El Averno no puede morir
No, no nos referimos a la célebre antesala del infierno sino al que -todavía- sigue siendo uno de los puntales de la cultura alternativa en Lima. Y decimos todavía porque el legendario centro cultural está siendo víctima del acoso de un puñado de delincuentes a sueldo de una inescrupulosa inmobiliaria que los quiere echar donde y cuando quiera. Una vez más, la inteligencia y el arte del Perú son atacadas con impunidad por aquellos sectores que nos siguen obligando al atraso y a la ignorancia.
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
El Averno, fundado en 1998, es uno de los grandes reductos contraculturales y un espacio de libertad que creció poco a poco rompiendo el clima de mediocridad y autoritarismo del fujimorato. Allí empezaron a reunirse los intelectuales y artistas que ya estaban hartos de la dictadura y sus sobones. En el Averno se confeccionaron las primeras banderolas y pancartas que atacaban públicamente la tiranía. Allí se dio el famoso concierto del Nueve (9 del noveno mes de 1999) con Piero Bustos, César N y Cachuca. Al mismo tiempo que era sede de reuniones políticas, acogía conciertos, exposiciones y recitales. Fue hogar de quienes lucharon y luchan contra las atrocidades de las empresas mineras y allí albergaron a los Viernes Literarios que impulsa el poeta Juan Benavente.
El Averno acogió casi todas las manifestaciones artísticas de nuestro Perú plural: Teatro callejero, rock progresivo, danza moderna, música andina y criolla, poesía contemporánea, mimo, artes plásticas, fanzines. En El Averno se han presentado poemarios fundacionales, en sus paredes se han exhibidos singulares productos artísticos y allí se han celebrado fiestas históricas. Personalidades de la talla de Oswaldo Reynoso o Manuel Acosta Ojeda han participado en sus actividades. Los murales que Herbert Rodríguez y Jorge Miyagui pintaron en sus extramuros -que causaron irritación a los alcaldes Andrade y Castañeda- ya forman parte del paisaje ciudadano. Junto con el Queirolo y el Bulevar de la Cultura formaron un trípode cultural que convirtió a Quilca, sin duda alguna, en la calle más libre del Perú.
Después de todo lo dicho pareciera imposible que semejante lugar se viera sometido al acoso de matones y chaveteros, pero así es. Si bien los directores de El Averno han logrado apalabrar con el dueño del inmueble su desalojo a fines de año, los futuros dueños no tienen tanta paciencia ni dignidad. Oscuros intereses quieren que el Averno cierre ya mismo. Y para eso se han valido de amenazas de muerte, ataques armados, incendios provocados y daño a la integridad física de quienes viven y trabajan allí. En los momentos que escribo esta columna El Averno ya ha sufrido dos conatos de incendio más dos allanamientos seguidos de robo y destrucción del material artístico existente. La impunidad es tal que dichos matones ya han sido identificados y hasta fotografiados (al parecer, son también militantes apristas). Todo esto ha puesto al Averno en situación de alerta y vigilia cada noche, amén de pedir colaboración económica a los amigos para reparar los daños.
En otro país, las instituciones se hubieran volcado para ayudar a esta casa de la cultura y defenderlos de un puñado de forajidos (pienso en cómo el Ayuntamiento de Berlín coopera con los activistas del legendario Tacheles, la famosa cooperativa de artistas que convirtieron un palacio abandonado en un poderoso centro contracultural) pero en Lima no se hace mucho. La policía ha respondido pasivamente y cualquiera diría que les importa un pepino todo lo mencionado. El silencio de las instituciones es sepulcral. Los incidentes apenas si han sido mencionados por los medios. La indiferencia general es asfixiante.
Pero el Averno no puede morir. Y no lo hará. No tengo ninguna duda en que resistirán, se reencarnarán en otro local u otra calle a responder con mayor contundencia, con mayor sinceridad. Y no morirá porque responden a una demanda real: La necesidad de espacios gratuitos y comunitarios de disfrute de la cultura. En un país donde todo se privatiza, los libros cuestan un dineral, la televisión es una basura y la mejor educación sólo es para los ricos; lugares como el Averno siguen siendo una de las pocas trincheras que defienden una cultura de libertad, de solidaridad y de igualdad. ¿Vamos a dejar que las sepulten?