Para nadie es un secreto que somos un país de desmemoriados crónicos (y no lo digo por la elección de Alan García), de olvidadizos interesados y de amnésicos porfiados. Olvidamos lo bueno y sobretodo lo malo. Pocos momentos felices del país podemos recordar (y fuera de los acontecimientos deportivos, ninguno) mientras que nos olvidamos de la inmensa ristra de masacres, genocidios, expolios al Perú y fraudes políticos. Y esto explica buena parte de nuestras miserias como país. ¿No es hora ya de curarnos?
No exagero: Olvidamos alegremente la catástrofe humana que significó la llegada de los españoles al Perú, desencadenando una serie de cortocircuitos socioeconómicos que convirtieron a una de las sociedades más creativas y formidables del planeta en puñados de campesinos supervivientes de la cordillera. Olvidamos que nuestra independencia fue regalada por criollos del extranjero y que los criollos de Lima la aceptaron porque no tenían más remedio. Olvidamos que el origen de la riqueza de nuestras patricias familias nació de indemnizaciones fraudulentas pagadas por el Estado, cuando no del robo descarado a los bienes de éste.
Desde las más altas instituciones del Estado se patrocina la amnesia. Nos obligan a aceptar como verdades históricas solo una mínima e interesada selección de sucesos. ¿Por qué nadie habla de los fogoneros ingleses del Huáscar?¿En qué libro de colegio señalan como trató Andrés Avelino Cáceres a los lugartenientes que preferían continuar la resistencia contra Chile?¿Por qué no se dice en voz alta el convento puneño donde los seminaristas embarazaban regularmente a las campesinas a quienes sus padres enviaban para ¿blanquear¿ la raza?¿Qué estudiante de historia sabe que al ilustre arqueólogo Max Uhle nuestros gobernantes le agradecieron sus investigaciones encerrándolo en un campo de internamiento en Chosica bajo el estúpido cargo de espía nazi?¿Cuándo se escribirá sobre cómo los ingenieros yanquis de la IPC maltrataban a los obreros peruanos cuando merodeaban en determinados lugares de Talara? ¿Para cuándo una lista de los que se beneficiaron en los despachos del SINAMOS siguiendo las consignas del régimen, esos mismos que ahora se las dan de pensadores insobornables?
Pero al escamoteo sistemático de nuestra historia se une un miedo cerval al poder que todos los peruanos incubamos. Como las verdades en el Perú hieren, decirlas equivale casi a blandir un puñetazo. Y una vez dado el golpe uno suele recibir en recompensa una paliza. Piénsese en el recuerdo que tenemos todos de nuestro conflicto armado interno de los años ochenta: Hoy sigue dando miedo decir ciertas cosas en voz alta y vemos con impotencia como la Comisión de la Verdad (o lo queda de ella) está siendo ahogada por un cerco de ninguneo, silencio e infamias.