Terrible desmemoria
Rafo León, en su excitante libro Lima Bizarra, comenta con extrañeza y melancolía sobre esos enormes edificios olvidados en el centro de la ciudad, sea el edificio donde se encuentra el bar Cordano, sea el enorme hotel Crillón incomprensiblemente vacío y a oscuras. Entre los limeños hay una tendencia a abandonar y olvidar lo viejo, a hechizarse con cada novedad mientras apartan de un manazo el ambiente donde crecimos y donde aún habitamos. Así estamos envileciendo una ciudad que ya de por sí era bastante fea.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
Y lo dijo muy claramente Charles Darwin cuando le tocó visitar la Ciudad Jardín en el siglo XIX. De aquella época viene también la costumbre de derribar viejos edificios virreynales para sustituirlos por nuevas casonas del estilo de turno (siempre con un retraso de veinte años) que, al final, han terminado abandonadas o en la más absoluta incuria.
De la antigua Plaza de Armas (Algún día, el huachafo que le cambió el nombre por el de Plaza Mayor sufrirá merecidamente la ira de los dioses) solo queda la Casa del Oidor y algunas partes de la Catedral. El resto fue remodelado en un estilo neocolonial por el arquitecto Ricardo de Jaxa Malachovsky, inventando esos gigantescos balcones de madera charolada que nunca se construyeron en la Colonia. La propia Plaza tuvo muchísimas variantes (en la época de Leguía le pusieron hasta palmeras tropicales, mucho más altas y llamativas que las actuales). Del Oncenio es el antiguo Palacio de Correos y la sede de Seguros Rímac (la que está donde se inicia el Paseo de la República) aunque su estilo arquitectónico era de hace casi dos décadas. Luego vino la moda de convertir Lima en una copia de la City londinense, llenándose de bancos de grandes portales, columnas neoclásicas y muros elegantemente grises. En los años treinta aparecieron empresas que se alojaron en simpáticos edificios modernistas, los mismos que ahora lucen sucios y tugurizados. En el Jirón de la Unión aún sobrevive la casa del Estudio Courret, quizá el único exponente en Lima de la arquitectura noucentista gaudiana, aunque en vez de alojar un merecido museo de fotografía, el edificio está ocupado por una tienda de ropa. Espero que ninguna pollería le eche el ojo.
¿Sabía usted que Lima tuvo arcos monumentales? Tuvo dos, uno en el siglo XIX cerca de la Plaza de Armas y que rezaba Dios y la Patria (se incendió y a nadie le interesó reconstruirlo). En el siglo XX recibimos un monumental Arco Morisco, regalo de la colonia española por nuestro centenario. Quedaba cerca del cruce entre Wilson y 28 de Julio. Durante el segundo gobierno de Benavides quisieron modernizar esa zona y el Arco –construido hace menos de veinte años- les pareció un estorbo. Lo demolieron sin asco. Actualmente tenemos una réplica que le da el toque kitsch al Parque de la Amistad de Surco.
El viejo Estadio Nacional, tenía una de las mejores pistas de ceniza de América Latina, importada directamente de Inglaterra. Cuando Odría lo reconstruyó en los años cincuenta la convirtió en una vulgar pista de tierra. El coliseo nacional, famoso no solo por sus torneos de baloncesto sino por ser el primer gran hogar de la música de los migrantes andinos, se ha vuelto inseguro y, en vez de intentar arreglarlo, se lo ha regalado a la Policía como un juguete roto. Al Aeropuerto de Lima primero le cerraron el acceso a las terrazas, luego hicieron añicos no solo sus aerodinámicas rampas de acceso sino también la linda pileta decorativa en los exteriores. De su simpático estilo internacional sesentero ya no queda ni la sombra.
Bien, no seamos cascarrabias. Lo que digo quiero contrastarlo con otras experiencias. En Europa, por ejemplo, los edificios antiguos gozan de protección privilegiada, y no se diga de edificios abandonados: En Madrid una antigua torre de abastecimiento de agua ahora es una galería fotográfica, en Hamburgo los hangares de la vieja aduana han sido reutilizados como museos y oficinas, la famosa Tate Modern Gallery se erige en una antigua central eléctrica londinense. Y los austriacos han convertido el antiguo gasómetro de Viena en un complejo comercial y habitacional. En otros países, hasta edificios tan “insignificantes” como gasolineras o garitas de vigilancia son protegidos si es que se consideran sus virtudes arquitectónicas y su peso en la memoria colectiva.
Los edificios, como las personas, forman parte del paisaje cotidiano urbano, tienen sus historias, significan mucho en nuestra manera de ver la vida. La Avenida Arequipa (todavía, en algunos tramos, aunque ya falta poco para el terrible final), los palacetes art deco de la Avenida Brasil y muchísimos inmuebles del Centro aún siguen siendo un escaparate de diversas etapas de nuestro fecundo siglo veinte. Que importa si albergaron a oligarcas engreídos o a funcionarios ladrones. Son nuestra memoria ¿Dejaremos que sigan reduciéndose a escombros? Ya hicieron polvo la Casa Marsano, nuestros cines de la infancia se han demolido o los han convertido en galerías de electrodomésticos, cuando no a sede de iglesias evangélicas. La casa donde vivió Julio C. Tello, de interesante estilo neoperuano, estaba a la venta hasta hace unos meses. Eso es lo que hay.
Hoy se está hablando de volver a construir en el Centro. Esperemos que eso no signifique derribar casonas ni edificios de hace cincuenta años. Ojalá no venza nuestra propensión a la desmemoria.