Europa votó No y, al parecer, los holandeses harán otro tanto en unos días. Una ola de pesimismo parece haberse extendido por todo el Viejo Continente. Y miedo, mucho miedo ¿Fracaso del modelo europeo? ¿Decadencia de Europa? En todo caso, para eso estamos nosotros.
El principal miedo que tienen los europeos es perder los privilegios sociales que siguen gozando tan ricamente. En Europa, a diferencia de EEUU e incluso Japón, el trabajador tiene una serie de derechos garantizados por el Estado: Un generoso salario mínimo y una modélica Seguridad Social, entre otros servicios subvencionados. Si a uno lo echan del trabajo puede cobrar un subsidio de desempleo que el Estado le paga. Quien tiene un accidente de trabajo se recupera en una clínica especializada pagada por la patronal. Los treinta días de vacaciones son sagrados e incluso mucha gente prefiere ganar menos dinero a cambio de más días festivos. Se invierte mucho en transporte público y el trabajo infantil está tajantemente prohibido. Todo ese paraíso peligra por dos motivos: El envejecimiento del continente que significa más pensiones que cotizaciones y la baja competitividad de la economía europea a nivel mundial.
El sueño de la razón, como sentenció Goya, produce monstruos. Y uno de los resultados del prodigioso avance de la medicina en el mundo desarrollado es la creciente prolongación de la esperanza de vida. Dentro de nada ésta puede llegar a los noventa años en Escandinavia y en los despachos de Bruselas se habla seriamente de extender el límite de la jubilación varios años más. Países como Francia o Alemania miran con terror el día en que treinta millones de jóvenes trabajen y coticen para el mantenimiento de otros treinta millones de ancianos que no tienen la menor intención de irse de este mundo. Hoy mismo el asunto de las pensiones de jubilación es asunto de Estado y los partidos políticos pactan cada cierta cantidad de años los aumentos requeridos con mucho (aunque inútil) cuidado. No hay presupuesto que pueda aguantar la enorme cantidad de gastos que puede significar todo eso: A la larga tendrán que reducirse los programas de viviendas para construir geriátricos, y las subvenciones a las guarderías desaparecerán para facilitar el costo de los servicios para la tercera edad. No es broma, sobretodo para países como España que ostenta la más baja tasa de natalidad de Europa.
Por otro lado, desde hace más de veinte años que se plantean críticas contra el modelo económico europeo. Para los neoliberales, la Unión Europea produce trabajadores demasiado caros y, por ende, producirá bienes a precios tan excesivos que no los comprarán ni ellos mismos. La invasión de textiles chinos ya llegó a Europa y ha significado unas pérdidas terribles para este sector al punto que la Unión acaba de dictar topes a las ventas de ese gigante asiático. La inclusión de los países de Europa Oriental ha significado un aumento del gasto social y un estancamiento general de los salarios. Los franceses y los holandeses financian buena parte de los servicios públicos de países tan necesitados de ellos como Hungría o Eslovenia. Y encima transnacionales como Volvo o Siemens trasladan sus fábricas a países con trabajadores baratos, sea Marruecos o la India. El desempleo europeo es ya una cruel realidad en sectores como la construcción naval o la siderurgia.
Todo esto transcurre en una Europa gobernada por una clase política muy disociada del grueso de la población. La Constitución europea, por poner un ejemplo, fue confeccionada por un gabinete de sabios sin consultar a nadie. Por eso es totalmente normal votar no a una carta magna hecha por terceros, donde se ha tratado con desdén a los foros ciudadanos y han sido muy comedidos en los derechos. Ha sido un voto de desconfianza frente a gobernantes demasiado engreídos.
Buena parte de los males europeos los solucionaríamos nosotros los peruanos yendo allá como trabajadores inmigrantes. No es demagogia, los propios europeos publican estadísticas que proclaman la necesidad de medio millón de inmigrantes anuales como mínimo. Los peruanos aportaríamos mano de obra, equilibraríamos su seguridad social con nuestras cotizaciones y mejoraríamos su déficit demográfico. Además de unas buenas dosis de minka y trabajo solidario que buena falta le hace a su capitalismo.
Pero este gobierno, entre otras cosas, carece de una política de migración. Y mientras los ecuatorianos mandan tremendas remesas a sus familias, nosotros sólo nos queda leer las noticias y saber lo mal que les va a los europeos