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Pagar por entrar a tu propia casa
El despropósito del Parque de la Reserva

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Imagínese que al jefe de familia se le ocurre remodelar el jardín de la casa. Y lo que antes era rastrojo y hierba mala lo convierte en un rutilante prado con flores exóticas, fuentes de agua con pececitos, esplendorosos árboles frutales y hasta música ambiental. Usted está feliz sólo de imaginar a sus niños jugando en ese edén o usted mismo relajándose después de un día de trabajo. Pero el jefe de familia le impone una tasa: Si usted quiere disfrutar del nuevo jardín tiene que pagar un dinerillo, porque la maravilla ha costado un ojo de la cara y nada es gratis en la vida. Lo peor es que el jefe de familia ya amenaza con hacer lo mismo en el baño (quiere agregar un jacuzzi) en la cocina (la hará propia de un chef) y en el dormitorio (va a traer nuevos muebles). Por lo que usted, si quiere bañarse, comer o dormir tendrá que pagar un impuesto. Y quizá no esté lejos el día en que se pague hasta por entrar a su propia casa ¿Le suena disparatado? Pues no, eso es lo que ha hecho el alcalde de Lima con nuestro entrañable Parque de la Reserva.

El Ronsoco Ilustrado
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Javier Garvich

(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.

El Parque de la Reserva fue (otro) regalo del presidente Augusto Leguía a la ciudad de Lima. Inspirado en los grandes parques públicos de los países desarrollados, se construyó como un espacio recreativo gigante para el esparcimiento de una ciudad que estaba muy ilusionada con su efímero desarrollo. El Parque abarcaba una plaza central con una fuente, una casa de estilo indigenista y varios frisos de un estilo ecléctico que mezclaba motivos peruanos, neomudéjares y hasta un vago Art Deco. Con los años, el Parque de la Reserva se convirtió -junto con el de la Exposición- no solo en un sitio de paseo para las familias de jóvenes migrantes sino también lugar privilegiado donde las parejas podían, en la medida de lo posible, dar rienda suelta a su sexualidad en un país con muy pocos espacios eróticos y donde –hasta bien entrados los años noventa- habían muy pocas alternativas a copular en descampados a escondidas.

El actual burgomaestre decidió relanzar el Parque para volver a darle una centralidad ya perdida cuando Lima creció hacia los conos y la clase rica se mudó a otras zonas de la urbe. La idea no sólo era mejorar la oferta floral y forestal del parque sino agregarle los gadgets propios de un nuevo siglo que convierte en espectáculo todo lo que toca: Así se construyeron aparatosas piletas, juegos de luces y sonido y todo un atractivo merchadising. Claro, lo que no se dijo es que uno tenía que pagar.

La ciudad de Lima vive una modernización perversa: Ante un parque automotor saturado se gasta en autopistas que expulsan a los peatones y ha hecho a los carros los dueños de la ciudad. Pero otro ejemplo es la creciente privatización de los espacios públicos. No me refiero solo al pago de peaje en la autopista más pequeña y corrupta del país (sí, esa del Callao que va al aeropuerto) sino a que muchos espacios por donde antes caminábamos a nuestras anchas se han enrejado o les han puesto trancas policiales que le cierran el paso. Finalmente, hay ya una costumbre de cobrar por todo y para todo, reduciendo las actividades artísticas gratuitas a muy pocos espacios, curiosamente a cargo de centros culturales de otros países.

Tampoco hay que renegar mucho. Es francamente divertido comprobar lo que la Municipalidad de Lima entiende por cultura: Un parque de atracciones que copia pobremente a Las Vegas, un circo freudiano de entrecasa con piletas vaginales y surtidores fálicos, una disneylandia tercermundista toda colorinche y fosforescente, con trocitos de Vivaldi o Beethoven, como para aparentar que somos gente culta. Si Lima deseaba ser la ciudad más kitsch de Sudamérica, con este parque ya nos hemos subido al podio.

Otra cosa es la idoneidad de las reformas que se han hecho en el Parque ¿Qué sentido tenía gastar en tanta fuente y tanta pileta viviendo en una ciudad deficitaria de agua? ¿Acaso el dinero gastado en toda esa parafernalia audiovisual no se podría haber invertido en financiar actividades culturales para escolares, por poner sólo un ejemplo? Pero, peor aún, si el sentido era dotar a los limeños de un parque más limpio, ordenado y entretenido ¿Por qué cobrarles dinero? ¿Acaso no basta la recatafila de impuestos municipales que la mayoría de limeños tenemos que pagar? ¿Dónde está la generosidad?

Sin embargo, lo admito también, no voy a negar la popularidad de este nuevo Parque de la Reserva ni a desmerecer las larguísimas colas que se forman en sus alrededores. Son miles de limeños boquiabiertos que aceptan la tasa y que están encantadísimos con ver los chorritos de colores subiendo y bajando. Como tampoco voy a negar la popularidad del actual alcalde de la ciudad. Y menos voy a negar el desdén y poco interés que exhiben los habitantes en preguntar cuánto valen estas monstruosidades y si nadie se roba algo. Sí, nos hemos acostumbrado a un consumismo dócil y, más que imprecar contra los alcaldes, nos urge reeducarnos todos y volver a descubrir prodigios de la modernidad como los servicios públicos, la transparencia en las gestiones y el derecho a disfrutar de la cultura. No estamos condenados a amortizar siempre las ocurrencias del poder. Más bien, tenemos derecho a entrar y salir de nuestra casa cuando queramos. Y sin pagar un solo sol.

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