De la noche a la mañana un puñado de intelectuales y artistas decidieron hacer algo para proclamar su solidaridad con el Paro Regional de Piura y Cajamarca contra la ya tristemente conocida empresa minera Majaz. Cuando me invitaron me imaginé la típica asamblea con dos discursos, alguna canción y varias consignas repetidas en un auditorio semivacío y triste. Mi sorpresa empezó cuando se convocó la actividad en plena calle Quilca a golpe de bombo y comparsa.
Un espigado teatrista iniciaba su performance en el creciente semicírculo de curiosos, mientras sobre una desconchada pared del pasaje, los artistas plásticos Jorge Miyagui y Herbert Rodríguez se afanaban en un agit-prop mural contra ese monstruo empresarial que en menos de una década -y con millones de por medio- ha degradado el entorno medioambiental de nuestra cordillera, erosionando el monte, contaminando los ríos y convirtiendo sus pequeñas ciudades en caóticos campamentos pródigos en delincuencia, prostitución e insolidaridad. La vida vale más que el oro reza el mural donde un árbol de dibujos animados tumba con un golpe de boxeo al todopoderoso dólar.
Tocaba el turno al poeta Feliciano Mejía -abanquino de nacimiento, francés de nacionalidad y ciudadano del mundo- quien brama extractos de su poemario ¡Jooorrr ! donde el Diablo del Altiplano se convierte en memoria histórica y acusador social, improvisa agresivo : El traidor no merece morir rápido, al traidor mátenlo lentamente y alza la voz compitiendo con otros corrillos, porque la primera cuadra de esta calle es una versión peruana de Hyde Park, llena de bizarros oradores que agitan sobre medicina popular, anarco-indigenismo y mucha, mucha política entre improvisados quioscos de separatas ilegibles y frente a una pequeña tienda de audiovisuales, legendaria ya por su numerosa y exhaustiva colección de DVDs sobre la Segunda Guerra Mundial.
Henry Guevara se atreve a cantar a capella un vals de Acosta Ojeda en la fría noche. Benavente, el gran impulsor de los Viernes Culturales en el bulevar de Quilca, cita a Molière y nos recita poemas románticos. El cantautor Piero Bustos se manda una increíble versión folk de La Internacional y luego, junto al ex-mojarra Cachuca contrapuntean un viejo éxito del ochentero grupo Del Pueblo Del Barrio. A ellos dos se une Juan Luis Pereira, uno de los grandes creadores del rock nacional desde hace más de treinta años. Tres generaciones de músicos peruanos cantando juntos, agitando juntos, festejando juntos. Fue otro de los grandes regalos de aquella noche. Más tarde Pepito Ron, un autodidacta cuyo arte lo aprendió todo de los teatristas populares, se vale de una inédita (y indestructible) marioneta de papel para denunciar que el consumismo, la incultura, la indiferencia y la drogadicción son caras de una misma moneda. El acto, que cerraron dirigentes campesinos agradeciendo las muestras de apoyo, fue retransmitido en directo por radio a Cajamarca, entrevistas incluidas.
La noche no acabó allí, la seguimos en una fiesta informal improvisada en el centro cultural El Averno, escuchando versiones punk de El Plebeyo (decía Pereira que si Pinglo viviera hoy, hubiera empezado a componer música haciendo rock) o la impagable versión del Himno Nacional en genuino blues, inmensamente superior al solemne mamotreto que estamos obligados a entonar con aburrimiento y hastío.
¿Decadencia ? Yo vi energía, ganas de vivir y ganas de luchar, parodiar inteligentemente al poder y enfrentársele sin complejos y con entusiasmo. Qué lejos del pesimismo institucionalizado en los intelectuales mediáticos, de la culta indiferencia en las universidades privadas o del estilo trivial con que adinerados artistas compiten por salir en las primeras planas. Quilca, con sus librerías de saldo, sus artistas sin un céntimo y sus corrillos de opiniones iracundas ; es ahora la calle donde más libertad se respira en el Perú. Quizá sea porque sus protagonistas, sencillamente, no tienen nada que perder y sí muchas noches hermosas por ganar.