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 Artículo
 22/06/2005
 UNIVERSIDADES DE JUGUETE, PAÍSES DESECHABLES
De cómo lo uno conduce a lo otro

Así como el crecimiento de la escolaridad en el Perú no ha significado una mejora en la calidad de nuestra educación, la proliferación de universidades en los últimos quince años más que enorgullecernos debiera asustarnos. No son ningún atajo para conseguir profesionales y sí son el camino más recto a la dependencia.

Otra de las herencias del fujimorato fue la multiplicación de universidades de pacotilla, muchas de ellas antiguos CENECAPES o academias de ingreso que se cambiaron de nombre a golpe de sobornos y amiguismo (que es la manera como se hacían las cosas en aquellos días). Esas aberraciones fueron posibles gracias a un siniestro pacto firmado por una juventud que tenía prisas en terminar carreras fáciles y cortas con teóricas salidas al mercado, y por un gobierno que vio en ello una manera de granjearse popularidad, dárselas de impulsador de la cultura y, además, no gastar casi un centavo en ello.

Espabilados funcionarios y pillos profesionales se valieron del enorme mercado de titulados despedidos de sus empresas privatizadas así como de la especulación inmobiliaria; para llamar universidades a cubos de cemento escoltados de ventanales que ofrecían una imagen feliz (y espuria) de cientos de ordenadores en funcionamiento atendidos por jóvenes sonrientes y azafatas de uniformes impecables. Eso era, pues, la universidad que nos regalaba el sector privado.

Así proliferaron ofertas infraeducativas que degradaron todo el mapa de la educación superior: Sucursales de universidades en pueblos y pedanías sin control de ningún tipo, facultades montadas sobre viejas casonas tugurizadas hasta el infinito, cursillos de dos meses convertidos en asignaturas semestrales. En este viaje al surrealismo no han faltado universidades fantasmas sin razón social, sin exámenes de ingreso y con titulaciones inventadas.

Se apunta a las carreras cortas con mayor demanda social, dando gato por liebre con todo descaro: En esos antros que llevan nombres de venerados científicos, de continentes o siglas tan rimbombantes como vacías; las carreras empresariales son poco más que cursos de contabilidad para escolares, las facultades de comunicación son patente de corso por manipular cuatro artefactos de imagen y sonido, las famosas titulaciones en computación se componen de conocimientos que mi hijo de quince años, como cualquier internauta, ya aprendió hace tiempo por su propia cuenta.

El mal se extiende a carreras que en teoría exigen más esfuerzo, pero que en la práctica terminan contagiándose del virus general. ¿Qué profesional de calidad puede salir de tres años de formación irregular, en locales inadecuados, con bibliotecas enanas y sin ningún tipo de rigurosidad por parte de sus autoridades? Pues profesionales que se reciben de economistas o abogados como Don Quijote se armaba caballero. González Prada díxit.

Pero quizá lo más triste de todo es que la Institución Universitaria como tal, el viejo concepto de “alma máter” está desapareciendo de nuestras universidades más prestigiosas. En un espacio en que todo se compra o se vende, la formación humanista y la escuela crítica brillan ya por su ausencia. Ese adistramiento moral que el universitario antes recibía (y que sirvió para alimentar generaciones de profesionales con sensibilidad social y amantes del Perú) sobra ya en una universidad rendida a la rentabilidad empresarial como lógica de superviviencia.

Está probado hasta el cansancio que la educación de alta calidad rinde, a la larga, beneficios de todo tipo a las sociedades que la promueven. El perfil social de la Unión Europea –caro y poco competitivo- se mantiene gracias a enormes inversiones en investigación y desarrollo. El impresionante crecimiento de China e India, que aún conservan modestas rentas per cápita, ha sido posible por apostar durante décadas a la educación ¿Acaso Cuba no ha sobrevivido a los terribles años noventa –colapso del bloque soviético, aislamiento internacional, carestía de casi todos los bienes de consumo- en virtud de la excepcional formación educativa que recibieron sus habitantes? Por el contrario ¿Acaso no es la degradación del sistema educativo, el gran Talón de Aquiles de los norteamericanos, como ellos mismos lo reconocen?

Reconozcamos que el conocimiento cuesta y exige un tiempo. Que el Estado y quienes tengan den el dinero. Que los estudiantes pongan el tiempo y el esfuerzo. Que los intelectuales se echen a los hombros la tarea de la investigación y la crítica. Que los sindicatos magisteriales presionen por el aumento de la calidad en la educación. Que todas las organizaciones sociales, las instituciones y los colectivos de la sociedad civil busquen un pacto nacional para colocar la educación como prioridad absoluta, por encima de las planillas estatales o de la adquisición de armas. Necesitamos universidades de verdad para un país de verdad. Con nuestras universidades de juguete solo iremos a la deriva, como la basura, como los desechos que son arrojados al mar.


 Datos del autor



(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.


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