Ya no hay mundiales para Perú
A propósito de Alemania 2006, artículo pesimista
El Ronsoco Ilustrado
Javier Garvich
(Lima 1965) Sociólogo, cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica de Lima. Ejerció el magisterio en la Escuela Superior de Periodismo Bausate y Mesa y en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Exiliado en España durante el fujimorismo, fue fundador y después director de Quipu, la primera revista cultural para inmigrantes peruanos en España. Actualmente, es el editor de la Revista Peruana de Literatura.
La enésima ausencia de Perú al mundial de fútbol ya ha dejado de ser casual para convertirse en endémica. Dejamos de asistir al más grande espectáculo futbolístico ya no por un mal partido que hicimos, por una diferencia de goles que no pudo ser, o por alguna lesión desafortunada. Ya no hay penales fallados ni porteros comprados. Simplemente nuestra infraestructura futbolística es tal que nos ha condenado a seguir los mundiales por televisión durante buena parte del siglo XXI.
La globalización y las nuevas tecnologías de comunicación también han afectado al fútbol. La apertura de mercados de jugadores, la revolución del merchandising deportivo, la práctica futbolística convertida en espectáculo cien por ciento rentable y la gran transferencia de dinero que aportan las plataformas multimedia han convertido el deporte rey en un negocio transnacional cuyas rentas (las económicas y las simbólicas) pueden convertir a un adolescente desnutrido de barriada en estrella mundial, a un narco de medio pelo en prócer mediático o a un pequeño país de deprimidos tercermundistas en un igualmente pequeño país de entusiastas y dichosos telespectadores, también tercermundistas.
Pero a esa fiesta nosotros no estamos invitados. Somos como los pobretones o mendigos que miran los fastos trepados al muro del jardín o fisgoneando por la rejilla de la cocina, alegrándose de los éxitos ajenos y festejando las chanzas como si él las hiciera en persona. Somos esos vagabundos que, borrachos, recuerdan sus glorias pasadas y a quien tratan con condescendencia el personal de servicio mientras uno no se pase de la raya. No digamos la rabia que sentimos al ver cómo los hermanos pobres de ayer (Ecuador) hoy llegan en limusina y entran a la fiesta aplaudidos como triunfadores, o como esos africanos o asiáticos, que otrora tratábamos con desprecio, hoy se codean entre los invitados con suficiencia.
¿Y qué esperábamos? Para nadie es un secreto que la estructura educativa del Perú es un desastre que se viene agravando desde hace más de treinta años, que hemos criado generaciones de jóvenes desnutridos, semianalfabetos y con conductas de riesgo. ¿Qué futbolistas pueden salir de allí? ¿Qué velocidad le podemos pedir a un delantero que apenas si probó carne en su infancia? ¿Qué concentración a un arquero que viene de una familia disfuncional? ¿Qué responsabilidad, qué espíritu de equipo a adolescentes cuyos únicos referentes de conducta son los pandilleros, la prensa chicha y la telebasura?
1
|
2
| Siguiente >