Un fantasma recorre el Perú
Acerca de un simpático coloquio.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
No…no es el fantasma del comunismo (qué más quisiéramos en el actual ambiente noticioso donde no pasa nada). Hablamos del sujeto social peruano del siglo XXI. Hablamos de sectores sociales emergentes, cuya efervescencia se derrama por todas partes. Hablamos de megacentros comerciales que venden mazamorra con arroz con leche, de tinkuys electrónicos, de nuevas clases medias que aún zapatean huaylas, de jefes de franquicias de pollos devotos de la Virgen de Chapi (con los hijos desperuanizándose a gusto en California), de sudorosos empresarios que sellan el último envío de pantalones en un mortecino almacén de la avenida Grau, salen a montar su Land Rover, saludan a un dudoso amigo de la infancia, y terminan secuestrados. De lo popular, lo urbano y lo moderno. Sí, lo cholo ya está aquí.
Hace unas semanas la Biblioteca Nacional acogió un coloquio sobre lo cholo en el Perú, coloquio que tuvo la virtud de terminar con más preguntas que respuestas. Desde un punto de vista interdisciplinario diversos artistas e intelectuales conversaron sobre la presencia de lo cholo en la cultura peruana contemporánea, teniendo como telón de fondo una portentosa exposición pictórica sobre el tema mientras libros de escritores andinos aparecían orgullosos en las vidrieras del vestíbulo. Lo cholo ¿La sangre nueva que traerá el añorado paraíso terrenal al Perú? ¿O un sector social más que termina por podrirse en el basurero existencial de nuestro país de cara el tercer milenio?
Había para todo: El Chema Salcedo, más televisivo que nunca, relataba en su anecdotario personal una convicción de lo cholo como de un héroe que no pierde tiempo hurgando en su pasado porque sólo desea lanzarse hacia el porvenir para seguir creciendo. Por el contrario, el sociólogo Rafael Tapia ve en lo cholo una tensión entre el comunitarismo ancestral y un individualismo rampante e irrenunciable. El antropólogo César Ramos enarbola un híperoptimismo por los nuevos sectores emergentes que están cambiando todo el país (su geografía, su estética, su razón de vivir), el cholo moderno, que “chupa con su plata”, ya se las arregla solo a la ora de trabajar y disfrutar. Y se las arregla bien.
Contra esa imagen arcádica que tanto nos recuerda a los edificantes afiches del universo soviético, el pensador de arte Gustavo Buntinx exhala un pesimismo existencial y ahíto: Da igual que vengan nuevos sujetos sociales, si terminan también colaborando en la masiva y demencial demolición de una sociedad peruana atravesada por la corrupción y la incuria general. Un país donde negarse a coimear es casi desperuanizarse. Donde esos nuevos sujetos aprenden rápido a medrar en el poder, a robar mejor, a negar los derechos del otro. Y evocaba a aquella cantante popular, prócer de la naciente tecnocumbia, encarnación de una nueva generación popular de nuevas estéticas y actitudes…para terminar cantándole el happy birthay al dictador, prosternándose ante la tiranía, valerse de ella para robar y avasallar, coludiéndose en su provecho con el régimen genocida. ¿Ese es el nuevo sujeto social que se asienta sobre el Perú? ¿Un sujeto que niega la meritocracia, se vale de la endeblez de las instituciones, que comete los mismos errores y crímenes que los antiguos criollos?
Lo cholo, como todo fantasma que se precie, tiene los contornos poco definidos y gusta de presentar varias caras. De allí que represente aspectos positivos que nos dan confianza en el futuro (la consolidación del crédito, el avance de nuevas tendencias estéticas, el crecimiento material de las ciudades, la reafirmación de un sujeto mayoritario más comprometido con su país) pero que, a la vez, revele comportamientos nada agradables (la irrupción de una clase política mostrenca y cuasianalfabeta, la creación de una nueva burguesía que se enriquece merced al trabajo infantil y los beneficios de la informalidad, la llegada de generaciones poco asertivas, alimentadas con la bazofia mediática de Magali y compañía).
Pero el fantasma existe y se manifiesta de forma cada vez más abierta: Ha hecho suyos distritos y ciudades enteras -ha andinizado Lima a pulso- su música es la que más vende, ha transformado el mercado audiovisual, ha creado un nuevo humor, nuevas clases sociales, nuevos paisajes, nuevos olores. Lo suyo no es retórica, son hechos: Este país ya es otro, ni el propio Matos Mar –el que profetizó todo esto- se podía imaginar las dimensiones del proceso social más importante del Perú en los últimos cuarenta años: La gigantesca migración del campo a la ciudad, de la sierra a la capital.
¿La invasión de los bárbaros? No necesariamente. Lo cholo son muchas iniciativas ciudadanas realizadas frente a la omisión del Estado y sus instituciones (las medidas extremas y ejemplarizantes que se toman en los asentamientos humanos contra la impunidad de la delincuencia), o la búsqueda experimental de nuevos productos que no buscan copiar modelos anteriores pero tampoco negarlos (el nuevo porno de consumo popular, el desarrollo de una sub-industria independiente de DVDs que va desde la reproducción de recitales cómicos callejeros hasta la elaboración espúrea y a retazos de documentales de corte histórico y político), o los colores jugosos del pintor Christian Bendayán, o incluso los novísimos -¿bizarros?¿fundacionales?- discursos cinematográficos del actual cine andino ( el melodrama post-hindú de El Huerfanito, la construcción de un cine de terror trash peruano en El regreso de los Jarjachas). De esa belleza no puede salir algo malo, o más bien, con esa belleza aplastaremos lo malo. Lo cholo moderno, nos guste o no, es sobretodo optimismo.