardinado e irreal, patria chica de los dueños del Perú y otros oligarcas, ajeno a las epopeyas que se sucedían en el Perú durante los tremendos y intensos años ochenta. Por encima de la exclusión y las carísimas cuotas de matrícula, llegó a especializarse en Historia, su oculta pasión. Y tener un cartón de la Católica, créanme amigos, es tener medio mundo a tus pies.
José Flores bien pudo colocarse en algún bufete de esos que han lucrado con la especulación inmobiliaria del Cono Norte limeño. Bien pudo introducirse en el espantoso inframundo del Poder Judicial, lleno de hienas y reptiles. Bien pudo subirse al carro del ominoso fujimorato donde ya era costumbre vender su integridad por la protección mercenaria de la tiranía. Bien pudo irse al extranjero, doctorarse allá, huir del feroz rostro que tomaba nuestra patria en los nefastos noventa. Bien pudo hacer carrera política en esa surrealista feria de vanidades en que degeneró la clase política peruana. Bien pudo hacerse un sitio entre el festín diario de los poderosos y hoy paladear, satisfecho, los frutos de una columna vertebral bien inclinada.
Pero José Flores eligió ser abogado laboralista.
¡Laboralista ! En un tiempo en que los sindicatos desaparecieron fantasmagóricamente, cuando el Consenso de Washington terminó con todas las conquistas de los trabajadores en Latinoamérica, cuando un obrero no era nada frente al cacheo de un oficial del ejército, cuando la vida de un adolescente peruano valía menos que las acciones de las transnacionales mineras. Cuando la privatización de las empresas peruanas exigía, entre otras cosas, trabajadores dóciles, baratos y con los menos derechos posibles. ¿Quién quería ser laboralista en esos años ? José Flores.
Trabajando en una modesta ONG, viajando por todo el territorio nacional para defender lo que apenas se podía defender durante los años victoriosos de la dictadura y el neoliberalismo rampante, ganarse enemistades y desprecios por parte de los círculos del poder. Elaborando memorándums a los comités de vigilancia de responsabilidad social en las transnacionales que medraban en el Perú. Buscar inevitables cuadraturas del círculo para romper el terrible anillo legislativo laboral. Defendiendo huelgas mediáticamente huérfanas. Cabalgando, como aquel padre idealizado de José María Arguedas, a lomo de mula por nuestro país inmenso, compartiendo la soledad del trabajador honrado y justo.
La recompensa fue un vuelo maldito a Pucallpa, a manos de una empresa plusmarquista en accidentes aéreos, un piloto temerario y un clima súbitamente infame. José Flores no iba a cobrar cheques de empresas madereras dolosas, ni a gozar del turismo nativo a costa del fisco, ni mucho menos a sacar tajada de ese narcotráfico que alimenta tantas instituciones y tantos partidos políticos del Perú oficial. No, apenas iba a formar parte de un taller de asesoramiento a sindicalistas. A enseñarle sus derechos y a ayudar a un puñado de compatriotas cuyos salarios apenas si llegan a los cincuenta dólares mensuales. Fue el colofón de una vida entregada a la esperanza.
Porque voy a hablar de la esperanza. La esperanza está detrás, de los que murieron por ella. La esperanza viene con los que arriesgan, la esperanza galopa con los valientes y los desinteresados, con los osados y los desprendidos. La esperanza es humildad. Y la humildad sigue siendo la mejor medalla que cualquier peruano pueda conseguir. Porque de ellos no es el reino de los cielos, sino el futuro de nuestros hijos, el dibujo -insólito pero firme- del Perú justo y feliz al cual nosotros no sé si gozaremos pero sí divisaremos, en lontananza, como alegre memoria y recompensa a los que se fueron. Por ti y por mí.