Lula llegó al poder no solo arropado con la mayoría electoral en la segunda vuelta, también vino con los apoyos del sector financiero y empresarial del Brasil. No solamente contrató para su campaña electoral a la compañía de publicidad más cara del país. Dentro de su equipo de gobierno colocó a destacados hombres de negocios nada cercanos al marxismo y no le tembló la mano a la hora de aplicar principios neoliberales en el manejo del presupuesto o en temas ligados al medio ambiente.
Sus propuestas de izquierda, como mucho, han estado ligadas al asistencialismo en materia de alimentación infantil o simpatías con iniciativas progresistas en política internacional. Se ha distanciado enormemente de sus antiguos aliados campesinos del Movemento Sem Terra, Brasil cumple puntualmente con sus pagos de deuda externa y , aprobando los planes de expansión de la soja transgénica, ha roto asimismo su alianza con los ecologistas.
Lula gusta hablar de realismo a la hora de enjuiciar sus decisiones. Pero más que realismo, lo que existe es resignación a los límites que Lula tiene al gobernar. Lula no tiene ni tendrá mayoría en el Congreso y toda política federal que realice ha de ser consensuada con otras agrupaciones políticas. Ese consenso, como se ha demostrado, no se lograba solo mediante acuerdos políticos y negociación transparente : Para sacar adelante muchas medidas el gobierno tuvo que comprar congresistas y crear un fondo de reptiles para financiar dolosamente esas alianzas. Ese sistema de consenso político tarde o temprano tendría que estallar, porque no se basaba en alianzas ideológicas o pactos políticos sino al simple mercadeo de individuos que, inevitablemente, siempre terminarán pidiendo más y más.
La izquierda latinoamericana, en su mayor parte, abandonó la vía insurreccional hace unos veinte años. Viejos guerrilleros o expertos manifestantes se reciclaron en congresistas y consumidores de cargos públicos. Se creía que la lucha armada (además de su coste en vidas humanas) era inviable en el mundo de hoy. La caída del Muro de Berlín significó para otros la evidencia del declive de una ideología (el marxismo) y un necesario cambio en fines y medios. La alternativa era, pues, participar en el juego democrático.
Esta elección, sin embargo, no solo ha significado el marasmo ideológico, al punto que corrientes políticas populistas o chauvinistas le han arrebatado el discurso reivindicatorio. También significó la posibilidad que la corrupción y las conductas clientelares se instalaran en la izquierda electoral. Como ha sucedido en el Brasil.
¿Ha tocado fondo la izquierda electoral ? Uno podría decir que sí a la luz del caso brasileño y, sin ir tan lejos, ver el triste espectáculo de un Javier Diez Canseco eternamente parlamentario (el Perú debe ser, como acotaba un amigo, el único país donde uno puede jubilarse de congresista) o un Henry Pease en la órbita de un gobierno como el de Toledo. Ya lo observaba hace más de veinte años el desaparecido sociólogo Alberto Flores Galindo : Mientras el país se empobrecía más y más, los dirigentes de la izquierda electoral mejoraban sus ingresos.
No, el fracaso de Lula no es el fracaso de la izquierda. En todo caso es el fracaso de una socialdemocracia aguada y catatónica, protagonizada por personajes que han claudicado sus principios originales y hacen malabares ideológicos para ocultar su transfuguismo político. Esperemos que las nuevas generaciones aprendan de los errores del pasado y puedan esbozar un discurso que pueda ser no solo radical y claro, sino sincero y consecuente. La política lo necesita