Los chilenos no son así
Así como nos los imaginamos
Soberbios, racistas, rateros, expansionistas, traidores, envidiosos, mentirosos, insolidarios, prepotentes… desde hace años, y en virtud de nuestras desdichas políticas, hemos construido desde los medios un referente de los chilenos que, si bien puede sonar a música para algunos oídos, no tiene nada que ver con la realidad. Entre la censura negociada de una teleserie chilena sobre la Guerra del Pacífico, la payasada de una modelo pintarrajeada en la Plaza Mayor de Lima y el polémico recital poético a bordo del Huascar; esta pequeña columna quiere combatir la miseria del antichilenismo.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
Durante generaciones, hemos crecido anidando en nuestro imaginario una serie de prejuicios acerca de nuestro vecino del sur. Todos relacionados con ese trauma histórico que arrastramos llamado Guerra del Pacífico. Aquella guerra, perdida por más por defectos y atavismos propios que por éxitos ajenos, marcó nuestra fallida nacionalidad y se convirtió en la excusa perfecta para ocultar nuestros males y fracasos. En la hora del resentimiento nacional recordábamos al invasor chileno. La añagaza del expansionismo chileno era una habitual propaganda para desviar la mirada pública de los temas verdaderamente importantes. Y los partidos de fútbol los convertimos en simulacros de ansiadas y prometidas venganzas.
Estas actitudes se reforzaron cuando durante el fujimorismo el capital chileno tuvo una presencia nunca antes vista. ¿Qué cosa podía causar la abundancia y el lujo de las firmas chilenas frente a la economía corrupta del régimen? ¿Qué podía interpretar un peruano si veía cómo sus empresas eran subastadas fraudulentamente, con comisiones de por medio, para que terminaran a manos de la burguesía sureña? ¿Cómo interpretar el dominio de las líneas aéreas por LAN o el tráfico de influencias de Luchetti?
A esas imágenes añádanse los titulares sensacionalistas de pasquines que –según qué fondo de reptiles les pagara- hablaban de sensacionales y ultramodernas armas que Chile acababa de comprar, acusaban a cancilleres de traidores a la patria, ventilaban la terrible explotación de los trabajadores peruanos en Chile (como si en el Perú el trabajador recibiera un trato digno), e incluso se baraja una conjura en Santiago acerca de la extradición de Fujimori. En pleno siglo XXI, los peruanos incubábamos un antichilenismo creciente.
Sin embargo, cualquier peruano que haya visitado el país del sur, no importa su extracción social, verá la diferencia entre los prejuicios y la realidad. Todos los peruanos que han pasado por Chile no dejan de avisarme (junto con los comentarios favorables de nuestra cocina frente a la de Chile, tema favorito entre peruanos residentes allá) de los chilenos como excelentes personas y se ufanan de tener –desde los primeros días- amigas y amigos chilenos. Unos destacan sus buenos modales, otros su sentido del humor.
Quien escribe estas líneas estuvo hace poco en un barrio popular de Santiago de Chile y pude comprobar que los chilenos –en especial los jóvenes- son más autocríticos que lo que uno piensa, reconocen que son juergueros, desordenados y hasta pillos. En Santiago se piratea la señal del cable tanto como en Lima. Se ríen de esa imagen de “europeos” con que los propagandizan desde afuera y son muy concientes de sus limitaciones.
También son muy críticos del “paraíso chileno”, imagen con la que nuestro empresariado nos ha estado bombardeando desde hace años. Los jóvenes chilenos saben que hay mucha desigualdad en el acceso a muchos servicios, que la municipalización de la educación ha ahondado esas diferencias y que en Chile casi solo va a la universidad quien tiene dinero. Estas quejas desembocaron el año pasado en la famosa Revolución de los Pingüinos, una cadena de revueltas de colegiales pidiendo la gratuidad de la enseñanza que puso en jaque al recién estrenado gobierno “socialista” de Michelle Bachelet. Y los santiaguinos están ahora más preocupado por el pésimo funcionamiento de su novísimo sistema de transporte público, que por acordarse de una guerra de hace más de cien años.
Si se trata de buscarnos enemigos ahí tenemos a nuestra clase política que exculpa a genocidas, se emborracha con el dinero de los contribuyentes y se arrodilla servilmente ante los capitales extranjeros. Si buscamos desalmados a quien linchar vayamos a las mineras que contaminan nuestros ríos y envenenan nuestra cordillera. Si queremos decirle las verdades a alguien, allí está nuestro corrupto poder judicial. En todo ese espectro, y no sobre los chilenos, debemos poner nuestra atención. Nos perdamos el tiempo con enemigos imaginarios.
La invitación a los poetas peruanos para recitar sobre la cubierta del Huascar ha sido una boutade de funcionarios que ya fue respondida con la disconformidad de muchos poetas chilenos. Sin embargo, el hecho que un puñado de vates peruanos sí quiera hacerlo es, para mí, también respetable y quizá esperanzador si eso significa un espíritu de apertura y mirar hacia delante.
¿Olvidar a Grau? Pero ¿No es eso lo que ha hecho nuestra clase política durante el último cuarto de siglo? ¿Y ahora se quejan?