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¿Ciudadanía o caridad?
El secreto dilema de los peruanos

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A unas personas les toca vivir en desiertos donde el agua es más valiosa que el oro y una naranja fresca resulta el paraíso. A otros les toca vivir en costas castigadas periódicamente por tifones y borrascas, recordando con nostalgia los pocos días de esplendoroso sol. Hay los que viven (y trabajan y gozan) bajo nevadas periódicas y temperaturas bajo cero. A nosotros nos ha tocado vivir en un país de cataclismos y terremotos, de huaycos y tsunamis, de tercas sequías e inundaciones inesperadas. Como los japoneses, debiéramos estar ya acostumbrados a los sismos. No es así. A ellos les gusta la organización. Nosotros, pareciera, preferimos la caridad.

El Ronsoco Ilustrado
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Javier Garvich

(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.

Y no es que desprecie a los miles de peruanos que se solidarizaron en los hechos con los damnificados del terremoto de Ica. No, lo que quiero enfatizar es la manera con que los peruanos reaccionamos antes, durante y después de un siniestro.

Antes, sencillamente no nos da la gana de prever nada. Los holandeses durante siglos sabían que el Atlántico se engullía su país. Y durante siglos se han dedicado a construir diques que revisan todos los días como si fuera el portal de su casa. Los peruanos sabemos que el mar puede salirse, que el curso del río se rebasará, que la ladera puede ceder. Y sin embargo vivimos en frágiles casas a las orillas mismas de la playa, construimos edificios que casi se despeñan contra las aguas o erigimos nuestro hogar en elevaciones inestables. Nos apiñamos en locales de cartón que cualquier incendio devoraría en minutos, nuestros hijos crecen en viejísimos callejones de quincha y madera apolillada, nunca conversamos sobre cuáles son las zonas antisísmicas del lugar de trabajo o recreo, a pesar de saber que tenemos temblores y terremotos a la vuelta de la esquina. Y quizá no prevemos porque Dios proveerá. Porque creemos en la caridad de las gentes.

¿Y durante la devastación? Cuando los londinenses y los berlineses tuvieron que sufrir los crueles bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, la población ya tenía sus propios dispositivos de urgencia, ya había ahorrado materiales para los momentos más críticos y, sobretodo, repartía funciones inmediatamente, unos ayudaban y otros salían a buscar ayuda. Hoy en día, los japoneses y los chinos tienen ya interiorizadas las normas que deben cumplir cuando sobreviene un sismo. A ellos no se les ocurriría nunca esperar sentados a que alguien les echara una mano. A los peruanos sí. Lloramos y nos quejamos. Porque así alguien dará algo. La caridad de las personas es infinita.

En otras sociedades, luego del desastre, aparecen las instituciones - acostumbradas durante décadas a sobrevivir y a enfrentar asertivamente este tipo de catástrofes- que funcionan y cumplen sus objetivos. Instituciones preparadas desde hace mucho tiempo para actuar inmediatamente con recursos que han almacenado con inteligencia y del cual llevan la cuenta con exactitud. Los hospitales activan sus dispositivos de emergencia, de la misma manera que se activan canales de comunicación de urgencia preparados para tal fin. Por eso los huracanes no se comen Cuba cada año y los incendios veraniegos no acaban con los bosques de España. Aquí esperamos que caigan del cielo, literalmente, las ayudas. Esperamos que las almas buenas cumplan con su función. Porque vivimos en un país donde casi no hay instituciones, pero todos siempre conocemos a algún alma buena que reparta caridad.

Las sociedades vencen sus problemas porque cuentan con ciudadanos con derechos e instituciones reconocidas. En Perú nuestros ciudadanos son, en su mayoría, de segunda o tercera categoría (casi sin derechos, indefensos frente al poder, desinformados y hasta indocumentados) y nuestras instituciones son poco más que cartones pegados sobre cualquier inmueble, que poco pueden dar, que no escuchan a la gente y que dependen, inexorablemente, de un poder central y absoluto.

Por eso, en vez de tener instituciones dirigidas por técnicos y profesionales que gestionen la reconstrucción; tenemos a un presidente de la república que echa a patadas a los bomberos españoles porque criticaban demasiado. O un congreso donde todos se pelean para encabezar las ayudas a las víctimas y salir en la foto. O se instaura un zar de la reconstrucción, como si el problema fuera tener mano dura, voz enérgica y poder concentrado. Y siempre, al final, queda la caridad.

Sin ciudadanía solo queda la caridad, que agradecen los súbditos y los siervos. Sin instituciones, la caridad ocupa su espacio de la misma manera que los panetones arrojados a los pobres compensan la inexistencia de un salario digno. La solidaridad de los peruanos –probada una y otra vez frente a los desastres- debiera canalizarse en iniciativas que fortalezcan nuestra sociedad, haciéndola más transparente, más democrática, más informada y más empoderada. La solidaridad encauzada a la caridad solo mina nuestras fuerzas y perpetúa la existencia de los poderes fácticos, aquellos que viven de nuestra ignorancia y de nuestra falta de derechos.

La caridad puede hacer este país más dulce, pero sólo los hombres libres podrán cambiarlo.

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