Nunca olvidaré a un tipo que se la daba de conocedor en un almuerzo en Pachacamac y que tuvo la brillante idea de dictaminar que en cierto tinto australiano que le acababan de servir, percibía una soporte de uvas Merlot criadas cerca de una pareja de ositos koala en celo. Como para que lo violara un canguro.
Mi tío Prudencio vertió una vez vinos nacionales de esos que venden por Surco en botellas de Navarro Correa y Torrontés y arrancó aplausos entre un grupo de enólogos de barrio que solían reunirse en su casa los primeros viernes de cada mes.
Había que oír sus comentarios, muchos tenían la concha de aprenderse de memoria los dictámenes de enólogos extranjeros sobre tal o cual vino de sus países, sacados de revistas españolas o argentinas y se los endilgaban a la primera copa que les ponían delante.
Cuando dos o más de ellos utilizaban exactamente los mismos criterios para describir un vino distinto del que les habían servido como una chicha morada helada con trocitos de manzana y piña de una cerveza negra tibia, el calco y copia saltaba a la mesa y no les quedaba más remedio que confesarlo. Castigo: tragarse un huarapo de carretillero del Mercado Mayorista al seco. ¿No te gustó? Llora pues, te hará bien.
Tanta huachafería puede haber en una sentencia de enólogo como en otra de lo que se llama maridaje o sea, el matrimonio perfecto entre un determinado vino y un plato de comida.
Cuando dos jóvenes enólogas se sientan muy casuales ellas con una botella de vino importado frente a una cámara de televisión y una lo prueba y dice: ¡Hummmm! Aromas a frutos del bosque..., sin precisar si habla de los pinos de Roma o de los algarrobos de Batán Grande y la otra complementa con aire de casamentera tasando la parejita ideal: Sensaciones licorosas algo inmaduras, un vino adecuado para un salmón, me dan ganas de gritarle: ¿Y por qué no un buen toyo?, aunque esté diciendo una barbaridad.
El vino también riega la huachafería en este país de cerveceros acomplejados e inseguros y si algo te aseguro, señor todo muy fino, es que beberte un merlot yugoslavo con cara de encontrarle la carreta de frutas entera de la esquina, es un título de clase tan seguro como graduarte en buenos modales y costumbres en la academia de Frieda Holler.