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El Perú visto desde fuera

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Los motivos del fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos

El fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha desatado una airada respuesta por parte de la gran mayoría de los medios de comunicación, por no hablar de las críticas feroces de buena parte del Congreso llegando al extremo de pedir que el Perú se retire del Pacto de San José. El alcalde de Jesús María, azuzado por la prensa de la ultraderecha, ha decidido cerrar del monumento dedicado a las víctimas de nuestra guerra interna. Por todas partes se levantan gritos contra lo que se cree que es una conspiración terrorista contra el Perú… cuando lo que hay es, sencillamente, el haber mirado nuestro país desde fuera y con otros ojos.

El Ronsoco Ilustrado
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Javier Garvich

(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.

En pleno siglo XXI los peruanos aún nos tragamos la versión oficial de nuestro conflicto armado interno, la versión de los vencedores: “En el Perú se llevó a cabo una guerra contra un grupo sanguinario y fanático que esclavizaba campesinos y destruía todo lo que encontraba a su paso. Menos mal que nuestras fuerzas armadas, poniendo el pecho, lograron derrotarlos y salvar a la patria. Sin embargo, hay que estar vigilantes ante el rebrote de esa gente, que no conoce la piedad y solamente le interesa nuestra desgracia”. Ese discurso, que se emite desde nuestra televisión basura hasta el púlpito arzobispal por más de diez años, ha terminado atontándonos, perdiéndonos. Y cuando desde afuera aparece una interpretación civilizada, nos parece el peor de los insultos.

A un jurista reconocido internacionalmente como Diego García Sayán se le llama reiteradamente terrorista o amigo de terroristas, a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación se le cuestiona su autoridad y su veracidad, a los activistas de DDHH se les moteja de “izquierda caviar”, a la propia CIDH –que fue una trinchera más contra la dictadura de Fujimori- se le moteja despectivamente como “Tremenda Corte”. Una escultura dedicado a las víctimas del conflicto es tildado de “monumento a los terroristas”. Cualquier iniciativa legal de abogar a favor de las reparaciones a las víctimas (sobretodo a nuestro doliente campesinado) es visto como terrorismo encubierto. Nuestro conflicto interno no fue otra cosa de una lucha de buenos contra unos malos malísimos. Y ganaron los buenos. Esa es la única verdad y cualquier postura disidente es llevada a los leones.

Pues desde afuera las cosan se veían de manera muy distinta. El Perú se consumía en una guerra fraticida donde salían perdiendo los más pobres. A la agresividad de la guerrilla el Estado decidió responder con igual estilo aunque eso significara la violación de derechos y el triunfo de la arbitrariedad. Bajo la dictadura de Fujimori la situación se degradó más hasta llegar a los niveles de la masacre de Canto Grande: El expeditivo tiro en la nuca a prisioneros indefensos. Aquello –como el genocidio de los penales o la matanza de Cayara- para cualquier ojo extranjero fue simplemente una salvajada de Estado, una acción fuera de la ley internacional que ha de ser condenada. Acción exactamente igual a los crímenes que otros regímenes perpetraron en Bosnia, en Ruanda o en Chechenia. En la España de los años ochenta, al gobierno de entonces se le ocurrió combatir a la ETA con ejecuciones extrajudiciales; años después los responsables de esta iniciativa (empezando por casi toda la cúpula del ministerio del interior) fueron juzgados y están tras las rejas. Eso es civilización.

Esa mirada desde afuera, una mirada libre y desapasionada es un bien escaso en el Perú. Aquí prima la mirada cerrada, maniquea. ¿Y qué podíamos esperar de un país donde ningún militar de alta graduación ha sido sancionado por violación de derechos? ¿Qué podíamos esperar si el arzobispo de Lima da el ejemplo cuando dice muy orondo ante terceros que “los derechos humanos son una cojudez”? Recordemos que este país que se las da de democrático sigue bajo la tutela ideológica de dos instituciones profundamente antidemocráticas: La Iglesia y las Fuerzas Armadas, instituciones donde las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones y donde la disidencia no tiene razón de ser.

Y sin embargo, hoy más que nunca necesitamos un pensamiento alternativo, crítico, audaz, que reconstruya nuestra historia y nos reencuentre con la memoria. Un pensamiento en el que, fuera de las consignas y las invectivas, busquemos las causas que nos llevaron a una virtual guerra civil para no volver a repetirlas. Que combata la altivez engreída de cierta clase política y haga viable el camino a la tolerancia y al diálogo, únicas herramientas para lograr una efectiva reconciliación. Todo esto, desgraciadamente, muy lejos de la filosofía del actual gobierno y sus aliados. Vista la situación, no nos queda más remedio que mirarnos desde fuera.

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